sábado, 7 de junio de 2014

Caravana

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, dejándose ir sin más. Puedo sentir las gotas rebotando sobre le grasiento vidrio del parabrisas, resbalando hasta perderse en la tierra.
Las luces azuladas, intermitentes y las treinta horas de alcohol ininterrumpidas me transportan a una suerte de realidad paralela. Mis manos tiemblan sobre el volante. Por un lado quiero acelerar hasta perderme en la noche y desaparecer, por otro solo quiero terminar con el martirio. Un par de gotas de sudor me recorren la frente. Nuestras respiraciones combinadas en un infierno pegajoso. El vaho del interior del coche se vuelve irrespirable. Domino el impulso de gritar.
Veo una sombra por el retrovisor y se produce el esperado golpe sobre la ventanilla. Bajo el vidrio apenas y por la abertura, junto a una brisa fresca, se cuela un imperativo "Bajen del auto". Bajamos los tres y el policía de apoyo agrega. "¡To-dos!", golpeando el techo del auto. Los tres nos miramos sin saber que decir.
El segundo policía, menos paciente se mete dentro del coche en busca del cuarto juerguista, mientras el resto de nosotros intentamos imaginar una explicación razonable para fundamentar porque llevábamos veinte horas de fiesta con un cadáver; sin atrevernos a reconocer que sólo es para no terminar con la juerga.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Dominó


Sentado en medio de esta interminable habitación, le doy inicio a la secuencia con los labios fruncidos, la respiración contenida y el corazón galopando. A partir de allí, todo esta fuera de mi control. No hay vuelta atrás. Sólo resta esperar. Observo el avance de los acontecimientos, así como ha sido siempre. Nunca tomando el control, siempre observando desde una posición cómoda y sin riesgos. Las piezas se acumulan, caídas, mutando el orden aparente en un caos demasiado real. El destino se ha convertido en una señora amargada y rencorosa que nunca olvida, que nunca perdona; que espera hasta qué estemos a su merced. Finalmente hoy estoy a su merced y ella no ha olvidado. Repaso mis errores conforme el proceso se desarrolla casi en cámara lenta, regresando en el tiempo tanto como la memoria me permite. Por momentos siento el incontenible deseo de interrumpirlo, de ponerme de pie; pero para hacer honor a la verdad nunca sabría que hacer si controlara mi vida. El desenlace se acerca y a medida que las fichas van cayendo de manera inexorable vuelvo a cuestionarme. Sobre mi, sobre vos, sobre todo. La última ficha se inclina sobre el vacío, indecisa. Luego; el fin.

martes, 24 de diciembre de 2013

Sándwich

La heladera me esperaba inmóvil. En su interior, los ingredientes necesarios para el festín se agrupaban en riguroso orden. Los llevé a la mesa sin prisa, consultando el reloj al pasar. Encendí el televisor. Separé con cuidado un bollo de pan de centeno dejándome envolver por el tibio aroma. La mayonesa casera, con jugo de limón y una pizca de mostaza, esparcida generosamente hasta los bordes. Ordené los tomates sobre la superficie, previamente sazonados con sal marina y unas hierbas francesas. Lechuga crujiente por encima, como esperando ansiosa. Un buen trozo de atún, perfectamente organizado, perfectamente condimentado se acomodó sobre la lechuga. Como cierre, elegí unas rodajas de huevo duro antes de coronar con la otra mitad del pan. Volví a la heladera, se me antojaba una cerveza negra bien helada. Opté por una importada, de cremosa espuma y sabor equilibrado. Perfecto. Mientras disfrutaba de la deliciosa cena, abrí las cortinas para contemplar la inmensidad de la ciudad desde las alturas; dejé en silencio la TV en algún noticiero y dejé correr un viejo disco de Jazz. Los fuegos artificiales que alumbraron el cielo me indicaron el momento. Busqué una botella de Champagne y brindé, solo. Una vez más.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Marines

Desperté mojado, y aunque semi inconsciente, supe que algo iba mal. La tensión en las muñecas y en los tobillos me indicaron parte del problema. La penumbra y los olores penetrantes de químicos desconocidos fueron completando la escena. No podía moverme, pero una sombra en la penumbra lo hacia sin problemas. Giraba a mi alrededor. Expectante y distante a la vez. Sentí un pinchazo en la planta del pie. Segundos después oleadas de un ardiente fluido subían desde el punto de contacto rumbo a la base de la nuca, dejando jirones de nervios maltrechos en el camino. Apreté tanto los dientes que me sorprendió no haberme quebrado alguno. La sombra habló. En inglés. Quién carajo habla me hablaba en Inglés, pregunté tartamudeando por el dolor. Una luz mas brillante que el sol me perforó los ojos. Luces estroboscópicas rojas y anaranjadas se sucedían marcadas a fuego en mi nervio óptico. Pasaron entre un par de minutos y unas veinte horas antes de ver algo. Al principio sombras. Poco a poco, las sombras fueron convirtiéndose en cuerpos enfundados en uniformes verdes. Uniformes de Combate. Que mierda hago mezclado con tipos en uniforme, pensé sin decir palabra. La vista fue mejorando y pude ver que se trataba de Marines… ¿¿¿En Córdoba??? La pregunta me asaltó con furia y el frío que me recorrió el cuerpo pudo doblegar a lo que sea que me hubieran inyectado. Recorrí mi pasado y mi presente en un instante, buscando una explicación a por que me tenían encerrado esos tipos. Nada se me ocurrió. Hablé en español, sin muchas otras alternativas ya que mi dominio del inglés terminaba en “shooping” y “marketing”. Una voz me respondió desde las sombras en un español trabado pero comprensible. Aún fuera de su idioma natal, el soldado parecía tener una habilidad innata en dominar la conversación. A cada pregunta que yo hacía, la convertía en varias contra preguntas, sin siquiera haber contestado la mía. De ser posible, me habría preocupado aún mas, cuando sus preguntas comenzaron a tornarse personales, casi íntimas. El cepo se fue cerrando y estoy casi seguro que durante casi un minuto el corazón dejó de latirme cuando uno de los interrogadores me preguntó por Irina, mi nueva novia. El último recuerdo antes de desvanecerme fue el de ella, contándome sobre el imbécil de su esposo, un Yankee que se dedicaba a las operaciones de IMPO/EXPO.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pulserín

Lo observé acercarse con cierto esfuerzo a la mesa de restaurante. Vestía unos vaqueros gastados, una camisa azul que por lo menos había vivido dos o tres veranos, combinados con anillos y pulseras de oro por un valor que superaba el de mi casa. Le sonreí indicándole el lugar vacío. Hacía tiempo que necesitaba contactarlo y el encuentro se había demorado más de lo que tiendo a soportar. Hablamos por largo rato. Sobre las condiciones de la economía y los negocios regionales; pasando por las críticas de rigor al gobierno. Charla liviana, sin carga política, para evitar entrar en terrenos que a alguno de los dos le incomode. Le expliqué con detenimiento el proyecto, expresando con mucha claridad los beneficios que traería a la economía del lugar, a su gente y en consecuencia a la comunidad en su conjunto. El me miró con el ceño y los labios fruncidos en claro gesto de preocupación. Respiró hondo y me explicó cuidadosamente que su responsabilidad era para con la comunidad, que mi proyecto podía tener algunas connotaciones complejas, potencialmente peligrosas. Esperé con paciencia. “El diez es para vos”, le dije. “Son como tres palos verdes”, agregué con un susurro. Sus preocupaciones cesaron.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Gratitud


Entramos en silencio a la sala de reuniones del último piso. La tensión se palpaba. Los rumores se habían convertido en el caldo de cultivo de una serie de hipótesis descabelladas. Tal vez una de ellas se haría realidad. Los sillones se llenaron, con excepción del que se encontraba en la cabecera. Fui consciente de la preocupación que crecía en mi interior. Mi propia hipótesis se reforzaba, incrementando la desilusión que sentía. Recorrí el salón con detenimiento. Cada rostro mostraba el ceño fruncido. Se abrió la puerta y quien la atravesó no fue el que todos esperábamos, sino el delegado del consejo de administración. Deduje en un instante lo que seguiría. Inspiré profundamente sintiendo como la ira reemplazaba a la preocupación. Cerré los ojos un instante, manteniendo la respiración al tiempo que contaba hasta cinco. Traté de organizar mis pensamientos y recordar por qué me encontraba allí. Por que luchaba. Las palabras del consejero fueron escasas y titubeantes pero definitivas. El CEO ya no era el CEO y el consejero ya no era el consejero. Alcancé a ver por el rabillo del ojo al Vicepresidente de Calidad clavar sus dedos en la mesa y comenzar a levantarse. Llegué a ponerle una mano en el hombro. El peso y la calidez del contacto le ayudó a reflexionar y volvió a recostarse en la silla. Lo miré fijo a los ojos y articulé con los labios un lento: "tranquilo". El improvisado discurso llegó a su clímax en una serie de innecesarias e injuriosas referencias a su antecesor, lo que sólo logró enfurecer a los presentes; incluyéndome. Un puñetazo en la mesa fue el principio de escándalo y infierno afloró. Se cruzaron palabras duras. Me obligué a intervenir para frenar el desmán y le pedí al flamante CEO si podía darnos unos minutos para componer la situación. Me lo concedió. No disponía de mucho tiempo por lo que opté por un enfoque directo y despiadado. Los conocía a todos desde hacía tiempo y sabía que por encima de todo, ellos contaban con su trabajo y “su” empresa como la manera de definir su existencia. Apelé a eso. Dos de ellos dieron muestras estar a punto de ceder y abandonar la sala. Los confronté y el Vicepresidente de Operaciones, con los ojos vidriosos, me acusó de falta de gratitud para con nuestro líder. No pude evitar recordar una frase del célebre Iósif Stalin, que utilicé de inmediato para romper la tensión. - “¿Gratitud? - les dije - La gratitud es una enfermedad que padecen los perros.” Luego de las roncas carcajadas, la reunión volvió a su curso.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Vecino


Llegamos justo cuanto lo cargaban en la ambulancia. Las luces centellaban, iluminando los árboles y las casas del oscuro vecindario. Nos acercamos a pasos largos.
– ¡Fuerza, Viejo! – le dije por lo bajo palmeándole la mano. – Te vamos a acompañar.
–¿Quién carajo sos? – preguntó confundido, casi sin voz y con los ojos entrecerrados.
– Tu vecino, viejo. – Giré la cabeza enfrentando al paramédico. – ¿Se va poner bien?
El conductor de la ambulancia nos indicó balbuceando que parecía ser algún tipo de problema cardíaco, que lo llevaban al Hospital de Urgencias. Su cara manchada de luces carecía de expresión. Le indiqué que buscaríamos algo de ropa y los alcanzaríamos en el hospital.
Cerraron las puertas y partieron con un chillido de neumáticos. Los vimos desaparecer al doblar la esquina. Recorrimos el camino de piedras rumbo a la casa. Las luces permanecían encendidas en casi todas las habitaciones. Se observaba cierto desorden en el comedor, como si el incidente se hubiera desarrollado allí.
Recorrimos la casa y sin demasiado apuro tomamos todo los objetos de valor que pudimos transportar. Fuimos muy selectivos. Pocos minutos más tarde nos alejamos satisfechos por el premio, pero mucho más por nuestro receptor portátil para la frecuencia de emergencias.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Laberinto


Podría mentir y decir que no se cómo es que llegué hasta aquí; pero una vez más estaría buscando problemas. El mismo tipo de los que me trajeron hasta aquí.
A mi alrededor solo veo difusos reflejos de mi mismo, distorsionados en tantas formas como solo mi imaginación seria capaz de producir. No hay a donde ir, no hay una salida a la vista o el menos no la encuentro.
Camino con las manos frente a mi, como un zombi dubitativo. De inmediato mis manos hacen contacto contra el frío cristal de los espejos. Los dedos doblados en ángulos imposibles se quejan de dolor. Camino sin destino, topándome constantemente con inertes obstáculos adornados con un rostro conocido.
Por momentos intento avanzar con los ojos cerrados, preguntándome cómo sería la vida sin cada una de las cosas por las que me arrepiento. Probablemente mejor. Probablemente no.
Los obstáculos se fueros sucediendo mientras el dolor en las manos se intensificaba. Finalmente, uno de los espejos cedió ante la presión, mostrándome un mundo violento e incomprensible, cargado de desigualdad y malicia.
Apoyé la espalda sobre la puerta y ejercí cierta presión hasta sentir como cedía, volviéndose a abrir. Me deslicé con suavidad hacia adentro; proponiéndome invertir el tiempo que sea necesario y golpearme los dedos hasta sangrar, pero conseguir una salida más prometedora.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Monumento

Durante casi diez años nos guió con mano de hierro, pero olvidando a menudo calzarse el guante de seda. De alguna manera, se las arregló para limar cada una de nuestras explosiones de creatividad, de condicionar nuestro libre albedrío y reducir a polvo cada insignificante expresión de humanidad. 
Así fuimos arrastrados por tiempos violentos, tiempos de paz, tiempos buenos y malos; soportándolo, apoyándolo y odiándolo en secreto. Los años pasaron y la realidad fue forjándose a la medida de nuestro indiscutible líder; confirmando que quien se prepara para lo peor, a menudo lo consigue.
Hoy nos reunimos frente a este monumento para honrar su memoria, en medio de los tiempo confusos que vivimos como consecuencia de su inesperada evanescencia. Comprendimos que ya no nos guía ni nos acompaña, tan sólo su recuerdo permanece grabado a fuego en nuestra memoria. Algo que esperamos se erosione con el paso del tiempo. 
La turba se fue alejando. Los rumores a cerca de la desaparición de nuestro Salvador aún recorren los pasillos. Todos apuestan por el mito de su escape a la vida idílica en algún paraíso tropical, pero nuestro pequeño grupo ruega porque nadie tenga la idea de inspeccionar dentro de la estatua.

lunes, 8 de abril de 2013

Balcón

Al descubrir los primeros anticipos del verano, decidimos reunimos con un grupo de íntimos a pasar el rato. Unas pizzas caseras y unas cervezas heladas eran lo necesario para festejar el tan esperado cambio de temporada.
El encuentro se fue transformando de a poco en festejo, las cervezas cambiaron de color y de graduación antes de darnos cuenta. Para cuando la música alcanzó el nivel de visita policial había varias caras que desconocía, lo que para una reunión de amigos es bastante extraño.
Algo después de las dos de la mañana, la vecina del anfitrión se mostró bastante afligida por no poder entrar a su departamento. Por lo visto, había dejado las llaves adentro y de pronto le era imperioso regresar. Corroborando la tesis que indica que el alcohol te da agallas pero te quita cerebro, me ofrecí cruzar el insignificante espacio que separaba los balcones de ambos departamentos. Con un grupo de borrachos alentándome, traspasé la barrera y enfrenté al vacío. Medí cuidadosamente el espacio, calculé la distancia y la fuerza que necesitaba emplear para alcanzar sin problemas el otro lado. Inspiré con fuerza y exhalé de la misma manera. Para la tribuna.
El salto fue perfecto, mis manos alcanzaron la baranda si dificultad. El único problema fue que por lo visto, las instrucciones no llegaron correctamente a mis piernas porque en lugar de sentir la seguridad del borde del balcón bajo mi zapato, pude escuchar como la punta raspaba contra el cemento del exterior. Luego fue como sí alguien tirara de mis piernas. Las manos no me respondieron con la velocidad necesaria y para cuando quise abrir la boca ya iba a mitad de camino rumbo a la vereda.
El impacto fue áspero. O al menos así lo recuerdo. El apagón inicial se transformó en una bruma espesa. Inmóvil, dejé correr la mirada sobre el suelo, sin mirar; corriendo una especie de diagnóstico del sistema. El costado izquierdo del cuerpo me dolía. Mucho. No era sorprendente ya que segundos antes había aterrizado sobre el. Intenté mover el cuerpo con cierto éxito. Ante el primer movimiento, una andanada de salvajes carcajadas explotó sobre mi. Al menos, los buenos amigos esperan hasta comprobar que te escapado de la muerte antes de comenzar a llorar de la risa. Los oí alabar mis condiciones de hombre araña, mi capacidad de salto y por sobre todo, mi gracilidad gatuna para caer. Según ellos, caí como un ladrillo de cemento.
Más tarde, descubriría que me había fracturado la clavícula, pero en ese momento solo era dolor y algo de vergüenza. Me levanté con la rapidez del adolescente que se ha caído de la bicicleta frente a un grupo de chicas. Nadie bajó a darme una mano. Seguro estaban ocupados revolcándose de la risa a mis expensas. Caminando con pasos lentos y cortos, encaré la puerta. Toqué el portero y me preparé para recibir las bromas que por supuesto llegaron. Las soporté como un caballero a través del aparato y pasé. Aún entre risas, me ofrecieron distintas clases de anestesias líquidas. No pude evitar el tener que contar una y otra vez la secuencia de hechos bochornosos.
La noche se hizo día sin que nos diéramos cuenta. Aún después de la cantidad de anestésicos bebidos, el dolor persistía. La hinchazón comenzó a verse preocupante, por lo que no tuve más alternativa que ir al hospital.
Sentado en la sala de espera en medio de un dolor palpitante y creciente, me pregunté que habría sido de la vecina. Supuse que de alguna manera debería haber logrado entrar. Apoyado contra la pared, estimé que sería lo correcto prometerme no volver a beber, pero finalmente decidí que bastaría con prometerme no volver a saltar de un balcón.

sábado, 23 de marzo de 2013

Llaves


La sonrisa ausente en su rostro de portada me advirtió a cerca del cataclismo que se avecinaba. No me sorprendió, debería reconocer; pero la situación profundizó mi sensación de tristeza; de vacío.
Para tan triste y anunciado final, no podría señalar más motivos que una encubierta y descarnada lucha de poder. El tradicional y enraizado comportamiento del macho de antaño que intenta dominar y someter; contra la irrefrenable energía del mundo del modelaje. Las fiestas interminables, los múltiples viajes y los cheques exorbitantes fueron abriendo una brecha entre enamorado perdido y el estúpido machista. Tal vez fue su belleza descomunal o el que me abriera las puertas de su hogar lo que acabó por desbarrancar los restos de nuestra relación. 
Las refriegas fueron creciendo y el tema no tratado del poder se convirtió en un tercero. Ella, como siempre, me miró sorprendida, Mis retorcidos razonamientos habían sido un misterio desde el comienzo para su inquebrantable personalidad, defensora de la libertad y de la vida sin preocupaciones. 
Fue en ese momento, en ese último instante donde el entendimiento absoluto me alcanzó. Lástima que la iluminación me llegó justo cuando mis más duras palabras afloraban y en el que su paciencia se agotaba. La sonrisa le volvió al rostro, pero ya sin la calidez habitual; devolviéndome una respuesta tajante a mi último y estúpido análisis filosófico. “¿Balance de poder? ¡Las llaves son poder!” Me dijo antes de quitármelas de la mano, acompañarme hasta la puerta y cerrármela en la cara.

sábado, 2 de marzo de 2013

El Hombre que no Salía en las Fotos


Mientras revisaba unas viejas fotos del último año de la secundaria me di cuenta que no salgo en las fotos. En ninguna. Simplemente no aparezco. Llegué a dudar si es que en verdad estuve ahí, esforzándome por ver a través de la niebla de los años, pero la duda se extendió.
Las primeras sospechas comenzaron cuando un grupo compañeros del colegio lanzaron la tan temida reunión de los veinte años. Algo así como una patada en el centro de lo que nos queda de esa falsa creencia. La temida confirmación. La juventud se ha evaporado, dejando unos informes residuos de madurez.
Atadas a las invitaciones y comentarios, llegaban las imágenes de aquellas épocas pasadas. Piqué fotos durante un par de horas a tanta velocidad como el mouse me lo permitía. Nada. Me concentré entonces en buscar la única foto en la que no podía faltar: La postal en la montaña. Si Bariloche tenía algo de previsible es que no podías volver sin tu Postal de Gran Angular. Las inevitables montañas detrás, el pino solitario y las camperas pasadas de moda. Un clásico. Lo preocupante fue que en esa tampoco me encontré. La confirmación del dilema.
Me dediqué durante toda la tarde a sacar cajas llenas de moho en busca de las fotografías de antaño. Encontré la caja de un viejo juego de mesa. En su interior, una docena de imágenes se amontonaban. En ellas se retrataban los últimos veintitantos años de mi vida. Una serie de saltos temporales capturados en las más diversas ocasiones. Una pasada rápida a esas instantáneas fue suficiente para ayudarme a descubrir el misterio. Mirándome al espejo, nunca identificaría a aquel muchachito delgado y pelilargo de principios de los noventa.

sábado, 23 de febrero de 2013

Sexto Sentido

Nunca he sido una persona particularmente intuitiva, pero cuando el tipo atravesó la puerta llenando el espacio con su gigantesco cuerpo, supe que algo iba mal. En realidad no que iba mal en ese preciso instante, sino que estaba a punto de ir mal. Tuvo que agacharse unos centímetros para cruzar y juraría que sus hombros rozaron la madera despintada del marco. La cabeza calva y los brazos como los de un búfalo creaban una imagen como para temer.
Dudé si levantarme o permanecer sentado. Me mantuve inmóvil en el sillón, con las manos aferradas a los apoyabrazos. El televisor desprendía imágenes y sonidos tan distantes que parecían provenir de la luna.
El gigante avanzó unos pasos hacia mi y sentí como si se consumiera todo el oxigeno que me rodeaba. Tuve que esforzarme para empujar una bocanada de aire a mis pulmones. Mantuve la vista clavada en su enormidad.
El cerebro volvió a enviarme algunas señales en un intento por romper el letargo. Ninguna sirvió para generar movimiento. Algunas imágenes atravesaron la bruma. Las carreras. Caballos, perros, ratas y hasta cucarachas. Las apuestas eran algo nuevo, pero con seguridad no durarían. Mis datos no eran buenos y el bookie del barrio no se caracterizaba por su paciencia o delicadeza. No tuve que adivinar lo que sería de mi rótula.

jueves, 14 de febrero de 2013

Cita

Pasé a buscarla en medio de los últimos brillos del atardecer. Esperé paciente junto a la puerta de entrada al edificio. Creí verme bien en el reflejo sobre el vidrio y sonreí. Una salida al cine, pensé que podía no ser gran cosa, pero me pareció más que adecuado. Yo venía de un amargo y doloroso desencanto, ella se dirigía a uno de proporciones bíblicas.
Caminamos durante varias cuadras en silencio, aunque nos conocíamos desde los finales de la niñez. Es posible que ambos contempláramos las posibles consecuencias de esa salida. Por las dudas no lo comenté, bien podría ser idea mía. Forcé algunos temas que deberían haber fluido con facilidad, pero la fricción era casi palpable.
La película no fue gran cosa, diría hoy, aunque en aquel momento me robó una lágrima y me dio un par de estúpidas ideas que nunca funcionarían. Varias veces la miré durante la función. Creo que ella también lo hizo. No atiné a ningún movimiento furtivo, lo que comprueba que siempre he sido un cobarde. Ella tampoco mostró ninguna señal. Esa es mi única defensa.
Terminó la película y caminamos lento por una ciudad gris; fría, como el invierno que se avecinaba. Casi sin pensarlo la acompañé de vuelta a casa, nos saludamos con un amistoso beso sin necesidad de expresarnos lo que ya sabíamos. Yo debía partir en busca de mi futuro, ella en busca de la decepción.

sábado, 9 de febrero de 2013

Heladero


Partimos de San Pedro de Atacama acompañados por los primeros rayos de luz. La mañana fresca del desierto nos infundió el valor necesario para encarar la ruta. Mil ochocientos kilómetros nos separaban de nuestro destino. Muy al Sur, Santiago se veía como un lejano punto en el mapa, o una inalcanzable banderilla en el GPS.
Los primeros cientos de kilómetros rumbo al Oeste pasaron sin mayor dificultad, tal vez porque íbamos rumbo al mar. En cuanto giramos hacia el Sur, sentimos como si el camino se volviera cuesta arriba y fuéramos nosotros quienes impulsábamos el vehículo. Si antes habíamos estado en el desierto, no podía imaginar donde estábamos en ese momento ya que la aridez parecía aún mayor. Nada. No vimos dunas, ni montañas, sólo nada.
Cada "nosecuántos" kilómetros, la ruta abandonaba su peligrosa estrechez para dar espacio a una generosa explanada de descanso. Un artilugio bastante inteligente para no convertirse en parte del paisaje. Luego de unos seis o siete de esos espacios vimos algo que nos quitó la somnolencia del camino recorrido. Parado en medio del área de descanso, cual espejismo, un heladero. Un heladero con todas las de la ley. Con su uniforme blanco, auspiciado por la multinacional de rigor, gorro con logotipo y su conservadora. Nada para objetar, si estuviéramos en una playa o en un ambiente urbano. Pero no ahí, a más de cien kilómetros de cualquier punto en el mapa.
Pasamos junto a él sin siquiera desacelerar. El tipo no hizo señas, sólo nos siguió con la mirada. Ahogué una carcajada y miré a mi esposa con los hombros levantados buscando explicación. No me la dio.  Menos de sesenta segundos después, no soporté la duda y frené la marcha por completo. Giré en "U" sin peligro alguno, sabiendo que la ruta estaba tan desierta como el paisaje. Volví a máxima velocidad hasta lo que parecía un espejismo y me acerqué lentamente. Una vez que me convencí que el tipo no estaba esperándonos para apoyarnos un revólver entre las costillas, detuve el auto a centímetros de la conservadora. 
El heladero me miró con una sonrisa confiada. No parecía asombrado, lo que dado el medioambiente me asombró a mi. Le pregunté que tipos de helados tenía. Me los enumeró con paciencia, señalándolos sobre la cartilla que traía pegada sobre el costado de la heladera de telgopor. Los precios escritos en marcador rojo me parecieron más que razonables. Pedí uno de agua para mi mujer y uno bañado en chocolate para mi. Pagué con el cambio justo y antes de cerrar la ventanilla y acelerar, tuve que preguntarle que hacía en medio de la nada. El me miró sonriente, mostrando varios dientes ausentes y me dijo: ¿Ha visto Ud. algún otro vendedor de helados por aquí cerca?

viernes, 1 de febrero de 2013

Kilómetros

Cuando se terminaron de borrar los flashes de mi retina, y ya la gente comenzaba a retirarse del lugar, caí en la cuenta que en las manos cargaba un gigantesco cheque por un millón de kilómetros aéreos. Me quedé solo en el escenario, con las piernas temblorosas y sin saber que hacer. Una muchacha muy educada me acompañó con gentileza hasta una oficina y me explico que debía devolver el cheque; ella me daría un documento que me aseguraba el premio. Yo me negué educadamente a entregarlo y entonces la chica me explicó que solo se trataba de una cuestión de Marketing. Insistí en que yo no sabía nada de Marketing, pero no me iba sin el cheque. Andaba en una camioneta y no tendría problemas en llevarlo. Al final, perdió la paciencia, me dio el cheque y los documentos. Una firma aquí, otra allá y un escribano legalizó el acto.
Manejé con cuidado, decidido a encarar a mi jefe con la noticia. La oficina estaba como cada día. Los cubículos llenos de gente como yo; aburrida, no tengo por que mentir. Caminé hasta el fondo, a paso rápido. Algunos de los muchachos se acercaron a felicitarme. Las noticias corren rápido en una oficina. Otros solo me miraron sonrientes, asintiendo levemente con la cabeza, pero con la mirada cómplice.
La charla con el gran jefe fue corta y sorprendentemente positiva. Tal vez porque al tipo le gusta viajar más que a Marcopolo, pero ni siquiera tuve que solicitarle la licencia, o mostrarle la carta amenazante de "renuncia" para reforzar mi posición. En cuanto crucé la puerta, se paró para felicitarme y me ofreció una licencia, sin goce de sueldos, claro. Acepté encantado y corrí como un desquiciado por miedo a que se arrepienta.
Volví a casa con el característico cosquilleo en las tripas, propio de enfrentar un extraordinario desafío. Corrí hasta el escritorio y me encorvé sobre las hojas del contrato para estudiarlo. Me salté como pude el palabrerío leguleyo y me fui directamente a lo importante. Cuántos kilómetros y como usarlos. El resto, me pareció innecesario. 
Me conecté a la red y contrario a la costumbre no abrí el Mail, sino que fui directamente al sitio de la aerolínea. Seguí las instrucciones del contrato y activé mi cuenta. Casi perforo la tecla del Mouse tratando de refrescar la pantalla para ver el valor actual. El vacío en el estómago me indicó que era el momento. Un millón. Ni una más ni una menos. 
Saqué del bolsillo el papel con la lista de lugares que cargaba desde que me enteré del premio. Doblado en cuatro partes iguales, contenía la esencia de mis sueños. Un listado ajustado, ordenado y detallado propio los distintos destellos de mi mente organizada. Mis lugares soñados. Clásicos, casi aburridos.
Abrí una planilla de cálculo y cargué las ubicaciones de los lugares que ansiaba visitar, los organicé de acuerdo a la ubicación buscando minimizar la cantidad de kilómetros necesarios para canjear. En una columna los lugares, en la otra los kilómetros. Luego de tres horas me estiré en la silla, a gusto con el resultado. Con casi la mitad de los puntos consumidos, lograba tocar todos los destinos de la lista. 
En otro arranque de imprevisibilidad, volví a la ventana con la página de la Aerolínea e intenté canjear el primer tramo. Mi absoluto desconocimiento sobre el tema me permitió completar con la fecha más simple de imaginas. De inmediato. Como no había disponibilidad, volví a probar con el día siguiente. No me sorprendió en ese momento que hubiera un lugar disponible. Supuse que viajar solo hacía más fácil encontrar un lugar libre. Narcotizado por la facilidad de la compra, me dejé llevar y completé la reserva del recorrido tal como lo imaginaba. El cuerpo me tembló por tan solo pensar en que viajaría en avión por primera vez. 
De pronto me di cuenta que restaban doce horas para la salida del vuelo. El viejo “Yo” retomó el control. Comencé a preparar la valija; algo de ropa. Sólo lo necesario. Ni un solo espacio libre, de acuerdo a las recomendaciones que encontré en línea. Consulté otra vez la impresión recién hecha con las instrucciones respecto al equipaje. Dos bultos de veintitrés kilos. Uno más de lo que necesitaba. La idea era viajar ligero. Lo necesario para moverme rápido y sin demasiadas restricciones. Un bulto de mano, podría ser una mochila. La cámara de fotos y un par de cosas de primera necesidad, más que suficiente.
Dormí inquieto. Tal vez por el nerviosismo de mi primer viaje internacional, o tal vez sólo por romper la rutina. Desperté diez minutos antes de lo normal, aun quedaban algunas cosas por organizar. Revisé la cámara de fotos, funcionaba bien. Cargué varias tarjetas de memoria. Después de imprimir los tickets electrónicos de la aerolínea, caminé unas pocas cuadras hasta el banco y retiré de mi cuenta parte del dinero que precavidamente había logrado reunir gracias a una vida austera. 
La mañana se me deshizo en jirones y el mediodía casi me toma por sorpresa mientras aseguraba los hoteles para los primeros destinos. El resto los haría durante el viaje, aunque me costara una úlcera. Corrí al aeropuerto después de dejarle las llaves de la casa a un vecino y prometerle llamar de vez en cuando para confirmar que todo estaba en orden. Pasé los controles de rutina sin mayores sobresaltos y esperé con ansias el poder montarme en uno de esos cacharros. La realidad fue menos idílica que la imaginación, como de costumbre. Un cosquilleo en el estómago y allá fuimos, estábamos en el aire. Un vuelo sin sobresaltos. Un vuelo tranquilo.
A partir de ese momento, la realidad se convirtió en una suerte de sueño, enmarcado en datos e imágenes que sólo a lo largo del tiempo lograré descifrar por completo. Un poblado de piedras abandonado, una ciudad de islas y canales, pirámides en medio de la selva o rodeadas de arena, un anfiteatro en ruinas, una torre en simetría, una catedral de infinitas  caras, islas de agua transparente, extensas piscinas de reflejos barrocos y una isla de acero y vidrio.
Volví tres meses más tarde, mareado por una experiencia sin igual y por el torbellino de recuerdos. Sin avisar a nadie, me recluí en casa a descansar. Dormí cerca de catorce horas corridas, sin siquiera abrir los ojos. El primer descanso real en mucho tiempo. Desperté aturdido, sin saber dónde estaba, confundido por la oscuridad de la habitación y despistado después de haber recorrido tantas habitaciones y horarios. Finalmente estaba en casa. A salvo y lleno de recuerdos.
Con cierto pesimismo y el presagio de una catástrofe certera, busqué el bolso de la cámara, convencido que cuando intentara recuperar las fotos, ninguna tarjeta sería legible y así el cúmulo de recuerdos que entonces me superaba se desvanecería como arrastrado por la corriente de un río invisible. Como ocurrió durante todo el periplo, la desgracia que intuía no se concretó y una vez más, quedé sorprendido y aliviado. Las miles de fotos se descargaron cual cascada multicolor. Diversos ángulos, diversas combinaciones de aperturas y velocidades, diversos filtros, diversos horarios e iluminación para los mismos sujetos. Lo que fuera por asegurar un puñado de fotos perfectas.
Pasé el día encerrado. Leyendo algunos mails y organizando la monstruosa cantidad de imágenes. Las que contenían algún defecto insalvable, cayeron bajo el poder de mi dedo sobre el temido “delete”. El resto quedaron en espera de ser revisadas, retocadas y mejoradas. No hubo otra actividad ese día. No hubo llamadas telefónicas ni otro comportamiento social. Sólo vagué por la casa envuelto en una niebla de irrealidad. No pasaron muchas horas hasta que el sueño finalmente me venció.
La mañana siguiente fue diferente. Me desperté en cuanto asomó el sol, lleno de energía, centrado y enfocado en lo que seguía a continuación. Me senté frente a la computadora y me zambullí en la cuenta online de la aerolínea. Leí algunas líneas y al final encontré la opción para cancelar la cuenta. El sistema insistió en que revisara antes de borrar la cuenta. “Aparentemente quedan algunas kilómetros en la cuenta”. Ya lo creo, pensé con una sonrisa. Como medio millón. Hice click en “Aceptar”. Una ducha rápida y me vestí formal. Conduje hasta el la oficina y comuniqué mi retorno definitivo. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Ineludible

Ya no estás, pero recorres el ambiente en espasmos ciertos. Ya no estás pero recorres sus mentes inquietas. Ya no estás pero cada paso que dan sus vidas se entrelazan con los pasos que diste alguna vez.
El silencio está a tu alrededor pero el estruendo los atormenta. Nada queda por recordar, nada queda por escuchar, nada queda por descifrar. La cordura es el menaje que alguna vez perseguiste, pero te detuviste a mitad de camino buscando aquella vieja melodía.
Sueños, que en tu mirada alguna vez se vieron, mientras contabas tus cuentos a orillas de la niebla. Niebla que nos cubre, pero te siento cerca. Aquella luz la eclipsa con su fuerza y esplendor; y te siento cerca. Tan cerca que es confuso, tan cerca que estalla en aquellos recuerdos que me embargan y me atormentan.
La distancia es irrelevante. La melodías se convierten en puentes, de pronto solo quedan bancos de niebla y vientos desde lo profundo del mar. 
Es tiempo de avanzar, de no quedarse en el tiempo. Avanzar, no te quedes en el viento. Es parte del espacio; y cuando el latido de las miradas que se fueron se apaguen lo ineludible se hará realidad.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Fraude


Esperé sentado frente a las oficinas de “Crédito Federal” intentando dominar la bronca que me hacía rechinar los dientes. La carpeta de papel en la mano izquierda contenía la información que había logrado recopilar sobre el asunto; en la derecha el viejo y despintado Nokia que se negaba a dejar correr los minutos. Las 9:00am. En punto. Volví a controlar la entrada. Continuaba cerrada.
Me vi obligado a esperar otros seis minutos hasta que llegó el primero de los empleados. Lo vi pararse junto a la puerta. El guardia se asomó detrás de la persiana americana. Después de él comenzaron a aparecer empleados de todas direcciones. Los pude reconocer con facilidad por sus trajecitos grises y camisas blancas. Tan insulsos, tan aburridos.
Entré como un ladrillazo por la puerta de blindex. Poco me faltó para atravesar el vidrio sin molestarme en abrirla. Encaré al primer muchachito de gris que encontré tras una computadora y me encargué de meterle tanto miedo que en pocos minutos estaba detrás del gran escritorio de madera sólida, con un café en la mano y un un puñado de empleados alrededor entrando y saliendo con papeles e impresos de computadora. Me mostraron el legajo. Según los papeles, yo había sacado un préstamo de treinta mil pesos. Personal, o impersonal mejor dicho. Lo único que tenían era una fotocopia de mi Documento de Identidad y un impuesto de la casa. Las firmas eran apenas parecidas. Traté de comprender cómo les era tan fácil entregar treinta mil pesos a cualquiera. El problema era que según su retorcido punto de vista, ahora era mi problema pagar la deuda.
Continué revisando el puñado de papeles que acumulaban bajo mi numero de cliente. Todo se veía pulcro y sin errores, excepto que alguien se había llevado los billetes que ahora me reclamaban con ayuda de unos diligentes abogados. Busqué indicios de quién podía ser el responsable. Demandé saberlo. Supliqué saberlo, pero al parecer nadie podía encontrar ninguna pista. Al final, se disculparon y me dieron a entender con gentileza que no había nada que indicara que yo mismo no había recibido el dinero. La operación figuraba en efectivo. Sin mayores detalles. 
La solución era que presente una nota desconociendo la deuda. Una nota. Podía imaginarlos reunidos alrededor de la nota, ahogados por las carcajadas y arrodillándose para no caerse al piso.
En la desesperación previa a que me obligaran a salir, alcancé a manotear un una porción de un post-it con unos garabatos. Me quedé parado en la vereda tratando de interpretar lo que contenía. Números. Una sigla. No soy muy inteligente, ni creativo, pero lo primero que pensé fue en un número de cuenta y el nombre de un banco. O un número de teléfono y el nombre de una persona. Resultó ser la explicación más simple, como casi siempre. Era la segunda opción. Me tomó sólo unos pocos minutos y una llamada a un viejo amigo, amo y señor de las redes. Junto con el teléfono y el nombre, apareció una dirección. Contra toda lógica, decidí tomarme un taxi y hacerle una visita al Sr Bartolomeo Mujica. 
El viaje fue corto, hasta un barrio cercano al centro. La casita se veía bien, pequeña pero bien cuidada. Toqué el timbre sin saber lo que iba a decir. Por un momento esperé que nadie contestara para tener algo de tiempo para pensar. No tuve tanta suerte. De inmediato, se asomó una mujer joven. Bastante bonita y con mucho potencial. Me preguntó que quería y le contesté que buscaba al Sr. Bartolomeo, como si lo conociera. Noté una ligera mueca atravesar su rostro en cuanto nombré al tipo. Al principio creí que era causada por un dejo de tristeza, pero luego tomé supe que se trataba de pura y simple bronca contenida. Aparentemente, Don Bartolo había estafado a más de uno, y la semana anterior la policía lo había invitado a visitar sus instalaciones por un largo periodo. Un problema con una chequera extraviada, según entendí.
Ella se disculpó conmigo y de inmediato me invitó a pasar. Con una taza de té en la mano, esperé mientras ella buscaba algo que no entendí bien de que se trataba hasta que volvió. Según me explicó, acababa de descubrir un cuaderno con las anotaciones de su (ex)novio. Un detallado tratado sobre las más variadas estafas. Cheques, tarjetas de crédito, celulares. Las mil maneras de joderle la vida a alguien.
Me preguntó cuanto me había robado. Le di la cifra y se mantuvo unos segundos en silencio. Preguntó la fecha en que había sido la operación. Buscó en el cuaderno. En esa fecha solo existía un registro. Treinta mil pesos. Al costado, un comentario escrito en rojo: Tailandia. Lo leí por encima del hombro de la chica y me quedé mudo esperando una explicación. Fue muy simple, mi dinero había comprado los paquetes turísticos con los que el tipo esperaba recuperar una relación condenada.  
Es increíble la cantidad de información que una chica avergonzada puede darle a un completo extraño. Supe además que la fecha del viaje; no sería hasta dentro de tres semanas. Una lástima que Bartolo iba a estar bastante ocupado como para viajar.  Mientras hablábamos ella siguió revisando el cuaderno sin mucha convicción, al final, encontró un grupo de hojas impresas dobladas en dos. En ellas estaban los tickets electrónicos, las reservas y las confirmaciones para el viaje. Ella me miro a los ojos y extendió las hojas hacia mi en un gesto de disculpas. Ahí estaba mi dinero, treinta mil pesos reducidos a una pobre impresión en colores. Tomé las reservas y después de otra infusión me fui a casa con una mezcla de alivio y decepción. Esa noche me acosté temprano, cansado y algo aturdido. 
Después de más de tres horas de ser ignorado por el sueño, dejé la cama rumbo a la cocina. Pensé en tomar algo caliente, pero finalmente opté por por una generosa medida de whisky. Minutos después me serví otra, para darle una mano al sueño, pero tampoco ayudó demasiado. Volví la mirada y los impresos seguían sobre la mesada, junto al teléfono. Me dejé llevar por el impulso que había estado reprimiendo. Marqué los diez números y esperé. No supe que decir y las palabras solo  brotaron: "Es más fácil cambiar nombres que recuperar el dinero... Y es más fácil cambiar uno que dos nombres. ¿Vamos?"

sábado, 20 de octubre de 2012

Adaptabilidad

Entre las ramas de los árboles alcanzamos a ver como las torres de la ciudad se recortaban sobre la tibieza del rojo amanecer. Corríamos uno junto al otro, como lo habíamos hecho desde la infancia. Aunque esta vez corríamos por nuestras vidas.

Nuestras respiraciones, entrecortadas y al unísono, se confundían con las pisadas sobre la hojarasca. Ninguno de los dos tuvo el coraje de volver la cabeza. Nos eran enemigos ni personajes siniestros los que nos perseguían, sino el mayor depredador conocido por el hombre. Un magnífico ejemplar adulto, según alcanzamos a interpretar por los rugidos que esporádicamente oíamos a nuestras espaldas.

La ciudad se acercaba, pero al mismo tiempo se estrechaba la brecha entre la bestia y nosotros. No lo dije, pero mi inquebrantable optimismo comenzaba a resquebrajarse. Sabía que estaba en desventaja física frente a quién me acompañaba, sabía que no podría mantener el ritmo por mucho más tiempo.

Los rugidos lejanos, dieron paso a monstruosas pisadas apenas unos metros más atrás. zigzagueando en el bosque. Acorralándonos como a conejos asustados.

El final del bosque se entrelazaba con las primeras luces del día. Más allá la explanada de acceso y luego la seguridad de la civilización. “Nos está alcanzando. Imposible escapar. Ninguno es lo suficientemente rápido.”, me dijo él manteniendo el ritmo en la respiración. “No lo necesito”, conteste al tiempo que lo sacaba de equilibrio obligándolo a estrellarse contra un árbol. “Sólo necesito ser más rápido que tu”.

sábado, 16 de junio de 2012

Poderes

Tengo todo lo que quiero; y vivo sin las restricciones de esta vida desenfrenada gracias al éxito de mis últimos proyectos. Los vaivenes de la economía mundial son sólo palabras ininteligibles para mi, llenas de forzado negativismo, producto de comunicadores apocalípticos, sedientos de un miserable instante de atención.
El campo de golf aparenta ser infinito, aunque puede que yo lo crea infinito, tal vez por el confort de mi sillón italiano o tal vez sea por la brisa de verano que se cuela por estos inmensos ventanales. El aire tibio me acaricia el cuerpo desnudo, como realzando su belleza. No tengo vergüenza ni falsa modestia que me obligue a cuidar mis palabras. No lo necesito y no me interesa cambiar.
Mi flamante ultra-notebook de aluminio está cargada de conceptos al menos gloriosos, de los que se hablará por generaciones. Pero hoy prefiero pasar el día recorriendo los más de quinientos canales de satélite que me ofrece monstruosa pantalla LED. Me dejo llevar de a ratos por programas intrascendentes o sucumbiendo a los impulsos consumistas, acumulando.
Tengo una visión única y extraordinaria de la realidad que me permite adelantarme a los hechos, y he desarrollado maravillosos poderes de observación. Es por eso se que cuando intente llamarte, nadie contestará.


Este cuento es algo así como una reversión, o un plagio descarado tributo a Roger Waters y su pandilla: Pink Floyd. Digo descarado porque escuchando la letra tomé conciencia que ya era un microcuento en si misma, y que no había mucho por hacer, mucho menos intentar corregir al Gran Jefe ;) Aquí la letra original:


Nobody Home (Waters – The Wall)
I've got a little black book with my poems in.
 
Got a bag with a toothbrush and a comb in. 

When I'm a good dog, they sometimes throw me a bone in.
 
I got elastic bands keepin my shoes on.
 
Got those swollen hand blues.

Got thirteen channels of shit on the T.V. to choose from.

I've got electric light. 
And I've got second sight. 

And amazing powers of observation. 

And that is how I know 

When I try to get through 
On the telephone to you
 
There'll be nobody home. 




I've got the obligatory Hendrix perm. 
And the inevitable pinhole burns 

All down the front of my favorite satin shirt. 

I've got nicotine stains on my fingers. 

I've got a silver spoon on a chain. 

I've got a grand piano to prop up my mortal remains.

 
I've got wild staring eyes. 

And I've got a strong urge to fly. 

But I got nowhere to fly to. 
 
Ooooh, Babe when I pick up the phone 
There's still nobody home. 


I've got a pair of Gohills boots
and I got fading roots