sábado, 28 de diciembre de 2013

Dominó


Sentado en medio de esta interminable habitación, le doy inicio a la secuencia con los labios fruncidos, la respiración contenida y el corazón galopando. A partir de allí, todo esta fuera de mi control. No hay vuelta atrás. Sólo resta esperar. Observo el avance de los acontecimientos, así como ha sido siempre. Nunca tomando el control, siempre observando desde una posición cómoda y sin riesgos. Las piezas se acumulan, caídas, mutando el orden aparente en un caos demasiado real. El destino se ha convertido en una señora amargada y rencorosa que nunca olvida, que nunca perdona; que espera hasta qué estemos a su merced. Finalmente hoy estoy a su merced y ella no ha olvidado. Repaso mis errores conforme el proceso se desarrolla casi en cámara lenta, regresando en el tiempo tanto como la memoria me permite. Por momentos siento el incontenible deseo de interrumpirlo, de ponerme de pie; pero para hacer honor a la verdad nunca sabría que hacer si controlara mi vida. El desenlace se acerca y a medida que las fichas van cayendo de manera inexorable vuelvo a cuestionarme. Sobre mi, sobre vos, sobre todo. La última ficha se inclina sobre el vacío, indecisa. Luego; el fin.

martes, 24 de diciembre de 2013

Sándwich

La heladera me esperaba inmóvil. En su interior, los ingredientes necesarios para el festín se agrupaban en riguroso orden. Los llevé a la mesa sin prisa, consultando el reloj al pasar. Encendí el televisor. Separé con cuidado un bollo de pan de centeno dejándome envolver por el tibio aroma. La mayonesa casera, con jugo de limón y una pizca de mostaza, esparcida generosamente hasta los bordes. Ordené los tomates sobre la superficie, previamente sazonados con sal marina y unas hierbas francesas. Lechuga crujiente por encima, como esperando ansiosa. Un buen trozo de atún, perfectamente organizado, perfectamente condimentado se acomodó sobre la lechuga. Como cierre, elegí unas rodajas de huevo duro antes de coronar con la otra mitad del pan. Volví a la heladera, se me antojaba una cerveza negra bien helada. Opté por una importada, de cremosa espuma y sabor equilibrado. Perfecto. Mientras disfrutaba de la deliciosa cena, abrí las cortinas para contemplar la inmensidad de la ciudad desde las alturas; dejé en silencio la TV en algún noticiero y dejé correr un viejo disco de Jazz. Los fuegos artificiales que alumbraron el cielo me indicaron el momento. Busqué una botella de Champagne y brindé, solo. Una vez más.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Marines

Desperté mojado, y aunque semi inconsciente, supe que algo iba mal. La tensión en las muñecas y en los tobillos me indicaron parte del problema. La penumbra y los olores penetrantes de químicos desconocidos fueron completando la escena. No podía moverme, pero una sombra en la penumbra lo hacia sin problemas. Giraba a mi alrededor. Expectante y distante a la vez. Sentí un pinchazo en la planta del pie. Segundos después oleadas de un ardiente fluido subían desde el punto de contacto rumbo a la base de la nuca, dejando jirones de nervios maltrechos en el camino. Apreté tanto los dientes que me sorprendió no haberme quebrado alguno. La sombra habló. En inglés. Quién carajo habla me hablaba en Inglés, pregunté tartamudeando por el dolor. Una luz mas brillante que el sol me perforó los ojos. Luces estroboscópicas rojas y anaranjadas se sucedían marcadas a fuego en mi nervio óptico. Pasaron entre un par de minutos y unas veinte horas antes de ver algo. Al principio sombras. Poco a poco, las sombras fueron convirtiéndose en cuerpos enfundados en uniformes verdes. Uniformes de Combate. Que mierda hago mezclado con tipos en uniforme, pensé sin decir palabra. La vista fue mejorando y pude ver que se trataba de Marines… ¿¿¿En Córdoba??? La pregunta me asaltó con furia y el frío que me recorrió el cuerpo pudo doblegar a lo que sea que me hubieran inyectado. Recorrí mi pasado y mi presente en un instante, buscando una explicación a por que me tenían encerrado esos tipos. Nada se me ocurrió. Hablé en español, sin muchas otras alternativas ya que mi dominio del inglés terminaba en “shooping” y “marketing”. Una voz me respondió desde las sombras en un español trabado pero comprensible. Aún fuera de su idioma natal, el soldado parecía tener una habilidad innata en dominar la conversación. A cada pregunta que yo hacía, la convertía en varias contra preguntas, sin siquiera haber contestado la mía. De ser posible, me habría preocupado aún mas, cuando sus preguntas comenzaron a tornarse personales, casi íntimas. El cepo se fue cerrando y estoy casi seguro que durante casi un minuto el corazón dejó de latirme cuando uno de los interrogadores me preguntó por Irina, mi nueva novia. El último recuerdo antes de desvanecerme fue el de ella, contándome sobre el imbécil de su esposo, un Yankee que se dedicaba a las operaciones de IMPO/EXPO.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pulserín

Lo observé acercarse con cierto esfuerzo a la mesa de restaurante. Vestía unos vaqueros gastados, una camisa azul que por lo menos había vivido dos o tres veranos, combinados con anillos y pulseras de oro por un valor que superaba el de mi casa. Le sonreí indicándole el lugar vacío. Hacía tiempo que necesitaba contactarlo y el encuentro se había demorado más de lo que tiendo a soportar. Hablamos por largo rato. Sobre las condiciones de la economía y los negocios regionales; pasando por las críticas de rigor al gobierno. Charla liviana, sin carga política, para evitar entrar en terrenos que a alguno de los dos le incomode. Le expliqué con detenimiento el proyecto, expresando con mucha claridad los beneficios que traería a la economía del lugar, a su gente y en consecuencia a la comunidad en su conjunto. El me miró con el ceño y los labios fruncidos en claro gesto de preocupación. Respiró hondo y me explicó cuidadosamente que su responsabilidad era para con la comunidad, que mi proyecto podía tener algunas connotaciones complejas, potencialmente peligrosas. Esperé con paciencia. “El diez es para vos”, le dije. “Son como tres palos verdes”, agregué con un susurro. Sus preocupaciones cesaron.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Gratitud


Entramos en silencio a la sala de reuniones del último piso. La tensión se palpaba. Los rumores se habían convertido en el caldo de cultivo de una serie de hipótesis descabelladas. Tal vez una de ellas se haría realidad. Los sillones se llenaron, con excepción del que se encontraba en la cabecera. Fui consciente de la preocupación que crecía en mi interior. Mi propia hipótesis se reforzaba, incrementando la desilusión que sentía. Recorrí el salón con detenimiento. Cada rostro mostraba el ceño fruncido. Se abrió la puerta y quien la atravesó no fue el que todos esperábamos, sino el delegado del consejo de administración. Deduje en un instante lo que seguiría. Inspiré profundamente sintiendo como la ira reemplazaba a la preocupación. Cerré los ojos un instante, manteniendo la respiración al tiempo que contaba hasta cinco. Traté de organizar mis pensamientos y recordar por qué me encontraba allí. Por que luchaba. Las palabras del consejero fueron escasas y titubeantes pero definitivas. El CEO ya no era el CEO y el consejero ya no era el consejero. Alcancé a ver por el rabillo del ojo al Vicepresidente de Calidad clavar sus dedos en la mesa y comenzar a levantarse. Llegué a ponerle una mano en el hombro. El peso y la calidez del contacto le ayudó a reflexionar y volvió a recostarse en la silla. Lo miré fijo a los ojos y articulé con los labios un lento: "tranquilo". El improvisado discurso llegó a su clímax en una serie de innecesarias e injuriosas referencias a su antecesor, lo que sólo logró enfurecer a los presentes; incluyéndome. Un puñetazo en la mesa fue el principio de escándalo y infierno afloró. Se cruzaron palabras duras. Me obligué a intervenir para frenar el desmán y le pedí al flamante CEO si podía darnos unos minutos para componer la situación. Me lo concedió. No disponía de mucho tiempo por lo que opté por un enfoque directo y despiadado. Los conocía a todos desde hacía tiempo y sabía que por encima de todo, ellos contaban con su trabajo y “su” empresa como la manera de definir su existencia. Apelé a eso. Dos de ellos dieron muestras estar a punto de ceder y abandonar la sala. Los confronté y el Vicepresidente de Operaciones, con los ojos vidriosos, me acusó de falta de gratitud para con nuestro líder. No pude evitar recordar una frase del célebre Iósif Stalin, que utilicé de inmediato para romper la tensión. - “¿Gratitud? - les dije - La gratitud es una enfermedad que padecen los perros.” Luego de las roncas carcajadas, la reunión volvió a su curso.