jueves, 28 de agosto de 2008

La Máquina de Café

Llegué a la oficina temprano, lo que me permitió caminar relajado rumbo al cuchitril donde se reúnen las máquinas de café, gaseosas y bocadillos. El perfecto espacio para los descansos; oscuro y deprimente. Afortunadamente, no había nadie con quien compartir el lugar. La calma antes de la tormenta. Luego de colocar mi tarjeta en la máquina presioné el selector “Menos”, hasta leer “SIN AZUCAR”. Sin darme cuenta, continué presionando la tecla “Menos” mientras mi mente viajaba. Presioné al mismo tiempo la correspondiente a “Café Largo”. Nada ocurrió. Presioné “Café con Leche” para probar. Una luz amarilla que nunca había visto, parpadeó en el visor. Un particular pitido casi imperceptible. La máquina vibró, mugió y los engranajes chillaron. Silencio. Levanté la tapa y retiré el vaso. Antes de llevármelo a la boca, el extraño aroma me alertó. Lo probé con desconfianza. Inexplicablemente rico, con un dejo a… ¿Whisky y canela? ¡Estaba tomando un café Irlandés en la máquina de la oficina! ¡Glorioso! Uno de los mejores cafés que había tomado en mi vida. ¡Y por unos centavos! En ese momento, entró el Gerente de Recursos Humanos, me saludó, frío y cortés. Para mi sorpresa, presionó la misma combinación de teclas que yo había utilizado antes por error; la luz amarilla parpadeó y los ruidos se repitieron. Esperó su “SuperCafé” y luego se alejó. En ese instante, comprendí por qué algunos directivos parecían tan felices de trabajar en la compañía.

martes, 19 de agosto de 2008

El Bar

Recostado en el inmenso sillón de cuero me dediqué a jugar con la imaginación, tratando de adivinar quién era cada uno de los desconocidos que me rodeaban. Es extraño estar solo en medio de tanta gente, observando. Aunque... debo reconocer que mi mayor preocupación del momento era volver a la barra por otro Vodka. En ese momento sentí la mirada, sostenida y penetrante. No había duda que ella me miraba. Al lo lejos en medio del humo y la multitud alcoholizada la mujer sostenía su mirada. Entre anestesiado y halagado, volví los ojos hacia ella varias veces, tratando de confirmar si era yo el objetivo. Estaba sola y no parecía esperar a nadie. Buscando, tal vez. Seguí observándola. Sostenía un cóctel a medio beber. Sonreí, satisfecho por mi buena suerte. Nuestros ojos se encontraron. Ella sostuvo la mirada y sin dudarlo imité su estrategia. Debí contenerme para evitar correr rumbo a ella. Parecía una sirena, invitándome a lo desconocido. Con movimientos felinos, abandonó el sillón y caminó hacia mi. Miré la hora. Respiré hondo. Ella no tenía idea de quién quién era mi empleador. En una hora tendría las pruebas y tres mil pesos más en el banco.

lunes, 11 de agosto de 2008

La Última Vez

Aún recuerdo la última vez que me pasó. Cómo no hacerlo, si ocurrió hace… hace muy poco. Jamás pensé que a mi edad podría ocurrirme algo así, lo juro. Ahora puedo decirlo, porque ya no importa. Durante años hemos bromeado junto a mis amigos sobre el tema, pero cómo imaginar que finalmente se haría realidad. Siempre jugando con el “casi”, coqueteando con el filo de la navaja y salvándome en el último segundo. He llegado a conocer el baño de cada centro comercial, bar, restaurant, estación de servicio o casa de familia. Nunca pude aguantar. Preferí hundirme en un mar de humillaciones y pedir el baño antes que soportar el dolor desgarrador en mis entrañas. Ese punzante malestar que te impide hablar o tan siquiera pensar. El frío sudor conquistando la frente. Las respiraciones entrecortadas, imperceptibles. ¿Cuántas veces pasé por esa misma experiencia? ¡Cientos, miles! Pero esa tarde fue diferente. Tal vez haya sido el exceso de comida, el helado o el calor abrazador de la ruta; pero esos últimos kilómetros se hicieron interminables, sobre todo con tu esposa y tus suegros mirándote con una mezcla de asco e incredulidad mientras vuelven sus caras hacia la ventanilla.

domingo, 3 de agosto de 2008

Crónicas de un taxista: Retroceso

Séptima entrega de la serie. Comienza aquí Hace una semana que volví a las calles, y al taxi. El nuevo auto aún no está preparado para cacerías y yo mucho menos. Aún miro por el retrovisor, esperando ver las luces azules girando enloquecidas, acosándome. Si bien seguí trabajando por las noches para mejorar mis ganancias, me mantuve alerta, tratando de evitar contratiempos. Anoche no fui tan afortunado y los problemas me alcanzaron. Fue después de dejar a un extranjero en el aeropuerto. Parecía un buen tipo y me dejó cien mangos de propina. A la vuelta, recibí una llamada. Un cliente regular. Como estaba cerca, accedí. A una cuadra, me topé con una escena tan conocida como evitada. Dos tipos desvalijaban a otro en la oscuridad. Frené a unos metros con la ventanilla baja. Quedaron petrificados. Mi mano buscó la .38 ausente, mis ojos se enfocaron en el trío. Uno de los delincuentes dio un paso hacia mi mostrándome la profundidad de un viejo .32. Sería un milagro si no le explotaba en la mano. “Tomatelas”, me dijo irritado. Dudé por una fracción de segundo y luego, con la mandíbula rígida por la bronca puse primera y me alejé tragando con dificultad. Continúa aquí

sábado, 19 de julio de 2008

Fobia

Las vacaciones anuales fueron el momento, la inmaculada costa de México el lugar. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse al miedo a sumergirse. Después de una década había vencido el miedo a las alturas, coronando la experiencia con un salto en paracaídas. Unos segundos de caída libre y el suave deslizar fueron suficiente para ayudarle. Probó el equipo de respiración y notó que era fácil de usar. Luego de las primeras instrucciones, se sumergió junto a su instructora haciendo la primera práctica bajo el agua. La seguridad de la pileta le ayudó a controlarse. Una par de minutos después sintió que el oxígeno no era suficiente. Sus latidos se aceleraron y respirar se hizo imposible. Emergió tomando una gran bocanada de aire. Una hora después, “La Prueba”: el arrecife. Quince metros de coral, peces y algas. Alcanzó la máxima profundidad, hipnotizado por los interminables cardúmenes multicolores. Atraído por una estrella de mar se hundió en la barrera. Sintió un fuerte golpe. Algo lo retuvo. El equipo estaba atorado. Vio miles de burbujas escapar, veloces y escurridizas. El aire menguó en su respirador. Miró hacia arriba y concluyó que se encontraba demasiado lejos de la superficie.

domingo, 13 de julio de 2008

Agustín y el Nirvana

Extendió el diario dando inicio a la mañana. La brisa balanceaba tímidamente el papel. Las noticias le impactaron. El desplome de las bolsas, la suba del petróleo y la amenaza del eterno fantasma de la inflación. El diario podría tener dos, cinco o quince años y esas páginas apenas si cambiarían. Sonrió por un instante, rememorando. Pasó a la siguiente página en busca de algo interesante. Política. El tema le interesaba menos que su conteo de glóbulos blancos. Continuó avanzando hasta la sección que buscaba: Espectáculos. La única que no contenía malas noticias; sólo malos artistas. Entrecerró los ojos, sonriéndole al sol. Notó lo pausado de su respiración y casi pudo escuchar sus propios latidos, uno por segundo. Su mente viajó con cierta nostalgia hacia tiempos pasados, tan difusos como películas de la infancia. Cuando creía ser feliz. Sorbió ruidosamente su café, sin preocuparse por quienes lo rodeaban. Volvió a la lectura por unos minutos, hasta que los párpados comenzaron a pesarle. Concluyó que no había dormido lo suficiente, o que el café estaba demasiado cargado. Estiró las hojas del diario para cubrirse dentro de su caja de cartón. El puente no lo protegería del frío.

Este texto, se ha convertido en mi primer publicación en papel! Seleccionado por Sergio Gaut vel Hartman para integrar Grageas 2 (2010) de Ediciones Desde la Gente.

domingo, 6 de julio de 2008

Crónicas de un taxista – Desvelo

Sexta entrega de la serie. Comienza aquí
Hace un mes que no salgo de casa. No sólo por miedo a la policía, sino además por el sentimiento de culpa que me acosa. Mi parte de culpa en la muerte del delicuente me ha obligado a replantear mi existencia. Seguí de cerca las noticias, temeroso de enterarme que el cerco se cerraba sobre el “verdadero culpable”. Me sentí decepcionado cuando le dedicaron unas pocas líneas y una borrosa foto. A nadie le importa un delicuente muerto en un auto robado. Esto me hizo pensar en lo fácil que sería avanzar un escalón en mi lucha diaria. Una semana atrás, llamé a mis contactos para conseguir otro auto fantasma. Se que son robados, pero quien me los vende es un “recuperador” y yo se los pago. No hay ofensa. Además, es la única manera de mantenerme en las sombras. Sin números y con varios juegos de matrículas. Hoy he vuelto a escribir, lo que es buena señal. El auto está pintado de amarillo y con las placas “oficiales” de taxi. Esta noche volveré a las calles. Voy a respirar hondo y a tratar de mantenerme al margen. Por ahora, sólo seré un simple taxista.
Sexto capítulo de la serie. Continúa aquí

sábado, 28 de junio de 2008

Asalto

Besó a los niños mientras dormían, apagó la luz y caminó por el pasillo con una sonrisa. Escuchó un ruido sordo en el techo. “El viento”, pensó para tranquilizarse, pero se mantuvo alerta e inmóvil. Otro ruido, en un lugar diferente. Su corazón se aceleró. Corrió hasta la ventana y miró los árboles, inmóviles como una deslucida pintura. Caminó hasta la habitación con pasos largos, conjeturando. Alguien caminaba por el techo. Una o más personas. Ordenó a su mujer que buscara los niños y se encerrara en el vestidor del dormitorio. “Llamá a la policía”, le dijo antes de correr rumbo al comedor. Los ruidos se multiplicaban. Calculó por lo menos tres personas. Mientras revisaba las ventanas traseras, lo sobresaltó una serie de golpes en la puerta. “La policía, abra!” Le gritaron desde afuera. Vacilante, se acercó hasta la puerta y por la mirilla vio a cuatro oficiales parados en la entrada. Detrás de ellos, psicodélicas luces azules iban y venían. Abrió la puerta unos centímetros y los oficiales se presentaron. Aún temeroso, les cedió el paso para que revisaran el lugar. El cuarto oficial trabó la puerta al ingresar dejando tras de si una serie de huellas alquitranadas.

domingo, 22 de junio de 2008

Equilibrio

Hace una semana que la tierra comenzó a temblar. En cada rincón del planeta aparecieron monstruosas grietas; los volcanes regurgitaron ríos incandescentes y lluvias de ceniza. La intensa actividad volcánica observada en los polos ha derretido aquellos hielos que creíamos eternos. En consecuencia, las ciudades costeras están siendo alcanzadas por olas gigantes que destruyen toda huella humana. Aún no se conoce cuánto ha crecido en nivel del mar. El evento cataclísmico no fue inesperado. Diversas organizaciones ambientalistas lo anunciaron incontables veces durante años. Nadie los escuchó. La discusión ahora se centra en la gravedad de la situación. El fenómeno desaparecerá tan fugazmente como se inició, o será sólo el comienzo? Las redes informan que ciudades completas han sido devastadas. Tokio, Los Ángeles, San Francisco y Santiago son sólo algunas. El patrón es claro y lógico. Millones de vidas se han perdido. Las miradas se han vuelto a la comunidad científica, instándolos a encontrar una rápida solución. Los más ilustres se han reunido en África, el continente menos afectado hasta el momento. Desde allí, emitieron hoy el primer informe oficial: “Hemos dañado el Planeta hasta convertirnos en una seria amenaza. Como todo sistema dinámico, está reaccionando para retornar al equilibrio.”

domingo, 15 de junio de 2008

Emergencia

La sirena sonó mientras intentaba conciliar el sueño. Pensé que se trataba de otro simulacro por lo que no le di mayor importancia. Era el tercero desde que habíamos zarpado y ya no me divertían. Comencé a preocuparme luego de quince minutos de gritos continuos. El terror me alcanzó cuando noté que el barco se inclinaba sensiblemente hacia la izquierda. Desde el ojo de buey pude ver el mar mucho más cerca de lo habitual. Me vestí apenas como para salir y corrí a la puerta. ¡Trabada! Mis entrañas se volvieron de fuego. Traté de calmarme. Tomé aire, giré el pestillo y volví a tirar de la puerta. Luego de una hora de forcejear, logré romper la traba. Alguien deliberadamente puso un palo de golf en mi puerta. Varios nombres surgieron de mi memoria, pero en un instante pasó a segundo plano al recordar la urgencia. Corrí enloquecido, luchando contra la creciente inclinación de la nave. En cubierta, descubrí que no había nadie. Ni botes salvavidas ni nada de que aferrarme. Les cuento esto por si no llegan a tiempo. De todos modos intentaré asirme de algo. Y si algo me pasa, hablen con Juan Carlos González y Edgar Álvarez.

domingo, 8 de junio de 2008

Crónicas de un taxista – Imprevistos

Por mi culpa hoy murió un hombre. La cosa venía desarrollándose acorde a lo esperado, como las últimas veces. Algún ladrón de “medio pelo” intentaba robarme, lo atrapaba, catalogaba y lo soltaba. Sin incidentes. Decenas de ladrones adornaban mi sitio web y cada vez más taxistas lo consultaban. Ya se hicieron tres arrestos gracias a mi trabajo. Curiosamente, nadie intentaba bloquear el sitio; aunque claro, ni el sitio ni yo existimos. El desvío se originó cuando el tipo en lugar de amenazarme, me cortó. No fue profundo, pero cuando sentí el tajo sólo atiné a protegerme y perdí el control. Íbamos a más de ochenta cuando impactamos contra el árbol. El cinturón me contuvo, pero el tipo no tuvo tanta suerte. Impactó contra el parabrisas. Ni bien me recuperé, lo recosté sobre el asiento de acompañante. Agonizaba. Tuve que pensar rápido. Me bajé del auto y lo senté tras le volante. Revisé la escena y de inmediato supe que nadie lo creería. Me recosté bajo el auto y busqué la manguera para romper un extremo. El penetrante aroma inundó el espacio. Tiré con fuerza de la instalación eléctrica y volví junto al volante. Giré la llave un par de veces, hasta que un suave resplandor se dejó ver bajo el auto. Me alejé corriendo, rogando que ya estuviera muerto.
Quinto capítulo de la serie. Continúa aquí

viernes, 30 de mayo de 2008

Silencio

Hoy me quedé mudo; y no hablo de manera figurativa. Mudo. No puedo hablar. Me tomó un rato advertir lo que ocurría. Cada vez que intentaba hablar, mi boca se habría y un sonido gutural brotaba desde lo profundo. Ni una palabra. Supuse que para el mediodía mi problema se corregiría por lo que no busqué ayuda. Me prometí hacerlo para la tarde si seguía igual. Almorcé en mi habitación. Carne al horno con puré. Riquísimo, no hay nada como el puré de papas y calabaza. Dediqué un par de horas a la lectura. Disfrutando del silencio. Como de costumbre la lectura me dio sueño, por lo que dediqué la siguiente hora a dormitar. No logré quitar las preguntas de mi mente. Infinitas interrogantes me atormentaban, arremolinándose. A media tarde salí a caminar por el parque. Para evitar el mal momento y la vergüenza, evité a todas las personas que crucé. Me resultaría difícil de explicar. Al final de la tarde corrí a ver al médico, preocupado. El me hizo una serie de pruebas simples. Escuchó aquí, golpeó allá y al final sólo dijo: “No te preocupes, únicamente es un efecto secundarios de los electrochoques. Esperemos unos días. Pasará.”

domingo, 25 de mayo de 2008

Calavera

Caminó lentamente sobre el piso de madera sosteniendo el cráneo entre sus manos. Lo observó detenidamente, como intentando escudriñar los secretos de su propietario. Dejó la calavera sobre una pequeña mesa; se alejó un paso y agachándose se ubicó a la misma altura del objeto que lo obsesionaba. Observó las cuencas, vacías y oscuras. En ellas podía estar la respuesta que buscaba. En ellas pensaba encontrar el valor que necesitaba. Frunció el entrecejo, esforzando la vista y su imaginación, pero sin resultado. El color del hueso llamó su atención. Decolorado y desgastado por el tiempo. Pensó en la causa de la muerte, intrigante como la parca misma. Notó que los pómulos se veían más generosos de lo normal. Circuló a su alrededor, cargado de preguntas e indecisiones. El futuro estaba al alcance de su mano aunque no se sentía en condiciones de aprovecharlo. Volvió a tomar la calavera en sus manos y lo tomó con fuerza por detrás de la nuca. Lo apretó con fuerza como si fuera capaz de hacerlo estallar. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, el calor subió por su pecho. No podía recordar la letra. Maldijo a Shakespeare y a Hamlet por el tormento.

sábado, 17 de mayo de 2008

El Hechicero

Onzo revisó sus frascos de arcilla en busca de los últimos ingredientes. Según su experiencia, no estaba lejos de obtener la pócima que buscaba. El Rey sufría de una molesta enfermedad. Como consejero y hechicero real, había recomendado al Rey que lo mantuviera en secreto, para evitar que sus enemigos o los nobles traidores aprovecharan el momento. Oficialmente, el monarca se encontraba en los bosques reales de cacería. Volvió a mezclar, dejándose envolver por los densos vapores. Le llegó un dejo a hierbas silvestres. Sólo le faltaba agregar su nuevo descubrimiento. Una pizca del polvo amarillento sería suficiente para la prueba. Llamó a uno de los guardias reales y lo invitó a beber del cuenco. El viejo guerrero bebió sin mucha convicción, pero leal hasta el último aliento. Onza fue a visitarlo al día siguiente para ver cómo se sentía. No sólo estaba bien, sino que decía sentirse mejor que nunca. Agregó otra pizca y volvió a llamar al guerrero. Los resultados se repitieron y dos días después corrió junto a su Rey para entregarle el remedio. A la mañana siguiente, los guardias hallaron al viejo guerrero tieso y grisáceo, tan lejos de la vida como una roca.

sábado, 10 de mayo de 2008

Crónicas de un Taxista: Cacería

He visto documentales sobre cazadores, pero nunca pensé que sería tan difícil de reproducir en la vida urbana. Decidí recorrer las calles por las noches. Me movía despacio, como una vieja y cansada gacela. Pero el señuelo no funcionaba. Fue una buena manera de hacer dinero. Al tomar los viajes que el resto de los taxistas desprecia me encontré cubriendo un enorme mercado insatisfecho. Guiándome por la cara, lo reconozco, subí a una pareja a eso de las 4:00am. En cuanto me dijeron que iban “a la zona” de Villa Allende supe que era el momento. La falta de precisión era una clara señal. Nos adentramos en un vecindario peligroso y me decepcionó ver que él sólo sacaba un cuchillo. En cuanto lo apoyó sobre mi garganta activé el dispositivo. Con un agudo silbido, la cuerda aprisionó la mano del tipo alejándola de mi piel, como en los ensayos. Casi al mismo tiempo, apunté mi .38 especial. Se horrorizaron cuando les tomé la fotografía. Luego de amenazarlos con terribles torturas, los dejé desconcertados en un descampado fuera de la ciudad y corrí a casa a publicar sus rostros en mi nuevo sitio web para taxistas. Cuarto capítulo de la serie. Continúa aquí

domingo, 4 de mayo de 2008

Reacción

El Centro Comercial había quedado en penumbra. Un creciente murmullo surgió desde lo profundo. Dejé de caminar, preguntándome por qué no se encendían las luces de emergencia. Escuché a padres desesperados llamando a sus hijos. Algunos niños lloraban. El grito se oyó muy cerca y un frío glaciar comprimió mis entrañas. Por instinto, giré para encontrar el origen del sonido. Vi sombras que corrían sin dirección. Entonces, otro grito, aún más fuerte. Muy grave me llegó a lo lejos. Yo seguía sin moverme. Brazos, manos y codos me golpearon. Otra serie de gritos se desató, cada vez más fuertes. Pánico. Corrí sin dirección, sumergido en la marea humana. Fui arrastrado. Caí al piso. Intenté protegerme sin éxito. Me pisaron, patearon y golpearon. Me arrastré dolorido hasta una pared. El ruido era ensordecedor como el de un avión. Podía sentir el calor de los cuerpos y el hedor del miedo. En posición fetal, esperé. Los gritos continuaban cada vez más desesperados y los cuerpos caídos se amontonaban junto a mi. La desesperanza se adueñó de mi. La luz regresó. En cuanto comprobamos que sólo fue ataque de pánico colectivo; nos alejamos avergonzados, mirando hacia abajo y organizando torpemente nuestras ropas.

domingo, 27 de abril de 2008

Paseo

Avanzando con pasos cortos por la calle contempló a su alrededor. Cientos, tal vez miles de personas vociferaban junto a la calle que transitaba, con brazos en alto, agitándolos a su paso. No comprendía lo que gritaban. Sabía que por más que se esforzara, no lograría hacerlo. Los pocos días que llevaba en el país y el desconocimiento absoluto del idioma se lo impedían. Pensó en lo fácil que sería su vida si ellos comprendieran algo. Se maldijo por haber elegido como destino un país del que nada conocía. Continuó caminando. Varias personas abandonaron la seguridad de las veredas y se lanzaron hacia él. Los guardias que caminaban a su lado se encargaron de devolverlos a sus lugares. En más de una ocasión, tuvieron que utilizar sus cachiporras, especialmente con un par de señoras histéricas. A unos cien metros, pudo ver el escenario de madera. Humilde, desgastado por el uso y el clima. Miles de personas la rodeaban, ansiosos por el inicio del espectáculo. Alzaron sus voces nuevamente; ansiosos. Cuando llegó junto al estrado, le sorprendió su altura. Desde lejos aparentaba ser menor. Lo ayudaron a subir. En la explanada, el verdugo aguardaba con la soga en sus manos.

sábado, 19 de abril de 2008

El Robo

Atravesé la puerta de vidrio con un revólver en cada mano. Mis queridos .357 Magnum. Confiables hasta el infinito. Vestía de gris, zapatillas blancas y una máscara roja. Los clientes tardaron varios segundos en notarlo. Para entonces, yo había saltado el mostrador y acorralado a los empleados. Ni siquiera tuvieron tiempo de respirar, mucho menos de accionar alguna alarma. Tanto tiempo de práctica finalmente rendía frutos. Una vez arrinconados los empleados, sólo tuve que gritar algunas órdenes a los clientes. Gracias a la hora, no sólo eran pocos sino que además estaban dormidos, por lo que me fue muy fácil controlarlos; amontonándolos como ganado en la zona de los baños. Llevaba menos de noventa segundos cuando ya había vaciado la mitad de las cajas Apenas unos segundos más lento que en las prácticas. Unos instantes más y sólo tendría que correr hasta el auto y desaparecer. Utilizar una ambulancia ayudaría. Consulté el reloj y no pude dejar de sonreír. Un plan perfecto. El único punto con el que no contaba era con la viejita del bastón, escondida tras la planta artificial, emboscada. Ahora estoy esposado a esta inmunda cama de hospital, con dos policías que vigilan la puerta.

domingo, 13 de abril de 2008

Perros de la Calle

Hoy por primera vez el gobierno oficializó la noticia. Los perros se han vuelto locos. El diario dice que es un virus, pero a mi no me convencieron. Aquí en el barrio hace más de un mes que sabemos esto. Fue cuando los perros comenzaron su ataque. En las casas las mascotas se volvieron contra sus dueños, acorralándolos y lastimándolos sin piedad; en las calles la situación fue aún peor, los transeúntes sufrieron incontables heridas. Más de cien personas han muerto en la ciudad y muchos más morirán. Las mordeduras matan a la gente mucho después, aunque se salven de sus dientes. Desde hace días, nadie se anima a salir a la calle. Casi no quedan provisiones en nuestra casa y dudo que el resto de las familias esté mucho mejor. Por la mañana tendré que salir. Ya hice un recuento de las armas con las que contamos. Supongo será suficiente para buscar algo de comida y volver. Lo que más me extrañó fue la importancia que le dieron al comportamiento agresivo de los perros. Queriéndonos engañar con eso del virus. Como si nosotros no nos diéramos cuenta de la evidencia maléfica. "Rabia", quieren bautizarla. ¡Mentira!

domingo, 6 de abril de 2008

Crónicas de un Taxista: Infidelidad

A eso de la medianoche subió una piba llorando, iba al Cerro, a casa de su (ex) novio a buscar sus cosas. La historia de siempre, él la engaña y ella se muda. ¡Que bronca! Al final, la mayoría termina perdonando, sólo para volver a ser engañadas. Como me dio pie, le pregunté si lo quería y si iba a perdonarlo. Contestó que no; que no era la primera ni la segunda vez que ocurría. Como predije, ya lo había perdonado un par de veces. Llegamos y me pidió si podía esperarla. Accedí sin vacilar, pero aún así se mantuvo inmóvil en el asiento trasero, mirándome. No se animaba a confrontarlo. Me ofrecí a acompañarla y susurrando disculpas, accedió. En la casa la situación fue tensa. El chaval no quería dejarla ir, haciéndose el arrepentido. Un pesado. Para tranquilizarlo, esperé a que ella fuera hasta el dormitorio; lo agarré de los pelos y lo apoyé contra una puerta. Le pedí que jamás volviera a molestar a la chica y él gentilmente accedió. Cargó sus cosas y la llevé al centro. Le di mi tarjeta por si alguna vez necesitaba algo. Por supuesto, no le cobré. Tercer capítulo de la serie. Continúa aquí

domingo, 30 de marzo de 2008

La Playa

Por primera vez en años puedo disfrutar de esta playa a solas. Casi no recuerdo la última vez que la vi tan despejada. Sólo piedras y arena blanca. Tibia e inmaculada. Ahora la veo desierta. Ni un alma a la vista. Cuánta soledad. Nadie con quién hablar, o compartir este momento. Cómo me gustaría que María estuviera aquí. Ella podría quitarme el frio que penetra estos huesos viejos. Ella podría consolarme, mientras contemplo el viento en su eterno vaivén. Casi no recuerdo cuanto tiempo hace que se fue… “Que se fue”, que manera tan estúpida de ocultar la verdad. Ella no se fue. Ella se murió. Nunca pude asumirlo y nunca lo haré. No puedo creer la calma del mar. Se ve como el Mar Negro, liso, de sólida apariencia. Me hubiera gustado conocerlo, no solo verlo en documentales. Ha bajado mucho la marea. Ya casi es la hora. Ya falta poco para el atardecer. Se acera la hora. Mejor me preparo para el espectáculo. Cuánto silencio. La gente se ha ido lejos. Corriendo despavoridos a tierras más altas. Pobres, creen que pueden salvarse. No tienen idea de lo que se viene. Ohhh, allá veo la primer ola.

martes, 25 de marzo de 2008

Amanecer

Se levantó varias horas antes del alba. Con el termo y el mate como únicos compañeros, emprendió su recorrido. Con los vidrios bajos, respiró el embriagador perfume de pura hierba y bosta de animales. Recordó las cabalgatas con su padre en los tiempos de la alfalfa y el maíz. Antes de la vergüenza de perder la propiedad. Incontables sufrimientos y privaciones invertidas en recuperar esas doscientas hectáreas, apenas una fracción de lo que alguna vez tuviera su padre. Una oleada de esperanza lo alcanzó fugazmente cuando vio las vacas desfilar con tranquilidad, acompañado por el adormecedor sonido de las bombas del tambo. Sintió una punzada de culpa, pronto lo vendería. Con el monstruoso impuesto fijado por el gobierno, las ganancias con las que contaba para recuperar las tierras se esfumaban. Saludó a su gente, ellos respondieron con afectuosa sinceridad, ajenos a las amenazas. Volvió a la camioneta sonriendo al recordar que conducía una “todo-terreno”, la excusa elegida por el gobierno para calificarlos: “prósperos”. Encendió la radio mientras fumaba su primer cigarrillo del día. El amanecer se mostró, tímido. Asió el volante con fuerza y se preguntó cuantas vallas derribaría frente a la casa de gobierno antes de ser detenido.

viernes, 21 de marzo de 2008

Ataque

La primera piedra me alcanzó en la oreja. La puntada me recorrió la cabeza. La siguiente imagen que alcancé a ver, mostraba una perspectiva extraña y surrealista. El mundo visto desde el ras del piso. Con la cara pegada al asfalto, sentí como la arenilla de la calle se me incrustaba en el pómulo. La bicicleta había caído más adelante. La rueda aún giraba. Otro impacto me alcanzó por la espalda, justo en el omóplato. Me doblé como un ovillo, para evitar los golpes en la cabeza o en otras partes delicadas. Escuché los gritos desde lejos. Luego unos pasos se acercaron y más piedras me alcanzaron. Tal vez eran más pequeñas o tal vez el dolor me hacía insensible. Un pie descalzo me pateó en el hombro. Llegué a verlo pero nada pude hacer para evitarlo. Alguien me tiró el pelo con odio. Me contraje aún más, listo para recibir otra oleada de golpes. El sonido de la sirena del patrullero me alivió. Con la vista ensangrentada pude ver a varias personas alejarse a la carrera. Cuando los oficiales me arrojaron en la parte trasera de la patrulla, me prometí que nunca más volvería a robar una bicicleta.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Avalancha

La avalancha nos arrastró por la ladera de la montaña. Por fortuna, sólo recibimos un impacto residual. Quedé atrapado bajo un montículo de nieve. Aníbal, tuvo más suerte y sólo sus piernas quedaron aprisionadas. Una de mis manos, la cabeza y los hombros asomaban sobre la superficie. Sólo pude rogar a mi amigo por su ayuda. Luego de liberarse, él se acercó a ver cómo me encontraba. Intentó ayudarme a salir pero no logró moverme ni un centímetro. Cavó un poco con sus manos y encontró una enorme rama de araucaria por encima de mis piernas. Me pidió que lo ayudara a empujar. Necesitábamos mover el tronco para liberar mis piernas. Un ruido sordo se escuchó montaña arriba. Ambos miramos sobresaltados. La montaña volvía a quejarse, lista para descargar su furia. Noté que dudaba. Analizó la situación caminando a mi alrededor. Dio lentos pasos, mirándome indeciso. El viento sopló, gélido. El ruido se repitió. Dejó de dudar y dándome la espalda corrió montaña abajo. Cuando logré liberar mis manos, escuché comenzar la nueva avalancha. Logré protegerme con mi abrigo antes de recibir el golpe. Pocas horas después, los rescatistas me encontraron gracias al transmisor. Aníbal no tuvo tanta suerte.

viernes, 7 de marzo de 2008

Crónicas de un taxista: Secuestro

Hoy cargué a dos turistas en el aeropuerto. Dos gringos. Alemanes, creo. Querían ir al centro. Vienen con los bolsillos llenos de euros y se creen dueños del mundo. ¡Infelices! Ni se imaginan lo que es vivir acá. Creen que todo paseos, estancias y paisajes. No ven la pobreza y a la gente muriéndose de hambre. ¡Estoy harto! Me carcome la mente que no se haga nada por cambiar esa realidad. Por eso preparé el auto para este día. Por supuesto que no los llevé al centro. En cambio, fui al sur, donde la realidad es diferente de lo que ellos esperan. Allí la verdad te golpea en la cara, despiadada. No hay decorados, ni escenarios preparados para turistas. La vieja fue nerviosa desde un principio, como si intuyera algo. El viejo cayó en la cuenta mucho más tarde, pero se puso pesado e intentó ponerme una mano encima. En cuanto le mostré mi .38 se calmó. Nos metimos en una villa de emergencia. En ese momento el terror los desfiguró. Imaginaron lo peor. Al final los dejé en la terminal. Ya habían aprendido. Por mí no me preocupo. Ni el auto ni yo existimos. Segundo capítulo de la serie. Continúa aquí

lunes, 3 de marzo de 2008

El Guerrero

Aullando como chacal, corrió hacia la densa marea de cuerpos. No estaba solo. Junto a él, miles de guerreros de rostro serio y músculos tensos corrían con la vista clavada en el enemigo. Se obligó a dejar atrás el miedo. No existía alternativa, sólo la victoria. Escuchó la orden: Elevar las espadas y embestir. El impacto fue terrible. Los hierros chocaron, desgarrando y cortando. El ruido, tan escalofriante como ensordecedor lo aisló de las órdenes. Se empeñó por sobrevivir. Descargó su furia una y otra vez abriendo una brecha. Llegó a ver a sus compañeros, que aprovechando la revuelta, se colaron por la brecha hasta dividir, rodear y aplastar al enemigo. Horas más tarde, bañados en sangre y sudor se reunieron a regocijarse por la victoria alcanzada. Cientos de muertos y heridos aparentaban ser el saldo del encuentro. Con apenas un corte poco profundo en la espalda se sintió afortunado. Caminando con dificultad sobre el barro sanguinolento, se dirigió hacia lo que quedaba de su brigada. Junto con él, alcanzó al grupo un mensajero. El grueso del ejército enemigo estaba a menos de dos horas de distancia. Con rostros inexpresivos, organizaron su insignificante ejército y avanzaron a enfrentarlo.

martes, 26 de febrero de 2008

Crónicas de un taxista: Encuentro

Hoy por poco me descubren en un control policial. Varios taxis esperaban ser requisados en las afueras de la ciudad. Mataron a otro taxista. Ahora les agarra la urgencia. Aunque duran unos días, luego la policía se olvida y abandonan hasta el próximo asesinato. Aunque tenía mi documento en regla, me sentí un poco nervioso. Algo podía salir mal. Por la obligación de llevar las luces interiores encendidas, desde afuera podían vernos a la perfección y pude percibir al taxista de atrás con los ojos clavados en mi. Noté una fina película de sudor en mi frente. Para completar el cuadro, los policías bajaron al pasajero del taxi de adelante. El pobre imbécil era portador de cara de “negrito peligroso”. Le pidieron su documento. Mientras esperábamos, el “tachero” de atrás se bajó del auto. En ese momento, liberaron al taxi de adelante y fue nuestro turno. Luego de algunas preguntas nos dejaron seguir. Al mismo tiempo, el taxista que seguía parado detrás del taxi se acercó a la policía señalándonos. Aceleré a fondo, dejé rápidamente al pasajero, me apresuré a cambiar el auto y las matrículas. Vivir y trabajar en la ilegalidad tiene sus riesgos. Primer capítulo de la serie. Continúa aquí

domingo, 17 de febrero de 2008

El viajante

Aceleró más allá del límite de velocidad. La soledad de la ruta lo aburría. Ajustó la radio tratando en vano de encontrar otra emisora. La oferta de FM en el interior de San Luis era tan reducida como deprimente. Alcanzó casi el doble de la velocidad permitida. Buscaba otro auto para establecer lo que llamaba: “Relación de Ruta”; encontrar un vehículo para seguir pegándose a su cola y utilizarlo como guía. Le servía para conocer las características del camino y sobre todo, para controlar su propia velocidad. Ni una sola luz a la vista. Se sorprendió al descubrir un par de luces acercándose desde atrás, acechantes. Los dos ojos brillantes se ubicaron a una distancia prudente, manteniéndola por varios kilómetros. Odió al otro conductor por utilizar su propia estrategia. En varias oportunidades aminoró la velocidad para dejarlo pasar, pero el otro auto mantenía la distancia. Minutos más tarde, malhumorado y maldiciendo por lo bajo colocó las balizas y detuvo el auto. Finalmente, el vehículo que lo seguía se aprestó a superarlo a muy baja velocidad. Se sorprendió al ver que se trataba de un auto igual al suyo y se horrorizó al ver que llevaba la misma matrícula.

Desesperación

Caminó nervioso alrededor de la mesa por cinco minutos. Miró el reloj y tomó asiento frente al televisor encendido. Sabía que llegaría tarde al trabajo, pero no le importó. Aún no se había vestido. No podía abandonar su casa sin la información. Las vacaciones se aproximaban. Un día más y se vería obligado a interrumpir su rutina. Pocas cosas lo ponían más nervioso que las alteraciones a la rutina. Si no lo obligaran, elegiría no tomar vacaciones. Ni enfermo faltaba a trabajar. En quince años sólo había faltado una vez, cuando lo internaron por apendicitis. Continuó paseando desnudo por la casa, perdido y alterado. La información no llegada. No podía salir de la casa sin ella. ¿Cómo iba a dejar así su hogar? Se preguntó. ¿Cómo encarar el inicio del día si nada sabía? ¿Cómo podría tomar las más mínimas decisiones si no contaba con datos? Quince minutos después comenzó a desesperarse. Nunca había ocurrido algo parecido. Sintió como regresaba el casi imperceptible espasmo en su ojo derecho. La crisis nerviosa se aproximaba. Las señales eran claras. Volvió a la computadora. Con las manos temblorosas, guió el mouse hasta el botón “Recargar esta página”. Google seguía fuera de línea.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Mirada

En cuanto me miró de esa manera, supe que todo había terminado. Ninguna relación puede soportar esa gélida y oscura mirada. Apenas si logré mantener la vista vuelta hacia el piso. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, impacientes por fluir. Las palabras abandonaron mi boca, temerosas de no encontrar respuesta. Si al menos hubiera dicho algo. Quizás, podría haberme defendido con algo de dignidad. Pero nada. Ni una palabra. Ella sólo se mantuvo inmóvil, con sus ojos clavados en mí. Los brazos cruzados a modo de protesta silenciosa y una rígida mueca burlona. Apenas pestañeaba. Continué observándola con detenimiento. Tan hermosa como recordaba. Largos cabellos dorados y un cuerpo envidiable. Su piel joven resplandecía en la penumbra, apenas iluminada por el velador. Maldije mi estupidez y debilidad. Maldije por no haber sido más cuidadoso y responsable. Mi adormecido cerebro buscó infinitas excusas, una más inverosímil que la otra. Por lo general, me jactaba de ser bueno para salir de momentos incómodos, aunque esa parecía la excepción que confirmaba la regla. Respiré hondo. Entonces cometí el último error, la payasada final. Aún desnudo sobre las sábanas, esbocé un triste: “Te juro que es la primera vez que me pasa”.

domingo, 27 de enero de 2008

Sorpresa

Cuando apareció la primera mancha no le di demasiada importancia. Parecía ser una especie de marca verdeazulada. Desde hacía tiempo, mi vida se había convertido en una estéril y amarillenta monotonía, por lo que la novedad logró distraerme por algunas horas. Sólo observé. El día transcurrió sin mayores sobresaltos. Mi mente vagó infinitas veces en dirección al origen de las manchas. Al día siguiente, aparecieron otras. Algunas se entrecruzaban, otras abrían nuevos surcos sobre la porosa superficie. Examiné las formaciones, intentando descifrarlas pero me fue imposible. Pasé el día sentado, observándolas y haciendo conjeturas. De todos modos, no tenía mucho que hacer. Durante varios días las manchas siguieron apareciendo. No siempre parecían del mismo color, en algunas ocasiones arecían de un color parduzco, otras más verdoso. Seguí sentado. No me preocupaba, porque imaginé que sería fácil de solucionar, tan sólo requeriría salir de casa y pedir ayuda. Claro que era algo que podría hacer solo, pero no quería. Pero esta mañana parecieron nuevas manchas y ya no eran tales, luego de tantos cruces, idas y vueltas formaban un irrefutable mensaje: “Gordo sorete. Por qué no laburás?”, las letras se extendían a lo largo de la pared de mi casa.

domingo, 20 de enero de 2008

Oscuro

El Centro Comercial se sumió en la penumbra. Luego, oscuridad total. No comprendía. En un momento realizaba compras navideñas y de pronto, la nada lo alcanzó. “¿El corte será en toda la ciudad?” Se preguntó desconcertado. Intentó forzar la vista pero sin resultados. De inmediato recordó las bolsas que traía en sus manos. Casi terminaba de comprar los regalos. ¿Dónde estaban? Le había tomado más de un mes preparar la lista, revisando con cuidado las alternativas. No podía fallar. El futuro de su matrimonio estaba en juego. ¡La bolsa! Trató de mover sus manos pero las sintió pesadas, como si estuviera sumergido en una pileta de aceite. Percibía los movimientos, pero no podía sentir contactos sobre su piel. Sólo un suave hormigueo. Desahuciado, se concentró en escuchar. Necesitaba averiguar que ocurría. Sólo un lejano eco llegaba a sus oídos. Voces. Tan lejanas como incomprensibles. ¿Que estaba pasando? No podía demorarse. Su esposa lo esperaba. El negro manto seguía impenetrable. ¿Estaban abiertos o cerrados sus ojos? Justo antes de introducirlo en la bolsa negra, los paramédicos tuvieron que forzar sus manos. Una para quitarle las bolsas de regalos, la otra para separarlo de la defectuosa estantería que lo había electrocutado.