viernes, 25 de noviembre de 2016

Perros


El lugar de moda se me hizo demasiado artificial. Muñecos digitales ultra-perfumados, en un desganado esfuerzo por encontrar esa dosis de efímera compañía. Entré y me dejé llevar. El ambiente parecía propicio para ausentarme temporalmente de la realidad y tal vez profundizar la oscuridad de mis penurias. Dejar que la noche sea quien escriba el final de la historia. Todo sería culpa del destino. 
Me instalé en la barra cual “Dueño de Club” de los ochenta. Pedí una botella de una champaña más que respetable y cuatro copas. Llené la primera y me senté a disfrutar de la vista. En pocos minutos sólo una copa estaba vacía. Mis nuevas compañeras además de buena charla, tenían larga experiencia en relaciones fugaces. No se trataba de seguidoras ni buscadoras, se trataba de dos mujeres acostumbradas a dominar.
Las horas se acumularon junto a las botellas vacías. Los ánimos se oscurecieron y la temperatura subió hasta incomodar. Ambas se mostraron dispuestas. Me dejé llevar, como tenía previsto, y la temperatura trepó aun mas.
A pedido de ellas, nos fuimos juntos, no importa donde. Para la mañana siguiente, confirmé mi teoría sobre los hombres. No somos más que perros. Corremos y corremos tras las ruedas durante toda la vida, pero no sabemos que hacer con ellas cuando las alcanzamos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Correo


Con la excitación propia del comprador compulsivo, llegué hasta la oficia de Correos en busca de mi más reciente encargo. Una compra tardía que me ayudaría a ganar la admiración de mi hija. La caja más grande de Rasti’s jamás imaginada. La mayor colección de ladrillitos disponibles. El sueño que todos alguna vez tuvimos.
La fila era un poco más que interminable, ocupando la totalidad del local y mas de cincuenta metros del exterior sobre la vereda. No me preocuparon los más de treinta grados y la humedad agobiante estilo selva tropical. Mi mayor preocupación era el horario. Considerando la cantidad de gente y el tiempo restante para el cierre, las probabilidades no parecían estar a mi favor, sobre todo sabiendo que estaba obligado a llevar el regalo ese mismo día.
La cola avanzó a paso lento pero consistente, casi al mismo ritmo en que decaía la batería del celular. Transpirando más por nerviosismo que por la temperatura, me acerqué a la puerta. Casi milagrosamente y con un remanente de 30 segundos debajo del religioso horario de cierre, crucé las puertas de vidrio. Sin cargo de conciencia, el policía de turno le cerró la puerta en la cara a quien caminaba detrás mío y junto a él, los restante desdichados se dispersaron con gestos de derrota.
Algo más relajado me enfrenté a otro dilema, la batería. En el teléfono tenía la confirmación y número del envío. Por las dudas, anoté con cuidado el número que aparecía junto a la esperada frase “Su producto está disponible para ser retirado” y cerré el teléfono prometiéndome no volver a abrirlo hasta que me atendieran.
Mi turno llegó y con el último miliamperio alcancé a mostrarle el número. Casi un milagro, considerando que tecleaba a la asombrosa velocidad de 1 dígito cada cuarto de minuto. Miró fijo la pantalla y ejecutó algunas acciones con la seriedad de quien juega al solitario. A paso lento se alejó de la computadora y desapareció por unos interminables segundos antes de volver al mismo ritmo y teclear nuevamente. 

Dos clicks adicionales y finalmente levantó la vista. Entre dientes murmuró algo que no quise  entender. Cambié ligeramente el tono amistoso y le pregunté dónde estaba el paquete. Su respuesta fue simple y definitiva: “Como le expliqué… si el mail dice que su producto está disponible para ser retirado, eso significa que en siete a diez días podrá retirarlo”.

sábado, 12 de noviembre de 2016

La Deuda Infinita


Esta mañana desperté lleno de renovada esperanza. Fue la primer alerta que no tuve la astucia de interpretar. Me dejé llevar por la romántica idea del legado a mis hijos, una suerte de valor agregado de mi propia existencia.
La segunda alerta que no capté fue durante la llamada a la empresa que me vendió el terreno. Al preguntar por la deuda consolidada hasta la fecha, hubo un silencio incómodo, seguido de una desprolija invitación a sus oficinas.
La señal definitiva me llegó con la fuerza de un rayo, quemando toda ilusión de progreso y desgarrándome las entrañas. Transformé el contrato firmado en una inútil y tardía planilla de cálculo, descubriendo que gracias al tipo de interés engañoso y los retorcidos ajustes estipulados, cuanto más pagara, más aumentaría la deuda hasta casi finalizar el plazo. Finalmente, llegaría a un pago total diez veces superior al precio original.
Lo increíble, es que se como manejarlo. Nuestra propia naturaleza lleva más de treinta años preparándome. Pondré a la venta el terreno, listo para perder gran parte de lo invertido, si es que no la totalidad y me convenceré que no hay salida de este miserable laberinto. A cambio, registraré otro incremento en una deuda moral que jamas veré saldada.

sábado, 29 de octubre de 2016

Max


La noche ya ganaba la diaria batalla y la silueta de la casa apenas se distinguía. Los grillos se adueñaban poco a poco de la oscuridad. El trote suave me llevó hasta la puerta. La chapa blanca cedió ante el justo empujón. La húmeda calidez del garage mezclada con aquella inolvidable fragancia a Ford Falcon tibio me acompañó durante el recorrido.
Aunque el patio estaba a oscuras, avancé con la confianza del que lo ha cruzado un millón de veces. Pero fue diferente. Aquel inmenso perro, cruza entre dálmata y mastín del infierno avanzó a la carrera con la mirada fija en mi. No emitió ni un sonido. Max cambió su acostumbrada energía por una furia asesina. Corrió con la boca abierta como si pudiera tragarme en un solo intento. La reacción instintiva me obligó a quitar la cara y el cuello de la trayectoria de aquellos dientes fosforescentes. La táctica funcionó, al menos en parte. Los colmillos se clavaron hasta lo profundo de mi espalda, dejando marcas que me acompañan hasta hoy.
De alguna manera, me alejé de las mandíbulas y logré revolcarme a través de la puerta hasta la cocina. Allí, él me miró con lo que recuerdo como un gesto de eterna paciencia de profesor. Me preguntó si estaba bien, luego lo comprobó. Una pasada con jabón blanco para ropa y la remera de uno de sus cuatro hijos fue el gesto necesario. Una palmada equilibrada en la cabeza y a la recomendación de utilizar la puerta del frente, fue todo un acto de sabiduría.

sábado, 6 de febrero de 2016

Observación


A ver si entiendo… deje que me ayude con las notas, no quisiera cometer algún error. 
Ud. me dice que lo hemos traído aquí por error. Que no sabe nada sobre lo que le preguntamos. 
Me dice que ha vivido aquí durante toda su vida. Que nunca ha salido del país, incluso que rara vez sale de la ciudad. Que lleva trabajando en la misma panadería desde mil novecientos noventa y dos. Que fue su único trabajo… ahhh, y que nunca pensó en dejarlo. Bien.
Me dice que sus vacaciones las pasa pescando en el río, en el codo más allá del final de la Ruta 4.
Me dice también que no está casado. No tiene novia y según veo ha vivido en la misma casa desde el día que nació. Aún… bueno, aún después de la muerte de sus padres. Solo un par de personas podrían decir que lo ven de vez en cuando. Ninguno cercano.
No me lo ha dicho, pero por lo que pudimos ver en su casa, su ropa cumple con estrictas reglas de negro, marrón o beige. Interesante. 
Todo esto lo entiendo. Lo que no puedo entender… es como no se ha metido una bala aún.

lunes, 1 de febrero de 2016

Nubes


Parado en medio del patio, me paralizo al contemplar aquel fantasma  volando directamente hacia donde me encuentro. Los brazos extendidos como en plegaria y los ojos brillantes, sobrenaturales. Reacciono tan rápido como puedo, aunque bien pueden haber pasado varios segundos. Alcanzando cierta claridad mental logro convencerme que se trata del efecto de la nubes en medio de la noche y el brillo descomunal de la luna que puja por penetrar aquella capa. 
Vuelvo a la casa con esa sensación del que ha visto más de lo que pude entender, deambulando durante unos minutos, inseguro y con un cosquilleo en la base del cuello. Con un esfuerzo considerable, retomo el curso de las rituales de los últimos minutos del fin de semana.
La cita semanal con la máquina de afeitar trae cierta calma gracias al suave ronroneo de las cuchillas. El agua caliente aporta algo de calma extra, aunque mucho no dura. Desde la ducha, me llega el reflejo exterior y cedo al impulso. Abro la ventana y quedo hipnotizado. El fantasma estaba más cerca, los brazos casi me alcanzan y sus ojos queman los míos.
Me quedo inmóvil, con el agua corriéndome por la espalda y las rodillas temblorosas. Espero.