Balcón

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Al descubrir los primeros anticipos del verano, decidimos reunimos con un grupo de íntimos a pasar el rato. Unas pizzas caseras y unas cervezas heladas eran lo necesario para festejar el tan esperado cambio de temporada.
El encuentro se fue transformando de a poco en festejo, las cervezas cambiaron de color y de graduación antes de darnos cuenta. Para cuando la música alcanzó el nivel de visita policial había varias caras que desconocía, lo que para una reunión de amigos es bastante extraño.
Algo después de las dos de la mañana, la vecina del anfitrión se mostró bastante afligida por no poder entrar a su departamento. Por lo visto, había dejado las llaves adentro y de pronto le era imperioso regresar. Corroborando la tesis que indica que el alcohol te da agallas pero te quita cerebro, me ofrecí cruzar el insignificante espacio que separaba los balcones de ambos departamentos. Con un grupo de borrachos alentándome, traspasé la barrera y enfrenté al vacío. Medí cuidadosamente el espacio, calculé la distancia y la fuerza que necesitaba emplear para alcanzar sin problemas el otro lado. Inspiré con fuerza y exhalé de la misma manera. Para la tribuna.
El salto fue perfecto, mis manos alcanzaron la baranda si dificultad. El único problema fue que por lo visto, las instrucciones no llegaron correctamente a mis piernas porque en lugar de sentir la seguridad del borde del balcón bajo mi zapato, pude escuchar como la punta raspaba contra el cemento del exterior. Luego fue como sí alguien tirara de mis piernas. Las manos no me respondieron con la velocidad necesaria y para cuando quise abrir la boca ya iba a mitad de camino rumbo a la vereda.
El impacto fue áspero. O al menos así lo recuerdo. El apagón inicial se transformó en una bruma espesa. Inmóvil, dejé correr la mirada sobre el suelo, sin mirar; corriendo una especie de diagnóstico del sistema. El costado izquierdo del cuerpo me dolía. Mucho. No era sorprendente ya que segundos antes había aterrizado sobre el. Intenté mover el cuerpo con cierto éxito. Ante el primer movimiento, una andanada de salvajes carcajadas explotó sobre mi. Al menos, los buenos amigos esperan hasta comprobar que te escapado de la muerte antes de comenzar a llorar de la risa. Los oí alabar mis condiciones de hombre araña, mi capacidad de salto y por sobre todo, mi gracilidad gatuna para caer. Según ellos, caí como un ladrillo de cemento.
Más tarde, descubriría que me había fracturado la clavícula, pero en ese momento solo era dolor y algo de vergüenza. Me levanté con la rapidez del adolescente que se ha caído de la bicicleta frente a un grupo de chicas. Nadie bajó a darme una mano. Seguro estaban ocupados revolcándose de la risa a mis expensas. Caminando con pasos lentos y cortos, encaré la puerta. Toqué el portero y me preparé para recibir las bromas que por supuesto llegaron. Las soporté como un caballero a través del aparato y pasé. Aún entre risas, me ofrecieron distintas clases de anestesias líquidas. No pude evitar el tener que contar una y otra vez la secuencia de hechos bochornosos.
La noche se hizo día sin que nos diéramos cuenta. Aún después de la cantidad de anestésicos bebidos, el dolor persistía. La hinchazón comenzó a verse preocupante, por lo que no tuve más alternativa que ir al hospital.
Sentado en la sala de espera en medio de un dolor palpitante y creciente, me pregunté que habría sido de la vecina. Supuse que de alguna manera debería haber logrado entrar. Apoyado contra la pared, estimé que sería lo correcto prometerme no volver a beber, pero finalmente decidí que bastaría con prometerme no volver a saltar de un balcón.

Llaves

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La sonrisa ausente en su rostro de portada me advirtió a cerca del cataclismo que se avecinaba. No me sorprendió, debería reconocer; pero la situación profundizó mi sensación de tristeza; de vacío.
Para tan triste y anunciado final, no podría señalar más motivos que una encubierta y descarnada lucha de poder. El tradicional y enraizado comportamiento del macho de antaño que intenta dominar y someter; contra la irrefrenable energía del mundo del modelaje. Las fiestas interminables, los múltiples viajes y los cheques exorbitantes fueron abriendo una brecha entre enamorado perdido y el estúpido machista. Tal vez fue su belleza descomunal o el que me abriera las puertas de su hogar lo que acabó por desbarrancar los restos de nuestra relación. 
Las refriegas fueron creciendo y el tema no tratado del poder se convirtió en un tercero. Ella, como siempre, me miró sorprendida, Mis retorcidos razonamientos habían sido un misterio desde el comienzo para su inquebrantable personalidad, defensora de la libertad y de la vida sin preocupaciones. 
Fue en ese momento, en ese último instante donde el entendimiento absoluto me alcanzó. Lástima que la iluminación me llegó justo cuando mis más duras palabras afloraban y en el que su paciencia se agotaba. La sonrisa le volvió al rostro, pero ya sin la calidez habitual; devolviéndome una respuesta tajante a mi último y estúpido análisis filosófico. “¿Balance de poder? ¡Las llaves son poder!” Me dijo antes de quitármelas de la mano, acompañarme hasta la puerta y cerrármela en la cara.

El Hombre que no Salía en las Fotos

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Mientras revisaba unas viejas fotos del último año de la secundaria me di cuenta que no salgo en las fotos. En ninguna. Simplemente no aparezco. Llegué a dudar si es que en verdad estuve ahí, esforzándome por ver a través de la niebla de los años, pero la duda se extendió.
Las primeras sospechas comenzaron cuando un grupo compañeros del colegio lanzaron la tan temida reunión de los veinte años. Algo así como una patada en el centro de lo que nos queda de esa falsa creencia. La temida confirmación. La juventud se ha evaporado, dejando unos informes residuos de madurez.
Atadas a las invitaciones y comentarios, llegaban las imágenes de aquellas épocas pasadas. Piqué fotos durante un par de horas a tanta velocidad como el mouse me lo permitía. Nada. Me concentré entonces en buscar la única foto en la que no podía faltar: La postal en la montaña. Si Bariloche tenía algo de previsible es que no podías volver sin tu Postal de Gran Angular. Las inevitables montañas detrás, el pino solitario y las camperas pasadas de moda. Un clásico. Lo preocupante fue que en esa tampoco me encontré. La confirmación del dilema.
Me dediqué durante toda la tarde a sacar cajas llenas de moho en busca de las fotografías de antaño. Encontré la caja de un viejo juego de mesa. En su interior, una docena de imágenes se amontonaban. En ellas se retrataban los últimos veintitantos años de mi vida. Una serie de saltos temporales capturados en las más diversas ocasiones. Una pasada rápida a esas instantáneas fue suficiente para ayudarme a descubrir el misterio. Mirándome al espejo, nunca identificaría a aquel muchachito delgado y pelilargo de principios de los noventa.

Sexto Sentido

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Nunca he sido una persona particularmente intuitiva, pero cuando el tipo atravesó la puerta llenando el espacio con su gigantesco cuerpo, supe que algo iba mal. En realidad no que iba mal en ese preciso instante, sino que estaba a punto de ir mal. Tuvo que agacharse unos centímetros para cruzar y juraría que sus hombros rozaron la madera despintada del marco. La cabeza calva y los brazos como los de un búfalo creaban una imagen como para temer.
Dudé si levantarme o permanecer sentado. Me mantuve inmóvil en el sillón, con las manos aferradas a los apoyabrazos. El televisor desprendía imágenes y sonidos tan distantes que parecían provenir de la luna.
El gigante avanzó unos pasos hacia mi y sentí como si se consumiera todo el oxigeno que me rodeaba. Tuve que esforzarme para empujar una bocanada de aire a mis pulmones. Mantuve la vista clavada en su enormidad.
El cerebro volvió a enviarme algunas señales en un intento por romper el letargo. Ninguna sirvió para generar movimiento. Algunas imágenes atravesaron la bruma. Las carreras. Caballos, perros, ratas y hasta cucarachas. Las apuestas eran algo nuevo, pero con seguridad no durarían. Mis datos no eran buenos y el bookie del barrio no se caracterizaba por su paciencia o delicadeza. No tuve que adivinar lo que sería de mi rótula.

Cita

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Pasé a buscarla en medio de los últimos brillos del atardecer. Esperé paciente junto a la puerta de entrada al edificio. Creí verme bien en el reflejo sobre el vidrio y sonreí. Una salida al cine, pensé que podía no ser gran cosa, pero me pareció más que adecuado. Yo venía de un amargo y doloroso desencanto, ella se dirigía a uno de proporciones bíblicas.
Caminamos durante varias cuadras en silencio, aunque nos conocíamos desde los finales de la niñez. Es posible que ambos contempláramos las posibles consecuencias de esa salida. Por las dudas no lo comenté, bien podría ser idea mía. Forcé algunos temas que deberían haber fluido con facilidad, pero la fricción era casi palpable.
La película no fue gran cosa, diría hoy, aunque en aquel momento me robó una lágrima y me dio un par de estúpidas ideas que nunca funcionarían. Varias veces la miré durante la función. Creo que ella también lo hizo. No atiné a ningún movimiento furtivo, lo que comprueba que siempre he sido un cobarde. Ella tampoco mostró ninguna señal. Esa es mi única defensa.
Terminó la película y caminamos lento por una ciudad gris; fría, como el invierno que se avecinaba. Casi sin pensarlo la acompañé de vuelta a casa, nos saludamos con un amistoso beso sin necesidad de expresarnos lo que ya sabíamos. Yo debía partir en busca de mi futuro, ella en busca de la decepción.

Heladero

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Partimos de San Pedro de Atacama acompañados por los primeros rayos de luz. La mañana fresca del desierto nos infundió el valor necesario para encarar la ruta. Mil ochocientos kilómetros nos separaban de nuestro destino. Muy al Sur, Santiago se veía como un lejano punto en el mapa, o una inalcanzable banderilla en el GPS.
Los primeros cientos de kilómetros rumbo al Oeste pasaron sin mayor dificultad, tal vez porque íbamos rumbo al mar. En cuanto giramos hacia el Sur, sentimos como si el camino se volviera cuesta arriba y fuéramos nosotros quienes impulsábamos el vehículo. Si antes habíamos estado en el desierto, no podía imaginar donde estábamos en ese momento ya que la aridez parecía aún mayor. Nada. No vimos dunas, ni montañas, sólo nada.
Cada "nosecuántos" kilómetros, la ruta abandonaba su peligrosa estrechez para dar espacio a una generosa explanada de descanso. Un artilugio bastante inteligente para no convertirse en parte del paisaje. Luego de unos seis o siete de esos espacios vimos algo que nos quitó la somnolencia del camino recorrido. Parado en medio del área de descanso, cual espejismo, un heladero. Un heladero con todas las de la ley. Con su uniforme blanco, auspiciado por la multinacional de rigor, gorro con logotipo y su conservadora. Nada para objetar, si estuviéramos en una playa o en un ambiente urbano. Pero no ahí, a más de cien kilómetros de cualquier punto en el mapa.
Pasamos junto a él sin siquiera desacelerar. El tipo no hizo señas, sólo nos siguió con la mirada. Ahogué una carcajada y miré a mi esposa con los hombros levantados buscando explicación. No me la dio.  Menos de sesenta segundos después, no soporté la duda y frené la marcha por completo. Giré en "U" sin peligro alguno, sabiendo que la ruta estaba tan desierta como el paisaje. Volví a máxima velocidad hasta lo que parecía un espejismo y me acerqué lentamente. Una vez que me convencí que el tipo no estaba esperándonos para apoyarnos un revólver entre las costillas, detuve el auto a centímetros de la conservadora. 
El heladero me miró con una sonrisa confiada. No parecía asombrado, lo que dado el medioambiente me asombró a mi. Le pregunté que tipos de helados tenía. Me los enumeró con paciencia, señalándolos sobre la cartilla que traía pegada sobre el costado de la heladera de telgopor. Los precios escritos en marcador rojo me parecieron más que razonables. Pedí uno de agua para mi mujer y uno bañado en chocolate para mi. Pagué con el cambio justo y antes de cerrar la ventanilla y acelerar, tuve que preguntarle que hacía en medio de la nada. El me miró sonriente, mostrando varios dientes ausentes y me dijo: ¿Ha visto Ud. algún otro vendedor de helados por aquí cerca?

Kilómetros

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Cuando se terminaron de borrar los flashes de mi retina, y ya la gente comenzaba a retirarse del lugar, caí en la cuenta que en las manos cargaba un gigantesco cheque por un millón de kilómetros aéreos. Me quedé solo en el escenario, con las piernas temblorosas y sin saber que hacer. Una muchacha muy educada me acompañó con gentileza hasta una oficina y me explico que debía devolver el cheque; ella me daría un documento que me aseguraba el premio. Yo me negué educadamente a entregarlo y entonces la chica me explicó que solo se trataba de una cuestión de Marketing. Insistí en que yo no sabía nada de Marketing, pero no me iba sin el cheque. Andaba en una camioneta y no tendría problemas en llevarlo. Al final, perdió la paciencia, me dio el cheque y los documentos. Una firma aquí, otra allá y un escribano legalizó el acto.
Manejé con cuidado, decidido a encarar a mi jefe con la noticia. La oficina estaba como cada día. Los cubículos llenos de gente como yo; aburrida, no tengo por que mentir. Caminé hasta el fondo, a paso rápido. Algunos de los muchachos se acercaron a felicitarme. Las noticias corren rápido en una oficina. Otros solo me miraron sonrientes, asintiendo levemente con la cabeza, pero con la mirada cómplice.
La charla con el gran jefe fue corta y sorprendentemente positiva. Tal vez porque al tipo le gusta viajar más que a Marcopolo, pero ni siquiera tuve que solicitarle la licencia, o mostrarle la carta amenazante de "renuncia" para reforzar mi posición. En cuanto crucé la puerta, se paró para felicitarme y me ofreció una licencia, sin goce de sueldos, claro. Acepté encantado y corrí como un desquiciado por miedo a que se arrepienta.
Volví a casa con el característico cosquilleo en las tripas, propio de enfrentar un extraordinario desafío. Corrí hasta el escritorio y me encorvé sobre las hojas del contrato para estudiarlo. Me salté como pude el palabrerío leguleyo y me fui directamente a lo importante. Cuántos kilómetros y como usarlos. El resto, me pareció innecesario. 
Me conecté a la red y contrario a la costumbre no abrí el Mail, sino que fui directamente al sitio de la aerolínea. Seguí las instrucciones del contrato y activé mi cuenta. Casi perforo la tecla del Mouse tratando de refrescar la pantalla para ver el valor actual. El vacío en el estómago me indicó que era el momento. Un millón. Ni una más ni una menos. 
Saqué del bolsillo el papel con la lista de lugares que cargaba desde que me enteré del premio. Doblado en cuatro partes iguales, contenía la esencia de mis sueños. Un listado ajustado, ordenado y detallado propio los distintos destellos de mi mente organizada. Mis lugares soñados. Clásicos, casi aburridos.
Abrí una planilla de cálculo y cargué las ubicaciones de los lugares que ansiaba visitar, los organicé de acuerdo a la ubicación buscando minimizar la cantidad de kilómetros necesarios para canjear. En una columna los lugares, en la otra los kilómetros. Luego de tres horas me estiré en la silla, a gusto con el resultado. Con casi la mitad de los puntos consumidos, lograba tocar todos los destinos de la lista. 
En otro arranque de imprevisibilidad, volví a la ventana con la página de la Aerolínea e intenté canjear el primer tramo. Mi absoluto desconocimiento sobre el tema me permitió completar con la fecha más simple de imaginas. De inmediato. Como no había disponibilidad, volví a probar con el día siguiente. No me sorprendió en ese momento que hubiera un lugar disponible. Supuse que viajar solo hacía más fácil encontrar un lugar libre. Narcotizado por la facilidad de la compra, me dejé llevar y completé la reserva del recorrido tal como lo imaginaba. El cuerpo me tembló por tan solo pensar en que viajaría en avión por primera vez. 
De pronto me di cuenta que restaban doce horas para la salida del vuelo. El viejo “Yo” retomó el control. Comencé a preparar la valija; algo de ropa. Sólo lo necesario. Ni un solo espacio libre, de acuerdo a las recomendaciones que encontré en línea. Consulté otra vez la impresión recién hecha con las instrucciones respecto al equipaje. Dos bultos de veintitrés kilos. Uno más de lo que necesitaba. La idea era viajar ligero. Lo necesario para moverme rápido y sin demasiadas restricciones. Un bulto de mano, podría ser una mochila. La cámara de fotos y un par de cosas de primera necesidad, más que suficiente.
Dormí inquieto. Tal vez por el nerviosismo de mi primer viaje internacional, o tal vez sólo por romper la rutina. Desperté diez minutos antes de lo normal, aun quedaban algunas cosas por organizar. Revisé la cámara de fotos, funcionaba bien. Cargué varias tarjetas de memoria. Después de imprimir los tickets electrónicos de la aerolínea, caminé unas pocas cuadras hasta el banco y retiré de mi cuenta parte del dinero que precavidamente había logrado reunir gracias a una vida austera. 
La mañana se me deshizo en jirones y el mediodía casi me toma por sorpresa mientras aseguraba los hoteles para los primeros destinos. El resto los haría durante el viaje, aunque me costara una úlcera. Corrí al aeropuerto después de dejarle las llaves de la casa a un vecino y prometerle llamar de vez en cuando para confirmar que todo estaba en orden. Pasé los controles de rutina sin mayores sobresaltos y esperé con ansias el poder montarme en uno de esos cacharros. La realidad fue menos idílica que la imaginación, como de costumbre. Un cosquilleo en el estómago y allá fuimos, estábamos en el aire. Un vuelo sin sobresaltos. Un vuelo tranquilo.
A partir de ese momento, la realidad se convirtió en una suerte de sueño, enmarcado en datos e imágenes que sólo a lo largo del tiempo lograré descifrar por completo. Un poblado de piedras abandonado, una ciudad de islas y canales, pirámides en medio de la selva o rodeadas de arena, un anfiteatro en ruinas, una torre en simetría, una catedral de infinitas  caras, islas de agua transparente, extensas piscinas de reflejos barrocos y una isla de acero y vidrio.
Volví tres meses más tarde, mareado por una experiencia sin igual y por el torbellino de recuerdos. Sin avisar a nadie, me recluí en casa a descansar. Dormí cerca de catorce horas corridas, sin siquiera abrir los ojos. El primer descanso real en mucho tiempo. Desperté aturdido, sin saber dónde estaba, confundido por la oscuridad de la habitación y despistado después de haber recorrido tantas habitaciones y horarios. Finalmente estaba en casa. A salvo y lleno de recuerdos.
Con cierto pesimismo y el presagio de una catástrofe certera, busqué el bolso de la cámara, convencido que cuando intentara recuperar las fotos, ninguna tarjeta sería legible y así el cúmulo de recuerdos que entonces me superaba se desvanecería como arrastrado por la corriente de un río invisible. Como ocurrió durante todo el periplo, la desgracia que intuía no se concretó y una vez más, quedé sorprendido y aliviado. Las miles de fotos se descargaron cual cascada multicolor. Diversos ángulos, diversas combinaciones de aperturas y velocidades, diversos filtros, diversos horarios e iluminación para los mismos sujetos. Lo que fuera por asegurar un puñado de fotos perfectas.
Pasé el día encerrado. Leyendo algunos mails y organizando la monstruosa cantidad de imágenes. Las que contenían algún defecto insalvable, cayeron bajo el poder de mi dedo sobre el temido “delete”. El resto quedaron en espera de ser revisadas, retocadas y mejoradas. No hubo otra actividad ese día. No hubo llamadas telefónicas ni otro comportamiento social. Sólo vagué por la casa envuelto en una niebla de irrealidad. No pasaron muchas horas hasta que el sueño finalmente me venció.
La mañana siguiente fue diferente. Me desperté en cuanto asomó el sol, lleno de energía, centrado y enfocado en lo que seguía a continuación. Me senté frente a la computadora y me zambullí en la cuenta online de la aerolínea. Leí algunas líneas y al final encontré la opción para cancelar la cuenta. El sistema insistió en que revisara antes de borrar la cuenta. “Aparentemente quedan algunas kilómetros en la cuenta”. Ya lo creo, pensé con una sonrisa. Como medio millón. Hice click en “Aceptar”. Una ducha rápida y me vestí formal. Conduje hasta el la oficina y comuniqué mi retorno definitivo. 

Ineludible

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Ya no estás, pero recorres el ambiente en espasmos ciertos. Ya no estás pero recorres sus mentes inquietas. Ya no estás pero cada paso que dan sus vidas se entrelazan con los pasos que diste alguna vez.
El silencio está a tu alrededor pero el estruendo los atormenta. Nada queda por recordar, nada queda por escuchar, nada queda por descifrar. La cordura es el menaje que alguna vez perseguiste, pero te detuviste a mitad de camino buscando aquella vieja melodía.
Sueños, que en tu mirada alguna vez se vieron, mientras contabas tus cuentos a orillas de la niebla. Niebla que nos cubre, pero te siento cerca. Aquella luz la eclipsa con su fuerza y esplendor; y te siento cerca. Tan cerca que es confuso, tan cerca que estalla en aquellos recuerdos que me embargan y me atormentan.
La distancia es irrelevante. La melodías se convierten en puentes, de pronto solo quedan bancos de niebla y vientos desde lo profundo del mar. 
Es tiempo de avanzar, de no quedarse en el tiempo. Avanzar, no te quedes en el viento. Es parte del espacio; y cuando el latido de las miradas que se fueron se apaguen lo ineludible se hará realidad.

Fraude

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Esperé sentado frente a las oficinas de “Crédito Federal” intentando dominar la bronca que me hacía rechinar los dientes. La carpeta de papel en la mano izquierda contenía la información que había logrado recopilar sobre el asunto; en la derecha el viejo y despintado Nokia que se negaba a dejar correr los minutos. Las 9:00am. En punto. Volví a controlar la entrada. Continuaba cerrada.
Me vi obligado a esperar otros seis minutos hasta que llegó el primero de los empleados. Lo vi pararse junto a la puerta. El guardia se asomó detrás de la persiana americana. Después de él comenzaron a aparecer empleados de todas direcciones. Los pude reconocer con facilidad por sus trajecitos grises y camisas blancas. Tan insulsos, tan aburridos.
Entré como un ladrillazo por la puerta de blindex. Poco me faltó para atravesar el vidrio sin molestarme en abrirla. Encaré al primer muchachito de gris que encontré tras una computadora y me encargué de meterle tanto miedo que en pocos minutos estaba detrás del gran escritorio de madera sólida, con un café en la mano y un un puñado de empleados alrededor entrando y saliendo con papeles e impresos de computadora. Me mostraron el legajo. Según los papeles, yo había sacado un préstamo de treinta mil pesos. Personal, o impersonal mejor dicho. Lo único que tenían era una fotocopia de mi Documento de Identidad y un impuesto de la casa. Las firmas eran apenas parecidas. Traté de comprender cómo les era tan fácil entregar treinta mil pesos a cualquiera. El problema era que según su retorcido punto de vista, ahora era mi problema pagar la deuda.
Continué revisando el puñado de papeles que acumulaban bajo mi numero de cliente. Todo se veía pulcro y sin errores, excepto que alguien se había llevado los billetes que ahora me reclamaban con ayuda de unos diligentes abogados. Busqué indicios de quién podía ser el responsable. Demandé saberlo. Supliqué saberlo, pero al parecer nadie podía encontrar ninguna pista. Al final, se disculparon y me dieron a entender con gentileza que no había nada que indicara que yo mismo no había recibido el dinero. La operación figuraba en efectivo. Sin mayores detalles. 
La solución era que presente una nota desconociendo la deuda. Una nota. Podía imaginarlos reunidos alrededor de la nota, ahogados por las carcajadas y arrodillándose para no caerse al piso.
En la desesperación previa a que me obligaran a salir, alcancé a manotear un una porción de un post-it con unos garabatos. Me quedé parado en la vereda tratando de interpretar lo que contenía. Números. Una sigla. No soy muy inteligente, ni creativo, pero lo primero que pensé fue en un número de cuenta y el nombre de un banco. O un número de teléfono y el nombre de una persona. Resultó ser la explicación más simple, como casi siempre. Era la segunda opción. Me tomó sólo unos pocos minutos y una llamada a un viejo amigo, amo y señor de las redes. Junto con el teléfono y el nombre, apareció una dirección. Contra toda lógica, decidí tomarme un taxi y hacerle una visita al Sr Bartolomeo Mujica. 
El viaje fue corto, hasta un barrio cercano al centro. La casita se veía bien, pequeña pero bien cuidada. Toqué el timbre sin saber lo que iba a decir. Por un momento esperé que nadie contestara para tener algo de tiempo para pensar. No tuve tanta suerte. De inmediato, se asomó una mujer joven. Bastante bonita y con mucho potencial. Me preguntó que quería y le contesté que buscaba al Sr. Bartolomeo, como si lo conociera. Noté una ligera mueca atravesar su rostro en cuanto nombré al tipo. Al principio creí que era causada por un dejo de tristeza, pero luego tomé supe que se trataba de pura y simple bronca contenida. Aparentemente, Don Bartolo había estafado a más de uno, y la semana anterior la policía lo había invitado a visitar sus instalaciones por un largo periodo. Un problema con una chequera extraviada, según entendí.
Ella se disculpó conmigo y de inmediato me invitó a pasar. Con una taza de té en la mano, esperé mientras ella buscaba algo que no entendí bien de que se trataba hasta que volvió. Según me explicó, acababa de descubrir un cuaderno con las anotaciones de su (ex)novio. Un detallado tratado sobre las más variadas estafas. Cheques, tarjetas de crédito, celulares. Las mil maneras de joderle la vida a alguien.
Me preguntó cuanto me había robado. Le di la cifra y se mantuvo unos segundos en silencio. Preguntó la fecha en que había sido la operación. Buscó en el cuaderno. En esa fecha solo existía un registro. Treinta mil pesos. Al costado, un comentario escrito en rojo: Tailandia. Lo leí por encima del hombro de la chica y me quedé mudo esperando una explicación. Fue muy simple, mi dinero había comprado los paquetes turísticos con los que el tipo esperaba recuperar una relación condenada.  
Es increíble la cantidad de información que una chica avergonzada puede darle a un completo extraño. Supe además que la fecha del viaje; no sería hasta dentro de tres semanas. Una lástima que Bartolo iba a estar bastante ocupado como para viajar.  Mientras hablábamos ella siguió revisando el cuaderno sin mucha convicción, al final, encontró un grupo de hojas impresas dobladas en dos. En ellas estaban los tickets electrónicos, las reservas y las confirmaciones para el viaje. Ella me miro a los ojos y extendió las hojas hacia mi en un gesto de disculpas. Ahí estaba mi dinero, treinta mil pesos reducidos a una pobre impresión en colores. Tomé las reservas y después de otra infusión me fui a casa con una mezcla de alivio y decepción. Esa noche me acosté temprano, cansado y algo aturdido. 
Después de más de tres horas de ser ignorado por el sueño, dejé la cama rumbo a la cocina. Pensé en tomar algo caliente, pero finalmente opté por por una generosa medida de whisky. Minutos después me serví otra, para darle una mano al sueño, pero tampoco ayudó demasiado. Volví la mirada y los impresos seguían sobre la mesada, junto al teléfono. Me dejé llevar por el impulso que había estado reprimiendo. Marqué los diez números y esperé. No supe que decir y las palabras solo  brotaron: "Es más fácil cambiar nombres que recuperar el dinero... Y es más fácil cambiar uno que dos nombres. ¿Vamos?"

Adaptabilidad

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Entre las ramas de los árboles alcanzamos a ver como las torres de la ciudad se recortaban sobre la tibieza del rojo amanecer. Corríamos uno junto al otro, como lo habíamos hecho desde la infancia. Aunque esta vez corríamos por nuestras vidas.

Nuestras respiraciones, entrecortadas y al unísono, se confundían con las pisadas sobre la hojarasca. Ninguno de los dos tuvo el coraje de volver la cabeza. Nos eran enemigos ni personajes siniestros los que nos perseguían, sino el mayor depredador conocido por el hombre. Un magnífico ejemplar adulto, según alcanzamos a interpretar por los rugidos que esporádicamente oíamos a nuestras espaldas.

La ciudad se acercaba, pero al mismo tiempo se estrechaba la brecha entre la bestia y nosotros. No lo dije, pero mi inquebrantable optimismo comenzaba a resquebrajarse. Sabía que estaba en desventaja física frente a quién me acompañaba, sabía que no podría mantener el ritmo por mucho más tiempo.

Los rugidos lejanos, dieron paso a monstruosas pisadas apenas unos metros más atrás. zigzagueando en el bosque. Acorralándonos como a conejos asustados.

El final del bosque se entrelazaba con las primeras luces del día. Más allá la explanada de acceso y luego la seguridad de la civilización. “Nos está alcanzando. Imposible escapar. Ninguno es lo suficientemente rápido.”, me dijo él manteniendo el ritmo en la respiración. “No lo necesito”, conteste al tiempo que lo sacaba de equilibrio obligándolo a estrellarse contra un árbol. “Sólo necesito ser más rápido que tu”.

Poderes

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Tengo todo lo que quiero; y vivo sin las restricciones de esta vida desenfrenada gracias al éxito de mis últimos proyectos. Los vaivenes de la economía mundial son sólo palabras ininteligibles para mi, llenas de forzado negativismo, producto de comunicadores apocalípticos, sedientos de un miserable instante de atención.
El campo de golf aparenta ser infinito, aunque puede que yo lo crea infinito, tal vez por el confort de mi sillón italiano o tal vez sea por la brisa de verano que se cuela por estos inmensos ventanales. El aire tibio me acaricia el cuerpo desnudo, como realzando su belleza. No tengo vergüenza ni falsa modestia que me obligue a cuidar mis palabras. No lo necesito y no me interesa cambiar.
Mi flamante ultra-notebook de aluminio está cargada de conceptos al menos gloriosos, de los que se hablará por generaciones. Pero hoy prefiero pasar el día recorriendo los más de quinientos canales de satélite que me ofrece monstruosa pantalla LED. Me dejo llevar de a ratos por programas intrascendentes o sucumbiendo a los impulsos consumistas, acumulando.
Tengo una visión única y extraordinaria de la realidad que me permite adelantarme a los hechos, y he desarrollado maravillosos poderes de observación. Es por eso se que cuando intente llamarte, nadie contestará.


Este cuento es algo así como una reversión, o un plagio descarado tributo a Roger Waters y su pandilla: Pink Floyd. Digo descarado porque escuchando la letra tomé conciencia que ya era un microcuento en si misma, y que no había mucho por hacer, mucho menos intentar corregir al Gran Jefe ;) Aquí la letra original:


Nobody Home (Waters – The Wall)
I've got a little black book with my poems in.
 
Got a bag with a toothbrush and a comb in. 

When I'm a good dog, they sometimes throw me a bone in.
 
I got elastic bands keepin my shoes on.
 
Got those swollen hand blues.

Got thirteen channels of shit on the T.V. to choose from.

I've got electric light. 
And I've got second sight. 

And amazing powers of observation. 

And that is how I know 

When I try to get through 
On the telephone to you
 
There'll be nobody home. 




I've got the obligatory Hendrix perm. 
And the inevitable pinhole burns 

All down the front of my favorite satin shirt. 

I've got nicotine stains on my fingers. 

I've got a silver spoon on a chain. 

I've got a grand piano to prop up my mortal remains.

 
I've got wild staring eyes. 

And I've got a strong urge to fly. 

But I got nowhere to fly to. 
 
Ooooh, Babe when I pick up the phone 
There's still nobody home. 


I've got a pair of Gohills boots
and I got fading roots

El Día Más Frío

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La noche cayó sobre las sierras, como si no hubiera soportado el peso del invierno. Noté mi falta de planificación cuando puse un pie en la calle, vestido de camisa suelta cual zar de la droga caribeño. El grado y medio bajo cero me pateó en la espalda sin contemplaciones.

Aún recuerdo nuestros intentos desesperados por hacer funcionar aquella vieja camioneta, empujándola de esquina a esquina como desquiciados. Escuchamos el motor patear y toser, explotando de vez en cuando. Transpirados, conseguimos que el viejo diésel se encendiera en medio de una humareda agria. Fue música para nuestros oídos que indicaba el inicio de una noche llena de promesas.

El se asomó a la calle, para prevenirnos. Vivíamos el día mas frío del año y no había apuro por iniciar aquel raid nocturno. Nos invitó tomar algo caliente. Logró convencernos a medias, porque optamos por saborear su mejor whisky en lugar del café recién filtrado que nos ofrecía. Sentados alrededor de la mesa, lo escuchamos compartir una pequeña porción de su sabiduría; desde el valor del esfuerzo y el trabajo, hasta el aprovechar cada momento con la familia.

En aquel entonces no comprendimos la profundidad de su mensaje y tan solo nos dedicamos al apartado de disfrutar el momento. Hoy pudo haber sido el día mas frío de este año, y si bien él no estuvo para advertirnos, nosotros estamos mucho más cerca de comprender el mensaje.

Equipaje

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Mi naturaleza en extremo precavida me obligó a repasar la lista, aunque conociera cada ítem de memoria. Revisé por ultima vez la maleta recién comprada, solo para asegurarme que tuviera las dimensiones correctas. No había conseguido la misma marca, y no quería correr riesgos. Le quité las etiquetas y el plástico protector. Hora de empacar.

Siguiendo el orden de manera rigurosa, empaqué cada uno de los elementos del inventario. Un traje, cinco camisas, cinco calzoncillos, cinco pares de medias, un par de zapatos, un par de zapatillas, tres remeras, una campera y unos pantalones; además de unos cuantos accesorios. Todo nuevo, a estrenar. Después de tildar el ultimo punto, dejé el papel sobre la ropa antes de cerrar la maleta. La etiqueta de la valija ya tenia mi nombre y en la esquina superior derecha le agregué un diminuto "7". Di unas vueltas por la habitación para un último e innecesario control. Todo en su lugar. Revisé la billetera. Tenía algunos dólares, suficientes para moverme. Sólo restaba cargar el pasaporte con el Boarding Pass doblado en su interior.

El viaje al aeropuerto fue mas rápido de lo esperado, gracias al poco tráfico y a un taxista despierto. Llegué a la puerta de embarque con el tiempo justo. Una fila corta y poco problemática me dejó en el avión en pocos minutos. Un suave despegue, café con galletas y estaba a un paso de la conexión. Releí la tarjeta de embarque como para asegurarme de tener el correcto. "BKK", increíble. Finalmente, después de cientos de viajes me tocaba el turno de conocer Tailandia. Solo una semana y con la mayor parte del tiempo consumido por interminables reuniones, pero algo siempre es algo.

Salí del avión algo aturdido por el interminable viaje. Me alejé del área de equipaje sin molestarme en buscar la maleta. Aunque me quedara hasta marearme de tanto ver girar valijas, la mía jamás aparecería. Me acerqué al mostrador de la aerolínea con el pasaporte en mano y reclamé por mi equipaje perdido. Preparado, le dije a la amable agente que no tenía ticket, pero que con gusto esperaría a que revisara por el nombre. Volvió un par de minutos mas tarde cargando una maleta. Controló los datos con la identificación y acto seguido me la entregó. Pude sentir el cosquilleo de emoción en el estómago, mientras la giraba en busca de la etiqueta. Era la número "5".

Matador - Muchachos

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Los últimos días han sido raros. Cambié de movilidad por miedo a volver a cruzarme con ese taxista y me la pasé en la zona de tribunales, donde me subí a ese taxi. No recuerdo el auto, pero juro que si me vuelvo a encontrar con ese tipo lo voy a reconocer de inmediato y voy a tener que hacerle daño. Mucho daño.

El tema me tiene preocupado, pero no me ha impedido agregar unos cuantos billetes a mi cuenta gracias a las mejores y peores características de los seres humanos. En este caso, podemos decir que se trata de la codicia, pero podría tratarse de cualquier otra virtud.

El objetivo que me dieron en este caso, como en tantos otros, era un total desconocido para mi. Unas fotos, sin demasiada información; un lugar de trabajo y algunos horarios cotidianos. Comportamientos riesgosos o costumbres poco saludables había pocos, aunque era más que suficiente.

Lo seguí de cerca por una semana, para corroborar la información que me me habían proporcionado. Cuadraba, sin fisuras, pero eso no iba a ayudarme mucho para cumplir con los requerimientos del contrato. La más importante, triple pago si el caso se caratulaba como “Accidente”. Me tomó una semana adicional de investigación y estudio, pero finalmente encontré la solución. Un airbag aparentemente defectuoso y par de lápices de grafito fueron suficientes. Una obra de arte. Un trabajo limpio. Al día siguiente reconocí mi trabajo en las noticias. Un pez casi gordo. Un funcionario sindical en busca de su momento, sus quince minutos de fama o tal vez la cambiar la historia. Nunca tendría la oportunidad. Un pez más gordo lo vio como amenaza.

Giros

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Por más que le de vueltas y vueltas hasta marearme, me cuesta aceptar la idea de que en cuanto nos toque el momento de desaparecer, el mundo seguirá girando como si nada hubiera pasado. De la manera más despiadada que se pueda imaginar; la inercia monstruosa de una sociedad sin contemplaciones, sin tiempo para condolencias o signo alguno de humanidad. En minutos no seremos otra cosa que parte de la historia distante de la humanidad. Una huella si tenemos suerte, o una anécdota insustancial en la mayoría de los casos.

Luego del impacto y la sorpresa que tan solo se extenderá por una fracción de segundo, aquello que un día llegamos a considerar nuestro mundo volverá a la normalidad, o simplemente se adaptará. Incluso para quien tenga una familia; después de superar el duelo, sin importar su intensidad o el nivel de dependencia desarrollado, ellos de una manera u otra encontrará la salida. No hay otra alternativa.

¿Pero, por qué si todo es tan simple y lógico, nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué se siente como injusto que la tierra siga girando si uno se ausenta? Me lo pregunto, una y otra vez, desde la oscuridad de esta estúpida caja.

Signos

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Me preocupé en el instante mismo que pateé el avispero; y no me refiero en el sentido poético de la palabra, sino que en realidad le di una tremenda patada al panal de avispas que encontré pegado al eje de la rueda de una vieja cosechadora.

Una estupidez sin sentido, podrían decirme, sobre todo a la luz de los hechos. Pero lo cierto es que siguiendo un incontrolable impulso destructivo le di mi mejor zapatazo; ese soñado, ese que te convierte en un mito si lo que hubiera pateado fuera una pelota y esta hubiera terminado en el ángulo del arco contrario en la final de la Copa del Mundo. Pero no. En lugar de eso, el panal terminó en las manos de uno de mis amigos, quien que lo atajó con ambas manos.

Lo extraño es que no corrió. No chilló como un puerco, algo que yo con seguridad habría hecho. Se mantuvo inmóvil, mientras cientos de avispas negras se abalanzaban sobre él. Mi primer reacción fue por supuesto correr como condenado poniendo la mayor distancia posible con la nube de insectos. Una serie de pasos largos y ya estaba lo suficientemente lejos como para animarme a mirar atrás. Me sorprendió de inmediato que mi amigo no me seguía. Me detuve, y en cuanto vencí la rigidez en las piernas, volví a ver si él necesitaba mi ayuda.

Lo encontré sentado contra unto a una rueda gigantesca. Sollozaba con un sonido agudo, apenas perceptible. El rostro irreconocible, por incontables picaduras. No pude continuar mirando y no supe que hacer. Corrí a su casa con los ojos llorosos. Cinco cuadras de ida. Cinco de vuelta. Me acompañó su madre, sin hablar y con el rostro retorcido de preocupación.

Llegamos junto a él. La madre llegó primero e hincó una rodilla junto a él para revisarlo. Mirando sobre el hombro de la mujer, alcancé a ver que ya no sollozaba. No se movía. Ella le pasó la mano por detrás de la nuca y lo acercó a su pecho. Yo me desesperé al no observar signos de vida. Justo en ese momento él abrió los ojos, clavando la mirada en mi. Suerte que no soy alérgico, me dijo justo antes de desmayarse.

Ochenta

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Respirando con serenidad intentó estirar sus hombros arqueados por el tiempo apoyando sus manos sobre la mesa de piedra. Buscaba extraerle algo de calidez al tibio sol del invierno. Llevó sus dedos de manera instintiva e irresistible en busca de su barba ausente, añorando. Aún después de cincuenta años extrañaba la rugosa caricia; una sinfonía de cosquillas y a la vez su orgullo, su marca registrada. En contraste, su impoluto afeitado le pareció una vez más, aburrido e impersonal. Como cada mañana.

Sus días como sastre de barrio habían terminado, pero sabía que jamas tendría que preocuparse por el dinero, aunque ni siquiera le interesaba. Su única preocupación era volver a crear formas con las manos; no más telas; esperaba hacerlo con piedra y arcilla, como en su infancia. La memoria le jugó uno de sus trucos, llevándolo en un instante a esa lejana niñez y devolviéndolo de un golpe a una realidad que se le hacía innegable.

Otro cumpleaños. Luego del número setenta y nueve, estaba seguro que no habría otro festejo, por lo que la energía de esa mañana le sorprendió. El exceso de vitalidad y la longevidad inesperada lo llenó de ideas contradictorias y remordimientos. Se las había arreglado para mantener apartadas su intensa pero acotada vida anterior, de su gratificante, aburrida y extensa vida actual. Pensó en su bellísima esposa, allá lejos en el tiempo. Casi estuvo a punto de pronunciar su nombre en voz alta pero después de tantos años se sintió temeroso y las palabras se le atoraron en la garganta. Sus ojos se humedecieron una vez más. Sin poder evitarlo, los fantasmas de lo abandonado comenzaron a rondarlo. Cincuenta años de desazón, de revisar una y otra vez sus decisiones y la cadena de eventos que siguió. Las razones siempre se le hicieron válidas y comprensibles, su vida estaba en peligro a causa de su creciente popularidad y ascendencia con las masas. Su sonrisa sincera y contagiosa se había convertido en una amenaza para el Líder auto proclamado.

Vendió su alma al diablo para salvarse, pero con una condición: aquel líder obtuso y déspota viviría. Podrían ensañarse con el régimen, pero no le matarían. Había jurado proteger su vida, y lo haría aunque fuera desde el exilio, lo haría aunque estuviera huyendo de él.

Se recostó aún más sobre el sillón, recordando. Mil novecientos cincuenta y nueve, un Cessna desapareció sin dejar rastros. Aquel día murió por primera vez, al mismo tiempo nació la leyenda y su nuevo ser. deslizó la mano por la mesa del patio con las manos temblorosas, como si sus yemas callosas pudieran percibir el metálico FAR-53 incrustado en el concreto.

Hoy

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Hoy me desperté con el espíritu renovado; si es que tal cosa en verdad existe. Amanecí con un extraña esperanza, las cosas de una vez por todas cambiarían. Las señales se habían estado repitiendo de manera inequívoca, tangibles y alentadoras.

Primero fue un cambio de humor, lo que en la profundidad no es mas que una sensación. Luego fue una semana en la oficina, que comenzó como una deprimente acumulación de sobrecarga y frustraciones, para convertirse en una promesa. Poco a poco, la esperanza se convirtió en certeza. Se trataba de un cambio, el comienzo de una serie de eventos que me sacaría de la ingravidez.

La ducha caliente fue como un viaje en el tiempo. Junto al tipo del espejo decidimos que era el momento de renovar mi apariencia. Unas tijeras y la gastada afeitadora fueron suficientes para materializar el milagro. El nuevo Yo me pareció aceptable. Un buen punto de partida. Aún húmedo y con la toalla colgada al cuello, revolví el guardarropa buscando algo distinto. Otro cambio. Mi viejo traje, una camisa en relativo buen estado y unos zapatos nuevos fueron los elegidos. Obvié la corbata.

Dejé el departamento y elegí las escaleras para bajar los cinco pisos. Un día antes hubiera esperado lo que fuera por el ascensor. Abrí la puerta del edificio y una ráfaga mortecina me alcanzó; me atravesó sin piedad. Mi garganta se comprimió y volví la mirada. Me sorprendieron las mismas miradas ausentes, el mismo gris de la ciudad. Todo se veía exactamente igual que ayer. La evidencia se acumuló, abrumadora. Volví a entrar, nada había cambiado.

Enfermero

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Aún cuando se supo cercado por los investigadores, decidió continuar con su siniestro pasatiempo. Semana tras semana, se dedicaba a recorrer los pasillos de los hospitales en busca de pacientes en sufrimiento extremo para darle un punto final a su dolor. Las señales que buscaba eran claras e inconfundibles. Transparentes, a sus extraordinarios poderes de observación. Un ceño fruncido en penosa máscara o una mirada vacía de toda esperanza eran inequívocos indicadores.

El tiempo le había enseñado a reconocerlo y la experiencia a actuar en consecuencia. Sus métodos, que en los comienzos tenían la sutileza del ataque de hienas hambrientas, habían alcanzado la refinación del artista consagrado. Podía tratarse de una microscópica dosis de algún extraño medicamento o la inesperada falla del respirador mecánico, pero el patrón se repetía una y otra vez; el impecable y oportuno final para el sufrimiento desmedido.

Tal vez fue la indiferencia de la repetición o la cuidadosa investigación del comisario en jefe de la policía federal, pero lo cierto es que el círculo se había cerrado hasta casi asfixiarlo, dejándole pocas alternativas. Demasiadas coincidencias, demasiados registros.

Mientras el comisarios subía las escaleras del hospital escoltado por una docena de policías de elite, el enfermero, un regordete y cuarentón de oscuras facciones, se perdió en el depósito de insumos, reapareciendo segundos después como un camillero fortachón de facciones escandinavas.

Patrimonio

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Anoche salí a dar una vuelta. Necesitaba algunas cosas para la casa y también estirar un poco las piernas. Una necesidad que contribuye a la satisfacción de otra. ¿Que más se puede pedir? Elegí la zona del centro. Por un lado porque no está tan lejos y por el otro porque en general ahí consigo lo que necesito. Otro doblete.

La noche siempre ha sido una buena compañera de caminatas. El aire es distinto, casi fresco, aún en medio del verano. El tráfico disminuye hasta alcanzar el rango de lo tolerable y la ausencia se luz ayuda a resaltar características que delinean lo mejor de la arquitectura. La frenética actividad desaparece casi por completo, a excepción de algunas de extrema necesidad; legales y no tanto.

Me mantuve en los alrededores del microcentro, donde los intercambios comerciales son tan básicos como decadentes. Una zona extraña, plagada de personajes extraños y envueltos en actividades extrañas. Unos, parte del decorado, otros en paso fugaz buscando emociones.

Alargué el paso rondando un par de veces la misma cuadra, buscando. Un rato después, estaba de vuelta en casa con algunos víveres, unos mangos y una bala menos. Por supuesto, también algo más de que arrepentirme.