Crónicas de un Taxista – Búsqueda

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Décima segunda entrega de la serie. Comienza aquí.


Desde el instante en que subí al maistro ese en el centro supe que andaba en algo raro. Transpiraba, se lo veía colorado y abrazaba un maletín de cuero que costaba más que su casa.

Miré el tablero y la luz roja del detector de metales confirmó la sospecha. El tipo estaba cargado. Manejé un rato siguiendo sus indicaciones, esperando. En cuanto cruzamos un descampado de la circunvalación puse las balizas y estacioné. Antes que pudiera tomar aire para hablar le puse la .38 en la bolas haciendo buena presión.

Juro que casi se caga encima. Portándome como un caballero, le pedí amablemente que me dijera a quién le había robado. Su acto duró poco. En cuanto amartillé el revolver se le pasaron las ganas de mentir. Soltó unos pocos datos y lo dejé ahí.

Me tomó horas de taxi y celular conseguir el nombre del dueño. Ubiqué su casa en barrio residencial. Toqué la puerta. El tipo se asomó. Le pregunté si le habían robado, que yo lo tenía. El me preguntó si había abierto el maletín. Me preguntó cuánto quería. Le pedí los kilómetros, más viáticos. Me dio el triple de dinero y se metió en la casa.

El Propósito

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Las cortinas comienzan a ceder ante el empuje de la primera ventisca y el embriagante aroma de la tierra húmeda con pinceladas de hierba recién cortada magnifican la pulsión. Nubes verdosas de proporciones bíblicas se ciernen sobre la ciudad como una promesa. Mis manos tiemblan por la emoción.

La tempestad alcanzó la ciudad con su espada invisible obligando al más valiente a retroceder. Camino en medio de la oscuridad hasta el límite de la terraza, procurando mantener el equilibrio. Casi sin respirar transpongo la cornisa. Veinte pisos y un pequeño borde de concreto me separan de la muerte.

De la ciudad solo quedan sombras y algunas pobres siluetas. Las descargas eléctricas se intensifican y se acercan, cumpliendo su promesa. Me sostengo con las piernas colgando del vacío y la espalda firme contra la cornisa intentando absorber la energía que crepita en aire. Aún con los ojos puedo ver el cielo iluminarse; veo todo y más allá. En mis entrañas retumba el trueno. Pesadas gotas se dejan caer sobre mi rostro, acariciándolo.

Sentado en la cima domino la ciudad, mientras las ráfagas despiadadas intentan abatirme. Llego a preguntarme por qué lo hago y la respuesta surge como un rayo: porque puedo.

La noche que comimos pollo al spiedo

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Aún recuerdo esa noche, íbamos a comer un asado entre amigos. La excusa, un partido de fútbol por televisión. Vivíamos ajenos a la realidad que envolvía a nuestro país. No veíamos la violencia e intolerancia reinante. Cuatro amigos y unos pocos pesos eran suficientes. Comida, fútbol y un partido de cartas.

La policía azoto la puerta mientras prendíamos el fuego. Lo buscaban a Oscar. El les dijo que estábamos por comer un asado. “No lo creo”, sentenció sonriendo. Ellos no nos dijeron por que nos cargaron y nosotros no creímos pertinente preguntar. Nos encerraron en un enorme calabozo lleno de maleantes. Tuvimos suerte; un viejo conocido era policía y le aviso a mi cuñado.

Dos días después, el esposo de mi hermana se asomó entre los barrotes. No dijo mucho. “Acá tienen algo para comer. Tengan paciencia.” Sus palabras y el aroma que salía del paquete nos dio las fuerzas necesarias para soportar los días siguientes. Fue una cena mágica. Un pollo compartido entre los nueve inquilinos de la celda. Creo que nunca disfruté tanto.

Nos golpearon bastante, sobre todo a mi. Tal vez por hablar de más. Lo cierto es que nunca volví a probar el pollo.

Quejica

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- Que tenga buen día Señor. - dijo el analista antes de colgar el teléfono.

“Puta Madre“, susurro entre dientes. Revisó la ficha en la computadora y marco el numero de su jefe.

- Martin, tenemos otro Quejica.

- Qué tan grave. - preguntó su jefe.

- Acabo de subirlo a Nivel 3. Lleva cuatro reclamos en el mes. Dos por pañales descartables, primero porque no se pegaban las cintas y después porque se le pasaba el pis al hijo. Llamó además porque compró un paquete de papitas fritas y no tenían sal. Luego reclamó porque compro un helado envasado que decía 80 gramos, lo pesó y tenía 70. Finalmente, el de hoy, llamó porque había una piedra en el jabón. Un llorón, digamos.

- Como respondieron Ustedes?

- Acorde al procedimiento. - dijo el empleado. - pedimos disculpas y le mandamos unos productos de regalo.

- Alguna demora?

- Ninguna. Que hacemos con el Quejica?

- A que se dedica? - Preguntó el jefe.

- Periodista. Puede ser una complicación.

- No. Lo hace mas fácil. Donde labura?

- En La Voz de Cordoba.

- Perfecto, asignale una de las campañas que tenemos y pasame el teléfono del gerente.

Crónicas de un Taxista - Revancha

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Décima primer entrega de la serie. Comienza aquí.


Durante diez días me dediqué a buscar al gringuito que me abolló la cabeza. Pasé varias noches en la oscuridad esperando con paciencia. La recompensa finalmente llegó. Vestido tal y como lo recordaba, bajó corriendo de un taxi. La misma maniobra. El otro taxista fue bastante más inteligente que yo. Gritó un par de veces, se estiró para cerrar la puerta y aceleró a fondo.

Mi ubicación era perfecta. Después de correr unos cien metros, se detuvo a ver si lo seguían. Luego caminó a paso lento adentrándose en el barrio. Lo seguí por la vereda del frente. Una cuadra más adelante ya lo había superado y crucé la calle con la mano en los bolsillos. No se lo vio venir.

Le di un buen culatazo, como para tranquilizarlo de entrada. Cayó como un ladrillazo. Le revisé los bolsillos y la cintura, buscando un fierro o un cuchillo. Limpio. Empezó a lloriquear y le pregunté por qué corría de los taxis. Me contestó que porque no quería gastar el dinero. Le di un buen revés de derecha y le saqué la billetera, tomé lo suficiente para pagar el viaje que me debía y el bono del hospital donde me cosieron.


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Cosecha

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Asomado a la ventana, se dejó hipnotizar por la verdosa oscuridad del cielo. Las nubes se agolpaban al sur, amenazantes. El viento comenzó a soplar cargado de humedad. Respiró hondo, dejándose llenar por suaves aromas de hierba y lluvia.

El hombre dejó abiertas las persianas y volvió a la mesa. Sentado frente al portátil consultó con ansiedad la página del clima. Estaba preparado para la madrugada siguiente, y sabía que sería difícil lograrlo si el clima no los acompañaba. Desplegó el pronóstico hora a hora y se quedó inmóvil frente a los llamativos íconos. Nubarrones, rayos y ráfagas de viento de colores sobresaturados y con efectos de relieve.

Sintió deseos de beber un trago de vodka, pero descargó su ansiedad caminando por la casa y comiendo maní salado. Consultó el reloj. La hora se aproximaba. Tomó el teléfono y confirmó con cada uno de sus socios. La hora se mantenía. El clima estaba de su lado.

Juntó sus cosas y armó la mochila. En menos de dos horas la tormenta alcanzaría el clímax y se sería el momento ideal. Desde hacía dos años se dedicaban a cosechar casas, edificios y empresas, protegidos por la rudeza de los grandes temporales.

El Muerto

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Desde su llegada, los deudos fueron acompañados y ubicados por el dueño de la funeraria. En su mayoría, habían sido sorprendidos por la notica en la madrugada y sus caras reflejaban una grotesca combinación de sueño, sorpresa y dolor.

Como en todo pueblo, el encargado de la empresa ejecutaba múltiples funciones de organización; además de las formalidades, no le eran ajenos el servicio de café, ni los ocasionales discursos. En este, como en tantos otros casos, además le cabía un papel extra, el de amigo del difunto.

A la distancia, su único empleado le hacía señas para atraerlo a la oficina. El dueño, intrigado caminó a su encuentro. A mitad de camino alcanzó a divisar a la viuda. Sintió el impulso de acercase a ella, pero la cara de su discípulo le hizo cambiar de idea. Algo andaba mal.

Le tomó casi cinco minutos cruzar la puerta. Su asistente movía las manos, tembloroso. Quiso hablar, pero el tartamudeo lo calló. Finalmente entregó el mensaje: “El muerto... no llegó...”. En un acto reflejo alzó la vista. A través de la ventana pudo ver la funeraria del frente. El enorme salón vacío y un solitario ataúd en el centro.

Imprevisto

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- ¿Qué es eso al frente? - preguntó el capitán al Oficial Científico. Avergonzado, el oficial se incorporó de golpe en su butaca y comenzó a ejecutar rutinas en la computadora. - Lo estoy analizando , Sr.

Ante ellos se cernía una especie de nebulosa rosada, particularmente oscura en el centro.

- Tiempo para contacto? - Cuatro minutos cuarenta segundos, Sr. - Sigo sin comprender de dónde salió.

Con el capitán observando de cerca, el preocupado oficial continuó el estudio de la nebulosa. Por momentos parecía alejarse, y aunque se movían a velocidad Warp 5 la distancia no se acortaba conforme a lo esperado. Calculó la composición del fenómeno, pero la computadora le devolvió “Desconocido”. Evaluó la masa y recibió “Infinito”.

- Descienda a Warp 1. - Le indicó al navegante. - Alguien me puede decir que demonios es esa cosa? - No estoy seguro, Sr. Parece una anomalía del espacio-tiempo; como una fisura. Recomiendo que la evitemos. - ¡Continuamos a Warp 5, Sr. y los controles no responden! ¡Nos acercamos a la anomalía! - ¡Evasión!

Ingresaron en el aura rosada, rumbo al centro oscuro. De repente, la nada los envolvió.

- ¿Qué es eso al frente?

Crónicas de un Taxista – Reglas

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Décima entrega de la serie. Comienza aquí.


Apenas subí a un gringuito con cara de atorrante supe no era trigo limpio. El Pibe parecía nervioso, como si estuviera pasado de merca o algo así. Me pidió ir para Arguello y sospeché de inmediato. Instintivamente, lleve los ojos al tablero, en busca de led que indicaba la presencia de metales en mi pasajero. Apagado.

Ajusté las manos con firmeza en el volante, sintiendo la fría confianza de mi .38 en la cintura. De repente me dio algunas indicaciones inconexas y balbuceó algunas palabras que no pude comprender. Clavé los frenos, pero antes que pudiera girar, el chaval ya se alejaba.

Bajé del auto y corrí a ciegas, confiando más de lo debido en mi estado físico. En media cuadra, comencé a dudar. Volví con la cabeza gacha, protestando. Ahí me alcanzó un ladrillazo en la cabeza. Trastabillé con la vista nublada. Corrí con paso poco firme.

Llegué al auto, por fortuna estaba abierto. La luneta reventó con estruendo. Me costó preciosos segundos arrancar el auto. La sangre me inundaba la cara. Estalló el vidrio del acompañante. Puse primera y arranqué girando en U. El gringuito me sonrió a menos de veinte pasos.


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El Sacerdote

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En cuanto el viejo sacerdote recibió la noticia, sus ajadas facciones se tensaron. Frente al maltrecho soldado, intentó digerir la bofetada de realidad. El enemigo se encontraba a las puertas de la ciudadela y las fuerzas del Cacique nunca llegarían a tiempo.

Conocía su destino. Con voz calma profirió una orden al soldado. En cuanto el guerrero se alejó a paso largo, giró hacia los cinco jóvenes sacerdotes que lo esperaban preocupados.

Las órdenes fueron precisas. Cuatro de los religiosos se alejaron en busca de diferentes grupos. Vírgenes, nodrizas, científicos y esclavos aguardaban atemorizados. El quinto hombre se arrodilló ante la experiencia en busca de la indicación final. Escucharla provocó un vacío en su interior. Reclutar un grupo de esclavos y destruir todo lo que no pudieran cargar.

Con escasa escolta militar y respetando la jerarquía de cada grupo, los habitantes de la ciudadela se alejaron rumbo a la selva utilizando el puente secreto. Desde lo alto, el anciano sacerdote recorrió con la mirada. Suspiró débilmente y se dirigió hacia su protegido exigiéndole que se encargara de guiar el grupo.

Sin mediar saludo, el anciano le dio la espalda y caminó lentamente hacia las puertas de Machu Picchu.

Córdoba en Tinieblas

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Luego de algunas décadas de disfrutar de los placeres de la muerte en vida, he comenzado a sentir la presión del aburrimiento y el encierro.

Al principio, viví el cambio como una bendición, una oportunidad inigualable para explorar más allá de los límites. Pero el tiempo ha pasado, y ya no estoy tan seguro.

Desde fines de los 60', me di el gusto de tirar algunas piedras durante el Cordobazo y apoyé los estudiantes en el Proceso. Me enriquecí robando casas; luego bancos, hasta concretar el “Robo del Siglo”. Festejé en dos ocasiones la victoria de Argentina, y quemé de la sede de un partido político. Asusta comprender lo fácil que resulta violar la ley cuando se ha perdido el miedo y el respeto por la vida.

En los últimos cincuenta años me he dado todos los gustos que un pibe puede soñar. Nadie sospechó la semana pasada, cuando coordiné la compra de mi nuevo Audi por internet, exigiendo se me entregue en casa. ¿Quien desconfiaría de un muchacho acaudalado, cara amable, tez absurdamente blanca y ojos claros?

Ahora me enfrento a la noche eterna; atormentado por la soledad y con un enorme vacío por llenar.

Dígitos

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Resignado, me dejo caer junto al diabólico aparato que se empeña en atormentarme hasta empujarme al límite. Es, a esta altura, una batalla perdida. El tiempo está en mi contra. Siempre lo estuvo.

Trago saliva, sabiendo que si tuviera úlcera ya estaría revolcado en el piso en medio de mi propia inmundicia. El interior me quema y no puedo evadir el pensamiento: La úlcera está creciendo. Algo está creciendo.

Los dígitos luminosos siguen avanzando. Siento deseos de correr, alejarme sin volver la vista atrás, pero se que jamás poder hacerlo. Soy prisionero en esta ratonera, iluminada apenas por los destellos rojizos del contador. Intento cerrar los ojos y olvidar la realidad que me atormenta. Por una vez, crear mi propio mundo, aunque sólo sea en mi imaginación.

Nada. Oleadas de asquerosa realidad inundan mi débiles intentos. No tengo a donde ir, ni nadie que me espere. Sólo puedo permanecer y perecer. Caminar en círculos tampoco ayuda. Tan sólo esta espiral descendente con rumbo a lo inevitable.

Necesito hacer algo por mi. Tal vez saltar o tal vez intentar escapar. Me inclino por la última. Salgo de la cama y con una sola mano estrelló el reloj contra la pared.

Confesión

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Sostuve la cámara con ambas manos, intentando superar la acidez que me escalaba la tráquea. La imagen temblaba irremediablemente. Volví a hacer foco en él y a través del visor noté como sus ojos se volvían líquidos.

Calcé la cámara en el trípode y lo encuadré. “Estoy listo”, me dijo con la voz entrecortada. Lo vi tomar aire con dificultad, tratando de controlar la respiración. Comenzó la confesión; me costó seguir sus explicaciones y razonamientos. Sólo capté su responsabilidad en un robo millonario y que gran parte de lo robado estaba en el maletín que traía en la mano. Su voz crepitaba. Me hizo señas para suspender la grabación.

Inspiró profundamente y secó sus lágrimas con las manos. Esperó unos segundos; luego me indicó retomar. Escuché sus palabras, inmóvil. Pude sentir cómo la médula se me congelaba con cada palabra. El mensaje era para su esposa. Le pedía perdón. Dicho esto, tomó un revolver y se voló la cabeza.

Ni bien me recuperé del shock, tomé la cámara, agradecido por vivir en la era digital. Borré el primer archivo, tomé el maletín y llamé a la policía. Afortunadamente, en el mensaje a su esposa no hablaba del dinero.

Velocidad

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Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.

A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.

Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.

Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.

Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.

El hombre que conoció a Charles de Gaulle

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El encuentro dejó una profunda cicatriz en su memoria. Una de las pocas páginas que habían logrado superar los maltratos del boxeo.

Ese día se vio enredado en medio de una muchedumbre. Curioso, recorrió unos metros a través del gentío y de pronto se encontró ante una figura espigada, con relucientes medallas y un gracioso gorro redondeado. La esbelta figura, reparó un instante en él y agitó sus cabellos adolescentes.

Durante los años siguientes vagó sin rumbo, ayudando a quien lo necesitara. Sus manos ásperas y enfermas aprendieron a trabajar la madera, a construir para dar.

La tardía llegada de los hijos reforzó la necesidad de enfocar su esfuerzo en cuidar de la niñez; de mantener viva la esperanza, de alejarlos de los caminos oscuros; de velar por ellos. Pasaron los años; construyó muebles, organizó colectas y golpeó cuanta puerta pudo.

Hoy, cree que conseguir un título secundario es una locura a los sesenta y cinco años; pero cada día vuelve a clases, después de juntar cartones y mendigar madera. Con los ojos empañados, intenta recordar la lección de matemáticas del día anterior que se desvanece, aunque jamás olvidará a Le Generale.

Luces

Author: Camilo /

En medio de la niebla que opaca mis sentidos, veo las luces subir sin descanso. Una a una se alejan, como temerosas. Intento seguirlas con la mirada, pero agudos puntazos de dolor incendian mis ojos.

Siento la garganta seca, como si tuviera un bollo de papel. Las arcadas se suceden regularmente, pero logro mantener a raya el amargo líquido. Un persistente y penetrante chirrido parece perseguirme aunque por momentos se aleja. Me siento mareado. El frío me asalta a través de la columna. La helada transpiración se me escurre por los poros.

Percibo la respiración, acelerada. Por más que intento mantener la calma, mi cuerpo no cede. La mente lo intenta, pero el cuerpo es quien dispone. Las luces disminuyen la velocidad hasta casi detenerse. Lentamente modifican el ángulo de avance. Ya no suben, ahora se desplazan de costado. Los ojos me arden y dejan escapar algunas lágrimas.

Ahora una de ellas se ha detenido frente a mi, como observándome. La estudio con cuidado. Es casi tan larga como mi campo visual. Siento que se acerca.

Una sombra gira al alrededor. Un reflejo; un glaciar destello se apaga junto a la sombra. Alcanzo a ver una mascarilla azul abalanzarse.

Pasado

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Dieciocho desesperantes años de trabajo, esperanza y penurias comprimidos en esta pequeño dispositivo. Mi vida y felicidad, invertidas en lo que podría convertirse en el futuro de la humanidad; o mejor dicho en el pasado.

He logrado destronar al mismísimo Albert Einstein, que intentó restringirnos con la mentira más terrible de la ciencia: “Sólo podremos viajar en el tiempo hacia el futuro”. El trató de convencernos sobre la velocidad máxima de la luz. El y su limitado análisis fijaron la línea en trescientos mil kilómetros por segundo. Hace dos años demostré que ese límite era un simplismo utilizado para no ahondar en cálculos, pero la comunidad científica se rió de mi. Desde entonces trabajé en secreto para probarlo.

El dispositivo está listo. Enviaré un mensaje que cambiará todo; aquí sentado en el baño de la mismísima casa donde mis padres vivieron hace treinta y cuatro años. Ubico el artefacto frente al espejo. Con las gafas especiales pulso ”On”. El láser inicia su recorrido, ida y vuelta, acelerando más allá del límite. El mensaje aparece. Tres décadas atrás ocurre lo mismo. “Viejo, soy Edgar, tu hijo. Vendé todo y comprá acciones de Apple. PD: Aflojale al tinto.”

Sueños

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Un auto se desliza sobre el asfalto empapado de recuerdos y resentimiento. Sueños destruidos por maniáticos embriagados de poder y corroídos por la codicia. Debo reconocer que no puedo dejar de escuchar este disco sin dejar caer una lágrima. Puedo sentir en este mismo momento como se humedecen mis ojos por el peso de los sonidos; esos que disparan extraños mecanismos en la memoria, escarbando en lo profundo, como un psiquiatra en busca de respuestas.

Las voces se desangran en el fondo. Todo parece un sueño; un grito desgarrador que se funde en un saxofón. Preguntas sin respuestas. No puedo evitar transportarme a lejanos momentos y lugares. Extraños tiempo, perdidos llenos de esperanza y dudas, donde cada acción perecía modificar el futuro.

Escucho unos pasos que me persiguen a lo lejos, como los recuerdos de quienes ya no están. Intentamos recordarlos a nuestra manera, aún no haciendo nada. Por momentos, me pregunto si aquellas decisiones me habrán traído al lugar correcto, si es aquí donde debo estar. Tomo aire, me seco las lágrimas y veo el amanecer, el día se acerca con la fuerza de dos soles. Finalmente lo entiendo: nada puede ser mejor que estar aquí y ahora.

La llamada

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Entrecerró levemente los párpados, como para que el mundo se mueva en cámara rápida. La penumbra se iba colando por las rendijas de la puerta.

Se reclinó en el sofá. Tomó la pava, contempló su estado y como tantas otras veces se prometió comprar otra, sabiendo que jamás lo haría. Cebó un mate, sorbiendo de la bombilla con desgano. Tibio, como el abrazo de un pariente lejano; lavado, sin gusto.

Se paró con esfuerzo y avanzó tres pasos hasta la mesa del teléfono. Año tras año le costaba más darlos. El tiempo, las enfermedades y los reveses de la vida se habían encargado de menguar sus fuerzas. Descolgó el teléfono y comprobó el tono. Satisfecho volvió a colocar el tubo en su lugar.

Volvió al sillón a paso aún mas lento y se dejo caer con cuidado. Esperó paciente. La luz ya pertenecía al pasado. Dormitó por varios minutos hasta que, desorientado, volvió a levantarse. Avanzó a tientas hasta el interruptor con las manos temblorosas. Sus ojos volaron hasta el aparato, mudo sobre la mesita.

Tragó saliva y no hizo ningún intento por contener las lágrimas. Se alejó del teléfono, resignado. Sabía que nadie llamaría aunque siguiera esperando.

Madrugada

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Llegué al departamento después de una noche de juerga, el sol ya se asomaba por detrás del horizonte. Sin desvestirme, me dejé caer en la cama vencido por el alcohol y la música electrónica. Para ser lunes por la mañana, el edificio estaba tranquilo. Sonreí mentalmente al recordarlo. Vivir de la familia es gratificante.

En cuanto apoyé la cabeza en la almohada, una serie de ruidos sordos cayeron desde el piso de arriba. Tum... tum... tum. El extraño y rítmico sonido recorría la estancia. Hubiera jurado que eran pasos, pero el tiempo entre cada uno era demasiado largo como pasa sostener mi teoría.

El sonido cesó de repente. Con los ojos vidriosos, volví a apoyar la cabeza agradecido. La dicha no duró demasiado. Casi de inmediato, el simple ruido anterior se convirtió en estruendo. El mismo tempo, mayor volumen. Las ventanas vibraron, e imágenes de una vieja película invadieron mi mente.

Fuera de control, salí del departamento y corrí escaleras arriba. Mis nudillos lloraron por los golpes. Los ruidos cesaron. La puerta se abrió y detrás de ella aparecieron cinco gringos enfundados en extraños uniformes negros con brazaletes rojos. Me miraron con ojos desorbitados; luego se abalanzaron sobre mi.