sábado, 13 de junio de 2015

Infracción


La recta interminable se abre ante mi. A no más de quinientos metros el puesto policial resplandece con sus luces enceguecedoras. Me dejo llevar por la pendiente conteniendo la respiración. El viento me roza la barba, despertando miles de nervios que creía dormidos. Levanto el celular en Modo GPS y me muestra la velocidad exacta: 79 kilómetros por hora. 
El puesto policial se acerca. Guardo el teléfono y acaricio el freno, considerando la posibilidad de usarlo por una fracción de segundo. Dejo resbalar la mano del freno y en automático vuelvo por el teléfono. Esta vez me devuelve: 80 kilómetros por hora. Carteles de “Máxima 40” y “Control Policial” se suceden.  
Faltan pocos metros para alcanzar la patrulla y el policía comienza a hacerme señas para que me detenga. La mandíbula se le afloja cuando le paso al lado si detenerme. Me mira sin saber que hacer. Supuse por un instante que iba a sacar la pistola y meterme un par de balas en la espalda, pero finalmente solo atinó a correr detrás mío.
Me dejo deslizar algo más de cien metros, deteniéndome en la orilla. El policía me alcanza al trote. Me mira sin saber que decir. Toma su radio, pero las palabras se desvanecen antes de salir. Agarra su libreta de infracciones. Luego de muchas dudas y algunos tachones, me entrega el ticket. Me cuesta contener la sonrisa y aunque me gané mi primer multa, nadie podrá quitarme la emoción de pasar frente a la policía a 80 kilómetros por hora en silla de ruedas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El Gordo


La camioneta volaba sobre el descampado con los yuyos tan altos que parecían envolvernos. Los teníamos casi acorralados pero seguíamos sin verlos. Le dije a mi compañero que acelere. Al frente alcancé a ver una sombra extraña. Dos personas en una moto. Era lo que buscábamos. "Acelerá", le dije gritando. Respondió con un resoplido de disgusto, aunque de todos modos lo hizo. 
Segundos después la sombra se acercó tanto que alcanzamos a golpearla. Un impacto y el sonido de plásticos que se quiebran. Mi compadre clavó los frenos una buena sacudida. 
Sin preocuparme por la innegable realidad de no tener ni un solo cartucho, saqué la escopeta y salté de la camioneta. Corrí hacia donde esperaba encontrar a los dos tipos de la moto. 
Encontré a uno desparramado al lado de los pedazos de plástico del ciclomotor. Se movía un poco. Tenía el brazo girado en una posición imposible. Me puse en guardia, buscando al otro. Avancé tres o cuatro pasos entre los pastizales, en el ambiente irreal que proyectaban las luces de la vieja Toyota. El tipo no tuvo mejor idea que encararme con algo brillante en la mano. Levantó el objeto sobre su cabeza. Lo dejé avanzar dos pasos más y adelantándome un paso para acortar la distancia, le descargué en la frente un culatazo de la escopeta.
Veinte minutos después estábamos en el hospital con un fracturado y otro atontado por golpe. Llegó el jefe del Precinto y lo primero que me preguntó fue por que no le metí un escopetazo. Le expliqué que ya no quedaban balas, algo que él sabía bien. El me miró por un instante y encogiendo los hombros sólo atinó a decir: "Que huevazos, Gordo".

miércoles, 29 de abril de 2015

Insomnio - Emergencia


Esta vez abrí los ojos en un cuarto de hospital, sacudido por una enfermera de buen porte y más bigotes que Stalin. Pensé que estaba teniendo un infarto. Por un instante, me dejé tentar por la idea. No mas despertares en cuerpos extraños. No más vigilias. No más sufrimiento. 
Pero no. La enfermera no me estaba resucitando, solo me despertaba. Me sacudió un par de veces y creyéndome lúcido, explicó la situación. Mi paciente tenía diez centímetros de dilatación.  
Me empujó por un laberinto interminable de pasillos y puertas. En la sala, dos practicantes esperaban con los ojos llenos de curiosidad. Una enfermera asistía a la parturienta, solo faltaba el obstetra. Busqué una superficie reflejante, seguro de encontrarme con la imagen de un obstetra. Así fue.
Me acerqué con los tobillos de gelatina hacia donde la pequeña cabeza coronanba hacia la libertad. Casi se salía. Alcancé a poner las manos y prácticamente el bebé cayó en mis manos. Sin saber que hacer y gesticulando con la cara le indiqué al practicante que se encargue del cordón y la placenta. La pediatra se acercó por detrás y tomó en sus brazos al bebé junto en el momento en que me desmayaba. 

jueves, 23 de abril de 2015

El Coleccionista


Cerró la puerta tras de si con las manos temblorosas y un ligero cosquilleo de excitación en el vientre. Se mantuvo de espaldas contra la puerta con los ojos cerrados. Contuvo la respiración y contó hasta quince lentamente. 
Caminó a oscuras hasta la minúscula cocina, desesperado por refrescar su garganta. Abrió la heladera, sabiendo con exactitud lo que encontraría. Una copa, cinco hielos, dos dedos del oscuro brebaje y una botella pequeña de Coca Cola de edición limitada.
La única silla junto a la mesa lo esperaba. Luego de quitarse la campera del uniforme, se dejó caer en ella y con cuidado apoyó la copa que sostenía con la izquierda en el otro extremo de la mesa.
De entre sus ropas, sacó un sobre no mas grande que su mano. Las manos le temblaron un instante, hasta que tomó aire y contuvo la respiración. Apoyó el sobre  ignorando por completo la escritura formal y los sellos sobre el papel, pero concentrándose exclusivamente en su contenido. Deslizó la única pieza de papel desde el interior tomándolo con una pequeña pinza.
“Perfecto”, fue la primer palabra que surgió en su mente. Sus labios se movieron como pronunciándolo pero nada dijeron. La impresión presentaba algunas fallas pero eran perfectas. Algunas marcas y anotaciones se habían hecho, destacando los defectos principales. El reverso mostraba las mismas características. En ambos lados en el extremo inferior derecho podía leerse escrito a mano el número “1”.
Volvió sus ojos al billete que tenía bajo la luz, sabiendo que no tendría sentido colgarlo en la pared, ya que una de sus dos caras quedaría imposibilitada de mostrar su belleza. Una idea lo obligó a correr hasta el taller y revolver una buena cantidad de cajas y estantes. Dos bloques de vidrio encastrables le permitirían proteger la pieza única mientras podía disfrutarla en toda su plenitud.
La patada en la puerta lo sorprendió. Cuando vio a los policías copar el lugar en pocos segundos, se sintió más molesto por el ingreso de extraños a su casa-taller-museo que por el significado de tan ilustre visita. Sabía que el falso sobre que había dejado en lugar del que lo mantenía ocupado no tenía la capacidad de aguantar una revisión detallada, aunque nunca pensó que sería tan rápida la reacción. 

Después de esposarlo y ponerlo en un rincón, los policías se ocuparon de inmediato en resguardar el primer prototipo del billete de “Cien Pesos” en honor a Evita. Al mismo tiempo, una pareja de detectives recorrían el lugar admirando la extraordinaria colección de objetos pertenecientes los Perón. Miraban sin prestar demasiada atención y sin detenerse. Al cambiar de habitación, se encontraron en un pequeño cuarto de paredes desnudas y sin mobiliario alguno. En el centro una única mesa. Avanzaron hipnotizados. Se miraron con asombro, mudos de sorpresa, al tiempo que pensaban en el reconocimiento que obtendrían al resolver el interminable misterio de las “manos ausentes”.

domingo, 29 de marzo de 2015

Ingenio


Consciente de los riesgos, solo dedicó unos pocos minutos por día a la tarea. El tiempo no tenía sentido.
Las herramientas con las que contaba no eran las mejores, pero estaba decidido a compensar con ingenio lo que le faltara. Una computadora de más de quince años, un editor de gráficos para niños y un acceso a la terminal vía linea de comandos serían sus únicas armas. Un año de lectura previa sobre protocolos de red, paquetes de datos y vulnerabilidad de los sistemas operativos constituirían la fase de preparación del proyecto.
Le tomó una semana conseguir romper las barreras de seguridad y colarse vía lineas de comandos a la internet. Otra semana le tomó conseguir un par de logotipos y sellos digitales para utilizar como referencia. La tercer semana fue necesaria para editar las imágenes de manera convincente. Casi a un mes de iniciado operación, se sintió conforme con el trabajo terminado.
Se coló en internet una vez más, creó una casilla de mail de apariencia sólida y envió su creación. A partir de allí solo quedaba esperar.
Los días comenzaron a pesarle por primera vez. La espera le roía el estómago. A finales de la tercer semana de vigilia, un torbellino lo envolvió. Un grupo de guardias se le acercaron con cara de pocos amigos y lo sacaron de su celda con cuidada rudeza. Le entregaron algo de ropa para que se cambie y lo acompañaron hasta la puerta, entregándole una copia de la carta liberación recientemente firmada por el juez.

viernes, 27 de marzo de 2015

Viajante - Zapada


Otro viaje de catálogo. Otro recorrido interminable de sonrisas de papel continuo. Una canción que se repite una y otra vez con esa alienante sensación de perpetuidad. Sólo las pocas notas que desafinan le dan un sentido de cierta esperanza y son más valiosas que los diamantes.
Fue en algún lugar de Tucumán. Una parada sanitaria en medio de la nada. Un viejito me miraba desde atrás del alambrado. Tez trigueña, cansado, desgastado de vivir. Sostenía una herramienta que a la distancia parecía una zapa. Inmóvil. Me miró a los ojos, luego pestañeó y continuó golpeando la tierra a ritmo lento pero constante. Ignorándome.
Estaba a punto de volver al auto, cuando noté que el hombre estaba zapando un terreno que por lo menos tenía una hectárea. Solo, en un campo tan pelado y estéril como la luna. 
Caminé por entre unos pastos secos al costado del camino y me acerqué. El hombre seguía golpeando la tierra a unos veinte metros del alambre. Alcancé a ver que seguía una línea bien definida. Gran parte del terreno estaba marcado por las lineas.
La curiosidad ganó y avancé con la mano levantada en saludo campestre. Más preocupado por no recibir un tiro que por ser educado. Como a cinco metros me detuve y lo saludé a viva voz. Se detuvo y me miró con curiosidad. Avancé otro paso y luego del tercer saludo, le pregunté si podía preguntarle en que trabajaba. 
“No estoy trabajando, Señor. Soy Jubilado. Digamos que estoy matando el tiempo. Tal vez Usté no lo ve, pero... ¿Sabe la bronca que se van a agarrar los tipos esos del Gugle cuando lo vean?"

domingo, 22 de marzo de 2015

El Hombre Gelatina



Los albores de un gran día se perfilaban con claridad. El tipo que pronto sería mi jefe acababa de hacerme una oferta. Las dudas, si las había, se terminaron en cuanto lo expresó en simples números. No pude negarme. Mientras me acompañaba hacia la entrada, recibió un llamado y se detuvo pensativo. Con tres dedos me indico que me detenga. Lo hice. Su rostro cambió. “Acompañame” me dijo apurando el paso.
El llamado era de la compañía de celulares. El teléfono que acababan de robarle estaba en el predio. Posiblemente en el portón de acceso. Caminé al lado de mi casi-jefe, un paso detrás a la derecha en señal de apoyo. El tomó el teléfono y marcó en un movimiento rápido. Un instante después nos paramos junto al guardia del ingreso. Luego de una espera que pareció eterna, el teléfono comenzó a sonar en el interior de la oficina de vigilancia. Una chillona melodía salida de las peores influencias de la cumbia inundó el lugar.
Aproveché mi tamaño y avancé un paso más como para cubrirle todo la visual al guardia y el Gerente entonces le disparó una estocada. “Dame el teléfono. Ahora.”
Si pestañear, el pobre tipo comenzó a mutar de color de trigueño hacia el blanco. No de golpe, sino en rítmicas pulsaciones. Metió la mano en el bolsillo y sacó un smartphone tan nuevo que aún conservaba los plásticos protectores. Lo tendió a modo de ofrenda. En cuanto el jefe le sacó el aparato, se quedó con la mirada perdida. El blanco se tornó de golpe en ceniza y los ojos se le fueron hacia atrás cual zombie. De inmediato y como en cámara lenta, el cuerpo se le comenzó a aflojar, como si su interior se licuara. Su cabeza se inclinó a la izquierda y el resto la siguió hasta que el craneo impactó con el filo del escritorio. El ruido sordo pronosticó que algo se había roto. Supuse que el escritorio.
Ya en el piso el vigilante temblaba. Si estaba actuando, era un gran candidato al Oscar. Con dos pasos y un rápido movimiento le apliqué una maniobra fruto de años de entrenamiento en seguridad.
Minutos después el tipo estaba recuperado y con el Escribano junto a él. Si de sumas y restas se trata nuestra vida laboral, diría que primer intervención con el Hombre Gelatina, me valdría los puntos que con seguridad restaría mas adelante.

lunes, 27 de octubre de 2014

Disparo


Un disparo en la habitación a oscuras. Una sorpresa inesperada. Un fogonazo que parece no tener principio ni fin, pero que sin embargo termina.
Un destello tenue que transcurre en cámara lenta, insuficiente para conocer lo que me rodea. No alcanzo a escuchar sonido alguno, excepto la reverberancia de la explosión. El zumbido me invade los oídos como un par de moscas enfurecidas y nada supera su perseverancia. Estoy perdido, mareado. El corrosivo hedor de la pólvora penetrándome más allá del olfato hasta producir un incómodo lagrimeo. Podría haberme dificultado la visión, si fuera posible ver algo. Siento el humo en la cara. Partículas invisibles me alcanzan, me abrazan. Trastabillo.
No puedo ver, no puedo oír. Sólo el humo embota el gusto y olfato de este cuerpo entumecido. Casi perdido busco alternativas. Temo avanzar, temo encontrar. Las piernas se niegan a responderme. Siento la necesidad de de gritar, pero comprendo que no tiene sentido. Nadie puede oír. Siento las piernas flaquear. Mis rodillas se vencen y apenas logro apoyar con dureza las manos sobre el piso. Respiro hondo.
Muevo las manos, tanteando en la oscuridad. Sólo el tacto responde. Un líquido tibio y pegajoso se me cuela entre los dedos.

jueves, 23 de octubre de 2014

Insomnio


Cuatro días sin dormir enfrentándome a la irritante disyuntiva: ¿Disfrutar o buscar respuestas? Esta vez, desperté encarnando a un exitoso empresario del Sur de China y pasé gran parte de la interminable vigilia disfrutando de todos los placeres que el exceso de dinero y la ausencia de moral pueden proveer.
Aturdido por los abusos, no consideré que la cuenta regresiva iba ahorcándome lentamente, olvidando que mi última racha de despertares me había puesto en la piel de un linyera en Connecticut, de un médico voluntario en medio del amazonas y hasta un anciano moribundo en un piojoso hospital venezolano.
Con tanto tiempo despierto, es poco el control que tengo sobre este cuerpo prestado, deambulando por el interminable Penthouse busco cualquier entretenimiento que me ayude a soportar. Dejarme vencer por el sueño significa claudicar a una buena vida y esperar por lo que esta ruleta universal me depare.
Una y otra vez me prometo utilizar el tiempo para encontrar respuestas. ¿Por qué a mi? ¿Cómo controlar el fenómeno? 
 La cabeza me da vueltas. Tres mujeres yacen a mi lado. Apenas cansadas y con más billetes que al llegar. La realidad me supera. Me acurruco entre dos de ellas. Me dejo vencer

sábado, 4 de octubre de 2014

Tarde

Corro a trancos largos por el pasillo alfombrado, con la campera colgando de un solo brazo mientras intento encajar el pasaporte en la mochila que parece a punto de estallar. Siento la espalda mojada, helada por la transpiración. Por pocos segundos y casi me dejan. Un minuto. Tener cara de buen tipo sigue siendo un bien preciado.
 Ya he dejado de putearme, o de putear a la mala suerte. En el eterno juego de las carreras urbanas y la locura de la vida post milénica tengo abonado un claro lugar, el último. Lo que sea que encare mi lugar será el último, siempre. Y con esto esto no me refiero al último lugar en la vida, o que me va mal o que todo lo veo negativo. Hablo literalmente. Al parecer estoy destinado a llegar tarde a todo compromiso; a cada evento.
Cruzo la puerta del avión casi saltando a la azafata y sin aliento. Me pide el boarding. Amago a revisar los bolsillos pero al final ella se apiada. Me pregunta si se cual es mi número. "17J", le digo sin dejar espacio a la duda. Ahí es cuando me doy cuenta que llevo el papel entre los labios. "Segundo pasillo", me responde ella tratando de contener una sonrisa. Camino a paso largo por el pasillo, evitando las acostumbradas miradas al responsable de la demora. No es mi primera, ni será la última. Por suerte la caminata de la vergüenza es corta y llego rápido. Una rápida mirada al panel indicador y compruebo que esta ocupado. Una señora de anteojos gira las páginas de la revista de abordo sin muchas ganas. No me mira. No se me ocurriría armar un escándalo. Miro alrededor. Varios asientos están libres. Con mi mejor cara de no-se-lo-que-pasa hago un paso extra y me apropio del 18J que parece estar libre.
Las puertas se cierran casi al unísono con mis ojos. Estoy destrozado. Una entrega tardía para el informe mensual en el trabajo me mantuvo atornillado a la computadora hasta la madrugada. Perfectamente resuelto, pero tarde. O en el último minuto. En medio de la somnolencia escucho la temperatura prevista en nuestro destino. Una señal de alarma. ¿¿¿Dos grados??? Voy a Colombia, donde al menos deberían esperarse veinticinco o más. Una ola de calor me recorre el cuerpo mientras se me hiela la espina. No hay que ser un genio para saber que algo va mal.
Enderezo el cuerpo en la butaca casi a punto de pararme. El avión carretea hasta la pista. Recorro con la mirada a quienes me rodean. No respiro Colombia en el aire. Una de las azafatas me mira, tal vez mi rostro se encuentre desencajado. Le miró el uniforme pero todos parecen usar los mismos colores. No me dice nada, y no me atrevo a preguntar. Aguzo el oído, atrás mío dos personas hablan en español, pero son más argentinos que Maradona. No cuentan. El señor a mi lado me mira. No habla, pero su sospechoso bigotín cuidado al extremo me dice que con seguridad no es Colombiano.
El avión gira en la pista y se detiene. Busco referencias. En la fila de adelante alguien esta leyendo un libro. Intento descifrar el idioma, pero el capitán arruina la sorpresa cuando anuncia que el vuelo a París tomará doce horas con veinte minutos y que la ruta está despejada. Los motores aceleran a fondo. Me recuesto en la butaca. Cierro los ojos.

viernes, 8 de agosto de 2014

Espejo

El auto se mantiene encendido en apenas un ronroneo irregular. Puedo sentir la hipnótica caricia de las vibraciones en la espalda. Me agrada. Suaviza mi respiración hasta el letargo. La incansable llovizna plaga de irregularidades el parabrisas, creando cientos de caleidoscopios junto a las esporádicas luces de automóviles transitando la avenida.
Los acordes de aquella música del pasado supera el sordo murmurar y me calan lo profundo de la conciencia. Los sonidos me hacen viajar y las estrofas simples me obligan a reflexionar. Melodía y letra atraviesan el tiempo y el espacio. Voy con ellas.
Apoyado en el parante, llevo la mirada a los reflejos del tablero de instrumentos sobre la ventanilla. Un triste contraste con la oscuridad exterior. El reflejo extraño sobre un espejo improvisado. Un ámbar fantasmagórico, sin sentido pero intoxicante. Desenfoco la mirada. Una solitaria lágrima amenaza con formarse, pero muere en el intento. El ardor en los ojos persiste. Suelto el seguro del cinturón. Cierro los ojos tensando cada músculos. Debo despertar del letargo. Antes de bajar del auto repaso la secuencia mientras acaricio el filo del puñal. Medito sobre las alternativas. Creo que no importa ganar o perder, el secreto es seguir en el juego.

sábado, 7 de junio de 2014

Caravana

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, dejándose ir sin más. Puedo sentir las gotas rebotando sobre le grasiento vidrio del parabrisas, resbalando hasta perderse en la tierra.
Las luces azuladas, intermitentes y las treinta horas de alcohol ininterrumpidas me transportan a una suerte de realidad paralela. Mis manos tiemblan sobre el volante. Por un lado quiero acelerar hasta perderme en la noche y desaparecer, por otro solo quiero terminar con el martirio. Un par de gotas de sudor me recorren la frente. Nuestras respiraciones combinadas en un infierno pegajoso. El vaho del interior del coche se vuelve irrespirable. Domino el impulso de gritar.
Veo una sombra por el retrovisor y se produce el esperado golpe sobre la ventanilla. Bajo el vidrio apenas y por la abertura, junto a una brisa fresca, se cuela un imperativo "Bajen del auto". Bajamos los tres y el policía de apoyo agrega. "¡To-dos!", golpeando el techo del auto. Los tres nos miramos sin saber que decir.
El segundo policía, menos paciente se mete dentro del coche en busca del cuarto juerguista, mientras el resto de nosotros intentamos imaginar una explicación razonable para fundamentar porque llevábamos veinte horas de fiesta con un cadáver; sin atrevernos a reconocer que sólo es para no terminar con la juerga.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Dominó


Sentado en medio de esta interminable habitación, le doy inicio a la secuencia con los labios fruncidos, la respiración contenida y el corazón galopando. A partir de allí, todo esta fuera de mi control. No hay vuelta atrás. Sólo resta esperar. Observo el avance de los acontecimientos, así como ha sido siempre. Nunca tomando el control, siempre observando desde una posición cómoda y sin riesgos. Las piezas se acumulan, caídas, mutando el orden aparente en un caos demasiado real. El destino se ha convertido en una señora amargada y rencorosa que nunca olvida, que nunca perdona; que espera hasta qué estemos a su merced. Finalmente hoy estoy a su merced y ella no ha olvidado. Repaso mis errores conforme el proceso se desarrolla casi en cámara lenta, regresando en el tiempo tanto como la memoria me permite. Por momentos siento el incontenible deseo de interrumpirlo, de ponerme de pie; pero para hacer honor a la verdad nunca sabría que hacer si controlara mi vida. El desenlace se acerca y a medida que las fichas van cayendo de manera inexorable vuelvo a cuestionarme. Sobre mi, sobre vos, sobre todo. La última ficha se inclina sobre el vacío, indecisa. Luego; el fin.

martes, 24 de diciembre de 2013

Sándwich

La heladera me esperaba inmóvil. En su interior, los ingredientes necesarios para el festín se agrupaban en riguroso orden. Los llevé a la mesa sin prisa, consultando el reloj al pasar. Encendí el televisor. Separé con cuidado un bollo de pan de centeno dejándome envolver por el tibio aroma. La mayonesa casera, con jugo de limón y una pizca de mostaza, esparcida generosamente hasta los bordes. Ordené los tomates sobre la superficie, previamente sazonados con sal marina y unas hierbas francesas. Lechuga crujiente por encima, como esperando ansiosa. Un buen trozo de atún, perfectamente organizado, perfectamente condimentado se acomodó sobre la lechuga. Como cierre, elegí unas rodajas de huevo duro antes de coronar con la otra mitad del pan. Volví a la heladera, se me antojaba una cerveza negra bien helada. Opté por una importada, de cremosa espuma y sabor equilibrado. Perfecto. Mientras disfrutaba de la deliciosa cena, abrí las cortinas para contemplar la inmensidad de la ciudad desde las alturas; dejé en silencio la TV en algún noticiero y dejé correr un viejo disco de Jazz. Los fuegos artificiales que alumbraron el cielo me indicaron el momento. Busqué una botella de Champagne y brindé, solo. Una vez más.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Marines

Desperté mojado, y aunque semi inconsciente, supe que algo iba mal. La tensión en las muñecas y en los tobillos me indicaron parte del problema. La penumbra y los olores penetrantes de químicos desconocidos fueron completando la escena. No podía moverme, pero una sombra en la penumbra lo hacia sin problemas. Giraba a mi alrededor. Expectante y distante a la vez. Sentí un pinchazo en la planta del pie. Segundos después oleadas de un ardiente fluido subían desde el punto de contacto rumbo a la base de la nuca, dejando jirones de nervios maltrechos en el camino. Apreté tanto los dientes que me sorprendió no haberme quebrado alguno. La sombra habló. En inglés. Quién carajo habla me hablaba en Inglés, pregunté tartamudeando por el dolor. Una luz mas brillante que el sol me perforó los ojos. Luces estroboscópicas rojas y anaranjadas se sucedían marcadas a fuego en mi nervio óptico. Pasaron entre un par de minutos y unas veinte horas antes de ver algo. Al principio sombras. Poco a poco, las sombras fueron convirtiéndose en cuerpos enfundados en uniformes verdes. Uniformes de Combate. Que mierda hago mezclado con tipos en uniforme, pensé sin decir palabra. La vista fue mejorando y pude ver que se trataba de Marines… ¿¿¿En Córdoba??? La pregunta me asaltó con furia y el frío que me recorrió el cuerpo pudo doblegar a lo que sea que me hubieran inyectado. Recorrí mi pasado y mi presente en un instante, buscando una explicación a por que me tenían encerrado esos tipos. Nada se me ocurrió. Hablé en español, sin muchas otras alternativas ya que mi dominio del inglés terminaba en “shooping” y “marketing”. Una voz me respondió desde las sombras en un español trabado pero comprensible. Aún fuera de su idioma natal, el soldado parecía tener una habilidad innata en dominar la conversación. A cada pregunta que yo hacía, la convertía en varias contra preguntas, sin siquiera haber contestado la mía. De ser posible, me habría preocupado aún mas, cuando sus preguntas comenzaron a tornarse personales, casi íntimas. El cepo se fue cerrando y estoy casi seguro que durante casi un minuto el corazón dejó de latirme cuando uno de los interrogadores me preguntó por Irina, mi nueva novia. El último recuerdo antes de desvanecerme fue el de ella, contándome sobre el imbécil de su esposo, un Yankee que se dedicaba a las operaciones de IMPO/EXPO.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pulserín

Lo observé acercarse con cierto esfuerzo a la mesa de restaurante. Vestía unos vaqueros gastados, una camisa azul que por lo menos había vivido dos o tres veranos, combinados con anillos y pulseras de oro por un valor que superaba el de mi casa. Le sonreí indicándole el lugar vacío. Hacía tiempo que necesitaba contactarlo y el encuentro se había demorado más de lo que tiendo a soportar. Hablamos por largo rato. Sobre las condiciones de la economía y los negocios regionales; pasando por las críticas de rigor al gobierno. Charla liviana, sin carga política, para evitar entrar en terrenos que a alguno de los dos le incomode. Le expliqué con detenimiento el proyecto, expresando con mucha claridad los beneficios que traería a la economía del lugar, a su gente y en consecuencia a la comunidad en su conjunto. El me miró con el ceño y los labios fruncidos en claro gesto de preocupación. Respiró hondo y me explicó cuidadosamente que su responsabilidad era para con la comunidad, que mi proyecto podía tener algunas connotaciones complejas, potencialmente peligrosas. Esperé con paciencia. “El diez es para vos”, le dije. “Son como tres palos verdes”, agregué con un susurro. Sus preocupaciones cesaron.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Gratitud


Entramos en silencio a la sala de reuniones del último piso. La tensión se palpaba. Los rumores se habían convertido en el caldo de cultivo de una serie de hipótesis descabelladas. Tal vez una de ellas se haría realidad. Los sillones se llenaron, con excepción del que se encontraba en la cabecera. Fui consciente de la preocupación que crecía en mi interior. Mi propia hipótesis se reforzaba, incrementando la desilusión que sentía. Recorrí el salón con detenimiento. Cada rostro mostraba el ceño fruncido. Se abrió la puerta y quien la atravesó no fue el que todos esperábamos, sino el delegado del consejo de administración. Deduje en un instante lo que seguiría. Inspiré profundamente sintiendo como la ira reemplazaba a la preocupación. Cerré los ojos un instante, manteniendo la respiración al tiempo que contaba hasta cinco. Traté de organizar mis pensamientos y recordar por qué me encontraba allí. Por que luchaba. Las palabras del consejero fueron escasas y titubeantes pero definitivas. El CEO ya no era el CEO y el consejero ya no era el consejero. Alcancé a ver por el rabillo del ojo al Vicepresidente de Calidad clavar sus dedos en la mesa y comenzar a levantarse. Llegué a ponerle una mano en el hombro. El peso y la calidez del contacto le ayudó a reflexionar y volvió a recostarse en la silla. Lo miré fijo a los ojos y articulé con los labios un lento: "tranquilo". El improvisado discurso llegó a su clímax en una serie de innecesarias e injuriosas referencias a su antecesor, lo que sólo logró enfurecer a los presentes; incluyéndome. Un puñetazo en la mesa fue el principio de escándalo y infierno afloró. Se cruzaron palabras duras. Me obligué a intervenir para frenar el desmán y le pedí al flamante CEO si podía darnos unos minutos para componer la situación. Me lo concedió. No disponía de mucho tiempo por lo que opté por un enfoque directo y despiadado. Los conocía a todos desde hacía tiempo y sabía que por encima de todo, ellos contaban con su trabajo y “su” empresa como la manera de definir su existencia. Apelé a eso. Dos de ellos dieron muestras estar a punto de ceder y abandonar la sala. Los confronté y el Vicepresidente de Operaciones, con los ojos vidriosos, me acusó de falta de gratitud para con nuestro líder. No pude evitar recordar una frase del célebre Iósif Stalin, que utilicé de inmediato para romper la tensión. - “¿Gratitud? - les dije - La gratitud es una enfermedad que padecen los perros.” Luego de las roncas carcajadas, la reunión volvió a su curso.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Vecino


Llegamos justo cuanto lo cargaban en la ambulancia. Las luces centellaban, iluminando los árboles y las casas del oscuro vecindario. Nos acercamos a pasos largos.
– ¡Fuerza, Viejo! – le dije por lo bajo palmeándole la mano. – Te vamos a acompañar.
–¿Quién carajo sos? – preguntó confundido, casi sin voz y con los ojos entrecerrados.
– Tu vecino, viejo. – Giré la cabeza enfrentando al paramédico. – ¿Se va poner bien?
El conductor de la ambulancia nos indicó balbuceando que parecía ser algún tipo de problema cardíaco, que lo llevaban al Hospital de Urgencias. Su cara manchada de luces carecía de expresión. Le indiqué que buscaríamos algo de ropa y los alcanzaríamos en el hospital.
Cerraron las puertas y partieron con un chillido de neumáticos. Los vimos desaparecer al doblar la esquina. Recorrimos el camino de piedras rumbo a la casa. Las luces permanecían encendidas en casi todas las habitaciones. Se observaba cierto desorden en el comedor, como si el incidente se hubiera desarrollado allí.
Recorrimos la casa y sin demasiado apuro tomamos todo los objetos de valor que pudimos transportar. Fuimos muy selectivos. Pocos minutos más tarde nos alejamos satisfechos por el premio, pero mucho más por nuestro receptor portátil para la frecuencia de emergencias.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Laberinto


Podría mentir y decir que no se cómo es que llegué hasta aquí; pero una vez más estaría buscando problemas. El mismo tipo de los que me trajeron hasta aquí.
A mi alrededor solo veo difusos reflejos de mi mismo, distorsionados en tantas formas como solo mi imaginación seria capaz de producir. No hay a donde ir, no hay una salida a la vista o el menos no la encuentro.
Camino con las manos frente a mi, como un zombi dubitativo. De inmediato mis manos hacen contacto contra el frío cristal de los espejos. Los dedos doblados en ángulos imposibles se quejan de dolor. Camino sin destino, topándome constantemente con inertes obstáculos adornados con un rostro conocido.
Por momentos intento avanzar con los ojos cerrados, preguntándome cómo sería la vida sin cada una de las cosas por las que me arrepiento. Probablemente mejor. Probablemente no.
Los obstáculos se fueros sucediendo mientras el dolor en las manos se intensificaba. Finalmente, uno de los espejos cedió ante la presión, mostrándome un mundo violento e incomprensible, cargado de desigualdad y malicia.
Apoyé la espalda sobre la puerta y ejercí cierta presión hasta sentir como cedía, volviéndose a abrir. Me deslicé con suavidad hacia adentro; proponiéndome invertir el tiempo que sea necesario y golpearme los dedos hasta sangrar, pero conseguir una salida más prometedora.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Monumento

Durante casi diez años nos guió con mano de hierro, pero olvidando a menudo calzarse el guante de seda. De alguna manera, se las arregló para limar cada una de nuestras explosiones de creatividad, de condicionar nuestro libre albedrío y reducir a polvo cada insignificante expresión de humanidad. 
Así fuimos arrastrados por tiempos violentos, tiempos de paz, tiempos buenos y malos; soportándolo, apoyándolo y odiándolo en secreto. Los años pasaron y la realidad fue forjándose a la medida de nuestro indiscutible líder; confirmando que quien se prepara para lo peor, a menudo lo consigue.
Hoy nos reunimos frente a este monumento para honrar su memoria, en medio de los tiempo confusos que vivimos como consecuencia de su inesperada evanescencia. Comprendimos que ya no nos guía ni nos acompaña, tan sólo su recuerdo permanece grabado a fuego en nuestra memoria. Algo que esperamos se erosione con el paso del tiempo. 
La turba se fue alejando. Los rumores a cerca de la desaparición de nuestro Salvador aún recorren los pasillos. Todos apuestan por el mito de su escape a la vida idílica en algún paraíso tropical, pero nuestro pequeño grupo ruega porque nadie tenga la idea de inspeccionar dentro de la estatua.