domingo, 27 de abril de 2008

Paseo

Avanzando con pasos cortos por la calle contempló a su alrededor. Cientos, tal vez miles de personas vociferaban junto a la calle que transitaba, con brazos en alto, agitándolos a su paso. No comprendía lo que gritaban. Sabía que por más que se esforzara, no lograría hacerlo. Los pocos días que llevaba en el país y el desconocimiento absoluto del idioma se lo impedían. Pensó en lo fácil que sería su vida si ellos comprendieran algo. Se maldijo por haber elegido como destino un país del que nada conocía. Continuó caminando. Varias personas abandonaron la seguridad de las veredas y se lanzaron hacia él. Los guardias que caminaban a su lado se encargaron de devolverlos a sus lugares. En más de una ocasión, tuvieron que utilizar sus cachiporras, especialmente con un par de señoras histéricas. A unos cien metros, pudo ver el escenario de madera. Humilde, desgastado por el uso y el clima. Miles de personas la rodeaban, ansiosos por el inicio del espectáculo. Alzaron sus voces nuevamente; ansiosos. Cuando llegó junto al estrado, le sorprendió su altura. Desde lejos aparentaba ser menor. Lo ayudaron a subir. En la explanada, el verdugo aguardaba con la soga en sus manos.

sábado, 19 de abril de 2008

El Robo

Atravesé la puerta de vidrio con un revólver en cada mano. Mis queridos .357 Magnum. Confiables hasta el infinito. Vestía de gris, zapatillas blancas y una máscara roja. Los clientes tardaron varios segundos en notarlo. Para entonces, yo había saltado el mostrador y acorralado a los empleados. Ni siquiera tuvieron tiempo de respirar, mucho menos de accionar alguna alarma. Tanto tiempo de práctica finalmente rendía frutos. Una vez arrinconados los empleados, sólo tuve que gritar algunas órdenes a los clientes. Gracias a la hora, no sólo eran pocos sino que además estaban dormidos, por lo que me fue muy fácil controlarlos; amontonándolos como ganado en la zona de los baños. Llevaba menos de noventa segundos cuando ya había vaciado la mitad de las cajas Apenas unos segundos más lento que en las prácticas. Unos instantes más y sólo tendría que correr hasta el auto y desaparecer. Utilizar una ambulancia ayudaría. Consulté el reloj y no pude dejar de sonreír. Un plan perfecto. El único punto con el que no contaba era con la viejita del bastón, escondida tras la planta artificial, emboscada. Ahora estoy esposado a esta inmunda cama de hospital, con dos policías que vigilan la puerta.

domingo, 13 de abril de 2008

Perros de la Calle

Hoy por primera vez el gobierno oficializó la noticia. Los perros se han vuelto locos. El diario dice que es un virus, pero a mi no me convencieron. Aquí en el barrio hace más de un mes que sabemos esto. Fue cuando los perros comenzaron su ataque. En las casas las mascotas se volvieron contra sus dueños, acorralándolos y lastimándolos sin piedad; en las calles la situación fue aún peor, los transeúntes sufrieron incontables heridas. Más de cien personas han muerto en la ciudad y muchos más morirán. Las mordeduras matan a la gente mucho después, aunque se salven de sus dientes. Desde hace días, nadie se anima a salir a la calle. Casi no quedan provisiones en nuestra casa y dudo que el resto de las familias esté mucho mejor. Por la mañana tendré que salir. Ya hice un recuento de las armas con las que contamos. Supongo será suficiente para buscar algo de comida y volver. Lo que más me extrañó fue la importancia que le dieron al comportamiento agresivo de los perros. Queriéndonos engañar con eso del virus. Como si nosotros no nos diéramos cuenta de la evidencia maléfica. "Rabia", quieren bautizarla. ¡Mentira!

domingo, 6 de abril de 2008

Crónicas de un Taxista: Infidelidad

A eso de la medianoche subió una piba llorando, iba al Cerro, a casa de su (ex) novio a buscar sus cosas. La historia de siempre, él la engaña y ella se muda. ¡Que bronca! Al final, la mayoría termina perdonando, sólo para volver a ser engañadas. Como me dio pie, le pregunté si lo quería y si iba a perdonarlo. Contestó que no; que no era la primera ni la segunda vez que ocurría. Como predije, ya lo había perdonado un par de veces. Llegamos y me pidió si podía esperarla. Accedí sin vacilar, pero aún así se mantuvo inmóvil en el asiento trasero, mirándome. No se animaba a confrontarlo. Me ofrecí a acompañarla y susurrando disculpas, accedió. En la casa la situación fue tensa. El chaval no quería dejarla ir, haciéndose el arrepentido. Un pesado. Para tranquilizarlo, esperé a que ella fuera hasta el dormitorio; lo agarré de los pelos y lo apoyé contra una puerta. Le pedí que jamás volviera a molestar a la chica y él gentilmente accedió. Cargó sus cosas y la llevé al centro. Le di mi tarjeta por si alguna vez necesitaba algo. Por supuesto, no le cobré. Tercer capítulo de la serie. Continúa aquí