sábado, 23 de febrero de 2013

Sexto Sentido

Nunca he sido una persona particularmente intuitiva, pero cuando el tipo atravesó la puerta llenando el espacio con su gigantesco cuerpo, supe que algo iba mal. En realidad no que iba mal en ese preciso instante, sino que estaba a punto de ir mal. Tuvo que agacharse unos centímetros para cruzar y juraría que sus hombros rozaron la madera despintada del marco. La cabeza calva y los brazos como los de un búfalo creaban una imagen como para temer.
Dudé si levantarme o permanecer sentado. Me mantuve inmóvil en el sillón, con las manos aferradas a los apoyabrazos. El televisor desprendía imágenes y sonidos tan distantes que parecían provenir de la luna.
El gigante avanzó unos pasos hacia mi y sentí como si se consumiera todo el oxigeno que me rodeaba. Tuve que esforzarme para empujar una bocanada de aire a mis pulmones. Mantuve la vista clavada en su enormidad.
El cerebro volvió a enviarme algunas señales en un intento por romper el letargo. Ninguna sirvió para generar movimiento. Algunas imágenes atravesaron la bruma. Las carreras. Caballos, perros, ratas y hasta cucarachas. Las apuestas eran algo nuevo, pero con seguridad no durarían. Mis datos no eran buenos y el bookie del barrio no se caracterizaba por su paciencia o delicadeza. No tuve que adivinar lo que sería de mi rótula.

jueves, 14 de febrero de 2013

Cita

Pasé a buscarla en medio de los últimos brillos del atardecer. Esperé paciente junto a la puerta de entrada al edificio. Creí verme bien en el reflejo sobre el vidrio y sonreí. Una salida al cine, pensé que podía no ser gran cosa, pero me pareció más que adecuado. Yo venía de un amargo y doloroso desencanto, ella se dirigía a uno de proporciones bíblicas.
Caminamos durante varias cuadras en silencio, aunque nos conocíamos desde los finales de la niñez. Es posible que ambos contempláramos las posibles consecuencias de esa salida. Por las dudas no lo comenté, bien podría ser idea mía. Forcé algunos temas que deberían haber fluido con facilidad, pero la fricción era casi palpable.
La película no fue gran cosa, diría hoy, aunque en aquel momento me robó una lágrima y me dio un par de estúpidas ideas que nunca funcionarían. Varias veces la miré durante la función. Creo que ella también lo hizo. No atiné a ningún movimiento furtivo, lo que comprueba que siempre he sido un cobarde. Ella tampoco mostró ninguna señal. Esa es mi única defensa.
Terminó la película y caminamos lento por una ciudad gris; fría, como el invierno que se avecinaba. Casi sin pensarlo la acompañé de vuelta a casa, nos saludamos con un amistoso beso sin necesidad de expresarnos lo que ya sabíamos. Yo debía partir en busca de mi futuro, ella en busca de la decepción.

sábado, 9 de febrero de 2013

Heladero


Partimos de San Pedro de Atacama acompañados por los primeros rayos de luz. La mañana fresca del desierto nos infundió el valor necesario para encarar la ruta. Mil ochocientos kilómetros nos separaban de nuestro destino. Muy al Sur, Santiago se veía como un lejano punto en el mapa, o una inalcanzable banderilla en el GPS.
Los primeros cientos de kilómetros rumbo al Oeste pasaron sin mayor dificultad, tal vez porque íbamos rumbo al mar. En cuanto giramos hacia el Sur, sentimos como si el camino se volviera cuesta arriba y fuéramos nosotros quienes impulsábamos el vehículo. Si antes habíamos estado en el desierto, no podía imaginar donde estábamos en ese momento ya que la aridez parecía aún mayor. Nada. No vimos dunas, ni montañas, sólo nada.
Cada "nosecuántos" kilómetros, la ruta abandonaba su peligrosa estrechez para dar espacio a una generosa explanada de descanso. Un artilugio bastante inteligente para no convertirse en parte del paisaje. Luego de unos seis o siete de esos espacios vimos algo que nos quitó la somnolencia del camino recorrido. Parado en medio del área de descanso, cual espejismo, un heladero. Un heladero con todas las de la ley. Con su uniforme blanco, auspiciado por la multinacional de rigor, gorro con logotipo y su conservadora. Nada para objetar, si estuviéramos en una playa o en un ambiente urbano. Pero no ahí, a más de cien kilómetros de cualquier punto en el mapa.
Pasamos junto a él sin siquiera desacelerar. El tipo no hizo señas, sólo nos siguió con la mirada. Ahogué una carcajada y miré a mi esposa con los hombros levantados buscando explicación. No me la dio.  Menos de sesenta segundos después, no soporté la duda y frené la marcha por completo. Giré en "U" sin peligro alguno, sabiendo que la ruta estaba tan desierta como el paisaje. Volví a máxima velocidad hasta lo que parecía un espejismo y me acerqué lentamente. Una vez que me convencí que el tipo no estaba esperándonos para apoyarnos un revólver entre las costillas, detuve el auto a centímetros de la conservadora. 
El heladero me miró con una sonrisa confiada. No parecía asombrado, lo que dado el medioambiente me asombró a mi. Le pregunté que tipos de helados tenía. Me los enumeró con paciencia, señalándolos sobre la cartilla que traía pegada sobre el costado de la heladera de telgopor. Los precios escritos en marcador rojo me parecieron más que razonables. Pedí uno de agua para mi mujer y uno bañado en chocolate para mi. Pagué con el cambio justo y antes de cerrar la ventanilla y acelerar, tuve que preguntarle que hacía en medio de la nada. El me miró sonriente, mostrando varios dientes ausentes y me dijo: ¿Ha visto Ud. algún otro vendedor de helados por aquí cerca?

viernes, 1 de febrero de 2013

Kilómetros

Cuando se terminaron de borrar los flashes de mi retina, y ya la gente comenzaba a retirarse del lugar, caí en la cuenta que en las manos cargaba un gigantesco cheque por un millón de kilómetros aéreos. Me quedé solo en el escenario, con las piernas temblorosas y sin saber que hacer. Una muchacha muy educada me acompañó con gentileza hasta una oficina y me explico que debía devolver el cheque; ella me daría un documento que me aseguraba el premio. Yo me negué educadamente a entregarlo y entonces la chica me explicó que solo se trataba de una cuestión de Marketing. Insistí en que yo no sabía nada de Marketing, pero no me iba sin el cheque. Andaba en una camioneta y no tendría problemas en llevarlo. Al final, perdió la paciencia, me dio el cheque y los documentos. Una firma aquí, otra allá y un escribano legalizó el acto.
Manejé con cuidado, decidido a encarar a mi jefe con la noticia. La oficina estaba como cada día. Los cubículos llenos de gente como yo; aburrida, no tengo por que mentir. Caminé hasta el fondo, a paso rápido. Algunos de los muchachos se acercaron a felicitarme. Las noticias corren rápido en una oficina. Otros solo me miraron sonrientes, asintiendo levemente con la cabeza, pero con la mirada cómplice.
La charla con el gran jefe fue corta y sorprendentemente positiva. Tal vez porque al tipo le gusta viajar más que a Marcopolo, pero ni siquiera tuve que solicitarle la licencia, o mostrarle la carta amenazante de "renuncia" para reforzar mi posición. En cuanto crucé la puerta, se paró para felicitarme y me ofreció una licencia, sin goce de sueldos, claro. Acepté encantado y corrí como un desquiciado por miedo a que se arrepienta.
Volví a casa con el característico cosquilleo en las tripas, propio de enfrentar un extraordinario desafío. Corrí hasta el escritorio y me encorvé sobre las hojas del contrato para estudiarlo. Me salté como pude el palabrerío leguleyo y me fui directamente a lo importante. Cuántos kilómetros y como usarlos. El resto, me pareció innecesario. 
Me conecté a la red y contrario a la costumbre no abrí el Mail, sino que fui directamente al sitio de la aerolínea. Seguí las instrucciones del contrato y activé mi cuenta. Casi perforo la tecla del Mouse tratando de refrescar la pantalla para ver el valor actual. El vacío en el estómago me indicó que era el momento. Un millón. Ni una más ni una menos. 
Saqué del bolsillo el papel con la lista de lugares que cargaba desde que me enteré del premio. Doblado en cuatro partes iguales, contenía la esencia de mis sueños. Un listado ajustado, ordenado y detallado propio los distintos destellos de mi mente organizada. Mis lugares soñados. Clásicos, casi aburridos.
Abrí una planilla de cálculo y cargué las ubicaciones de los lugares que ansiaba visitar, los organicé de acuerdo a la ubicación buscando minimizar la cantidad de kilómetros necesarios para canjear. En una columna los lugares, en la otra los kilómetros. Luego de tres horas me estiré en la silla, a gusto con el resultado. Con casi la mitad de los puntos consumidos, lograba tocar todos los destinos de la lista. 
En otro arranque de imprevisibilidad, volví a la ventana con la página de la Aerolínea e intenté canjear el primer tramo. Mi absoluto desconocimiento sobre el tema me permitió completar con la fecha más simple de imaginas. De inmediato. Como no había disponibilidad, volví a probar con el día siguiente. No me sorprendió en ese momento que hubiera un lugar disponible. Supuse que viajar solo hacía más fácil encontrar un lugar libre. Narcotizado por la facilidad de la compra, me dejé llevar y completé la reserva del recorrido tal como lo imaginaba. El cuerpo me tembló por tan solo pensar en que viajaría en avión por primera vez. 
De pronto me di cuenta que restaban doce horas para la salida del vuelo. El viejo “Yo” retomó el control. Comencé a preparar la valija; algo de ropa. Sólo lo necesario. Ni un solo espacio libre, de acuerdo a las recomendaciones que encontré en línea. Consulté otra vez la impresión recién hecha con las instrucciones respecto al equipaje. Dos bultos de veintitrés kilos. Uno más de lo que necesitaba. La idea era viajar ligero. Lo necesario para moverme rápido y sin demasiadas restricciones. Un bulto de mano, podría ser una mochila. La cámara de fotos y un par de cosas de primera necesidad, más que suficiente.
Dormí inquieto. Tal vez por el nerviosismo de mi primer viaje internacional, o tal vez sólo por romper la rutina. Desperté diez minutos antes de lo normal, aun quedaban algunas cosas por organizar. Revisé la cámara de fotos, funcionaba bien. Cargué varias tarjetas de memoria. Después de imprimir los tickets electrónicos de la aerolínea, caminé unas pocas cuadras hasta el banco y retiré de mi cuenta parte del dinero que precavidamente había logrado reunir gracias a una vida austera. 
La mañana se me deshizo en jirones y el mediodía casi me toma por sorpresa mientras aseguraba los hoteles para los primeros destinos. El resto los haría durante el viaje, aunque me costara una úlcera. Corrí al aeropuerto después de dejarle las llaves de la casa a un vecino y prometerle llamar de vez en cuando para confirmar que todo estaba en orden. Pasé los controles de rutina sin mayores sobresaltos y esperé con ansias el poder montarme en uno de esos cacharros. La realidad fue menos idílica que la imaginación, como de costumbre. Un cosquilleo en el estómago y allá fuimos, estábamos en el aire. Un vuelo sin sobresaltos. Un vuelo tranquilo.
A partir de ese momento, la realidad se convirtió en una suerte de sueño, enmarcado en datos e imágenes que sólo a lo largo del tiempo lograré descifrar por completo. Un poblado de piedras abandonado, una ciudad de islas y canales, pirámides en medio de la selva o rodeadas de arena, un anfiteatro en ruinas, una torre en simetría, una catedral de infinitas  caras, islas de agua transparente, extensas piscinas de reflejos barrocos y una isla de acero y vidrio.
Volví tres meses más tarde, mareado por una experiencia sin igual y por el torbellino de recuerdos. Sin avisar a nadie, me recluí en casa a descansar. Dormí cerca de catorce horas corridas, sin siquiera abrir los ojos. El primer descanso real en mucho tiempo. Desperté aturdido, sin saber dónde estaba, confundido por la oscuridad de la habitación y despistado después de haber recorrido tantas habitaciones y horarios. Finalmente estaba en casa. A salvo y lleno de recuerdos.
Con cierto pesimismo y el presagio de una catástrofe certera, busqué el bolso de la cámara, convencido que cuando intentara recuperar las fotos, ninguna tarjeta sería legible y así el cúmulo de recuerdos que entonces me superaba se desvanecería como arrastrado por la corriente de un río invisible. Como ocurrió durante todo el periplo, la desgracia que intuía no se concretó y una vez más, quedé sorprendido y aliviado. Las miles de fotos se descargaron cual cascada multicolor. Diversos ángulos, diversas combinaciones de aperturas y velocidades, diversos filtros, diversos horarios e iluminación para los mismos sujetos. Lo que fuera por asegurar un puñado de fotos perfectas.
Pasé el día encerrado. Leyendo algunos mails y organizando la monstruosa cantidad de imágenes. Las que contenían algún defecto insalvable, cayeron bajo el poder de mi dedo sobre el temido “delete”. El resto quedaron en espera de ser revisadas, retocadas y mejoradas. No hubo otra actividad ese día. No hubo llamadas telefónicas ni otro comportamiento social. Sólo vagué por la casa envuelto en una niebla de irrealidad. No pasaron muchas horas hasta que el sueño finalmente me venció.
La mañana siguiente fue diferente. Me desperté en cuanto asomó el sol, lleno de energía, centrado y enfocado en lo que seguía a continuación. Me senté frente a la computadora y me zambullí en la cuenta online de la aerolínea. Leí algunas líneas y al final encontré la opción para cancelar la cuenta. El sistema insistió en que revisara antes de borrar la cuenta. “Aparentemente quedan algunas kilómetros en la cuenta”. Ya lo creo, pensé con una sonrisa. Como medio millón. Hice click en “Aceptar”. Una ducha rápida y me vestí formal. Conduje hasta el la oficina y comuniqué mi retorno definitivo.