Crónicas de un Taxista – Reglas

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Décima entrega de la serie. Comienza aquí.


Apenas subí a un gringuito con cara de atorrante supe no era trigo limpio. El Pibe parecía nervioso, como si estuviera pasado de merca o algo así. Me pidió ir para Arguello y sospeché de inmediato. Instintivamente, lleve los ojos al tablero, en busca de led que indicaba la presencia de metales en mi pasajero. Apagado.

Ajusté las manos con firmeza en el volante, sintiendo la fría confianza de mi .38 en la cintura. De repente me dio algunas indicaciones inconexas y balbuceó algunas palabras que no pude comprender. Clavé los frenos, pero antes que pudiera girar, el chaval ya se alejaba.

Bajé del auto y corrí a ciegas, confiando más de lo debido en mi estado físico. En media cuadra, comencé a dudar. Volví con la cabeza gacha, protestando. Ahí me alcanzó un ladrillazo en la cabeza. Trastabillé con la vista nublada. Corrí con paso poco firme.

Llegué al auto, por fortuna estaba abierto. La luneta reventó con estruendo. Me costó preciosos segundos arrancar el auto. La sangre me inundaba la cara. Estalló el vidrio del acompañante. Puse primera y arranqué girando en U. El gringuito me sonrió a menos de veinte pasos.

El Sacerdote

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En cuanto el viejo sacerdote recibió la noticia, sus ajadas facciones se tensaron. Frente al maltrecho soldado, intentó digerir la bofetada de realidad. El enemigo se encontraba a las puertas de la ciudadela y las fuerzas del Cacique nunca llegarían a tiempo.

Conocía su destino. Con voz calma profirió una orden al soldado. En cuanto el guerrero se alejó a paso largo, giró hacia los cinco jóvenes sacerdotes que lo esperaban preocupados.

Las órdenes fueron precisas. Cuatro de los religiosos se alejaron en busca de diferentes grupos. Vírgenes, nodrizas, científicos y esclavos aguardaban atemorizados. El quinto hombre se arrodilló ante la experiencia en busca de la indicación final. Escucharla provocó un vacío en su interior. Reclutar un grupo de esclavos y destruir todo lo que no pudieran cargar.

Con escasa escolta militar y respetando la jerarquía de cada grupo, los habitantes de la ciudadela se alejaron rumbo a la selva utilizando el puente secreto. Desde lo alto, el anciano sacerdote recorrió con la mirada. Suspiró débilmente y se dirigió hacia su protegido exigiéndole que se encargara de guiar el grupo.

Sin mediar saludo, el anciano le dio la espalda y caminó lentamente hacia las puertas de Machu Picchu.

Córdoba en Tinieblas

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Luego de algunas décadas de disfrutar de los placeres de la muerte en vida, he comenzado a sentir la presión del aburrimiento y el encierro.

Al principio, viví el cambio como una bendición, una oportunidad inigualable para explorar más allá de los límites. Pero el tiempo ha pasado, y ya no estoy tan seguro.

Desde fines de los 60', me di el gusto de tirar algunas piedras durante el Cordobazo y apoyé los estudiantes en el Proceso. Me enriquecí robando casas; luego bancos, hasta concretar el “Robo del Siglo”. Festejé en dos ocasiones la victoria de Argentina, y quemé de la sede de un partido político. Asusta comprender lo fácil que resulta violar la ley cuando se ha perdido el miedo y el respeto por la vida.

En los últimos cincuenta años me he dado todos los gustos que un pibe puede soñar. Nadie sospechó la semana pasada, cuando coordiné la compra de mi nuevo Audi por internet, exigiendo se me entregue en casa. ¿Quien desconfiaría de un muchacho acaudalado, cara amable, tez absurdamente blanca y ojos claros?

Ahora me enfrento a la noche eterna; atormentado por la soledad y con un enorme vacío por llenar.

Dígitos

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Resignado, me dejo caer junto al diabólico aparato que se empeña en atormentarme hasta empujarme al límite. Es, a esta altura, una batalla perdida. El tiempo está en mi contra. Siempre lo estuvo.

Trago saliva, sabiendo que si tuviera úlcera ya estaría revolcado en el piso en medio de mi propia inmundicia. El interior me quema y no puedo evadir el pensamiento: La úlcera está creciendo. Algo está creciendo.

Los dígitos luminosos siguen avanzando. Siento deseos de correr, alejarme sin volver la vista atrás, pero se que jamás poder hacerlo. Soy prisionero en esta ratonera, iluminada apenas por los destellos rojizos del contador. Intento cerrar los ojos y olvidar la realidad que me atormenta. Por una vez, crear mi propio mundo, aunque sólo sea en mi imaginación.

Nada. Oleadas de asquerosa realidad inundan mi débiles intentos. No tengo a donde ir, ni nadie que me espere. Sólo puedo permanecer y perecer. Caminar en círculos tampoco ayuda. Tan sólo esta espiral descendente con rumbo a lo inevitable.

Necesito hacer algo por mi. Tal vez saltar o tal vez intentar escapar. Me inclino por la última. Salgo de la cama y con una sola mano estrelló el reloj contra la pared.

Confesión

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Sostuve la cámara con ambas manos, intentando superar la acidez que me escalaba la tráquea. La imagen temblaba irremediablemente. Volví a hacer foco en él y a través del visor noté como sus ojos se volvían líquidos.

Calcé la cámara en el trípode y lo encuadré. “Estoy listo”, me dijo con la voz entrecortada. Lo vi tomar aire con dificultad, tratando de controlar la respiración. Comenzó la confesión; me costó seguir sus explicaciones y razonamientos. Sólo capté su responsabilidad en un robo millonario y que gran parte de lo robado estaba en el maletín que traía en la mano. Su voz crepitaba. Me hizo señas para suspender la grabación.

Inspiró profundamente y secó sus lágrimas con las manos. Esperó unos segundos; luego me indicó retomar. Escuché sus palabras, inmóvil. Pude sentir cómo la médula se me congelaba con cada palabra. El mensaje era para su esposa. Le pedía perdón. Dicho esto, tomó un revolver y se voló la cabeza.

Ni bien me recuperé del shock, tomé la cámara, agradecido por vivir en la era digital. Borré el primer archivo, tomé el maletín y llamé a la policía. Afortunadamente, en el mensaje a su esposa no hablaba del dinero.

Velocidad

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Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.

A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.

Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.

Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.

Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.

El hombre que conoció a Charles de Gaulle

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El encuentro dejó una profunda cicatriz en su memoria. Una de las pocas páginas que habían logrado superar los maltratos del boxeo.

Ese día se vio enredado en medio de una muchedumbre. Curioso, recorrió unos metros a través del gentío y de pronto se encontró ante una figura espigada, con relucientes medallas y un gracioso gorro redondeado. La esbelta figura, reparó un instante en él y agitó sus cabellos adolescentes.

Durante los años siguientes vagó sin rumbo, ayudando a quien lo necesitara. Sus manos ásperas y enfermas aprendieron a trabajar la madera, a construir para dar.

La tardía llegada de los hijos reforzó la necesidad de enfocar su esfuerzo en cuidar de la niñez; de mantener viva la esperanza, de alejarlos de los caminos oscuros; de velar por ellos. Pasaron los años; construyó muebles, organizó colectas y golpeó cuanta puerta pudo.

Hoy, cree que conseguir un título secundario es una locura a los sesenta y cinco años; pero cada día vuelve a clases, después de juntar cartones y mendigar madera. Con los ojos empañados, intenta recordar la lección de matemáticas del día anterior que se desvanece, aunque jamás olvidará a Le Generale.

Luces

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En medio de la niebla que opaca mis sentidos, veo las luces subir sin descanso. Una a una se alejan, como temerosas. Intento seguirlas con la mirada, pero agudos puntazos de dolor incendian mis ojos.

Siento la garganta seca, como si tuviera un bollo de papel. Las arcadas se suceden regularmente, pero logro mantener a raya el amargo líquido. Un persistente y penetrante chirrido parece perseguirme aunque por momentos se aleja. Me siento mareado. El frío me asalta a través de la columna. La helada transpiración se me escurre por los poros.

Percibo la respiración, acelerada. Por más que intento mantener la calma, mi cuerpo no cede. La mente lo intenta, pero el cuerpo es quien dispone. Las luces disminuyen la velocidad hasta casi detenerse. Lentamente modifican el ángulo de avance. Ya no suben, ahora se desplazan de costado. Los ojos me arden y dejan escapar algunas lágrimas.

Ahora una de ellas se ha detenido frente a mi, como observándome. La estudio con cuidado. Es casi tan larga como mi campo visual. Siento que se acerca.

Una sombra gira al alrededor. Un reflejo; un glaciar destello se apaga junto a la sombra. Alcanzo a ver una mascarilla azul abalanzarse.

Pasado

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Dieciocho desesperantes años de trabajo, esperanza y penurias comprimidos en esta pequeño dispositivo. Mi vida y felicidad, invertidas en lo que podría convertirse en el futuro de la humanidad; o mejor dicho en el pasado.

He logrado destronar al mismísimo Albert Einstein, que intentó restringirnos con la mentira más terrible de la ciencia: “Sólo podremos viajar en el tiempo hacia el futuro”. El trató de convencernos sobre la velocidad máxima de la luz. El y su limitado análisis fijaron la línea en trescientos mil kilómetros por segundo. Hace dos años demostré que ese límite era un simplismo utilizado para no ahondar en cálculos, pero la comunidad científica se rió de mi. Desde entonces trabajé en secreto para probarlo.

El dispositivo está listo. Enviaré un mensaje que cambiará todo; aquí sentado en el baño de la mismísima casa donde mis padres vivieron hace treinta y cuatro años. Ubico el artefacto frente al espejo. Con las gafas especiales pulso ”On”. El láser inicia su recorrido, ida y vuelta, acelerando más allá del límite. El mensaje aparece. Tres décadas atrás ocurre lo mismo. “Viejo, soy Edgar, tu hijo. Vendé todo y comprá acciones de Apple. PD: Aflojale al tinto.”

Sueños

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Un auto se desliza sobre el asfalto empapado de recuerdos y resentimiento. Sueños destruidos por maniáticos embriagados de poder y corroídos por la codicia. Debo reconocer que no puedo dejar de escuchar este disco sin dejar caer una lágrima. Puedo sentir en este mismo momento como se humedecen mis ojos por el peso de los sonidos; esos que disparan extraños mecanismos en la memoria, escarbando en lo profundo, como un psiquiatra en busca de respuestas.

Las voces se desangran en el fondo. Todo parece un sueño; un grito desgarrador que se funde en un saxofón. Preguntas sin respuestas. No puedo evitar transportarme a lejanos momentos y lugares. Extraños tiempo, perdidos llenos de esperanza y dudas, donde cada acción perecía modificar el futuro.

Escucho unos pasos que me persiguen a lo lejos, como los recuerdos de quienes ya no están. Intentamos recordarlos a nuestra manera, aún no haciendo nada. Por momentos, me pregunto si aquellas decisiones me habrán traído al lugar correcto, si es aquí donde debo estar. Tomo aire, me seco las lágrimas y veo el amanecer, el día se acerca con la fuerza de dos soles. Finalmente lo entiendo: nada puede ser mejor que estar aquí y ahora.

La llamada

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Entrecerró levemente los párpados, como para que el mundo se mueva en cámara rápida. La penumbra se iba colando por las rendijas de la puerta.

Se reclinó en el sofá. Tomó la pava, contempló su estado y como tantas otras veces se prometió comprar otra, sabiendo que jamás lo haría. Cebó un mate, sorbiendo de la bombilla con desgano. Tibio, como el abrazo de un pariente lejano; lavado, sin gusto.

Se paró con esfuerzo y avanzó tres pasos hasta la mesa del teléfono. Año tras año le costaba más darlos. El tiempo, las enfermedades y los reveses de la vida se habían encargado de menguar sus fuerzas. Descolgó el teléfono y comprobó el tono. Satisfecho volvió a colocar el tubo en su lugar.

Volvió al sillón a paso aún mas lento y se dejo caer con cuidado. Esperó paciente. La luz ya pertenecía al pasado. Dormitó por varios minutos hasta que, desorientado, volvió a levantarse. Avanzó a tientas hasta el interruptor con las manos temblorosas. Sus ojos volaron hasta el aparato, mudo sobre la mesita.

Tragó saliva y no hizo ningún intento por contener las lágrimas. Se alejó del teléfono, resignado. Sabía que nadie llamaría aunque siguiera esperando.

Madrugada

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Llegué al departamento después de una noche de juerga, el sol ya se asomaba por detrás del horizonte. Sin desvestirme, me dejé caer en la cama vencido por el alcohol y la música electrónica. Para ser lunes por la mañana, el edificio estaba tranquilo. Sonreí mentalmente al recordarlo. Vivir de la familia es gratificante.

En cuanto apoyé la cabeza en la almohada, una serie de ruidos sordos cayeron desde el piso de arriba. Tum... tum... tum. El extraño y rítmico sonido recorría la estancia. Hubiera jurado que eran pasos, pero el tiempo entre cada uno era demasiado largo como pasa sostener mi teoría.

El sonido cesó de repente. Con los ojos vidriosos, volví a apoyar la cabeza agradecido. La dicha no duró demasiado. Casi de inmediato, el simple ruido anterior se convirtió en estruendo. El mismo tempo, mayor volumen. Las ventanas vibraron, e imágenes de una vieja película invadieron mi mente.

Fuera de control, salí del departamento y corrí escaleras arriba. Mis nudillos lloraron por los golpes. Los ruidos cesaron. La puerta se abrió y detrás de ella aparecieron cinco gringos enfundados en extraños uniformes negros con brazaletes rojos. Me miraron con ojos desorbitados; luego se abalanzaron sobre mi.

9 de Julio

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Tomó una hoja en blanco, sabiendo que tenía una deuda de honor que saldar. Sostuvo la pluma con los dedos temblorosos, con un sinnúmero de emociones agolpándose en su garganta. Apoyó la punta sobre el papel y lo mantuvo en un punto eterno.

Tenía tantas cosas que contarle, tanto tiempo para recuperar que parecía un imposible. Sabía que con cada año la grieta se ampliaba y la distancia erosionaba la memoria. Calculó que el cumpleaños presentaba una oportunidad perfecta para recorrer la distancia que los separaba.

La pluma inició su viaje por el papel con un “Querido Papá:”. De inmediato, arrugó el papel y lo dejó caer al piso con desgano. Probó entonces con un simple “Papá”. Por primera vez en más de una década dejó fluir sus sentimientos, impregnando el papel con sus emociones contenidas. Firmó y la cerró sin releer.

Buscó las llaves del auto y salió. Condujo tratando de no pensar en la carta. Llegó a su destino y se quedó inmóvil durante varios minutos. Bajó del auto, cruzó el portón de hierro y avanzó a paso firme. Se arrodilló frente a la tumba y dejó la carta junto al frío mármol.

El Pasajero

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El taxista me miró por el espejo. Elevando las cejas me dijo: "A dónde?". "Al centro" le respondí en automático. Una cuadra después le especifiqué el destino.

Rompimos el hielo con algunos temas trascendentales como el calor y la Gripe A. De la nada, me contó que era su último año como taxista. Lo miré intrigado y noté que bajo la espesa tintura negra y las marcas del tiempo, había una persona de más de sesenta años.

"Sabés qué? No doy más, Pibe. No creo que llegue a jubilarme". Las palabras se amontonaron en mi garganta. "Seguro que me pasa como a la Vieja, una embolia. Estaba sana, pero se fue. Lo mejor, acostarme a dormir la siesta y seguir derecho… Lo único que espero; que no me pase acá..." Golpeó el volante para completar la idea, mientras el auto corría a más de ochenta kilómetros por hora por una de las calles mas transitadas de la ciudad. Me imaginé a esa velocidad y un conductor muerto.

Traté de cambiar de tema, recurriendo a temas más placenteros como viajes y lugares para visitar. El slalom demente continuaba.

Llegamos a destino. Pedí el ticket, pero nunca llegó a entregármelo.

Elecciones

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Recostado en el inmenso sillón, ajustó el volumen del televisor. El canal 20 contaba con su confianza. La transmisión mostraba los resultados parciales de los comicios nacionales con grandes caracteres. Según los periodistas, el principal representante de la oposición, Robledo-Camisa detentaba el primer lugar a un triste tres por ciento de su seguidor, Hernández, representante del partido gobernante. El resto de los candidatos se repartía un lejano tercer puesto, imposible de revertir. Agregaron además, que restaban horas de espera. Una hora antes había invitado amablemente a sus asistentes y asesores a retirarse. La suerte ya estaba echada. Ellos lo entendían. No necesitaban explicaciones ni falsas muestras de trabajo compartido. Ellos participaban y vivían de su inmejorable posición. Se trataba de una de las más cerradas elecciones de los últimos años. Desde que comenzaron a llegar los datos el primer puesto había cambiado de manos más de una vez. Sonrió en silencio. Dejó el vaso de agua junto su computadora y observó con detenimiento los mensajes. Sus informantes trabajaban con eficiencia. Ellos ya conocían el resultado. Cambió de aplicación. Eliminó las dos notas que no necesitaría. Retocó ligeramente la que enviaría al ganador y volvió a sonreír desde las sombras.

Metamorfosis

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Descubriéndome solo en la cama, asalté la diagonal y me enredé en las sábanas. Inspiré hondo, al tiempo que mi cabeza encontraba el espacio perfecto en la almohada. Un sábado para disfrutar, solo. Timbre. Corto, dos veces. Una puñalada. Vistiendo un calzoncillo agujereado, corrí a la ventana. Moví la cortina unos dos milímetros. Hijos de puta. No les iba a dar el gusto. No me atraparían indefenso. “Voooy...” grité. Tenía pocos segundos. Corrí al dormitorio. Revolví los cajones y encontré una remera de Marilyn Manson y unos jeans destrozado. Perfecto. Me arrojé dentro del baño, tomé algo de gel y construí el peor desastre que pude con el poco pelo que me queda. Arrebaté las pinturas de mi esposa y me pinté los ojos de negro. Mucho negro. De inmediato, me tiré agua en la cara para producir un ligero efecto corrido. Ya sin aire, troté hasta el living busqué un CD de Manson y le di un buen giro al volumen. Con el último aire, abrí la puerta y pregunté: “Si, que quieren”. Los dos pobres Testigos de Jehová me miraron. Luego se miraron aturdidos y se alejaron sin mirar atrás. Según mi esposa, jamás volvieron.

Deseo

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Sentado en el borde de la silla, me incliné hacia a delante tratando de captar algo de la conversación. A centímetros de mis amigos, no llegaba ni siquiera a ordenar mis pensamientos, mucho menos a integrarme a la charla. La música horrible y la sospechosa calidad del Vodka conspiraban contra mis sentidos. Me quedé un minuto observándolos. Se veían divertidos, disfrutando de cada uno de los decadentes detalles que conformaban el lugar. Sin escucharse, todos hablaban, reían, miraban y tocaban cuando podían. El antro al que algunos llamaban “Cabarulo”, estaba atestado de tristes mujeres que se esforzaban por ganar la atención de los parroquianos. Infelices hologramas de mujer fatal. Una de ellas, tal vez la más linda, se acercó sin disimulo. Me habló al oído, ofreciéndome pasar un rato agradable y sin restricciones. Traté de imaginar a qué se refería. Respiré hondo, mientras de reojo controlaba si alguien me miraba. Llevé la mano a la billetera, sabiendo que por largo tiempo me arrepentiría de lo que estaba a punto de hacer. Un leve sudor frío me adornaba la frente. Saqué un billete de cincuenta mangos, lo puse en manos de la chica y me alejé mirando al piso.

Asfalto

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Recorrí los últimos metros con el pie hundido en el freno, los dientes apretados y la extraña sensación de quién ha experimentado un impacto. El tiempo comenzó a derretirse sobre el espacio, alterando mis sentidos. Los seis caracteres de la matrícula se abalanzaban sobre mi, amenazadores. La infaltable calcomanía de mal gusto se hacía más y más legible mientras el chirrido de los neumáticos me calaba hasta la médula. Con el tiempo en suspenso, el sonido parece venir de un universo paralelo, distante. No es la primera vez que vivo esta sensación, pero aún así los oídos se distanciaron de la realidad como quien cambia de emisora. Una fracción de segundo después, cuando adiviné que lograría frenar, concentré la mirada en el espejo retrovisor. Sabía que sería imposible evitar el impacto. Alcancé a ver la cara de pánico del conductor que se acercaba. Apoyado contra el asiento me tomé con fuerza del volante, esperando el impacto. El golpe fue imperceptible, inocuo. Con los brazos relajados e inhalando con fuerza, apenas alcance a notar que me encontraba en medio de la bocacalle y jamás vi venir el camión de repartos. Sólo escuché el crujido de mis dientes y luego, oscuridad.

Manada

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Nos reunimos apenas pasada la medianoche, protegidos por las sombras del distrito financiero. Planeamos hasta el último detalle, incluyendo los disfraces. Hombres lobo. Una genial idea del Cabezón. Cacho se encargó del sistema de seguridad, asegurándose de dejar las cámaras funcionando. Sumar algo de humor me pareció oportuno. Después de tantos trabajos exitosos, coincidimos en que era hora de dejar una firma distintiva. Revisamos el equipo por última vez y nos deslizamos por el tragaluz. Con los planos estudiados y memorizados, no fue difícil encontrar la caja fuerte ubicada en la oficina principal. Casi me ahogo cuando descubrí que era una Luoyang. Las cajas fuertes Chinas son casi un chiste, las puedo abrir hasta con un disfraz de lobo y una mano atada a la espalda. Pocos minutos después habíamos embolsado varios miles de pesos y un puñado de monedas de oro, gentileza del dueño de la financiera. Por supuesto que dejamos los fajos de cheques, ya nadie los lleva. Otro trabajo fácil y bien planificado. Lo único que no tuvimos en cuenta es que las cámaras no solo grababan, sino que también las chequeaban en tiempo real. La policía nos acorraló. Los diarios nos apodaron: Manada de Bobos.

Sirenas

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A la distancia, apenas distingo el ulular de las sirenas sobre el ruido de la ciudad. Vienen en mi dirección, lentos pero implacables. Cinco minutos, calculo. Inspiro profundamente, con los ojos cerrados. Tengo el tiempo justo para prepararme, un buen momento para armar mi .338. Que gusto me da sacar las las piezas de la caja. Una gota de sudor me recorre la sien. La llegada las patrullas es inminente. Cinco pisos abajo, escucho el murmullo de la muchedumbre sedienta de sangre. Me pregunto por qué llegan primero los curiosos antes que la policía. Con un cuidado casi ritual, me dedico a montar los componentes del arma. Podría hacerlo con los ojos cerrados, pero prefiero ensamblarlo lenta y cuidadosamente. Me mantengo agachado con el rifle en mi regazo, mientras elijo y ajusto el cargador. Siento un ligero espasmo. Llegaron. Arrodillado junto a la cornisa, busco un punto de apoyo. Se que cuento con escasos segundos. Cuadro el objetivo en la mira telescópica. Ajusto el intercomunicador, ansioso como un niño. La orden llega con la frialdad de un puñal. “Bajalo” grita el jefe de división. Un disparo entre los ojos. Listo. Otro día de trabajo. Un chico malo menos.