domingo, 30 de marzo de 2008

La Playa

Por primera vez en años puedo disfrutar de esta playa a solas. Casi no recuerdo la última vez que la vi tan despejada. Sólo piedras y arena blanca. Tibia e inmaculada. Ahora la veo desierta. Ni un alma a la vista. Cuánta soledad. Nadie con quién hablar, o compartir este momento. Cómo me gustaría que María estuviera aquí. Ella podría quitarme el frio que penetra estos huesos viejos. Ella podría consolarme, mientras contemplo el viento en su eterno vaivén. Casi no recuerdo cuanto tiempo hace que se fue… “Que se fue”, que manera tan estúpida de ocultar la verdad. Ella no se fue. Ella se murió. Nunca pude asumirlo y nunca lo haré. No puedo creer la calma del mar. Se ve como el Mar Negro, liso, de sólida apariencia. Me hubiera gustado conocerlo, no solo verlo en documentales. Ha bajado mucho la marea. Ya casi es la hora. Ya falta poco para el atardecer. Se acera la hora. Mejor me preparo para el espectáculo. Cuánto silencio. La gente se ha ido lejos. Corriendo despavoridos a tierras más altas. Pobres, creen que pueden salvarse. No tienen idea de lo que se viene. Ohhh, allá veo la primer ola.

martes, 25 de marzo de 2008

Amanecer

Se levantó varias horas antes del alba. Con el termo y el mate como únicos compañeros, emprendió su recorrido. Con los vidrios bajos, respiró el embriagador perfume de pura hierba y bosta de animales. Recordó las cabalgatas con su padre en los tiempos de la alfalfa y el maíz. Antes de la vergüenza de perder la propiedad. Incontables sufrimientos y privaciones invertidas en recuperar esas doscientas hectáreas, apenas una fracción de lo que alguna vez tuviera su padre. Una oleada de esperanza lo alcanzó fugazmente cuando vio las vacas desfilar con tranquilidad, acompañado por el adormecedor sonido de las bombas del tambo. Sintió una punzada de culpa, pronto lo vendería. Con el monstruoso impuesto fijado por el gobierno, las ganancias con las que contaba para recuperar las tierras se esfumaban. Saludó a su gente, ellos respondieron con afectuosa sinceridad, ajenos a las amenazas. Volvió a la camioneta sonriendo al recordar que conducía una “todo-terreno”, la excusa elegida por el gobierno para calificarlos: “prósperos”. Encendió la radio mientras fumaba su primer cigarrillo del día. El amanecer se mostró, tímido. Asió el volante con fuerza y se preguntó cuantas vallas derribaría frente a la casa de gobierno antes de ser detenido.

viernes, 21 de marzo de 2008

Ataque

La primera piedra me alcanzó en la oreja. La puntada me recorrió la cabeza. La siguiente imagen que alcancé a ver, mostraba una perspectiva extraña y surrealista. El mundo visto desde el ras del piso. Con la cara pegada al asfalto, sentí como la arenilla de la calle se me incrustaba en el pómulo. La bicicleta había caído más adelante. La rueda aún giraba. Otro impacto me alcanzó por la espalda, justo en el omóplato. Me doblé como un ovillo, para evitar los golpes en la cabeza o en otras partes delicadas. Escuché los gritos desde lejos. Luego unos pasos se acercaron y más piedras me alcanzaron. Tal vez eran más pequeñas o tal vez el dolor me hacía insensible. Un pie descalzo me pateó en el hombro. Llegué a verlo pero nada pude hacer para evitarlo. Alguien me tiró el pelo con odio. Me contraje aún más, listo para recibir otra oleada de golpes. El sonido de la sirena del patrullero me alivió. Con la vista ensangrentada pude ver a varias personas alejarse a la carrera. Cuando los oficiales me arrojaron en la parte trasera de la patrulla, me prometí que nunca más volvería a robar una bicicleta.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Avalancha

La avalancha nos arrastró por la ladera de la montaña. Por fortuna, sólo recibimos un impacto residual. Quedé atrapado bajo un montículo de nieve. Aníbal, tuvo más suerte y sólo sus piernas quedaron aprisionadas. Una de mis manos, la cabeza y los hombros asomaban sobre la superficie. Sólo pude rogar a mi amigo por su ayuda. Luego de liberarse, él se acercó a ver cómo me encontraba. Intentó ayudarme a salir pero no logró moverme ni un centímetro. Cavó un poco con sus manos y encontró una enorme rama de araucaria por encima de mis piernas. Me pidió que lo ayudara a empujar. Necesitábamos mover el tronco para liberar mis piernas. Un ruido sordo se escuchó montaña arriba. Ambos miramos sobresaltados. La montaña volvía a quejarse, lista para descargar su furia. Noté que dudaba. Analizó la situación caminando a mi alrededor. Dio lentos pasos, mirándome indeciso. El viento sopló, gélido. El ruido se repitió. Dejó de dudar y dándome la espalda corrió montaña abajo. Cuando logré liberar mis manos, escuché comenzar la nueva avalancha. Logré protegerme con mi abrigo antes de recibir el golpe. Pocas horas después, los rescatistas me encontraron gracias al transmisor. Aníbal no tuvo tanta suerte.

viernes, 7 de marzo de 2008

Crónicas de un taxista: Secuestro

Hoy cargué a dos turistas en el aeropuerto. Dos gringos. Alemanes, creo. Querían ir al centro. Vienen con los bolsillos llenos de euros y se creen dueños del mundo. ¡Infelices! Ni se imaginan lo que es vivir acá. Creen que todo paseos, estancias y paisajes. No ven la pobreza y a la gente muriéndose de hambre. ¡Estoy harto! Me carcome la mente que no se haga nada por cambiar esa realidad. Por eso preparé el auto para este día. Por supuesto que no los llevé al centro. En cambio, fui al sur, donde la realidad es diferente de lo que ellos esperan. Allí la verdad te golpea en la cara, despiadada. No hay decorados, ni escenarios preparados para turistas. La vieja fue nerviosa desde un principio, como si intuyera algo. El viejo cayó en la cuenta mucho más tarde, pero se puso pesado e intentó ponerme una mano encima. En cuanto le mostré mi .38 se calmó. Nos metimos en una villa de emergencia. En ese momento el terror los desfiguró. Imaginaron lo peor. Al final los dejé en la terminal. Ya habían aprendido. Por mí no me preocupo. Ni el auto ni yo existimos. Segundo capítulo de la serie. Continúa aquí

lunes, 3 de marzo de 2008

El Guerrero

Aullando como chacal, corrió hacia la densa marea de cuerpos. No estaba solo. Junto a él, miles de guerreros de rostro serio y músculos tensos corrían con la vista clavada en el enemigo. Se obligó a dejar atrás el miedo. No existía alternativa, sólo la victoria. Escuchó la orden: Elevar las espadas y embestir. El impacto fue terrible. Los hierros chocaron, desgarrando y cortando. El ruido, tan escalofriante como ensordecedor lo aisló de las órdenes. Se empeñó por sobrevivir. Descargó su furia una y otra vez abriendo una brecha. Llegó a ver a sus compañeros, que aprovechando la revuelta, se colaron por la brecha hasta dividir, rodear y aplastar al enemigo. Horas más tarde, bañados en sangre y sudor se reunieron a regocijarse por la victoria alcanzada. Cientos de muertos y heridos aparentaban ser el saldo del encuentro. Con apenas un corte poco profundo en la espalda se sintió afortunado. Caminando con dificultad sobre el barro sanguinolento, se dirigió hacia lo que quedaba de su brigada. Junto con él, alcanzó al grupo un mensajero. El grueso del ejército enemigo estaba a menos de dos horas de distancia. Con rostros inexpresivos, organizaron su insignificante ejército y avanzaron a enfrentarlo.