domingo, 7 de enero de 2024

Solución



Crucé los límites del cubo de vidrio con la preocupación de quien tiene que darle una mala noticia a un monstruo intolerante. El monstruo hablaba por teléfono. Con un gesto seco me indicó que me siente y espere. Cortó la comunicación con palabras agrias y agregó algunos calificativos posteriores para quien había estado del otro lado de la línea. Me miró con impaciencia y me pidió agriamente que hable.

Tomando aire, le expliqué que uno de nuestros ingenieros más experimentados del área de Desarrollo había comunicado su renuncia. Que si bien era una persona difícil en el trato diario, sus largos años de trabajo en diseño lo hacían un integrante clave del equipo. 

Permaneció un minuto en silencio y me preguntó si se trataba del “petizo y peladito” que lo había interrumpido en la última reunión de actualización para reclamarle recursos adicionales dedicados al proyecto X99. 

Le confirmé que sí, que se trataba de la misma persona y tomó aire.

Juraría que un brillo particular se adueñó de sus ojos por un instante y me contestó: “No te preocupes, Flaco, que estamos ante el maravilloso caso de los problemas que se resuelven solos”.


jueves, 28 de diciembre de 2023

Aviso

La mañana comenzó con tensiones palpables. Los delegados del sindicato mantenían un plan de lucha de dudoso sentido y aún menos legalidad. 
Recorrían los pasillos de la planta buscando alguna mínima astilla fuera de lugar para quejarse o usar como excusa de una asamblea forzada. 
Poco antes del mediodía, el cuerpo de delegados en su totalidad irrumpió en mi oficina anticipándome lo inevitable. Harían una asamblea con todo el personal del turno mañana porque no le gustaba como les hablaba el supervisor. Respiré profundo, conteniendo mi furia con dificultad. Les indiqué que por ley debían anticipar la asamblea con veinticuatro horas y que me iba a encargar de comenzar a despedir a quienes participaran sin aviso previo. Me miraron como si les hablara en japonés. Se miraron entre ellos y salieron de la oficina en silencio. 
Un puñado de minutos más tarde, volvieron a aparecer. El líder y por lejos el más corpulento del grupo encabezaba la comitiva. Sostenía la nota en su mano derecha y la agitaba. “Querés la nota?” me gritó. “Querés la nota?” y la estrelló contra el vidrio del escritorio haciendo temblar el aire alrededor. “Acá tenés la nota”. En un rápido movimiento y lleno de optimismo creativo, tomé la nota con desdén y sin siquiera mirarla la metí en la trituradora de papel que de alguna manera milagrosa había alcanzado a ver con un golpe de vista periférica. “Ahí tenés mi respuesta”, les dije. Mi último recuerdo de ese evento fue el líder gremial inclinándose hacia mí sobre el escritorio.