sábado, 24 de noviembre de 2012

Ineludible

Ya no estás, pero recorres el ambiente en espasmos ciertos. Ya no estás pero recorres sus mentes inquietas. Ya no estás pero cada paso que dan sus vidas se entrelazan con los pasos que diste alguna vez.
El silencio está a tu alrededor pero el estruendo los atormenta. Nada queda por recordar, nada queda por escuchar, nada queda por descifrar. La cordura es el menaje que alguna vez perseguiste, pero te detuviste a mitad de camino buscando aquella vieja melodía.
Sueños, que en tu mirada alguna vez se vieron, mientras contabas tus cuentos a orillas de la niebla. Niebla que nos cubre, pero te siento cerca. Aquella luz la eclipsa con su fuerza y esplendor; y te siento cerca. Tan cerca que es confuso, tan cerca que estalla en aquellos recuerdos que me embargan y me atormentan.
La distancia es irrelevante. La melodías se convierten en puentes, de pronto solo quedan bancos de niebla y vientos desde lo profundo del mar. 
Es tiempo de avanzar, de no quedarse en el tiempo. Avanzar, no te quedes en el viento. Es parte del espacio; y cuando el latido de las miradas que se fueron se apaguen lo ineludible se hará realidad.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Fraude


Esperé sentado frente a las oficinas de “Crédito Federal” intentando dominar la bronca que me hacía rechinar los dientes. La carpeta de papel en la mano izquierda contenía la información que había logrado recopilar sobre el asunto; en la derecha el viejo y despintado Nokia que se negaba a dejar correr los minutos. Las 9:00am. En punto. Volví a controlar la entrada. Continuaba cerrada.
Me vi obligado a esperar otros seis minutos hasta que llegó el primero de los empleados. Lo vi pararse junto a la puerta. El guardia se asomó detrás de la persiana americana. Después de él comenzaron a aparecer empleados de todas direcciones. Los pude reconocer con facilidad por sus trajecitos grises y camisas blancas. Tan insulsos, tan aburridos.
Entré como un ladrillazo por la puerta de blindex. Poco me faltó para atravesar el vidrio sin molestarme en abrirla. Encaré al primer muchachito de gris que encontré tras una computadora y me encargué de meterle tanto miedo que en pocos minutos estaba detrás del gran escritorio de madera sólida, con un café en la mano y un un puñado de empleados alrededor entrando y saliendo con papeles e impresos de computadora. Me mostraron el legajo. Según los papeles, yo había sacado un préstamo de treinta mil pesos. Personal, o impersonal mejor dicho. Lo único que tenían era una fotocopia de mi Documento de Identidad y un impuesto de la casa. Las firmas eran apenas parecidas. Traté de comprender cómo les era tan fácil entregar treinta mil pesos a cualquiera. El problema era que según su retorcido punto de vista, ahora era mi problema pagar la deuda.
Continué revisando el puñado de papeles que acumulaban bajo mi numero de cliente. Todo se veía pulcro y sin errores, excepto que alguien se había llevado los billetes que ahora me reclamaban con ayuda de unos diligentes abogados. Busqué indicios de quién podía ser el responsable. Demandé saberlo. Supliqué saberlo, pero al parecer nadie podía encontrar ninguna pista. Al final, se disculparon y me dieron a entender con gentileza que no había nada que indicara que yo mismo no había recibido el dinero. La operación figuraba en efectivo. Sin mayores detalles. 
La solución era que presente una nota desconociendo la deuda. Una nota. Podía imaginarlos reunidos alrededor de la nota, ahogados por las carcajadas y arrodillándose para no caerse al piso.
En la desesperación previa a que me obligaran a salir, alcancé a manotear un una porción de un post-it con unos garabatos. Me quedé parado en la vereda tratando de interpretar lo que contenía. Números. Una sigla. No soy muy inteligente, ni creativo, pero lo primero que pensé fue en un número de cuenta y el nombre de un banco. O un número de teléfono y el nombre de una persona. Resultó ser la explicación más simple, como casi siempre. Era la segunda opción. Me tomó sólo unos pocos minutos y una llamada a un viejo amigo, amo y señor de las redes. Junto con el teléfono y el nombre, apareció una dirección. Contra toda lógica, decidí tomarme un taxi y hacerle una visita al Sr Bartolomeo Mujica. 
El viaje fue corto, hasta un barrio cercano al centro. La casita se veía bien, pequeña pero bien cuidada. Toqué el timbre sin saber lo que iba a decir. Por un momento esperé que nadie contestara para tener algo de tiempo para pensar. No tuve tanta suerte. De inmediato, se asomó una mujer joven. Bastante bonita y con mucho potencial. Me preguntó que quería y le contesté que buscaba al Sr. Bartolomeo, como si lo conociera. Noté una ligera mueca atravesar su rostro en cuanto nombré al tipo. Al principio creí que era causada por un dejo de tristeza, pero luego tomé supe que se trataba de pura y simple bronca contenida. Aparentemente, Don Bartolo había estafado a más de uno, y la semana anterior la policía lo había invitado a visitar sus instalaciones por un largo periodo. Un problema con una chequera extraviada, según entendí.
Ella se disculpó conmigo y de inmediato me invitó a pasar. Con una taza de té en la mano, esperé mientras ella buscaba algo que no entendí bien de que se trataba hasta que volvió. Según me explicó, acababa de descubrir un cuaderno con las anotaciones de su (ex)novio. Un detallado tratado sobre las más variadas estafas. Cheques, tarjetas de crédito, celulares. Las mil maneras de joderle la vida a alguien.
Me preguntó cuanto me había robado. Le di la cifra y se mantuvo unos segundos en silencio. Preguntó la fecha en que había sido la operación. Buscó en el cuaderno. En esa fecha solo existía un registro. Treinta mil pesos. Al costado, un comentario escrito en rojo: Tailandia. Lo leí por encima del hombro de la chica y me quedé mudo esperando una explicación. Fue muy simple, mi dinero había comprado los paquetes turísticos con los que el tipo esperaba recuperar una relación condenada.  
Es increíble la cantidad de información que una chica avergonzada puede darle a un completo extraño. Supe además que la fecha del viaje; no sería hasta dentro de tres semanas. Una lástima que Bartolo iba a estar bastante ocupado como para viajar.  Mientras hablábamos ella siguió revisando el cuaderno sin mucha convicción, al final, encontró un grupo de hojas impresas dobladas en dos. En ellas estaban los tickets electrónicos, las reservas y las confirmaciones para el viaje. Ella me miro a los ojos y extendió las hojas hacia mi en un gesto de disculpas. Ahí estaba mi dinero, treinta mil pesos reducidos a una pobre impresión en colores. Tomé las reservas y después de otra infusión me fui a casa con una mezcla de alivio y decepción. Esa noche me acosté temprano, cansado y algo aturdido. 
Después de más de tres horas de ser ignorado por el sueño, dejé la cama rumbo a la cocina. Pensé en tomar algo caliente, pero finalmente opté por por una generosa medida de whisky. Minutos después me serví otra, para darle una mano al sueño, pero tampoco ayudó demasiado. Volví la mirada y los impresos seguían sobre la mesada, junto al teléfono. Me dejé llevar por el impulso que había estado reprimiendo. Marqué los diez números y esperé. No supe que decir y las palabras solo  brotaron: "Es más fácil cambiar nombres que recuperar el dinero... Y es más fácil cambiar uno que dos nombres. ¿Vamos?"

sábado, 20 de octubre de 2012

Adaptabilidad

Entre las ramas de los árboles alcanzamos a ver como las torres de la ciudad se recortaban sobre la tibieza del rojo amanecer. Corríamos uno junto al otro, como lo habíamos hecho desde la infancia. Aunque esta vez corríamos por nuestras vidas.

Nuestras respiraciones, entrecortadas y al unísono, se confundían con las pisadas sobre la hojarasca. Ninguno de los dos tuvo el coraje de volver la cabeza. Nos eran enemigos ni personajes siniestros los que nos perseguían, sino el mayor depredador conocido por el hombre. Un magnífico ejemplar adulto, según alcanzamos a interpretar por los rugidos que esporádicamente oíamos a nuestras espaldas.

La ciudad se acercaba, pero al mismo tiempo se estrechaba la brecha entre la bestia y nosotros. No lo dije, pero mi inquebrantable optimismo comenzaba a resquebrajarse. Sabía que estaba en desventaja física frente a quién me acompañaba, sabía que no podría mantener el ritmo por mucho más tiempo.

Los rugidos lejanos, dieron paso a monstruosas pisadas apenas unos metros más atrás. zigzagueando en el bosque. Acorralándonos como a conejos asustados.

El final del bosque se entrelazaba con las primeras luces del día. Más allá la explanada de acceso y luego la seguridad de la civilización. “Nos está alcanzando. Imposible escapar. Ninguno es lo suficientemente rápido.”, me dijo él manteniendo el ritmo en la respiración. “No lo necesito”, conteste al tiempo que lo sacaba de equilibrio obligándolo a estrellarse contra un árbol. “Sólo necesito ser más rápido que tu”.

sábado, 16 de junio de 2012

Poderes

Tengo todo lo que quiero; y vivo sin las restricciones de esta vida desenfrenada gracias al éxito de mis últimos proyectos. Los vaivenes de la economía mundial son sólo palabras ininteligibles para mi, llenas de forzado negativismo, producto de comunicadores apocalípticos, sedientos de un miserable instante de atención.
El campo de golf aparenta ser infinito, aunque puede que yo lo crea infinito, tal vez por el confort de mi sillón italiano o tal vez sea por la brisa de verano que se cuela por estos inmensos ventanales. El aire tibio me acaricia el cuerpo desnudo, como realzando su belleza. No tengo vergüenza ni falsa modestia que me obligue a cuidar mis palabras. No lo necesito y no me interesa cambiar.
Mi flamante ultra-notebook de aluminio está cargada de conceptos al menos gloriosos, de los que se hablará por generaciones. Pero hoy prefiero pasar el día recorriendo los más de quinientos canales de satélite que me ofrece monstruosa pantalla LED. Me dejo llevar de a ratos por programas intrascendentes o sucumbiendo a los impulsos consumistas, acumulando.
Tengo una visión única y extraordinaria de la realidad que me permite adelantarme a los hechos, y he desarrollado maravillosos poderes de observación. Es por eso se que cuando intente llamarte, nadie contestará.


Este cuento es algo así como una reversión, o un plagio descarado tributo a Roger Waters y su pandilla: Pink Floyd. Digo descarado porque escuchando la letra tomé conciencia que ya era un microcuento en si misma, y que no había mucho por hacer, mucho menos intentar corregir al Gran Jefe ;) Aquí la letra original:


Nobody Home (Waters – The Wall)
I've got a little black book with my poems in.
 
Got a bag with a toothbrush and a comb in. 

When I'm a good dog, they sometimes throw me a bone in.
 
I got elastic bands keepin my shoes on.
 
Got those swollen hand blues.

Got thirteen channels of shit on the T.V. to choose from.

I've got electric light. 
And I've got second sight. 

And amazing powers of observation. 

And that is how I know 

When I try to get through 
On the telephone to you
 
There'll be nobody home. 




I've got the obligatory Hendrix perm. 
And the inevitable pinhole burns 

All down the front of my favorite satin shirt. 

I've got nicotine stains on my fingers. 

I've got a silver spoon on a chain. 

I've got a grand piano to prop up my mortal remains.

 
I've got wild staring eyes. 

And I've got a strong urge to fly. 

But I got nowhere to fly to. 
 
Ooooh, Babe when I pick up the phone 
There's still nobody home. 


I've got a pair of Gohills boots
and I got fading roots

jueves, 7 de junio de 2012

El Día Más Frío

La noche cayó sobre las sierras, como si no hubiera soportado el peso del invierno. Noté mi falta de planificación cuando puse un pie en la calle, vestido de camisa suelta cual zar de la droga caribeño. El grado y medio bajo cero me pateó en la espalda sin contemplaciones.

Aún recuerdo nuestros intentos desesperados por hacer funcionar aquella vieja camioneta, empujándola de esquina a esquina como desquiciados. Escuchamos el motor patear y toser, explotando de vez en cuando. Transpirados, conseguimos que el viejo diésel se encendiera en medio de una humareda agria. Fue música para nuestros oídos que indicaba el inicio de una noche llena de promesas.

El se asomó a la calle, para prevenirnos. Vivíamos el día mas frío del año y no había apuro por iniciar aquel raid nocturno. Nos invitó tomar algo caliente. Logró convencernos a medias, porque optamos por saborear su mejor whisky en lugar del café recién filtrado que nos ofrecía. Sentados alrededor de la mesa, lo escuchamos compartir una pequeña porción de su sabiduría; desde el valor del esfuerzo y el trabajo, hasta el aprovechar cada momento con la familia.

En aquel entonces no comprendimos la profundidad de su mensaje y tan solo nos dedicamos al apartado de disfrutar el momento. Hoy pudo haber sido el día mas frío de este año, y si bien él no estuvo para advertirnos, nosotros estamos mucho más cerca de comprender el mensaje.

domingo, 3 de junio de 2012

Equipaje

Mi naturaleza en extremo precavida me obligó a repasar la lista, aunque conociera cada ítem de memoria. Revisé por ultima vez la maleta recién comprada, solo para asegurarme que tuviera las dimensiones correctas. No había conseguido la misma marca, y no quería correr riesgos. Le quité las etiquetas y el plástico protector. Hora de empacar.

Siguiendo el orden de manera rigurosa, empaqué cada uno de los elementos del inventario. Un traje, cinco camisas, cinco calzoncillos, cinco pares de medias, un par de zapatos, un par de zapatillas, tres remeras, una campera y unos pantalones; además de unos cuantos accesorios. Todo nuevo, a estrenar. Después de tildar el ultimo punto, dejé el papel sobre la ropa antes de cerrar la maleta. La etiqueta de la valija ya tenia mi nombre y en la esquina superior derecha le agregué un diminuto "7". Di unas vueltas por la habitación para un último e innecesario control. Todo en su lugar. Revisé la billetera. Tenía algunos dólares, suficientes para moverme. Sólo restaba cargar el pasaporte con el Boarding Pass doblado en su interior.

El viaje al aeropuerto fue mas rápido de lo esperado, gracias al poco tráfico y a un taxista despierto. Llegué a la puerta de embarque con el tiempo justo. Una fila corta y poco problemática me dejó en el avión en pocos minutos. Un suave despegue, café con galletas y estaba a un paso de la conexión. Releí la tarjeta de embarque como para asegurarme de tener el correcto. "BKK", increíble. Finalmente, después de cientos de viajes me tocaba el turno de conocer Tailandia. Solo una semana y con la mayor parte del tiempo consumido por interminables reuniones, pero algo siempre es algo.

Salí del avión algo aturdido por el interminable viaje. Me alejé del área de equipaje sin molestarme en buscar la maleta. Aunque me quedara hasta marearme de tanto ver girar valijas, la mía jamás aparecería. Me acerqué al mostrador de la aerolínea con el pasaporte en mano y reclamé por mi equipaje perdido. Preparado, le dije a la amable agente que no tenía ticket, pero que con gusto esperaría a que revisara por el nombre. Volvió un par de minutos mas tarde cargando una maleta. Controló los datos con la identificación y acto seguido me la entregó. Pude sentir el cosquilleo de emoción en el estómago, mientras la giraba en busca de la etiqueta. Era la número "5".

sábado, 26 de mayo de 2012

Matador - Muchachos

Los últimos días han sido raros. Cambié de movilidad por miedo a volver a cruzarme con ese taxista y me la pasé en la zona de tribunales, donde me subí a ese taxi. No recuerdo el auto, pero juro que si me vuelvo a encontrar con ese tipo lo voy a reconocer de inmediato y voy a tener que hacerle daño. Mucho daño.

El tema me tiene preocupado, pero no me ha impedido agregar unos cuantos billetes a mi cuenta gracias a las mejores y peores características de los seres humanos. En este caso, podemos decir que se trata de la codicia, pero podría tratarse de cualquier otra virtud.

El objetivo que me dieron en este caso, como en tantos otros, era un total desconocido para mi. Unas fotos, sin demasiada información; un lugar de trabajo y algunos horarios cotidianos. Comportamientos riesgosos o costumbres poco saludables había pocos, aunque era más que suficiente.

Lo seguí de cerca por una semana, para corroborar la información que me me habían proporcionado. Cuadraba, sin fisuras, pero eso no iba a ayudarme mucho para cumplir con los requerimientos del contrato. La más importante, triple pago si el caso se caratulaba como “Accidente”. Me tomó una semana adicional de investigación y estudio, pero finalmente encontré la solución. Un airbag aparentemente defectuoso y par de lápices de grafito fueron suficientes. Una obra de arte. Un trabajo limpio. Al día siguiente reconocí mi trabajo en las noticias. Un pez casi gordo. Un funcionario sindical en busca de su momento, sus quince minutos de fama o tal vez la cambiar la historia. Nunca tendría la oportunidad. Un pez más gordo lo vio como amenaza.

domingo, 20 de mayo de 2012

Giros

Por más que le de vueltas y vueltas hasta marearme, me cuesta aceptar la idea de que en cuanto nos toque el momento de desaparecer, el mundo seguirá girando como si nada hubiera pasado. De la manera más despiadada que se pueda imaginar; la inercia monstruosa de una sociedad sin contemplaciones, sin tiempo para condolencias o signo alguno de humanidad. En minutos no seremos otra cosa que parte de la historia distante de la humanidad. Una huella si tenemos suerte, o una anécdota insustancial en la mayoría de los casos.

Luego del impacto y la sorpresa que tan solo se extenderá por una fracción de segundo, aquello que un día llegamos a considerar nuestro mundo volverá a la normalidad, o simplemente se adaptará. Incluso para quien tenga una familia; después de superar el duelo, sin importar su intensidad o el nivel de dependencia desarrollado, ellos de una manera u otra encontrará la salida. No hay otra alternativa.

¿Pero, por qué si todo es tan simple y lógico, nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué se siente como injusto que la tierra siga girando si uno se ausenta? Me lo pregunto, una y otra vez, desde la oscuridad de esta estúpida caja.

domingo, 13 de mayo de 2012

Signos

Me preocupé en el instante mismo que pateé el avispero; y no me refiero en el sentido poético de la palabra, sino que en realidad le di una tremenda patada al panal de avispas que encontré pegado al eje de la rueda de una vieja cosechadora.

Una estupidez sin sentido, podrían decirme, sobre todo a la luz de los hechos. Pero lo cierto es que siguiendo un incontrolable impulso destructivo le di mi mejor zapatazo; ese soñado, ese que te convierte en un mito si lo que hubiera pateado fuera una pelota y esta hubiera terminado en el ángulo del arco contrario en la final de la Copa del Mundo. Pero no. En lugar de eso, el panal terminó en las manos de uno de mis amigos, quien que lo atajó con ambas manos.

Lo extraño es que no corrió. No chilló como un puerco, algo que yo con seguridad habría hecho. Se mantuvo inmóvil, mientras cientos de avispas negras se abalanzaban sobre él. Mi primer reacción fue por supuesto correr como condenado poniendo la mayor distancia posible con la nube de insectos. Una serie de pasos largos y ya estaba lo suficientemente lejos como para animarme a mirar atrás. Me sorprendió de inmediato que mi amigo no me seguía. Me detuve, y en cuanto vencí la rigidez en las piernas, volví a ver si él necesitaba mi ayuda.

Lo encontré sentado contra unto a una rueda gigantesca. Sollozaba con un sonido agudo, apenas perceptible. El rostro irreconocible, por incontables picaduras. No pude continuar mirando y no supe que hacer. Corrí a su casa con los ojos llorosos. Cinco cuadras de ida. Cinco de vuelta. Me acompañó su madre, sin hablar y con el rostro retorcido de preocupación.

Llegamos junto a él. La madre llegó primero e hincó una rodilla junto a él para revisarlo. Mirando sobre el hombro de la mujer, alcancé a ver que ya no sollozaba. No se movía. Ella le pasó la mano por detrás de la nuca y lo acercó a su pecho. Yo me desesperé al no observar signos de vida. Justo en ese momento él abrió los ojos, clavando la mirada en mi. Suerte que no soy alérgico, me dijo justo antes de desmayarse.

domingo, 15 de abril de 2012

Ochenta

Respirando con serenidad intentó estirar sus hombros arqueados por el tiempo apoyando sus manos sobre la mesa de piedra. Buscaba extraerle algo de calidez al tibio sol del invierno. Llevó sus dedos de manera instintiva e irresistible en busca de su barba ausente, añorando. Aún después de cincuenta años extrañaba la rugosa caricia; una sinfonía de cosquillas y a la vez su orgullo, su marca registrada. En contraste, su impoluto afeitado le pareció una vez más, aburrido e impersonal. Como cada mañana.

Sus días como sastre de barrio habían terminado, pero sabía que jamas tendría que preocuparse por el dinero, aunque ni siquiera le interesaba. Su única preocupación era volver a crear formas con las manos; no más telas; esperaba hacerlo con piedra y arcilla, como en su infancia. La memoria le jugó uno de sus trucos, llevándolo en un instante a esa lejana niñez y devolviéndolo de un golpe a una realidad que se le hacía innegable.

Otro cumpleaños. Luego del número setenta y nueve, estaba seguro que no habría otro festejo, por lo que la energía de esa mañana le sorprendió. El exceso de vitalidad y la longevidad inesperada lo llenó de ideas contradictorias y remordimientos. Se las había arreglado para mantener apartadas su intensa pero acotada vida anterior, de su gratificante, aburrida y extensa vida actual. Pensó en su bellísima esposa, allá lejos en el tiempo. Casi estuvo a punto de pronunciar su nombre en voz alta pero después de tantos años se sintió temeroso y las palabras se le atoraron en la garganta. Sus ojos se humedecieron una vez más. Sin poder evitarlo, los fantasmas de lo abandonado comenzaron a rondarlo. Cincuenta años de desazón, de revisar una y otra vez sus decisiones y la cadena de eventos que siguió. Las razones siempre se le hicieron válidas y comprensibles, su vida estaba en peligro a causa de su creciente popularidad y ascendencia con las masas. Su sonrisa sincera y contagiosa se había convertido en una amenaza para el Líder auto proclamado.

Vendió su alma al diablo para salvarse, pero con una condición: aquel líder obtuso y déspota viviría. Podrían ensañarse con el régimen, pero no le matarían. Había jurado proteger su vida, y lo haría aunque fuera desde el exilio, lo haría aunque estuviera huyendo de él.

Se recostó aún más sobre el sillón, recordando. Mil novecientos cincuenta y nueve, un Cessna desapareció sin dejar rastros. Aquel día murió por primera vez, al mismo tiempo nació la leyenda y su nuevo ser. deslizó la mano por la mesa del patio con las manos temblorosas, como si sus yemas callosas pudieran percibir el metálico FAR-53 incrustado en el concreto.

lunes, 2 de abril de 2012

Hoy

Hoy me desperté con el espíritu renovado; si es que tal cosa en verdad existe. Amanecí con un extraña esperanza, las cosas de una vez por todas cambiarían. Las señales se habían estado repitiendo de manera inequívoca, tangibles y alentadoras.

Primero fue un cambio de humor, lo que en la profundidad no es mas que una sensación. Luego fue una semana en la oficina, que comenzó como una deprimente acumulación de sobrecarga y frustraciones, para convertirse en una promesa. Poco a poco, la esperanza se convirtió en certeza. Se trataba de un cambio, el comienzo de una serie de eventos que me sacaría de la ingravidez.

La ducha caliente fue como un viaje en el tiempo. Junto al tipo del espejo decidimos que era el momento de renovar mi apariencia. Unas tijeras y la gastada afeitadora fueron suficientes para materializar el milagro. El nuevo Yo me pareció aceptable. Un buen punto de partida. Aún húmedo y con la toalla colgada al cuello, revolví el guardarropa buscando algo distinto. Otro cambio. Mi viejo traje, una camisa en relativo buen estado y unos zapatos nuevos fueron los elegidos. Obvié la corbata.

Dejé el departamento y elegí las escaleras para bajar los cinco pisos. Un día antes hubiera esperado lo que fuera por el ascensor. Abrí la puerta del edificio y una ráfaga mortecina me alcanzó; me atravesó sin piedad. Mi garganta se comprimió y volví la mirada. Me sorprendieron las mismas miradas ausentes, el mismo gris de la ciudad. Todo se veía exactamente igual que ayer. La evidencia se acumuló, abrumadora. Volví a entrar, nada había cambiado.

martes, 20 de marzo de 2012

Enfermero

Aún cuando se supo cercado por los investigadores, decidió continuar con su siniestro pasatiempo. Semana tras semana, se dedicaba a recorrer los pasillos de los hospitales en busca de pacientes en sufrimiento extremo para darle un punto final a su dolor. Las señales que buscaba eran claras e inconfundibles. Transparentes, a sus extraordinarios poderes de observación. Un ceño fruncido en penosa máscara o una mirada vacía de toda esperanza eran inequívocos indicadores.

El tiempo le había enseñado a reconocerlo y la experiencia a actuar en consecuencia. Sus métodos, que en los comienzos tenían la sutileza del ataque de hienas hambrientas, habían alcanzado la refinación del artista consagrado. Podía tratarse de una microscópica dosis de algún extraño medicamento o la inesperada falla del respirador mecánico, pero el patrón se repetía una y otra vez; el impecable y oportuno final para el sufrimiento desmedido.

Tal vez fue la indiferencia de la repetición o la cuidadosa investigación del comisario en jefe de la policía federal, pero lo cierto es que el círculo se había cerrado hasta casi asfixiarlo, dejándole pocas alternativas. Demasiadas coincidencias, demasiados registros.

Mientras el comisarios subía las escaleras del hospital escoltado por una docena de policías de elite, el enfermero, un regordete y cuarentón de oscuras facciones, se perdió en el depósito de insumos, reapareciendo segundos después como un camillero fortachón de facciones escandinavas.

lunes, 5 de marzo de 2012

Patrimonio

Anoche salí a dar una vuelta. Necesitaba algunas cosas para la casa y también estirar un poco las piernas. Una necesidad que contribuye a la satisfacción de otra. ¿Que más se puede pedir? Elegí la zona del centro. Por un lado porque no está tan lejos y por el otro porque en general ahí consigo lo que necesito. Otro doblete.

La noche siempre ha sido una buena compañera de caminatas. El aire es distinto, casi fresco, aún en medio del verano. El tráfico disminuye hasta alcanzar el rango de lo tolerable y la ausencia se luz ayuda a resaltar características que delinean lo mejor de la arquitectura. La frenética actividad desaparece casi por completo, a excepción de algunas de extrema necesidad; legales y no tanto.

Me mantuve en los alrededores del microcentro, donde los intercambios comerciales son tan básicos como decadentes. Una zona extraña, plagada de personajes extraños y envueltos en actividades extrañas. Unos, parte del decorado, otros en paso fugaz buscando emociones.

Alargué el paso rondando un par de veces la misma cuadra, buscando. Un rato después, estaba de vuelta en casa con algunos víveres, unos mangos y una bala menos. Por supuesto, también algo más de que arrepentirme.

viernes, 17 de febrero de 2012

Amor a Primera Vista

Fue en un instante inesperado, desmesurado; como casi todos esos momentos en la vida donde se gestan los “antes y después”. Las agujas del reloj se detuvieron y su sola visión me perturbó para siempre; aún cuando esa fue la primera y única vez que la vi. Un pestañeo, una imagen borrosa a través de un vidrio corrompido por confusos reflejos que se marcó a fuego en mi retina.

El tiempo volvió a la vida, pero esta vez en cámara lenta. Sentí elevarme, mis pies perdieron todo contacto con el terreno. Un cosquilleo interminable me invadió las tripas haciéndome sentir un paracaidista amateur.

Las cosas a mi alrededor volvieron quedarse inmóviles y me dio la impresión que acumulaban fuerzas para estallar en un golpe mortal. Los reflejos anaranjados del atardecer corrompieron la inmaculada percepción de aquel ángel de tez trigueña y sonrisa sincera, tiñendo el parabrisas del auto justo un antes de estrellar mi cara contra el vidrio.

Los eventos siguientes parecieron suceder con asombrosa velocidad y finalmente me trajeron hasta aquí, pero mientras aún estaba tendido en el suelo, esperando la ambulancia y escupiendo los rugosos vestigios de mis dientes, no pude menos que entristecerme por lo efímero del encuentro.

sábado, 28 de enero de 2012

El Mar

“Lo terrible del mar, es morir de sed”. Casi sonreí al recordar la lírica de Cerati pero lo ineludible de la situación me lo impidió. Miré a mi alrededor y solo alcancé a ver el interminable azul de diseño fantasmagórico, lleno de espejismos y desesperanza.

Lo etéreo de la felicidad que me embargaba horas atrás parecía haberse fugado por una ventana imaginaria. Traté de armar el rompecabezas mental, pero las piezas se habían mojado. La tarde tardó una década en convertirse en noche.

No pude comprender cómo la suerte me había abandonado, tomándome como una promesa en ascenso en las artes decorativas, disfrutando de un lujoso crucero repleto de otro tipo de promesas y abandonándome como a un triste náufrago abrazado a un improvisado salvavidas. Pensé en ponerme a patalear, pero no supe hacia dónde y opté por continuar inmóvil.

Aquella terrorífica tranquilidad de la noche sin luna fue aplastada por lo implacable del mediodía. Sed. La sed me desgarró la garganta como un guante de hierro incandescente. Rodeado de agua, y muerto de sed. Un titular amarillo como pocos.

Soy positivo. Supongo que alguien del barco notó mi ausencia. Me obligo a creerlo. La búsqueda debe estar en marcha. Es mejor estarse quieto y esperar.