domingo, 29 de marzo de 2015

Ingenio


Consciente de los riesgos, solo dedicó unos pocos minutos por día a la tarea. El tiempo no tenía sentido.
Las herramientas con las que contaba no eran las mejores, pero estaba decidido a compensar con ingenio lo que le faltara. Una computadora de más de quince años, un editor de gráficos para niños y un acceso a la terminal vía linea de comandos serían sus únicas armas. Un año de lectura previa sobre protocolos de red, paquetes de datos y vulnerabilidad de los sistemas operativos constituirían la fase de preparación del proyecto.
Le tomó una semana conseguir romper las barreras de seguridad y colarse vía lineas de comandos a la internet. Otra semana le tomó conseguir un par de logotipos y sellos digitales para utilizar como referencia. La tercer semana fue necesaria para editar las imágenes de manera convincente. Casi a un mes de iniciado operación, se sintió conforme con el trabajo terminado.
Se coló en internet una vez más, creó una casilla de mail de apariencia sólida y envió su creación. A partir de allí solo quedaba esperar.
Los días comenzaron a pesarle por primera vez. La espera le roía el estómago. A finales de la tercer semana de vigilia, un torbellino lo envolvió. Un grupo de guardias se le acercaron con cara de pocos amigos y lo sacaron de su celda con cuidada rudeza. Le entregaron algo de ropa para que se cambie y lo acompañaron hasta la puerta, entregándole una copia de la carta liberación recientemente firmada por el juez.

viernes, 27 de marzo de 2015

Viajante - Zapada


Otro viaje de catálogo. Otro recorrido interminable de sonrisas de papel continuo. Una canción que se repite una y otra vez con esa alienante sensación de perpetuidad. Sólo las pocas notas que desafinan le dan un sentido de cierta esperanza y son más valiosas que los diamantes.
Fue en algún lugar de Tucumán. Una parada sanitaria en medio de la nada. Un viejito me miraba desde atrás del alambrado. Tez trigueña, cansado, desgastado de vivir. Sostenía una herramienta que a la distancia parecía una zapa. Inmóvil. Me miró a los ojos, luego pestañeó y continuó golpeando la tierra a ritmo lento pero constante. Ignorándome.
Estaba a punto de volver al auto, cuando noté que el hombre estaba zapando un terreno que por lo menos tenía una hectárea. Solo, en un campo tan pelado y estéril como la luna. 
Caminé por entre unos pastos secos al costado del camino y me acerqué. El hombre seguía golpeando la tierra a unos veinte metros del alambre. Alcancé a ver que seguía una línea bien definida. Gran parte del terreno estaba marcado por las lineas.
La curiosidad ganó y avancé con la mano levantada en saludo campestre. Más preocupado por no recibir un tiro que por ser educado. Como a cinco metros me detuve y lo saludé a viva voz. Se detuvo y me miró con curiosidad. Avancé otro paso y luego del tercer saludo, le pregunté si podía preguntarle en que trabajaba. 
“No estoy trabajando, Señor. Soy Jubilado. Digamos que estoy matando el tiempo. Tal vez Usté no lo ve, pero... ¿Sabe la bronca que se van a agarrar los tipos esos del Gugle cuando lo vean?"

domingo, 22 de marzo de 2015

El Hombre Gelatina



Los albores de un gran día se perfilaban con claridad. El tipo que pronto sería mi jefe acababa de hacerme una oferta. Las dudas, si las había, se terminaron en cuanto lo expresó en simples números. No pude negarme. Mientras me acompañaba hacia la entrada, recibió un llamado y se detuvo pensativo. Con tres dedos me indico que me detenga. Lo hice. Su rostro cambió. “Acompañame” me dijo apurando el paso.
El llamado era de la compañía de celulares. El teléfono que acababan de robarle estaba en el predio. Posiblemente en el portón de acceso. Caminé al lado de mi casi-jefe, un paso detrás a la derecha en señal de apoyo. El tomó el teléfono y marcó en un movimiento rápido. Un instante después nos paramos junto al guardia del ingreso. Luego de una espera que pareció eterna, el teléfono comenzó a sonar en el interior de la oficina de vigilancia. Una chillona melodía salida de las peores influencias de la cumbia inundó el lugar.
Aproveché mi tamaño y avancé un paso más como para cubrirle todo la visual al guardia y el Gerente entonces le disparó una estocada. “Dame el teléfono. Ahora.”
Si pestañear, el pobre tipo comenzó a mutar de color de trigueño hacia el blanco. No de golpe, sino en rítmicas pulsaciones. Metió la mano en el bolsillo y sacó un smartphone tan nuevo que aún conservaba los plásticos protectores. Lo tendió a modo de ofrenda. En cuanto el jefe le sacó el aparato, se quedó con la mirada perdida. El blanco se tornó de golpe en ceniza y los ojos se le fueron hacia atrás cual zombie. De inmediato y como en cámara lenta, el cuerpo se le comenzó a aflojar, como si su interior se licuara. Su cabeza se inclinó a la izquierda y el resto la siguió hasta que el craneo impactó con el filo del escritorio. El ruido sordo pronosticó que algo se había roto. Supuse que el escritorio.
Ya en el piso el vigilante temblaba. Si estaba actuando, era un gran candidato al Oscar. Con dos pasos y un rápido movimiento le apliqué una maniobra fruto de años de entrenamiento en seguridad.
Minutos después el tipo estaba recuperado y con el Escribano junto a él. Si de sumas y restas se trata nuestra vida laboral, diría que mi primer intervención con el "Hombre Gelatina", me valdría los puntos que con seguridad restaría mas adelante.