miércoles, 24 de febrero de 2010

Matador

Ayer escuché a dos viejas hablar en la panadería acerca de lo poco que vale la vida. Por un instante me sentí tentado a contestarles. Diez lucas. Eso es lo que vale, al menos para mi. Si tuviera que confesar sobre cómo me inicié en esta profesión, tendría que decir (como tantos) que por casualidad.

Tenía unos diecinueve o veinte años y un vejo amigo me pidió un favor. Cobrar una deuda. El trabajo me pareció relativamente fácil, sin riesgos y para hacerlo aún más interesante podía ayudar a un amigo y hacerme de unos pesos. Como a las diez de la mañana toqué la puerta del tipo; salió en calzoncillos y camiseta. Un laburador, pensé de inmediato. Le expliqué seriamente lo que hacía en su casa y su primer reacción fue empujarme, gritándome y puteándome por aparecer en su casa.

No le di mucho espacio a la charla y saqué una media que llevaba en el bolsillo llena de tuercas y la abollé la cabeza. Nada importante, como para que entienda el mensaje. Esa misma tarde saldó la deuda.

Hoy no le hago favores a mis amigos. Sólo a mi. El negocio fluye tranquilo. Mucha gente buscando saldar deudas.

sábado, 13 de febrero de 2010

Ajedrez

Recostado sobre la mesa, entrecerró los ojos disfrutando del resinoso aroma del tablero y las piezas. Tenían menos de una hora de talladas, por lo que la madera aún mostraba la rugosa belleza de lo rústico. Una por una, levantó las treinta y dos las piezas del juego. Cuidadosamente revisó la textura en busca de defectos o de la más mínima aspereza.

Comenzó con los peones, ayudándose con una lupa. A medida que se sentía satisfecho a la vista y al tacto, fue colocándolos en su sitio. Segunda línea. Se había tomado el trabajo de utilizar distintos tipos de madera para cada bando. Las blancas estaban hechas de pino, mientas que las negras habían sido trabajadas en quebracho colorado. Luego del aplicarles el barniz, el trabajo quedaría perfecto. Continuó con las piezas de la primera línea, de dos en dos hasta llegar al rey y la dama.

Consideraba el tablero como una obra de arte. Tallado en treinta y dos cuadrados perfectos de dos clases de madera y enmarcados para lograr una robusta unidad. La tarea requirió una la precisión de un orfebre, pero luego de un mes de trabajo, el juego estaba completo. Sólo le faltaba aprender a jugar.

viernes, 5 de febrero de 2010

Crónicas de un Taxista – Búsqueda

Décima segunda entrega de la serie. Comienza aquí.

Desde el instante en que subí al maistro ese en el centro supe que andaba en algo raro. Transpiraba, se lo veía colorado y abrazaba un maletín de cuero que costaba más que su casa.

Miré el tablero y la luz roja del detector de metales confirmó la sospecha. El tipo estaba cargado. Manejé un rato siguiendo sus indicaciones, esperando. En cuanto cruzamos un descampado de la circunvalación puse las balizas y estacioné. Antes que pudiera tomar aire para hablar le puse la .38 en la bolas haciendo buena presión.

Juro que casi se caga encima. Portándome como un caballero, le pedí amablemente que me dijera a quién le había robado. Su acto duró poco. En cuanto amartillé el revolver se le pasaron las ganas de mentir. Soltó unos pocos datos y lo dejé ahí.

Me tomó horas de taxi y celular conseguir el nombre del dueño. Ubiqué su casa en barrio residencial. Toqué la puerta. El tipo se asomó. Le pregunté si le habían robado, que yo lo tenía. El me preguntó si había abierto el maletín. Me preguntó cuánto quería. Le pedí los kilómetros, más viáticos. Me dio el triple de dinero y se metió en la casa.