sábado, 3 de diciembre de 2011

Extremo

La noche parecía haberse detenido en algún punto entre la caída de la oscuridad y los primeros aromas de pan recién horneado. El sueño se había ido sin razón aparente. Sólo unas pocas horas de descanso y otra vez con los ojos abiertos. Sabía que no tenía sentido luchar contra el desvelo por lo que me acerqué a la ventana del dormitorio a disfrutar de aquel observatorio de la vida nocturna.

Una serie de golpes secos en el techo me devolvieron a una realidad sin demasiados atractivos. Esperé, inmóvil con la vista fija en el techo. Nada. Segundos después, otra repetición de arrastre, golpe; arrastre, golpe en frenética sucesión. Luego un instante de silencio y estruendo al otro lado del departamento. Deambulé por el pasillo con el cuello torcido, aturdido por no poder obviar un dato objetivo e inobjetable; vivía en el último piso de un edificio de diecisiete plantas y no esperaba intrusos de madrugada. Alcancé el otro extremo, en la sala de TV; abrí el ventanal y me asomé al balcón. Nada. Volví la mirada al cielo, pero solo alcancé a ver el final de las rojizas tejas del techo. Estiré el cuello para ver en el balcón de mis únicos vecinos, pero solo vi calma y oscuridad.

Una vez más, el exasperante sonido avanzó hacia mi, aumentando de volumen con cada golpeteo. Cómo surgido de las tinieblas, un cuerpo se desbarrancó desde el techo, impactando en la baranda para luego estrellarse de espaldas en balcón. No supe que hacer. Sólo me quedé mirando, mientras mi vecino intentaba ponerse de pie, sobándose la espalda con una mano mientras en la otra sostenía el respaldar de una silla de plástico que había utilizado para deslizarse cuesta abajo por el techo inclinado del edificio, coqueteando mortalmente con el precipicio.

Al parecer, en su aburrimiento de vapores de cáñamo, mis vecinos habían descubierto el deporte extremo del futuro, urbano por naturaleza y estúpido por definición. Lo bautizaron tejing.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Encrucijada

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Aún sabiendo lo que ocurriría, optó por internarse en el Vaticano y enfrentar la hipocresía. El obispo que mantenía prisionero había confesado lo inimaginable: el nuevo Pontífice era un fraude, una oscura construcción con propósitos más profanos que espirituales.

Con sus principios y valores enfrentados, caminó rumbo a los aposentos papales a enfrentar al Santo Padre. Ordenó retirarse a la guardia personal. Cerró la puerta y se aproximó a su protegido. Esforzándose por mantener el pulso firme presionó con gentileza la daga contra la base del cuello del anciano. Le exigió la verdad. No fue necesario aplicar los tormentos impartidos a su prisionero. Obtuvo la confirmación.

Abandonó la habitación en silencio. Bajó hasta las mazmorras, asegurándose de no ser visto. Conteniendo la respiración, colocó una bolsa de plástico sobre la cabeza del obispo. Esperó unos minutos y arrastró el cuerpo hasta lo profundo de las catacumbas. "Secretum Santa", pensó.


Este cuento fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente, éste tampoco no ganó.

lunes, 31 de octubre de 2011

Centésimo

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. El destino lo impidió en una serie de eventos que dieron comienzo pasada la medianoche. Escuchó la alarma y recorrió los laberintos del Vaticano a pasos largos. Quinientos años de nobleza pesaban sobre sus hombros.

Asumió el papel con altura, dirigiendo esfuerzos de aliados y sembrando la muerte entre los impuros. Una vida de feroz entrenamiento corrían en eléctricos impulsos hasta sus manos. A mitad de camino la falta de aire le sorprendió. Ignoró los síntomas. Continuó avanzando.

Dos puertas lo separaban de su objetivo. Su corazón bombeaba enfurecido. Todo se reducía a esos últimos metros. Vio a tres escoltas conduciendo al Santo Padre. Cambió las llaves por la daga. Alcanzó al rezagado con la boca seca. El muchacho le sonrió, él le cortó el cuello. Su Santidad al alcance. Un trueno. Su corazón falló, la misión también.


Este cuento fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente, éste tampoco no ganó.

domingo, 23 de octubre de 2011

Culpa

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Se sabía sin escapatoria. Con el Papa muerto a sus pies, sólo era cuestión de tiempo para que algún integrante de su grupo de obsecuentes apareciera en busca de alguna firma o tal vez de un gesto de aprobación.

Recorrió los aposentos, investigando. Debía existir una manera de escapar, una salida decorosa. No la encontró. Sentía desangrarse al mismo ritmo que su víctima, la energía lo abandonaba gradualmente. El plan, si es que alguna vez había existido, se deshacía como una escultura de arena. Le faltaron palabras. Se sentó de espaldas al cuerpo con los ojos cerrados y el ceño fruncido.

Lo que alguna vez vio como un plan sin errores, de pronto parecía no tener sentido. Poco creativo y lleno de potenciales fallas de libreto. Si algo podía fallar, fallaría. Así fue. El asesinato del Pontífice, misterioso y sin culpable frustrado en parte por frustrado por un vetusto picaporte.


Este cuento NO fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente no ganó.

domingo, 16 de octubre de 2011

Personal

Sorprendido sería una manera de decirlo. No esperaba encontrarte aquí, no después de tanto tiempo. ¿Fueron nueve o diez años? Juraría que más pero supongo que también podría ser mi imaginación.

Te lo dije esa tarde que nos vimos por ultima vez. Solo es cuestión de tiempo. Si el destino lo quiere, se encargará de cruzarnos. Puede ser en un supermercado, en un bar o en una estación de trenes, pero la casualidad o la causalidad siempre se salen con la suya. ¿No es este encuentro testimonio suficiente?

Veo que te quedaste sin palabras. Me sorprende. Tal vez más que encontrarte, porque desde que te conozco jamás hubo un momento en que el silencio tuviera alguna oportunidad. Siempre sabías que decir, que responder. Tu lengua, filosa como pocas, podía causar profundas heridas. Heridas llenas de ponzoña, imposibles de cicatrizar.

¿Me pregunto, que estarás pensando en este momento? ¿Que ingeniosas palabras deambulan por esa cabecita tuya? ¿O a quién te dan ganas de llamar? Te he oído decir: "No es personal", pero ambos sabemos que en ese comentario se esconde una sucia y cobarde mentira. Siempre es personal, especialmente si tu declaración me costó diez años en el infierno.

martes, 11 de octubre de 2011

Movimiento

Fue mientras conducía como endemoniado por la autopista que tomé conciencia de algunos hechos fundamentales. Con los ojos entrecerrados por la luz del atardecer, supuse que podría evitar que el sol se alejara de mi. Aceleré hasta los limites de mi motocicleta al tiempo que intentaba calcular la velocidad de rotación de la tierra. Las vibraciones del motor corrían hasta mis encías en oleadas imparables como viento huracanado.

La tierra se movía inexorablemente y si era capaz de igualar su velocidad, sería como detener el tiempo aunque mas no sea por un instante. Me dejé arrastrar por el exceso de imaginación y me olvidé por completo de la autopista. Si la tierra completa un giro en veinticuatro horas, solo era cuestión de conocer la circunferencia total del planeta y dividir por veinticuatro. No pude recordar la distancia, pero imaginé que distaría bastante de los doscientos cuarenta quilómetros por hora, y que a medida que nos alejáramos del ecuador la velocidad de rotación sería menor. Fruncí los labios, sorprendido de mi propia sabiduría.

Retomé cierto contacto con la realidad, evitando así terminar decorando las paginas de algún pasquín de segunda. Volví a casa dispuesto a hacer los correcto. Investigué unas cuantas horas, rehice mis planes y conseguí la correcta combinación de rutas aéreas y modelos de aviones. Vacié mi cuenta de ahorros y salí en busca de este sueño. Esperé. Dos días después y en camino hacia algún lugar, me calcé los auriculares para disfrutar de esa melodía cercana a la perfección. Cerré los ojos, y juraría que por un instante, el tiempo se detuvo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Ascensor

Caminé a pasos largos por las calles de la ciudad enfurecida tratando de escapar de las garras del viento. No pude más que maldecir mi estúpido optimismo, esperaba se materialice el clima primaveral que había imaginado al vestirme; pero de alguna manera, me encontré caminando con mi nuevo traje veraniego en medio de una ventisca polar.

Llegué al juzgado casi media hora tarde, pero me sentí casi aliviado al recordar la tolerancia a los desmanes horarios de nuestro sistema judicial. Logré escabullirme entre la multitud del ingreso sólo para descubrir que debía formar una fila para montarme en el ascensor. Nueve pisos, pensé. Sumando mi estado físico deplorable a la cantidad de escalones, el único resultado probable era llegar jadeando y transpirando como cerdo. Imaginé a los funcionarios atravesándome con sus miradas acusadoras por culpa de la frente sudorosa. Opté por la fila y el ascensor.

Volví al frío del exterior y recorrí unos cincuenta metros de gente deseosa de huir despavorida. Esperé allí a la intemperie. Avancé unos pocos pasos y seguí esperando. En pocos minutos pude descifrar los tormentos reflejados en los rostros ausentes. Mejor imposible, pensé. Acá estoy y allá voy.

Solo cuando estuve a unos pocos pasos de treparme al ascensor, alcancé a ver una de las causas de tan poco dinamismo en el ingreso al edificio. Dentro del ascensor, un (llamémosle) ascensorista sentado en una silla improvisada y ocupando el espacio equivalente a por lo menos tres personas. Si a eso le sumamos la estudiada lentitud de sus movimientos, se convertía en un patético ejemplo del asqueroso derroche de tiempo y dinero, propio de las decisiones surgidas de las entrañas putrefactas de la burocracia. Un rostro de mirada ausente, haciendo equilibrio entre el vergonzoso aburrimiento y la depresión suicida. Apenas respondía a los saludos de sus pasajeros al montarse al aparato con un sonido nasal ininteligible.

Esperé unos pocos minutos más, verificando la hora a un promedio de dos veces por minuto. Final del tiempo de descuento. Las puertas se abrieron y las personas que tenía delante mío en la fila se abalanzaron dentro de la caja metálica. Los seguí de cerca pero me encontré con la señal menos esperada. Una palma extendida hacia mi rostro. Interpreté que la máxima cantidad de ocupantes había sido alcanzada, o al menos la que el procedimiento indicaba. Antes de ver la puerta cerrase ante mis ojos, pude comprobar que el ascensor no era otra cosa que un aparato automático, tan común como un día soleado y donde hasta el más estúpido podría presionar el botón correcto que lo lleve al piso deseado. Supuse que se les habían acabado los las computadoras, los sellos y las ventanillas y aun quedaba gente para ubicar.

Finalmente las puertas volvieron a abrirse. Esperé impaciente la salida de algunos trajeados. Aliviado por el final de la demora, di un paso largo, controlando el deseo de saltar adentro. La palma extendida volvió a impedirme al paso. Sorprendido, barrí el lugar con la mirada. Vacío. Volví los ojos hacia el funcionario en busca de respuestas. "Voy hasta el subsuelo" me dijo con un graznido. Le expliqué que no tenía problema, que bajaba con él y luego subiría; necesitaba abandonar la inmovilidad. "¡Voy hasta el subsuelo!" repitió cruzándome el brazo a la altura del pecho e impidiéndome el ingreso. Dando un paso atrás y con el rostro ardiendo de la bronca, volví a ver las hojas de la puerta cerrarse ante mi. No miré a nadie. Esperé. Segundos mas tarde las puertas se abrieron. Nadie, excepto el maquinista. Entré sin contratiempos y le proporcioné la compleja indicación de mi destino: "9". La ejecutó sin inconvenientes.

Con algunos minutos de retraso, alcancé las oficinas en la que varias personas me esperaban inquietas. El tiempo fluyó con suavidad. Terminada la audiencia me despedí de todos y me alejé rumbo a la salida. Me paré frente al ascensor y estuve a punto de quedarme a esperar. Me limité a sonreír y bajé trotando por las escaleras.

viernes, 9 de septiembre de 2011

El Guardaespaldas

Desde el primer momento supe que el trabajo no tenía sentido, pero que diablos me importaba, era un trabajo. Cuando uno lleva ocho meses sin ganar un peso, hasta el puesto mas estúpido y aburrido se convierte en una gran oportunidad. Sentado frente mi futuro empleador, calculo que me tomó unos tres segundos decidir. No llegué a regatear el salario. Acepté a la primera oferta. Sabía que él conocía mi situación con absoluta claridad, así que no le vi sentido a prolongar lo inevitable. Lo estudié detenidamente, intentando comprender el por qué de su repentina necesidad. No era un acaudalado, no tenia negocios ni remotamente turbios, no tenia enemigos declarados ni otra amenaza latente. Nada. De un día para otro, se le había puesto en la cabeza que alguien intentaría matarlo antes de su cumpleaños. Eso le daba dos semanas de vida, según lo que pude averiguar en ese momento. Por un instante, estuve a punto de darle mi opinión al respecto respecto pero el solo recuerdo del color rojo de la cuenta corriente logró hacerme cambiar de opinión.

Sin familia y con apenas un puñado de amigos que rara vez veo, aproveché para aceptar el empleo a tiempo completo, tal como me lo ofreció. Un escalón menos que esclavo, intuí. Esto implicaba estar todo el día disponible durante la duración del contrato; a excepción de un tiempo razonable para descansar y para algún trámite personal. Accedí a mudarme a su casa, lo que agregaba "cero gastos" a la ya interesante compensación.

Durante esas dos semanas me dediqué con empeño en búsqueda amenazas fantasmas, escruté cada edificio a la caza de tiradores agazapados que sabía no estarían. Probé sus comidas, vinos y hasta sus cigarros a modo de vano sacrificio por mi empleador.

Continuamos la rutina, como cansados bailarines de épocas pasadas. Intenté varias veces encontrar una razón, o significado para su ridícula paranoia pero jamás conseguí otra cosa que palabras esquivas y monosílabos carentes de significado. Mantuve las apariencias por esas dos semanas, pero al final, las dudas comenzaron a acecharme como buitres hambrientos. Esa última noche estuve seguro de haber visto movimientos sospechosos entre los dependientes del restaurante donde festejó su sexagésimo aniversario. Llegué a revisar al que cargaba una cicatriz sospechosa solo por su apariencia de matón venido a menos, mas no me dio la satisfacción de cargar nada amenazante. A la mañana siguiente encontré una carta en la cocina, un austero agradecimiento manuscrito y un cheque por el valor acordado. Jamás volví a saber de él.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Definitivo

Caminó en silencio con los brazos junto al cuerpo, casi sin fuerzas, ajeno a la temperatura exterior o a los vaivenes del mercado. Los pasos cortos y desganados lo llevaron de un rincón a otro de la casa cual fantasma errante. Las pequeñas trivialidades de la vida continuaban como un eterno péndulo, pero la cena fue algo que no pudo honrar. No podía comer con el estómago comprimido. Solo se permitió mordisquear una manzana arenosa y con gusto a nada. Las tripas le gruñeron en respuesta, pero no supo interpretar su significado.

Se hizo muchas preguntas sobre el pasado y el extraño efecto causal en el presente; pero por sobre todo se hizo preguntas que no pudo contestar sobre el futuro. Levantando la vista al frente, todo se veía borroso y desencajado. Buscó una idea en la que enfocarse, algo que le permitiera apalancarse para salir del pantano en el que se encontraba. No lo consiguió. El pesimismo que durante años lo había caracterizado y hasta divertido, hoy se convertía en un enorme contrapeso que lo empujaba hacia el fondo del abismo.

Creyó haber superado lo peor, pero de alguna manera, el hecho de empacar su ropa por ultima vez le parecía más sombrío y definitivo que contemplar las llamas envolver el féretro de su compañera.

domingo, 31 de julio de 2011

Aurora

Desperté sobresaltado. Alguien se había colado en mi dormitorio y una penetrante mezcla de aromas atravesó las tinieblas del amanecer. Aun en medio de la somnolencia, fui capaz de deducir que si unos chorros quieren robarte y molerte a palos no entran con una bolsa de facturas y una taza de café humeante, por lo que de inmediato me tranquilicé.

Me pregunté cuanto tiempo llevaría ella teniendo las llaves de mi departamento, pero me pareció innecesario preguntarle. Si yo se las había dado, con seguridad tendría una buena razón; y si ella las había tomado, era de esperar que fuera por que sintió la necesidad de estrechar los lazos. O tal vez le di demasiadas vueltas al asunto y una vez más dejé que las llaves del departamento colgaran del lado de afuera de la puerta.

Con exceso de gentileza corrió las cortinas solo un poco, lo suficiente como para no andar a tientas y vernos las caras, pero no tanto como para molestarme. La invité a sentarse en la cama, tal vez más preocupado por hacerme de la taza que por verla parada.

Le di un sorbo largo y ruidoso, dejando entrar más aire que café para disfrutar del aroma. Exquisito. Tuve que reconocer que la inversión granos recién molidos fue un éxito. Ella me miró con una sonrisa triste, al tiempo que me alcanzaba la bolsa con medialunas. “Tenemos que hablar” me dijo, y de inmediato supe que no serían buenas noticias. La dejé desahogarse y la vi partir secándose las lágrimas. Sin dejar de contemplar la puerta, seguí sorbiendo el café y mordisqueando medialunas, para cuando vi el fondo de la taza, las tinieblas del amanecer se habían disipado.

domingo, 24 de julio de 2011

Crónicas de un Taxista - Contracara

Hoy perdoné a otro chorro. Calculo que es mi manera de no llamar la atención o algo así. Este tipo no dio muchas vueltas, ni se tomó mucho tiempo para hacerme creer que era un buen chico. Casi de inmediato, en plena avenida sacó una .22 oxidada, me la mostró como para asustarme y después me la apoyó en el omóplato. Tomé nota mental que era la segunda vez que me fallaba el detector de metales.

Le pedí que se calmara, pensando que no necesitaba un agujero en la espalda y ofrecí a llevarlo donde quisiera. Ni bien me dio las indicaciones, noté que se calmaba un poco. Manejé atento, esperando el momento preciso. Siguiendo sus instrucciones esquivé un control policial usando las calles alternativas. Al retornar a la avenida, tuve mi oportunidad. El muy imbécil señaló el camino con el revólver, alejándomelo del cuerpo.

Clavé los frenos y jugué con la inercia. Para cuando el tipo se acomodó, ya tenía el caño de mi .38 apuntándole al pecho. Le detalle ventaja estadística de una .38 contra una .22 en mal estado y de inmediato dejó caer el arma en el asiento del acompañante. Sin detener el auto, le di tres segundos para saltar. Lo hizo en dos. Golpeó el pavimento con un ruido sordo, ahogado por silbido del caucho. Cien metros después di la vuelta para ver si había sobrevivido el impacto pero ya no lo encontré.

domingo, 17 de julio de 2011

Maquina

Encorvado frente a su estación de trabajo, se restregó los ojos tratando de enfocar los detalles del complejo diseño que debía finalizar. Llevaba cierto retraso y no quería verse obligado a dar explicaciones. Observó las líneas, calculando las distancias y el respeto del estándar.

Suspiró, perturbado por un alud de sentimientos encontrados. El cansancio, fruto de jornadas interminables lo mantenía adormecido, casi ajeno a la realidad. La incertidumbre y la frustración, le roían las entrañas con certezas ácidas y preguntas sin respuesta. La esperanza lo mantenía en pie, con un optimismo tan fuerte se sentía mas allá de todo, intocable. El solo recuerdo de su familia, le inyectaba suficiente energía como para continuar luchando contra el reloj de arena, cargado de minutos eternos y pegajosos.

Estiró los dedos doloridos, haciéndolos crujir con estruendo. Tuvo el impulso de levantar la cabeza en busca del supervisor, pero consideró que consultarlo sería más perjudicial que su alternativa. Concentró su atención en resolver el problema por su cuenta y recuperar algo del tiempo perdido.

Miró el reloj, seguro de terminar a tiempo y saboreando a la vez el descanso por anticipado. Se animó por un instante a fantasear con ya postergada reunión. La familia esperaba, en una patria cada vez más lejana. Tal vez en un año, pensó con el llanto en la garganta. Tal vez en un año, si continuaba cosiendo a ese ritmo; y si alguna vez lograba escapar de ese sótano.

sábado, 9 de julio de 2011

Protesta

Así fue como de repente, me encontré solo, completamente solo frente a una perfecta línea de por lo menos cincuenta policías. Un perfecto catálogo de uniformes azules, cascos futuristas y escudos transparentes que dejaban entrever severas expresiones en una extraña mezcla de preocupación y violencia reprimida.

Volví la mirada y no me sorprendió ver al resto de los manifestantes a mas de veinte metros de donde me encontraba. En sus rostros la violencia no estaba tan bien reprimida, pero la preocupación surcaba sus miradas esquivas. Algunos cargaban pancartas, otros piedras y algunos palos.

Las suerte quiso que me encontrara frente a la masa de policías sin ningún tipo de elemento que podría ser interpretado como arma, lo que ayudó a que los muchachos de azul no descarguen sus garrotes sobre mis riñones. Ellos esperaban el mas mínimo indicio de violencia de mi parte para sacarse las ganas y yo estaba decidido a no darles la excusa. Volví a mirar hacia atrás para ver si alguno de mis exaltados compañeros decidía comenzar la batalla conmigo en el medio. Nada. Nadie se movía y hasta el viento parecía haberse detenido por completo.

Tenía que sacarme la bronca. Fue entonces cuando se me ocurrió la única manera de expresarme sin hacerme moler a palos. Clavé la vista por encima de los hombros de dos oficiales que tenia justo al frente, me bajé la bragueta y ahí mismo deje correr mis frustraciones sobre la fila de botas negras. Aun así, desperté esta mañana. Conmoción cerebral, me dijeron.

sábado, 2 de julio de 2011

Smart

Me asomé por la ventana ni bien las primeras luces de la mañana se dejaron ver. El auto estaba otra vez estacionado en el mismo espacio. El lugar, prohibido por naturaleza y vulnerado por estupidez. El auto, un pequeño Smart que podría estacionar con comodidad en el baño de mi casa. Era la cuarta vez que encontraba el mismo auto en el mismo lugar y al parecer cuatro multas por estacionamiento en lugar prohibido no habían sido suficientes para que el “smartboy” comprendiera el mensaje.

El trabajo me impidió esperar por el conductor y resolver el misterio, por lo que esa misma tarde volví a casa dispuesto a ser paciente y averiguar quién de mis vecinos tenía por pasatiempo de coleccionar tickets de multas. No había mas que un puñado de opciones. Esperé sentado, literalmente. Después de las cuatro de la mañana me quedé dormido en el sillón del living con la cámara de video en la mano.

Desperté enfundado en mis pijamas; camine hasta el auto dispuesto a filmarlo, denunciarlo y tal vez hasta dejarle una nota. Me acerque por el frente, al menos diez multas se destacaban bajo el limpiaparabrisas. Le di la vuelta y en la luneta trasera una simple calco rezaba una simple frase:

"Lo único que nos salva de la burocracia es su ineficiencia." Eugene McCarthy

Solo atiné a sonreír y me alejé de inmediato.

domingo, 26 de junio de 2011

Microcentro

Caminando casi con desgano por las calles grises me dejo envolver por la atmósfera ajena y decadente del área más corrupta, comercial y bizarra de la ciudad. Extraños personajes doblegados por una realidad que los amontona en veredas repletas de dudosas mercancías se mueven como en cámara lenta.

En pocas cuadras esquivo algunos perros en busca de dueño, mientras recorren hasta el último rincón en busca de algo que se asemeje a la comida. Los animales me miran al pasar en un ruego silencioso. No puedo más que apiadarme de ellos. Uno de los más estropeados se lleva parte de mi simpatía y los últimos bocados del sandwich de salame.

Cruzo una oscura galería con la cabeza gacha, evitando a los vendedores que de solo mirarlos te obligan a mantener las manos cerca de la billetera. Vendedores de más bienes impagos que solo usados, que se mantienen tan atentos a la caza de clientes como a los sobrevuelos de la autoridad.

Me adentro en ese mundo casi con vergüenza, alejándome de los límites y de las reglas de aquella sociedad. Camino hasta una calle sin tráfico y en medio del gentío me detengo. Respiro hondo y luego extiendo una manta sobre el suelo. Mi primer día el negocio de los discos piratas ha comenzado.

sábado, 18 de junio de 2011

Avistaje

Hoy despertamos sobresaltados. Lo profundo de nuestras cuevas se ha saturado de una luz tan brillante que nos vemos obligados a mantener los ojos entrecerrados. Luego de haber vivido toda nuestra existencia en la penumbra, los últimos días hemos estado preocupados por el incremento de la claridad.

Los ancianos se reunieron a deliberar. Concluyeron que es necesario que acudamos al templo. Creen que nuestros dioses están disgustados y nos observan de cerca. Dicen no saber la causa.

El calor se convirtió en un martirio. Según sabemos, nuestra gente jamás sufrió tan altas temperaturas. Conocemos la fuente del calor. Una bola de fuego en el cielo que nos acompaña desde hace un tiempo. Lo extraño es ahora parece estar alejándose.

Mientras los ancianos discuten a cerca de los rituales necesarios para calmar la ansiedad de nuestros cada vez más demandantes dioses, yo me tomé la libertad de explorar más allá de los límites de nuestra villa. Crucé la línea de filosas salientes en busca del puesto de observación. He pasado las últimas jornadas analizando el cielo y no es la bola brillante lo que me preocupa. Es lo que antes veía como una pequeña canica azul lo que ahora me preocupa. Ahora la veo como un enorme globo azul, marcado por extrañas figuras marrones y verdes con un par de manchas blancas. Según mis cálculos, creo que los globos no se mueven, nosotros lo hacemos... y vamos directo hacia el azul.

sábado, 11 de junio de 2011

Crónicas de un Taxista - Dilema

Los últimos días me mantuve en el horario de la madrugada, no solo porque me gusta sino porque además necesitaba alejarme de los investigadores de la policía. Algo de perfil bajo. Pasé las noches atento, pero sin abandonar mi .38.

La sorpresa me alcanzó por la mañana. Después de dejar a una pareja de travestis en un barrio bastante fulero. Un tipo me hizo señas, iba con dos nenes vestidos para el colegio. Indicó el destino, alejándome aún más del centro rumbo a una nueva escuela periférica. Me dejé llevar, confiado en que se trataba del último viaje del día. Llegamos a la casi al final del barrio, a un descampado y el muy hijo de puta sacó un cuchillo del cinto con los dos pibes mirando y me lo apoyó en la nuca. No tuve miedo, sino una furia asesina que casi me hace estallar los dientes. Me hizo bajar del auto y meterme en el baúl.

Tomando aire para calmarme, seguí sus instrucciones sin decir palabra. Todo el tiempo tuve a la mano el fierro. Podría haberlo dado vuelta de un tiro, pero no iba a matarlo frente a sus hijos. Me tomó menos de cinco minutos liberarme y cinco horas para calmar la bronca.

viernes, 3 de junio de 2011

Determinismo

Un rayo alcanza a un agricultor en pleno día mientras trilla la última hectárea de soja en el Sur de Corrientes. Instantes después, un motociclista frena a escasos centímetros de ser atropellado por un camión en Milwaukee. Casi al mismo tiempo un Sacerdote es apuñalado por un grupo de monjas durante un ritual satánico al Noreste de Torino. Esa misma tarde la ciudad de Mandaori es prácticamente borrada del mapa junto a la mitad de sus habitantes. Antes, uno de los bloques de la pirámide principal del Louvre, colapsa sobre un turista Japonés matándolo al instante.
En algún lugar de la inmensa nada un gran tablero muestra la Tierra; a un lado, un Dios de semblante preocupado observaba su próxima jugada. En el otro extremo, con una sonrisa apenas dibujada, el Diablo se inclina para tener una mejor visual del juego sabiendo que estaba muy cerca de convertirse en ganador.

lunes, 23 de mayo de 2011

Adiós Nonino

Inmóvil en el vano de la puerta maldije lo indigno de la vejez; tal vez por sentirla serpentear tan cerca esta vez o tal vez porque no pude evitar el impacto. Con los ojos empañados crucé la puerta, tratando de reconocer a ese hombre imponente que guardaba en mi memoria dentro de ese cuerpo marchito.

Sus ojos lechosos tardaron en enfocarme, en distinguirme tras los velos del pasado y por un instante pude verlo sonreír. La mente aguda le obligó de inmediato a plantear las preguntas de rigor. Salud, trabajo y familia. Ninguna enfermedad lo alejaría jamas de sus modales de la vieja escuela italiana.

Traté de ocultar mi propio dolor tras un muro de optimismo y planes que ambos sabíamos que jamas se cristalizarían. Hablamos sobre esto y aquello. Sobre lo que fue y lo que podría ser. Hablamos de sus bisnietos, de sus nietos y sus hijos. Hablamos. Bromeamos.

Traté de recordar si alguna vez le había agradecido, pero pronto me di cuenta que hay cosas que jamas podremos agradecer. Me costó tanto quedarme como decidirme a salir de allí. Tal vez por el dolor, o tal vez por saber que se trataba de la ultima vez que lo vería.

domingo, 8 de mayo de 2011

Crónicas de un Taxista - Anotación

Podría decir que esta mañana tuve un presentimiento al levantarme, pero mentiría. Salí a trabajar como casi todos los días. Tipo una de la mañana subí a un muchachón con cara de recién soltado.

Cumplió la rutina al pie de la letra y me pidió que lo lleve para el sur, más allá de la circunvalación. Le dije que iba a usar un atajo y ni pestañeó. Mi idea era evitar los controles policiales. Sabía que estaba armado, por lo que repasé cuidadosamente los detalles de mi plan. Cuando atravesamos la oscuridad y con un movimiento coordinado, apagué las luces del auto, clavé los frenos y le puse la .38 en la panza. Le aconsejé que no respirara.

Lo bajé del auto, saqué los dos ladrillos huecos y la pelota del baúl. Sin dejar de apuntarlo, acomodé los dos hormigones a buena distancia y le indiqué al maestro que se pusiera entre medio. Le expliqué que si me atajaba el penal, se salvaba y me miró como si yo estuviera loco.

Apunté sin tomar carrera. Un buen zapatazo y la pelota se coló por debajo de su brazo. Me acerqué mientras aún estaba en el piso y cumplí mi promesa.

domingo, 1 de mayo de 2011

Veredicto

Llegué a las nueve en punto, conforme a lo previsto. El tribunal de las hormigas ya estaba reunido, esperándome en lo profundo de la caverna. La Reina, presidía la sesión rodeada de una cohorte generales. Se me acusaba del peor crimen cometido por un extraño a la colonia. “Patear un Hormiguero con Alevosía” según lo presentó el implacable fiscal. Le tomó apenas treinta segundos abrir y cerrar el sumario. Impecable, debo confesar.

Me sabía culpable de todo lo expuesto, por lo que opté por no testificar. No tenía mucho que agregar, excepto para empeorar mi situación.

Unas cincuenta mil hormigas disfrutaban de la función de su vida. Los integrantes del tribunal emitieron sus opiniones mediante una extraña combinación de señas ejecutadas con las antenas y esperaron por veredicto de la Madre de la colonia. En total, el juicio duró menos de un minuto.

La reina se paró en sus patas traseras y me apuntó con las cuatro restantes. Culpable, me declaró sin rastro de piedad. La sentencia: entrega diaria de hojas frescas, azúcar y chocolate para las generaciones venideras. Dos mil quinientos cincuenta y siete entregas. Siete años a su servicio.

sábado, 23 de abril de 2011

Vigilia

Llevaba un buen rato acostado, en silencio. La bombilla de luz se balanceaba sobre mi, desnuda y amarillenta como una idea de antaño. Pestañeé varias veces ante las débiles oscilaciones de la luz, culpando a mis ojos cansados. Las trepidaciones se mantuvieron. Mantuve la mirada fija en el filamento hasta que el decadente dormitorio se volvió borroso.
Sobre la mesa de luz, un único plato de bordes astillados me esperaba en silencio. Los restos de una lata de caballa con cebolla y limón se encargaron de quitarme el hambre de inmediato; aún sentía la pegajosa acidez de la cena saturando mis entrañas. Sólo necesitaba un vaso de agua fresca y la botella que tenía a mano apenas tenía algunas gotas. Lo intenté de todos modos, pero apenas logré refrescarme la lengua y aumentar la desesperante necesidad de un trago.
Volví a fijar la vista en la bombilla trazando complicados planes para perseguir el futuro que se mostraba esquivo. La intensidad de la luz mostró variaciones intermitentes; luego la vi oscilar una última vez antes de hincharse como una anaconda incandescente y reventar.
Inmóvil en la oscuridad me hice algunas preguntas sobre mi suerte, pero no logré convencerme del infortunio; y en cuanto escuché a lo lejos los primeros acordes de la canción que había querido escuchar durante todo el día, supe que el futuro estaba muy cerca.


sábado, 16 de abril de 2011

Sed

La tibia humedad de la tierra le ayudó a ganar la superficie. A través de los ojos embarrados, llegó a ver unas uñas inusualmente largas y tan negras como el cielo que lo vigilaba. Le fue necesario un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie y se mantuvo con el torso inclinado hacia adelante, enfrentando la tierra recién removida en búsqueda del equilibrio perdido. Hizo varios intentos por erguirse pero sus miembros entumecidos se negaban a complacerlo.

No le sorprendió advertir tenía la garganta y fosas nasales colmadas de tierra fresca. Alcanzó a toser casi por reflejo y pudo a distinguir algunos trozos de barro cayendo a sus pies. Ensayó varios escupitajos y forzó una carraspera. Restregó el paladar con la lengua, tan seca como cartulina. La pasta se le antojó arenosa e insulsa. Volvió a escupir.

Las entrañas le hervían como una sopa del infierno. Una fuerza primaria e inexplicable lo incitaba a combatir el fuego que lo atormentaba. La sed de sangre se le hizo insoportable. Sintió deseos de llorar. El corazón marchito se contrajo en la profundidad de su cuerpo. Logró mover gradualmente las piernas y sin un gramo de remordimiento caminó rumbo al único lugar que conocía.

sábado, 2 de abril de 2011

Carrera

Corrimos como locos durante horas cargadas de segundos perezosos. Por momentos con los ojos cerrados, intentando contener las lágrimas cada vez más escasas; de a ratos con la vista nublada por el odio y la desesperación. Los latidos martillándonos las sienes cual bombardeo sobre Beirut y el aire incandescente evaporándose de nuestros pulmones. Continuamos corriendo casi al límite de nuestras fuerzas, disminuyendo el ritmo a cada minuto. Un minuto de descanso y luego volvíamos a retomar la carrera, mientras nos sentíamos amenazados de las sombras de la tarde.

La energía nos abandonaba poco a poco, diluyéndose en un océano de incertidumbre. Avanzamos, devorando terreno durante dos días sin saber cuánto camino restaba por recorrer ni los obstáculos que encontraríamos durante la marcha. Racionábamos una botella de agua sucia y unos bollos de pan robados de un puesto destruido. El viento se complotaba contra nosotros, como intentando impedirnos el paso.

Pasamos las noches refugiados entre escombros y mantos de angustia, incapaces de mantener el calor en nuestros cuerpos. Retomábamos el camino antes del amanecer, convencidos de que hacíamos lo correcto. Avanzamos hasta nuestro destino, solo para encontrarnos con que nada quedaba por salvar.

domingo, 13 de febrero de 2011

Empresario

Cuando la rubia de curvas exageradas me preguntó a que me dedicaba, la respuesta fue instantánea: “Empresario” le dije con tono cortante y desinteresado. Le sonreí cortésmente y me alejé en busca de otro grupo. Desde el principio, la fiesta me pareció más aburrida de lo que había esperado. En un golpe de vista, pude localizar a varios grupos perfectamente diferenciados. En un extremos del salón, José del Chañar, amo y señor de la hotelería, rodeado por un enjambre de abejitas obsecuentes, sonriendo y festejando cada uno de sus comentarios. Observé si había manera de acercársele e intentar un par de minutos de contacto, pero aunque me comí como veinte de los bocaditos tratando ganar posiciones frente al resto, me fue imposible.

Me agencié otra copa de Champagne mientras buscaba otro pez gordo, pero no vi ninguno que me fuera útil. Seguí circulando y cuando alcancé a ver a uno que me interesaba, volví a toparme con la rubia. Me sonrió levemente y me dijo al pasar: “Empresario de que tipo?”. Mi respuesta, repitió el patrón anterior: “Alimenticio”, le dije sin detenerme mientras caminaba rumbo a Esteban Gaitán, dueño de la cadena de restaurantes más grande del país. Lo vi solo y me acerqué en forma directa, cortés. Me presenté y durante unos minutos conversamos trivialidades. Esperaba el momento para hacerle mi propuesta, pero noté que él evitaba entrar en el terreno de los negocios. Lo respeté, sabiendo que tendría otra oportunidad. Los eventos eran algo común en el ambiente.

Volví a ver a la rubia hablando con un tipo bastante entrado en años. Aún a más de cinco metros pude ver que ella estaba incómoda. El tipo la avanzaba. Ella lo rechazaba. Nuestras miradas se cruzaron un instante y me pareció ver un pedido de auxilio en los suyos. Caminé lentamente hacia ellos. Fue suficiente para darle el espacio que necesitaba. Se excusó con el otro tipo poniéndole una mano en el hombro y avanzó dos pasos rumbo a mi. “Gracias” me dijo con un susurro, manteniéndose muy cerca.

Soy de respetar las señales que me da la vida y que una rubia me busque tres veces seguidas, para mi es una clara señal. Decidí dejarme llevar y la invité a cambiar de lugar. Tal vez un bar, o lo que ella prefiera. No se negó. Subimos a mi deportivo sin rumbo fijo. No pude evitar sonreír, mientras pensaba en lo superficial de nuestras vidas. De mi vida sobre todo. Tengo tres verdulerías y me gasto todo lo que tengo en apariencias, me hago llamar empresario, voy a cientos de eventos y tengo un BMW de lujo. Voy a las fiestas a buscar clientes grandes. Las rubias son un consuelo.