domingo, 27 de agosto de 2017

Profesionalismo


Me desespera el trabajo que hago. Simplemente es una mierda. Una sucesión de momentos incómodos y surrealistas, seguidos por la frustrante desesperación de comprobar que acabo de ganar lo suficiente como para sobrevivir otro par de horas.
¿Cómo no caer en la desesperación? ¿Cómo evitar ceder al impulso de mandar todo al demonio y buscar otra salida? Una fácil para variar. Una salida que no implique frustraciones del tamaño de monumentos o que al menos entregue recompensas acordes al sufrimiento.
¿Cómo sostener las interminables e insignificantes charlas forzadas? ¿Quién dice que debo mantener una conversación? ¿Dónde está escrito? ¿Quién dice que debo dejarme tratar como si fuera un sirviente o alguien de menor categoría? ¿Quién es suficientemente bueno como para definir y llenar esas categorías?
Para completarla… ¿Cómo carajos iba a darme cuenta? Cuando sos remisero en una ciudad llena de insípidos gringos y te dicen: “Andá cagando al Hotel Palace y buscá al Negro que viene a poner una fábrica. Llevalo a la Municipalidad. ¡Apurate!”. 
Vos vas al hotel a fondo y cargas al morocho en el auto. Sin importar lo desconcertado que parezca o cuánto proteste en el camino; vos lo llevas! Lástima que me traje a un trompetista. 

domingo, 13 de agosto de 2017

Cena


La noche apenas iniciada se muestra tranquila. El paseo nocturno tiene más que ver con ahuyentar mis propios demonios que con pasear al perro. Nunca deja de ser una buena excusa. El barrio se ve calmo. Las luces tibias de las farolas de hierro apenas pintan sombras sobre las casas.
Mientras camino con lentitud, la brisa fresca empuja un agradable aroma a primavera. El silencio es casi total. Solo se escucha el suave siseo de las hojas. Ayudo a mantener el silencio y camino. Ni siquiera el perro emite sonido alguno.
Desde la calle, se observa el ir y venir de los urbanos rituales en el interior de las casas. Hora de la cena. Hora de unos pocos minutos compartidos en familia. Fijo la atención en una de las casas. Frente a la nuestra, apenas en diagonal. Las luces del jardín frontal están apagadas. En el interior, solo hay luz en la habitación principal del piso superior. Un cosquilleo de alarma me recorre la espalda. Los Estévez son mas regulares que el subte londinense.
Avanzo a pasos largos, tirando la correa del perro. Lo dejo atado a la canilla de agua. Junto a la ventana no distingo nada en el interior. Solo una luz tenue baja desde el piso superior. Las dudas me asaltan. 
Conociendo bien la casa, la rodeo en pocos pasos. La puerta del patio esta sin traba, como siempre. Llamo sin respuestas desde el vano de la puerta. Avanzo un paso dentro de la cocina y antes de alcanzar el interruptor, resbalo con torpeza. El aire se me escapa de los pulmones en un golpe seco. Me cuesta ponerme de pie, algo aceitoso me lo impide. Consigo encender la luz y me encuentro cubierto de sangre. El pánico me invade. Intento imaginar como explicaré a la policía. La sangre no es el problema, soy inocente. Lo complicado serán los resultados de la autopsia de ella.

viernes, 4 de agosto de 2017

Autopista


Nada mejor la ruta después de un largo día de trabajo, pensé al salir. Aunque no lo necesitaba, ajusté el GPS rumbo a casa. Empujé el acelerador hasta alcanzar un valor sensiblemente superior a la legal y sonreí. Todo un día tratando de convencer a futuros clientes puede ser extenuante. Completé el menú de desintoxicación con algo de Rock Progresivo, con el volumen dos puntos por encima de lo recomendable.
Recorrí casi cien kilómetros sin tocar el freno, adelantando auto tras auto mientras veía como las preocupaciones se evaporaban. Tras una curva cerrada, tuve que pisar el freno hasta el fondo y aún así por poco no termino subido a una camioneta luego de esquivar una hilera repleta de conos anaranjados que me empujaron hacia carril izquierdo de la autopista. 
La fila se veía interminable, un ciempiés de acero y caucho que se extendía más allá de la próxima curva, fuera de mi vista.
Sin muchas opciones, frené cerca de la camioneta que tenía al frente y esperé. Bajé la temperatura del climatizador. En la quietud de la nada, el sol parecía golpear con más fuerza. Subí un punto más el volumen de la música, intentando poner en práctica mi nueva filosofía basada en la paciencia y la aceptación de la vida; aunque debo reconocer que no estaba funcionando.
Los minutos se fueron apilando a un ritmo tan lento que tuve ganas de tirarme del auto por la ventanilla y echarme a correr. La fila se desplazaba por momentos para luego paralizarse por completo. Como era de esperar, la fila en la que me encontraba parecía ser mas lenta que la otra.
Hablé por teléfono. Consulté cientos de veces el celular en busca de mensajes que no llegaron. Miré el clima. También escuche decenas de canciones más de las planificadas para el viaje. Ya podía ver el origen de la demora. Un simple control policial. Dos policías con ganas de joderle la vida a la gente. Un sinsentido, una triste excusa más orientada a recaudar dinero por multas que a cuidar de los conductores. 
Alcancé a ver a uno de los oficiales haciendo señas hacia la patrulla. Luego  de unos segundos de suspenso, se abrió la puerta del acompañante y con cierta dificultad descendió un tercer policía que yo estimo, por la amplitud de su vientre y caderas, que se trataba del jefe de la patrulla. Por supuesto, el auto al que se aproximó el caricaturesco oficial era el primero de la fila donde yo estaba. 
Estirando el cuello alcancé a contar nueve autos adelante mío. No faltaba mucho, pero lo presencia del jefe me hizo prever lo peor. Fueron luego por el tercero mientras los primeros seguían inmóviles. La pista derecha ya había sido completamente liberada por el tercer policía.
Unos interminables minutos más tarde, el cuarto auto de la fila comenzó a maniobrar para cruzar a la pista derecha a través de la línea de conos naranjas. Cruzó y se perdió tras una curva. Lo siguió el quinto.
Ya aliviado, puse en marcha el auto con suavidad y cuidado para seguir a la fila de autos que comenzaba a cruzar de pista. Cuando me tocó el turno, miré con cuidado para asegurarme que podía cruzar y cambié a la pista derecha. Antes de comenzar acelerar para salir del bloqueo, uno de los policías me hizo señas para que me detuviera al costado de la ruta. Nada bueno podía salir de eso.
Al estacionar, noté que cuatro de los autos que iban delante mío habían sido detenidos y descansaban metros más adelante. Otra mala señal. El oficial se caminó a paso cansino en la dirección en la que me encontraba. Lo esperé con el vidrio bajo; mi mejor sonrisa y mi cara de no-entiendo-por-que-me-detuvo-oficial. No funcionó. Con una paciencia pocas veces vista, me informó que acababa de cometer una infracción MUY grave. Artículo Sesenta y ocho, me dijo. Una cantidad extraordinaria de dinero y todos los puntos que me quedaban en la licencia. 
Mas tarde, ya entrada la noche, comprobé que realmente había violado una normativa que ni siquiera conocía. Los puntos de la licencia se habían esfumado y me esperaban largas caminatas. Al menos, pude volver a leer en medio de la lentitud del colectivo. Desde entonces, llevo leído las obras completas de Emilio Salgari, Sir Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe.

sábado, 29 de julio de 2017

Ilimitado


Una débil puñalada de luz se cuela entre las persianas, dándome una ligera idea de la hora. Estoy seguro que es tarde. El ángulo no es el apropiado y la falta de sueño confirma la hipótesis. Debería preocuparme, pero no ocurre tal cosa. El abrazo de las sábanas es más fuerte y me dejo retener.
El largo descanso me ha llenado de energía. Antes de despegarme de la cama, analizo mis opciones y un mundo extraordinario de oportunidades se abre ante mis ojos apenas entornados. Sonrío, aspirando largo y suave. Retengo la respiración. Las posibilidades son ilimitadas, los sueños tan alcanzables que las mariposas revolotean en mi estómago. Casi puedo sentirlo. El pulso se acelera. El optimismo me fluye por las venas sin control, ante la innegable concreción de los planes. La escalera se encuentra al frente, solo debo recorrerla para alcanzar el éxito que se  mantuvo esquivo. Ideas que se cristalizan en un futuro promisorio.
Cuando finalmente pongo un pie fuera de la cama los sueños se desmoronan, las opciones desaparecen y solo tengo esa única, gris e irremediable alternativa.  Al salir, hasta esa mediocridad se desvanece y ni siquiera queda una razón para volver a entrar. Exhalo, inmóvil.

jueves, 20 de julio de 2017

Conexión


Destapo la botella de whisky sintiendo el peso de una piedra oprimiéndome el pecho. Me dejo envolver por los vapores añejos sin extrañar el hielo, cavilando sobre las preocupaciones que pesan sobre aquel que está a la distancia. Aquel a quién que no necesito ver para descifrar, para acompañarlo en su divagar.
El sillón se me hace frío, incómodo. No me permite encontrar una posición agradable. El calor de la bebida me recorre el cuerpo, pero aun no llegan las respuestas a los problemas que me son esquivos. Problemas que no padezco, pero sufro como propios.
Analizo sus opciones con una visión distinta, pero no alcanzo a ver aquellas que compartimos en silencio. Nos perdemos buscando en los extremos, olvidando la delicada belleza de los grises. Encontrar el equilibrio en aquellas facetas que se repelen sin descanso.
Siento la copa casi vacía, los sentidos se adormecen, pero la tristeza se aferra a mis entrañas. Extiendo la mano en busca del interruptor y antes de quedar en penumbras siento una ligera descarga. No necesito llamar, para saber que la esperada noticia ha llegado. La conexión es más fuerte. Me recuesto. Apuro el último trago y cierro los ojos con una sonrisa.

viernes, 17 de marzo de 2017

Tren


El tren comienza a moverse rumbo a Charles de Gaulle con lentitud. A las afueras de Bruselas, el cosquilleo en el estómago indica la aceleración de la formación. Trescientos y algún kilómetro por hora.
Con una gaseosa en mano, intento inútilmente retomar la lectura. La revisión de los eventos pasados le gana a la concentración. Mucho que procesar, incluyendo algunas decepciones. Leo el tríptico que aflora del asiento. Hay un coche Bar justo detrás nuestro. El cuerpo me pide una cerveza. Con más de una hora de viaje por delante, recorro el pasillo en contrasentido.
La barra, con capacidad para al menos diez personas está colmada de hombretones ruidosos. Me acerco y me saludan a los gritos. Preguntan en igual volumen por mi destino. Los alaridos se duplican al descubrir que nuestros destinos finales coinciden. Por supuesto, no me dejan pagar por esa cerveza ni las próximas seis, hasta que de mala gana me permiten invitar una ronda. 
Descubro que mis nuevos compañeros de viaje son marineros de barco petrolero. Van camino a una nueva asignación que los mantendrá entretenidos por dieciséis semanas. Me cuesta creer las historias que cuentan. Incluyen desde fiestas y peligros, hasta hijos que no recuerdan haber tenido. Aun en medio de los gritos, pienso. Analizo las aventuras y desventuras de esa vida solitaria.
La reunión termina de manera abrupta cuando un oficial nos avisa que llevamos largo rato en Charles de Gaulle. El tren está a punto de volver a partir. Controlamos el horario. El avión que no puede esperarnos, también está a punto de partir. 
Nos apilamos en el mostrador de la aerolínea, rogando por un espacio en el vuelo. “Está cerrado”, nos dice la muchacha. Pongo mis encantos en marcha. La negociación se cristaliza. Cada uno de los marinos sube al avión, lamentablemente, por la demora, ya no queda lugar para el último de nosotros. Acepto mi destino y espero por lo que vendrá…

jueves, 9 de febrero de 2017

Secretos


Sentado sobre éste frío banco de concreto me cierro en los sonidos del inicio de otro día. La maravillosa iluminación de esos primeros rayos de sol engrandecen el escenario. Los autos parecen marchar en sincronía y las personas se ven como si fueran parte de un set de filmación.
Bebo el café directamente del vaso térmico. El corte con ginebra le agrega cierto matiz. Me concentro en un tipo que a pocos metros lucha por introducir la tarjeta en el cajero automático. Le calculo algo más de sesenta y una vida serena. Un bigote amplio y bien recortado que indica que no teme a mostrar su edad. Su pelo ensortijado lo confirma. También forcejea con lo que parece ser un cuaderno. Me pregunto que tendrá anotado.
Quién sabe si es la clave de su cuenta o la lista de transferencias a realizar fruto de vaya a saber qué maniobra poco ética. El hombre sigue tecleando y leyendo. El mundo es un misterio. Apenas conocemos una fracción minúscula de lo que ocurre a nuestra alrededor. 
Expulso con fuerza aire por la nariz en repudio a mis propios pensamientos. Le doy otro sorbo al café y disfruto por un instante de la caricia del sol. Todos tenemos secretos. Poniéndome de pie con cierta dificultad, camino tras los pasos del hombre.

domingo, 22 de enero de 2017

Fallo


Las grandes ideas tienden generar grandes resultados. Por supuesto, requieren una implementación acorde a la grandeza del resultado buscado.
La nuestra es una gran idea, implementada de manera magistral. No es común que un tipo común, un empleado de cualquier oficina, de cualquier lugar, descubra una de las aberraciones alimenticias más asquerosas de nuestro país. Para mejorar el resultado, el ejecutor de tal maniobra, no es otro que la mayor cadena de comidas rápidas del mundo.
Tomando rápidas acciones, ponemos a girar la maquinaria. No podemos confiar en terceros, por lo que mi cliente será el conejillo de indias. El tiene la tarea de comer cada mediodía esa porción de basura maliciosamente publicitada. Luego de una cantidad razonable y comprobable de comidas, sumado a las pruebas de tan sucia treta, seríamos el primer eslabón una cadena de demandas colectivas. Cadena de demandas lideradas por este servidor, por supuesto.
Los tickets se acumulan junto a las fotografías y a los informes de químicos. La fecha prevista para el inicio de las hostilidades está cerca, pero no contamos con el daño real producido a mi cliente. Infarto masivo. Un sueño trunco. Por la mañana dejo la carpeta en el archivo: “Grandes Ideas.”

domingo, 15 de enero de 2017

Almuerzo


En cuanto llamó invitándome a almorzar no lo dudé un segundo. La sola idea de una distracción y una comida gratis fueron más que suficiente. Ubiqué la cita entre “Tiempo Libre” y “Nada para Hacer”. 
Salí de casa con tiempo suficiente como para asegurarme de llegar al menos unos 20 minutos antes de tiempo. La puntualidad es un detalle importante. Conduje con precaución, respetando cada señal y anticipándome a los patrones del tráfico.
El almuerzo transcurrió tranquilo. Discutimos en profundidad sobre los problemas de la empresa de mi anfitrión. Analizamos luego los objetivos planteados. Le expresé mis sugerencias, fundamentadas con claridad. 
Luego, analizamos en conjunto los extraordinarios proyectos en los que mi mente estaba atrapada. Revolucionarios servicios, únicos en su clase y con claros análisis de potencial de negocios. Él se interesó y me lanzó también su lista de preguntas y sugerencias.
Comimos el postre, relajados. Se ve que una de mis ideas caló hondo en mi acompañante, porque volvió de repente con una serie de acciones inmediatas que podríamos implementar. 
Me costó frenarlo, tuve miedo de reconocer que mis aspiraciones sufren el mal de la pereza. Nos bebimos el resto del vino y cada uno volvió a su realidad.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Perros


El lugar de moda se me hizo demasiado artificial. Muñecos digitales ultra-perfumados, en un desganado esfuerzo por encontrar esa dosis de efímera compañía. Entré y me dejé llevar. El ambiente parecía propicio para ausentarme temporalmente de la realidad y tal vez profundizar la oscuridad de mis penurias. Dejar que la noche sea quien escriba el final de la historia. Todo sería culpa del destino. 
Me instalé en la barra cual “Dueño de Club” de los ochenta. Pedí una botella de una champaña más que respetable y cuatro copas. Llené la primera y me senté a disfrutar de la vista. En pocos minutos sólo una copa estaba vacía. Mis nuevas compañeras además de buena charla, tenían larga experiencia en relaciones fugaces. No se trataba de seguidoras ni buscadoras, se trataba de dos mujeres acostumbradas a dominar.
Las horas se acumularon junto a las botellas vacías. Los ánimos se oscurecieron y la temperatura subió hasta incomodar. Ambas se mostraron dispuestas. Me dejé llevar, como tenía previsto, y la temperatura trepó aun mas.
A pedido de ellas, nos fuimos juntos, no importa donde. Para la mañana siguiente, confirmé mi teoría sobre los hombres. No somos más que perros. Corremos y corremos tras las ruedas durante toda la vida, pero no sabemos que hacer con ellas cuando las alcanzamos.