miércoles, 4 de noviembre de 2015

Sitio



Comenzó como una mañana tensa antes de devenir en un infierno. Habíamos vivido una noche de violencia y salvajismo en la ciudad durante una protesta policial. A mitad de la mañana, algún grupo de genios decidieron que la escalada social era incompatible con el trabajo normal. Es así como después de consultar vaya a saber quién, decidieron liberar al personal de la planta para que vuelvan a su casa. Muchos estaban preocupados, otros expectantes.
El éxodo comenzó casi media hora mas tarde. Los primeros salieron apresurados, tal vez más por las ganas de abandonar el trabajo que por ir a cuidar de los suyos. Un grupo de trabajadores fue enviado a cerrar los portones del fondo, se corrían rumores de algunas industrias siendo saqueadas. Corrí detrás de ellos para confirmar el cierre. Dos de tres portones ya estaban asegurados, pero mientras ponían las cadenas en el tercero la cara de uno de los muchachos se volvió de cera. Trabaron la cadena como pudieron y corrieron en la otra dirección. Pasaron a mi lado y uno de ellos alcanzó a balbucear: “Se metieron… Son un montón.” No lo dudé. Sabía lo que tenía que hacer. Corrí unos pocos pasos hasta una columna señalizada en rojo y bajé la pequeña palanca. La alarma de emergencia se activó con un chillido ensordecedor.
Corrí rumbo al centro de la planta y pude ver que los operadores aceleraban el paso. Fieles al entrenamiento, seguían en orden los caminos previstos. Un dejo de satisfacción me invadió. Al menos algo habían aprendido. Llamé al Gerente de Recursos Humanos y le pasé la novedad. Mi recomendación: desalojar el sitio de inmediato. Traté de mantenerme calmo, pero estoy seguro de no haberlo logrado.
Apuré el paso para comprobar que las oficinas estaban desiertas. Dos rezagados juntando papeles de los escritorios. Tuve que aclararles que no era broma y se rajaran de una vez.
Troté por las escaleras de regreso a la planta. El último grupo salía cual manada compacta rumbo al estacionamiento. Al encarar el pasillo de salida, otro grupo de rezagados salió del baño a la carrera. Confirmé con ellos que eran los últimos y salimos juntos.
A mitad de camino rumbo al estacionamiento, una imagen propia de película y no de otro día en la industria. Dos directivos, que guiándome por el lenguaje corporal, estaban arreando a la gente hacia el estacionamiento pidiéndoles que tomen los autos y salgan de inmediato. Al mismo tiempo alcancé a ver que un grupo de unos treinta o cuarenta empleados desviarse de su camino de salida y tomar rumbo a sector trasero de la planta, a donde calculé se había producido el ingreso de los saqueadores. A la carrera, se agachaban recogiendo piedras, palos y hasta algún caño de más de un metro. Corrí endiablado hacia ellos, buscando frenarlos antes que alguien termine herido. A metros del grupo, alcance a escuchar a uno de los supervisores de producción gritando “Son nuevo o diez pendejos… ¡¡¡Vamos a darle maza!!!” Y así fue. Uno de los cacos que se estaban intentando meter por los portones cerrados se comió un piedrazo en la espalda. A otro, un palo le pasó a centímetros de la cabeza. Al parecer su batería de heroísmo tenía poca carga porque de inmediato corrieron como niñas rumbo al agujero que habían hecho en el alambrado perimetral.
Los gritos de victoria se hicieron sentir como si de los All Blacks se tratara. Me sonó a una estupidez digna de terminar en tragedia. Más desorientado aún me sentí cuando en la retaguardia, (claro) del pelotón alcancé a ver al Director General con un palo en la mano. Lejos de la acción, pero cual agitador callejero. Alguien gritó: “No les vamos a regalar la planta… Nos quedemos!”. Otra señal de alarma se activó en mi cabeza.
Durante unos segundos no supe bien que hacer, me quedé enredado entre correr a buscar un palo, o cumplir con mi función y desalojar el establecimiento. Aún dubitativo me acerqué al grupo de avanzada y traté de convencerlos en que no debíamos exponernos. La adrenalina les impidió siquiera considerarlo. En el otro extremo del predio, los autos salían en aparente sincronización. A mitad de camino, un grupo bastante numeroso de unos cuarenta o cincuenta personas dudaba entre correr a los autos o esperar y ver como seguía la historia.
Los gritos y las corridas comenzaron a sucederse. Unos que intentaban poner algo de cordura, otros que querían salir a matar a quien se acercara al alambrado. No se cuento pasó entre las primeras corridas y las piedras voladoras, pero el primer cascotazo cayó en medio del grupo que había repelido el ingreso. En una explosiva corrida, el grupo se puso a una distancia razonable para evitar ser alcanzados.
Pasaron unos pocos minutos y lo que ya parecía surrealista se convirtió en terrorífico. Como por arte de magia, los cinco muchachitos se multiplicaron en un malón de incontables malandras que parecían nacer de todos los pastizales que rodeaban a la cerca. La situación se tornó en peligrosa. El perímetro se fue poblando de personajes más parecidos a los piratas de Mompracem que a vecinos preocupados por las situación social. Algó pasó, y lo que parecía una curiosidad se convirtió en algo peligroso. Un facción del grupo de agresores se comenzó a mover, rodeando la planta, rumbo al ingreso y al estacionamiento. Juraría que eran al menos unos cuarenta. Palos en las manos, las caras parcialmente cubiertas más sus clásicas gorritas. Miré las puertas a lo lejos y como era de esperar, los portones estaban completamente abiertos para permitir la salida masiva de autos. Vi a uno de los directivos correr al puesto de Guardia. De inmediato uno de los guardias salió corriendo con una cadena mientras los portones se iban cerrado impidiendo la salida de aquellos aún permanecían en la planta. El vigilante pasó la cadena y ajustó el candado, como para darle una protección adicional a las instalaciones. De esa manera, nos encontramos oficialmente sitiados.
Alguien se le ocurrió que en represalia por no poder ingresar, los malvivientes nos destrozarían los autos arrojándoles piedras por sobre el alambrado. El comentario corrió como un virus y de inmediato los que aún quedábamos corrimos a poner nuestros autos a resguardo. En una operación que pereció ensayada, unos treinta autos fueron trasladados desde el estacionamiento hasta los límites del edificio, poniéndolos en círculo cual barricada, lo que por un instante me transportó a las películas de cowboys y sus pintorescas carretas.
Una cascote de cemento me sacó del ensueño, golpeando un metro más adelante y dejando una lluvia de pequeños fragmentos. Los gritos eran interminables, las corridas también. El alambrado pareció poblarse. Como en una película de zombies, los delincuentes aparecían de la nada, de entre la maleza. No quise calcular el número y mucho menos las consecuencias de un potencial ingreso masivo. Otro grito, esta vez bien definido. Un grupo de defensores se corrió hacia el fondo del predio, sin organización alguna y con armas improvisadas a la carrera. Otro intento de ingreso por un corte en el tejido, un tipo ya asomaba la mita del cuerpo a través del alambrado. La sorpresa me la dio una sombra que pasó a mi lado a máxima velocidad rumbo al lugar del ingreso. Un directivo francés, de impecable camisa rosada y corbata, perfectos pantalones de vestir y zapatos puntiagudos de diseñador, con un caño de 3/4 de pulgada de más de un metro en la derecha y una piedra en la izquierda. Se acercó a poca distancia de lugar por donde ya había como cuatro o cinco muchachos con caras tapados. El francés cambió de mano la piedra y lanzó un gancho perfecto alcanzando a uno de los delincuentes en el hombro y revolcándolo por el piso. En respuesta, los atacantes lanzaron una andanada de piedras y palos. Pude ver la trayectoria exacta de una de las piedras, pasando apenas a un par de centímetros de la perfectamente rasurada cabeza del francés. Intenté imaginarme como sería explicar a la casa matriz entre reportes y teleconferencias, como uno de sus compatriotas había terminado con el cráneo fracturado por una piedra. Un frío pegajoso me corrió me corrió por la espalda.
En un destello de loca genialidad, se me ocurrió usar el equipamiento anti-incendios como medio de defensa. Funcionó. En cuando la manguera de 2 pulgadas comenzó a escupir parte del millón de litros que almacenamos en el tanque, el resto de los saqueadores pareció encontrar una buena excusas para mantenerse afuera del perímetro. Algunas piedras y un desequilibrio numérico permitió a ahuyentar a los pocos que habían logrado entrar.
Minutos después volví a ver al francés. Sus ojos mostraban aún cierta exaltación, se lo veía nervioso. No paraba de caminar de un lado a otro. Su camisa mostraba aureolas de transpiración y parecía disfrutar en cierta forma de la situación. No era mi caso.
Los minutos fueron acumulándose hasta sumar horas. Varios intentos de ingreso fueron controlados y cada uno de las llamados que hicimos a las fuerzas de seguridad resultaron en un enorme fracaso. Nadie vino. Seguimos las noticias en nuestros teléfonos y con las radios de los autos, como aquellos domingos de la infancia donde nos sentábamos a escuchar los partidos de fútbol, imaginando el campo y las gambetas.
Durante la tarde, un grupo de policías salió festejando de su acuartelamiento porque finalmente, habían conseguido poner de rodillas a al gobernador y así sumar unos pesos extras. En minutos, la ciudad se fue poblando de patrulleros como si cayeran del cielo. Tardó un buen rato, pero finalmente llegaron a nuestra zona y como por arte de magia, los buenos vecinos que nos habían sitiado desaparecieron en un instante.
Algún figurín corporativo trató de convertir el triste evento en un triunfo motivacional, recalcando lo importante de la unidad entre pares en defensa de la fuente de trabajo, sin entender que es natural convertirnos en hermanos de sangre ante verdaderas amenazas. Lo que no tuvo en cuenta es que ni bien la humareda de los saqueos se disipó, volvimos a buscarnos las yugulares en enfrentamientos estériles.

sábado, 4 de julio de 2015

El Ladrón de Almohadas


Superar la seguridad del barrio me toma cerca de diez minutos, la de la casa no más de cinco. La ausencia de perros hace el trabajo más fácil y relajado. Una vez adentro, un gato sale a mi encuentro con desgano, pero en pocos segundos pierde el interés y desaparece detrás de un sillón.
La casa está en penumbras y así seguirá. Las gafas de visión nocturna me permiten avanzar sin llamar la atención de los guardias o vecinos curiosos. Camino con cuidado hasta las habitaciones. Tal como lo espero hay tres. El primer dormitorio me muestra el contenido clásico de un niño de nueve o diez años. Juguetes regados por el piso y una computadora sobre un diminuto escritorio. Quitándome la mochila me siento sobre la cama, con cuidado. Me toma apenas unos segundos, en una maniobra muchas veces practicada, desplegar la bolsa transparente. Sin quitarme los guantes de látex reforzados, tomo la almohada de la cama revuelta y la coloco en la bolsa. Con el dispositivo que traigo colgando al costado de la mochila, contraigo y sello al vacío la bolsa con un imperceptible silbido. El marcador indeleble me ayuda a clasificar el trofeo. “NO - 7.10 - BP”. Listo la primera.
Cambio de habitación. Esta familia es de manual, por lo que me encuentro con un super-ordenado cuarto de niña. Por las muñecas y juguetes le calculo unos seis o siete años. Quito el iPad de la niña de la cama y lo dejo sobre la mesita de luz. Repito el procedimiento. “NA - 5.7 - BP”. Listo la segunda.
Próxima parada, la habitación de los padres. El espacio es mucho mas grande, una cama king y un sofá de dos cuerpos. Imagino que en los cajones encontraría valiosos tesoros. Sonrío al pensarlo, pero me concentro solo en los tesoros que me interesan. Empaco las dos almohadas de la pareja. “AdC - 30.40 - BP” y para finalizar etiqueto: “DO - 40.50 - BP”.
Con cuatro piezas comprimidas en la espalda me convierto en sombra para desaparecer del barrio. A unas cuadras aprovecho al girar la esquina para invertir la campera y cambiar de color la vestimenta. El auto, anónimo e indistinguible me espera a pocas cuadras.
Contengo las ganas de acelerar. El cosquilleo en la boca del estómago se agudiza conforme se acorta la distancia. Llego a casa y dejo el auto escondido en lo profundo de la cochera. Ya en el interior enciendo algunas luces. El galpón al que por convencimiento llamo “loft" se ilumina apenas. Al fondo, la interminable estantería está a medio llenar. Quince metros de largo por 3 de alto y contenedores perfectamente rotulados y organizados. Me acerco al costado inferior izquierdo. Busco los rótulos, las referencias. Las encuentro de inmediato. No solo porque son perfectas, sino porque además conozco de memoria las ubicaciones.
Retiro primero el contenedor “NO - 7.10 - BP” o lo que es lo mismo: “Niño - 7 a 10 años - Barrio Privado”. Dejo ahí la almohada rotulada con ese código y avanzo dos pasos largos. Encuentro el “NA - 5.7 - BP”, es decir  “Niña - 5 a 7 - Barrio Privado”. Todos son los primeros en su tipo para mi colección. Casi al final de la estantería dejo las almohadas correspondientes a: “Ama de Casa - 30 a 40 - Barrio Privado” y finalmente “Directivo - 40 a 50 - Barrio Privado”
La piel se me eriza de la emoción. Los anaqueles se están completando poco a poco. Pronto tendré todas las opciones disponibles. Será tiempo entonces de asegurar varias muestras de cada categoría. Mi corazón se acelera, cuesta frenar el exceso de adrenalina. Dudo si comer algo antes, pero la ansiedad es más fuerte que cualquier otra urgencia fisiológica. Apago las luces y corro hasta el rincón donde me espera la cama hecha a medida, enorme, como un altar al sueño. Dejo la ropa tirada por el camino, de todos modos no hay nadie que pueda recriminarme.
Casi a punto de acostarme descubro que olvidé lo más importante. Por mucho apurarme, olvido la razón de mi apuro. Medio desnudo vuelvo hasta la enorme estantería y enciendo las luces. Camino de punta a punta los quince metros de hierros y cajas en busca de la perfecta elección. Aparece al final, bajo el rubro "Varios". Recordé algunos de los tesoros que encerraba. Retiro la caja y la abro ansioso. En su interior cuatro almohadas perfectamente organizadas con las etiquetas hacia arriba. Una llama mi atención como un faro. En la etiqueta se lee "InfO - 30.40 - CT". Controlo la cobertura y el sello. Intacto. 
A oscuras en la cama, rompo el plástico que protege a la almohada. Un vaho a pelo grasiento y un perfume desconocido se apoderan del lugar. Respiro hondo y me abrazo a la almohada. Inicio el proceso de relajación, obligándome a llevar la mente hasta el blanco absoluto. Poco a poco las figuras coloreadas y el ruido se van desvaneciendo. En pocos minutos, nada. La mas absoluta nada. En lo que se siente como unos pocos instantes, imágenes que no me pertenecen me invaden. Extrañas sensaciones, irreales pero profundas dominan mi ser. El momento de la conexión se inicia y estoy a punto de apoderarme de los sueños de un experto informático. 

sábado, 13 de junio de 2015

Infracción


La recta interminable se abre ante mi. A no más de quinientos metros el puesto policial resplandece con sus luces enceguecedoras. Me dejo llevar por la pendiente conteniendo la respiración. El viento me roza la barba, despertando miles de nervios que creía dormidos. Levanto el celular en Modo GPS y me muestra la velocidad exacta: 79 kilómetros por hora. 
El puesto policial se acerca. Guardo el teléfono y acaricio el freno, considerando la posibilidad de usarlo por una fracción de segundo. Dejo resbalar la mano del freno y en automático vuelvo por el teléfono. Esta vez me devuelve: 80 kilómetros por hora. Carteles de “Máxima 40” y “Control Policial” se suceden.  
Faltan pocos metros para alcanzar la patrulla y el policía comienza a hacerme señas para que me detenga. La mandíbula se le afloja cuando le paso al lado si detenerme. Me mira sin saber que hacer. Supuse por un instante que iba a sacar la pistola y meterme un par de balas en la espalda, pero finalmente solo atinó a correr detrás mío.
Me dejo deslizar algo más de cien metros, deteniéndome en la orilla. El policía me alcanza al trote. Me mira sin saber que decir. Toma su radio, pero las palabras se desvanecen antes de salir. Agarra su libreta de infracciones. Luego de muchas dudas y algunos tachones, me entrega el ticket. Me cuesta contener la sonrisa y aunque me gané mi primer multa, nadie podrá quitarme la emoción de pasar frente a la policía a 80 kilómetros por hora en silla de ruedas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El Gordo


La camioneta volaba sobre el descampado con los yuyos tan altos que parecían envolvernos. Los teníamos casi acorralados pero seguíamos sin verlos. Le dije a mi compañero que acelere. Al frente alcancé a ver una sombra extraña. Dos personas en una moto. Era lo que buscábamos. "Acelerá", le dije gritando. Respondió con un resoplido de disgusto, aunque de todos modos lo hizo. 
Segundos después la sombra se acercó tanto que alcanzamos a golpearla. Un impacto y el sonido de plásticos que se quiebran. Mi compadre clavó los frenos una buena sacudida. 
Sin preocuparme por la innegable realidad de no tener ni un solo cartucho, saqué la escopeta y salté de la camioneta. Corrí hacia donde esperaba encontrar a los dos tipos de la moto. 
Encontré a uno desparramado al lado de los pedazos de plástico del ciclomotor. Se movía un poco. Tenía el brazo girado en una posición imposible. Me puse en guardia, buscando al otro. Avancé tres o cuatro pasos entre los pastizales, en el ambiente irreal que proyectaban las luces de la vieja Toyota. El tipo no tuvo mejor idea que encararme con algo brillante en la mano. Levantó el objeto sobre su cabeza. Lo dejé avanzar dos pasos más y adelantándome un paso para acortar la distancia, le descargué en la frente un culatazo de la escopeta.
Veinte minutos después estábamos en el hospital con un fracturado y otro atontado por golpe. Llegó el jefe del Precinto y lo primero que me preguntó fue por que no le metí un escopetazo. Le expliqué que ya no quedaban balas, algo que él sabía bien. El me miró por un instante y encogiendo los hombros sólo atinó a decir: "Que huevazos, Gordo".

miércoles, 29 de abril de 2015

Insomnio - Emergencia


Esta vez abrí los ojos en un cuarto de hospital, sacudido por una enfermera de buen porte y más bigotes que Stalin. Pensé que estaba teniendo un infarto. Por un instante, me dejé tentar por la idea. No mas despertares en cuerpos extraños. No más vigilias. No más sufrimiento. 
Pero no. La enfermera no me estaba resucitando, solo me despertaba. Me sacudió un par de veces y creyéndome lúcido, explicó la situación. Mi paciente tenía diez centímetros de dilatación.  
Me empujó por un laberinto interminable de pasillos y puertas. En la sala, dos practicantes esperaban con los ojos llenos de curiosidad. Una enfermera asistía a la parturienta, solo faltaba el obstetra. Busqué una superficie reflejante, seguro de encontrarme con la imagen de un obstetra. Así fue.
Me acerqué con los tobillos de gelatina hacia donde la pequeña cabeza coronanba hacia la libertad. Casi se salía. Alcancé a poner las manos y prácticamente el bebé cayó en mis manos. Sin saber que hacer y gesticulando con la cara le indiqué al practicante que se encargue del cordón y la placenta. La pediatra se acercó por detrás y tomó en sus brazos al bebé junto en el momento en que me desmayaba. 

jueves, 23 de abril de 2015

El Coleccionista


Cerró la puerta tras de si con las manos temblorosas y un ligero cosquilleo de excitación en el vientre. Se mantuvo de espaldas contra la puerta con los ojos cerrados. Contuvo la respiración y contó hasta quince lentamente. 
Caminó a oscuras hasta la minúscula cocina, desesperado por refrescar su garganta. Abrió la heladera, sabiendo con exactitud lo que encontraría. Una copa, cinco hielos, dos dedos del oscuro brebaje y una botella pequeña de Coca Cola de edición limitada.
La única silla junto a la mesa lo esperaba. Luego de quitarse la campera del uniforme, se dejó caer en ella y con cuidado apoyó la copa que sostenía con la izquierda en el otro extremo de la mesa.
De entre sus ropas, sacó un sobre no mas grande que su mano. Las manos le temblaron un instante, hasta que tomó aire y contuvo la respiración. Apoyó el sobre  ignorando por completo la escritura formal y los sellos sobre el papel, pero concentrándose exclusivamente en su contenido. Deslizó la única pieza de papel desde el interior tomándolo con una pequeña pinza.
“Perfecto”, fue la primer palabra que surgió en su mente. Sus labios se movieron como pronunciándolo pero nada dijeron. La impresión presentaba algunas fallas pero eran perfectas. Algunas marcas y anotaciones se habían hecho, destacando los defectos principales. El reverso mostraba las mismas características. En ambos lados en el extremo inferior derecho podía leerse escrito a mano el número “1”.
Volvió sus ojos al billete que tenía bajo la luz, sabiendo que no tendría sentido colgarlo en la pared, ya que una de sus dos caras quedaría imposibilitada de mostrar su belleza. Una idea lo obligó a correr hasta el taller y revolver una buena cantidad de cajas y estantes. Dos bloques de vidrio encastrables le permitirían proteger la pieza única mientras podía disfrutarla en toda su plenitud.
La patada en la puerta lo sorprendió. Cuando vio a los policías copar el lugar en pocos segundos, se sintió más molesto por el ingreso de extraños a su casa-taller-museo que por el significado de tan ilustre visita. Sabía que el falso sobre que había dejado en lugar del que lo mantenía ocupado no tenía la capacidad de aguantar una revisión detallada, aunque nunca pensó que sería tan rápida la reacción. 

Después de esposarlo y ponerlo en un rincón, los policías se ocuparon de inmediato en resguardar el primer prototipo del billete de “Cien Pesos” en honor a Evita. Al mismo tiempo, una pareja de detectives recorrían el lugar admirando la extraordinaria colección de objetos pertenecientes los Perón. Miraban sin prestar demasiada atención y sin detenerse. Al cambiar de habitación, se encontraron en un pequeño cuarto de paredes desnudas y sin mobiliario alguno. En el centro una única mesa. Avanzaron hipnotizados. Se miraron con asombro, mudos de sorpresa, al tiempo que pensaban en el reconocimiento que obtendrían al resolver el interminable misterio de las “manos ausentes”.

domingo, 29 de marzo de 2015

Ingenio


Consciente de los riesgos, solo dedicó unos pocos minutos por día a la tarea. El tiempo no tenía sentido.
Las herramientas con las que contaba no eran las mejores, pero estaba decidido a compensar con ingenio lo que le faltara. Una computadora de más de quince años, un editor de gráficos para niños y un acceso a la terminal vía linea de comandos serían sus únicas armas. Un año de lectura previa sobre protocolos de red, paquetes de datos y vulnerabilidad de los sistemas operativos constituirían la fase de preparación del proyecto.
Le tomó una semana conseguir romper las barreras de seguridad y colarse vía lineas de comandos a la internet. Otra semana le tomó conseguir un par de logotipos y sellos digitales para utilizar como referencia. La tercer semana fue necesaria para editar las imágenes de manera convincente. Casi a un mes de iniciado operación, se sintió conforme con el trabajo terminado.
Se coló en internet una vez más, creó una casilla de mail de apariencia sólida y envió su creación. A partir de allí solo quedaba esperar.
Los días comenzaron a pesarle por primera vez. La espera le roía el estómago. A finales de la tercer semana de vigilia, un torbellino lo envolvió. Un grupo de guardias se le acercaron con cara de pocos amigos y lo sacaron de su celda con cuidada rudeza. Le entregaron algo de ropa para que se cambie y lo acompañaron hasta la puerta, entregándole una copia de la carta liberación recientemente firmada por el juez.

viernes, 27 de marzo de 2015

Viajante - Zapada


Otro viaje de catálogo. Otro recorrido interminable de sonrisas de papel continuo. Una canción que se repite una y otra vez con esa alienante sensación de perpetuidad. Sólo las pocas notas que desafinan le dan un sentido de cierta esperanza y son más valiosas que los diamantes.
Fue en algún lugar de Tucumán. Una parada sanitaria en medio de la nada. Un viejito me miraba desde atrás del alambrado. Tez trigueña, cansado, desgastado de vivir. Sostenía una herramienta que a la distancia parecía una zapa. Inmóvil. Me miró a los ojos, luego pestañeó y continuó golpeando la tierra a ritmo lento pero constante. Ignorándome.
Estaba a punto de volver al auto, cuando noté que el hombre estaba zapando un terreno que por lo menos tenía una hectárea. Solo, en un campo tan pelado y estéril como la luna. 
Caminé por entre unos pastos secos al costado del camino y me acerqué. El hombre seguía golpeando la tierra a unos veinte metros del alambre. Alcancé a ver que seguía una línea bien definida. Gran parte del terreno estaba marcado por las lineas.
La curiosidad ganó y avancé con la mano levantada en saludo campestre. Más preocupado por no recibir un tiro que por ser educado. Como a cinco metros me detuve y lo saludé a viva voz. Se detuvo y me miró con curiosidad. Avancé otro paso y luego del tercer saludo, le pregunté si podía preguntarle en que trabajaba. 
“No estoy trabajando, Señor. Soy Jubilado. Digamos que estoy matando el tiempo. Tal vez Usté no lo ve, pero... ¿Sabe la bronca que se van a agarrar los tipos esos del Gugle cuando lo vean?"

domingo, 22 de marzo de 2015

El Hombre Gelatina



Los albores de un gran día se perfilaban con claridad. El tipo que pronto sería mi jefe acababa de hacerme una oferta. Las dudas, si las había, se terminaron en cuanto lo expresó en simples números. No pude negarme. Mientras me acompañaba hacia la entrada, recibió un llamado y se detuvo pensativo. Con tres dedos me indico que me detenga. Lo hice. Su rostro cambió. “Acompañame” me dijo apurando el paso.
El llamado era de la compañía de celulares. El teléfono que acababan de robarle estaba en el predio. Posiblemente en el portón de acceso. Caminé al lado de mi casi-jefe, un paso detrás a la derecha en señal de apoyo. El tomó el teléfono y marcó en un movimiento rápido. Un instante después nos paramos junto al guardia del ingreso. Luego de una espera que pareció eterna, el teléfono comenzó a sonar en el interior de la oficina de vigilancia. Una chillona melodía salida de las peores influencias de la cumbia inundó el lugar.
Aproveché mi tamaño y avancé un paso más como para cubrirle todo la visual al guardia y el Gerente entonces le disparó una estocada. “Dame el teléfono. Ahora.”
Si pestañear, el pobre tipo comenzó a mutar de color de trigueño hacia el blanco. No de golpe, sino en rítmicas pulsaciones. Metió la mano en el bolsillo y sacó un smartphone tan nuevo que aún conservaba los plásticos protectores. Lo tendió a modo de ofrenda. En cuanto el jefe le sacó el aparato, se quedó con la mirada perdida. El blanco se tornó de golpe en ceniza y los ojos se le fueron hacia atrás cual zombie. De inmediato y como en cámara lenta, el cuerpo se le comenzó a aflojar, como si su interior se licuara. Su cabeza se inclinó a la izquierda y el resto la siguió hasta que el craneo impactó con el filo del escritorio. El ruido sordo pronosticó que algo se había roto. Supuse que el escritorio.
Ya en el piso el vigilante temblaba. Si estaba actuando, era un gran candidato al Oscar. Con dos pasos y un rápido movimiento le apliqué una maniobra fruto de años de entrenamiento en seguridad.
Minutos después el tipo estaba recuperado y con el Escribano junto a él. Si de sumas y restas se trata nuestra vida laboral, diría que mi primer intervención con el "Hombre Gelatina", me valdría los puntos que con seguridad restaría mas adelante.