lunes, 23 de mayo de 2011

Adiós Nonino

Inmóvil en el vano de la puerta maldije lo indigno de la vejez; tal vez por sentirla serpentear tan cerca esta vez o tal vez porque no pude evitar el impacto. Con los ojos empañados crucé la puerta, tratando de reconocer a ese hombre imponente que guardaba en mi memoria dentro de ese cuerpo marchito.

Sus ojos lechosos tardaron en enfocarme, en distinguirme tras los velos del pasado y por un instante pude verlo sonreír. La mente aguda le obligó de inmediato a plantear las preguntas de rigor. Salud, trabajo y familia. Ninguna enfermedad lo alejaría jamas de sus modales de la vieja escuela italiana.

Traté de ocultar mi propio dolor tras un muro de optimismo y planes que ambos sabíamos que jamas se cristalizarían. Hablamos sobre esto y aquello. Sobre lo que fue y lo que podría ser. Hablamos de sus bisnietos, de sus nietos y sus hijos. Hablamos. Bromeamos.

Traté de recordar si alguna vez le había agradecido, pero pronto me di cuenta que hay cosas que jamas podremos agradecer. Me costó tanto quedarme como decidirme a salir de allí. Tal vez por el dolor, o tal vez por saber que se trataba de la ultima vez que lo vería.

domingo, 8 de mayo de 2011

Crónicas de un Taxista - Anotación

Podría decir que esta mañana tuve un presentimiento al levantarme, pero mentiría. Salí a trabajar como casi todos los días. Tipo una de la mañana subí a un muchachón con cara de recién soltado.

Cumplió la rutina al pie de la letra y me pidió que lo lleve para el sur, más allá de la circunvalación. Le dije que iba a usar un atajo y ni pestañeó. Mi idea era evitar los controles policiales. Sabía que estaba armado, por lo que repasé cuidadosamente los detalles de mi plan. Cuando atravesamos la oscuridad y con un movimiento coordinado, apagué las luces del auto, clavé los frenos y le puse la .38 en la panza. Le aconsejé que no respirara.

Lo bajé del auto, saqué los dos ladrillos huecos y la pelota del baúl. Sin dejar de apuntarlo, acomodé los dos hormigones a buena distancia y le indiqué al maestro que se pusiera entre medio. Le expliqué que si me atajaba el penal, se salvaba y me miró como si yo estuviera loco.

Apunté sin tomar carrera. Un buen zapatazo y la pelota se coló por debajo de su brazo. Me acerqué mientras aún estaba en el piso y cumplí mi promesa.

domingo, 1 de mayo de 2011

Veredicto

Llegué a las nueve en punto, conforme a lo previsto. El tribunal de las hormigas ya estaba reunido, esperándome en lo profundo de la caverna. La Reina, presidía la sesión rodeada de una cohorte generales. Se me acusaba del peor crimen cometido por un extraño a la colonia. “Patear un Hormiguero con Alevosía” según lo presentó el implacable fiscal. Le tomó apenas treinta segundos abrir y cerrar el sumario. Impecable, debo confesar.

Me sabía culpable de todo lo expuesto, por lo que opté por no testificar. No tenía mucho que agregar, excepto para empeorar mi situación.

Unas cincuenta mil hormigas disfrutaban de la función de su vida. Los integrantes del tribunal emitieron sus opiniones mediante una extraña combinación de señas ejecutadas con las antenas y esperaron por veredicto de la Madre de la colonia. En total, el juicio duró menos de un minuto.

La reina se paró en sus patas traseras y me apuntó con las cuatro restantes. Culpable, me declaró sin rastro de piedad. La sentencia: entrega diaria de hojas frescas, azúcar y chocolate para las generaciones venideras. Dos mil quinientos cincuenta y siete entregas. Siete años a su servicio.