viernes, 30 de mayo de 2008

Silencio

Hoy me quedé mudo; y no hablo de manera figurativa. Mudo. No puedo hablar. Me tomó un rato advertir lo que ocurría. Cada vez que intentaba hablar, mi boca se habría y un sonido gutural brotaba desde lo profundo. Ni una palabra. Supuse que para el mediodía mi problema se corregiría por lo que no busqué ayuda. Me prometí hacerlo para la tarde si seguía igual. Almorcé en mi habitación. Carne al horno con puré. Riquísimo, no hay nada como el puré de papas y calabaza. Dediqué un par de horas a la lectura. Disfrutando del silencio. Como de costumbre la lectura me dio sueño, por lo que dediqué la siguiente hora a dormitar. No logré quitar las preguntas de mi mente. Infinitas interrogantes me atormentaban, arremolinándose. A media tarde salí a caminar por el parque. Para evitar el mal momento y la vergüenza, evité a todas las personas que crucé. Me resultaría difícil de explicar. Al final de la tarde corrí a ver al médico, preocupado. El me hizo una serie de pruebas simples. Escuchó aquí, golpeó allá y al final sólo dijo: “No te preocupes, únicamente es un efecto secundarios de los electrochoques. Esperemos unos días. Pasará.”

domingo, 25 de mayo de 2008

Calavera

Caminó lentamente sobre el piso de madera sosteniendo el cráneo entre sus manos. Lo observó detenidamente, como intentando escudriñar los secretos de su propietario. Dejó la calavera sobre una pequeña mesa; se alejó un paso y agachándose se ubicó a la misma altura del objeto que lo obsesionaba. Observó las cuencas, vacías y oscuras. En ellas podía estar la respuesta que buscaba. En ellas pensaba encontrar el valor que necesitaba. Frunció el entrecejo, esforzando la vista y su imaginación, pero sin resultado. El color del hueso llamó su atención. Decolorado y desgastado por el tiempo. Pensó en la causa de la muerte, intrigante como la parca misma. Notó que los pómulos se veían más generosos de lo normal. Circuló a su alrededor, cargado de preguntas e indecisiones. El futuro estaba al alcance de su mano aunque no se sentía en condiciones de aprovecharlo. Volvió a tomar la calavera en sus manos y lo tomó con fuerza por detrás de la nuca. Lo apretó con fuerza como si fuera capaz de hacerlo estallar. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, el calor subió por su pecho. No podía recordar la letra. Maldijo a Shakespeare y a Hamlet por el tormento.

sábado, 17 de mayo de 2008

El Hechicero

Onzo revisó sus frascos de arcilla en busca de los últimos ingredientes. Según su experiencia, no estaba lejos de obtener la pócima que buscaba. El Rey sufría de una molesta enfermedad. Como consejero y hechicero real, había recomendado al Rey que lo mantuviera en secreto, para evitar que sus enemigos o los nobles traidores aprovecharan el momento. Oficialmente, el monarca se encontraba en los bosques reales de cacería. Volvió a mezclar, dejándose envolver por los densos vapores. Le llegó un dejo a hierbas silvestres. Sólo le faltaba agregar su nuevo descubrimiento. Una pizca del polvo amarillento sería suficiente para la prueba. Llamó a uno de los guardias reales y lo invitó a beber del cuenco. El viejo guerrero bebió sin mucha convicción, pero leal hasta el último aliento. Onza fue a visitarlo al día siguiente para ver cómo se sentía. No sólo estaba bien, sino que decía sentirse mejor que nunca. Agregó otra pizca y volvió a llamar al guerrero. Los resultados se repitieron y dos días después corrió junto a su Rey para entregarle el remedio. A la mañana siguiente, los guardias hallaron al viejo guerrero tieso y grisáceo, tan lejos de la vida como una roca.

sábado, 10 de mayo de 2008

Crónicas de un Taxista: Cacería

He visto documentales sobre cazadores, pero nunca pensé que sería tan difícil de reproducir en la vida urbana. Decidí recorrer las calles por las noches. Me movía despacio, como una vieja y cansada gacela. Pero el señuelo no funcionaba. Fue una buena manera de hacer dinero. Al tomar los viajes que el resto de los taxistas desprecia me encontré cubriendo un enorme mercado insatisfecho. Guiándome por la cara, lo reconozco, subí a una pareja a eso de las 4:00am. En cuanto me dijeron que iban “a la zona” de Villa Allende supe que era el momento. La falta de precisión era una clara señal. Nos adentramos en un vecindario peligroso y me decepcionó ver que él sólo sacaba un cuchillo. En cuanto lo apoyó sobre mi garganta activé el dispositivo. Con un agudo silbido, la cuerda aprisionó la mano del tipo alejándola de mi piel, como en los ensayos. Casi al mismo tiempo, apunté mi .38 especial. Se horrorizaron cuando les tomé la fotografía. Luego de amenazarlos con terribles torturas, los dejé desconcertados en un descampado fuera de la ciudad y corrí a casa a publicar sus rostros en mi nuevo sitio web para taxistas. Cuarto capítulo de la serie. Continúa aquí

domingo, 4 de mayo de 2008

Reacción

El Centro Comercial había quedado en penumbra. Un creciente murmullo surgió desde lo profundo. Dejé de caminar, preguntándome por qué no se encendían las luces de emergencia. Escuché a padres desesperados llamando a sus hijos. Algunos niños lloraban. El grito se oyó muy cerca y un frío glaciar comprimió mis entrañas. Por instinto, giré para encontrar el origen del sonido. Vi sombras que corrían sin dirección. Entonces, otro grito, aún más fuerte. Muy grave me llegó a lo lejos. Yo seguía sin moverme. Brazos, manos y codos me golpearon. Otra serie de gritos se desató, cada vez más fuertes. Pánico. Corrí sin dirección, sumergido en la marea humana. Fui arrastrado. Caí al piso. Intenté protegerme sin éxito. Me pisaron, patearon y golpearon. Me arrastré dolorido hasta una pared. El ruido era ensordecedor como el de un avión. Podía sentir el calor de los cuerpos y el hedor del miedo. En posición fetal, esperé. Los gritos continuaban cada vez más desesperados y los cuerpos caídos se amontonaban junto a mi. La desesperanza se adueñó de mi. La luz regresó. En cuanto comprobamos que sólo fue ataque de pánico colectivo; nos alejamos avergonzados, mirando hacia abajo y organizando torpemente nuestras ropas.