martes, 26 de febrero de 2008

Crónicas de un taxista: Encuentro

Hoy por poco me descubren en un control policial. Varios taxis esperaban ser requisados en las afueras de la ciudad. Mataron a otro taxista. Ahora les agarra la urgencia. Aunque duran unos días, luego la policía se olvida y abandonan hasta el próximo asesinato. Aunque tenía mi documento en regla, me sentí un poco nervioso. Algo podía salir mal. Por la obligación de llevar las luces interiores encendidas, desde afuera podían vernos a la perfección y pude percibir al taxista de atrás con los ojos clavados en mi. Noté una fina película de sudor en mi frente. Para completar el cuadro, los policías bajaron al pasajero del taxi de adelante. El pobre imbécil era portador de cara de “negrito peligroso”. Le pidieron su documento. Mientras esperábamos, el “tachero” de atrás se bajó del auto. En ese momento, liberaron al taxi de adelante y fue nuestro turno. Luego de algunas preguntas nos dejaron seguir. Al mismo tiempo, el taxista que seguía parado detrás del taxi se acercó a la policía señalándonos. Aceleré a fondo, dejé rápidamente al pasajero, me apresuré a cambiar el auto y las matrículas. Vivir y trabajar en la ilegalidad tiene sus riesgos. Primer capítulo de la serie. Continúa aquí

domingo, 17 de febrero de 2008

El viajante

Aceleró más allá del límite de velocidad. La soledad de la ruta lo aburría. Ajustó la radio tratando en vano de encontrar otra emisora. La oferta de FM en el interior de San Luis era tan reducida como deprimente. Alcanzó casi el doble de la velocidad permitida. Buscaba otro auto para establecer lo que llamaba: “Relación de Ruta”; encontrar un vehículo para seguir pegándose a su cola y utilizarlo como guía. Le servía para conocer las características del camino y sobre todo, para controlar su propia velocidad. Ni una sola luz a la vista. Se sorprendió al descubrir un par de luces acercándose desde atrás, acechantes. Los dos ojos brillantes se ubicaron a una distancia prudente, manteniéndola por varios kilómetros. Odió al otro conductor por utilizar su propia estrategia. En varias oportunidades aminoró la velocidad para dejarlo pasar, pero el otro auto mantenía la distancia. Minutos más tarde, malhumorado y maldiciendo por lo bajo colocó las balizas y detuvo el auto. Finalmente, el vehículo que lo seguía se aprestó a superarlo a muy baja velocidad. Se sorprendió al ver que se trataba de un auto igual al suyo y se horrorizó al ver que llevaba la misma matrícula.

Desesperación

Caminó nervioso alrededor de la mesa por cinco minutos. Miró el reloj y tomó asiento frente al televisor encendido. Sabía que llegaría tarde al trabajo, pero no le importó. Aún no se había vestido. No podía abandonar su casa sin la información. Las vacaciones se aproximaban. Un día más y se vería obligado a interrumpir su rutina. Pocas cosas lo ponían más nervioso que las alteraciones a la rutina. Si no lo obligaran, elegiría no tomar vacaciones. Ni enfermo faltaba a trabajar. En quince años sólo había faltado una vez, cuando lo internaron por apendicitis. Continuó paseando desnudo por la casa, perdido y alterado. La información no llegada. No podía salir de la casa sin ella. ¿Cómo iba a dejar así su hogar? Se preguntó. ¿Cómo encarar el inicio del día si nada sabía? ¿Cómo podría tomar las más mínimas decisiones si no contaba con datos? Quince minutos después comenzó a desesperarse. Nunca había ocurrido algo parecido. Sintió como regresaba el casi imperceptible espasmo en su ojo derecho. La crisis nerviosa se aproximaba. Las señales eran claras. Volvió a la computadora. Con las manos temblorosas, guió el mouse hasta el botón “Recargar esta página”. Google seguía fuera de línea.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Mirada

En cuanto me miró de esa manera, supe que todo había terminado. Ninguna relación puede soportar esa gélida y oscura mirada. Apenas si logré mantener la vista vuelta hacia el piso. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos, impacientes por fluir. Las palabras abandonaron mi boca, temerosas de no encontrar respuesta. Si al menos hubiera dicho algo. Quizás, podría haberme defendido con algo de dignidad. Pero nada. Ni una palabra. Ella sólo se mantuvo inmóvil, con sus ojos clavados en mí. Los brazos cruzados a modo de protesta silenciosa y una rígida mueca burlona. Apenas pestañeaba. Continué observándola con detenimiento. Tan hermosa como recordaba. Largos cabellos dorados y un cuerpo envidiable. Su piel joven resplandecía en la penumbra, apenas iluminada por el velador. Maldije mi estupidez y debilidad. Maldije por no haber sido más cuidadoso y responsable. Mi adormecido cerebro buscó infinitas excusas, una más inverosímil que la otra. Por lo general, me jactaba de ser bueno para salir de momentos incómodos, aunque esa parecía la excepción que confirmaba la regla. Respiré hondo. Entonces cometí el último error, la payasada final. Aún desnudo sobre las sábanas, esbocé un triste: “Te juro que es la primera vez que me pasa”.