miércoles, 21 de marzo de 2018

Filosofar


La noche se estira como si de varias se tratara. Extrañas escenas entremezcladas en flashes interminables. Un film antiguo, desenfocado y con extraños empalmes sin sentido. De alguna manera logro llegar a casa. Avanzo por los pasillos oscuros, descalzo y a tientas. El hambre aún no aparece, pero la sed parece propia de un viejo hipopótamo herido. Revuelvo la heladera y solo encuentro un trago de lo que parece ser agua. Cierro la heladera y otra vez en la penumbra. Camino. Avanzo en busca de dónde dejarme caer. Estimo faltan pocos metros. La distancia se acorta y las fuerzas parecen flaquear.
Cruzo la puerta y con los últimos trazos de conciencia me dejo caer. El teléfono comienza a sonar. Ni siquiera sonrío ante la ironía. Solo lo ignoro. El teléfono sigue sonando. Imposible estimar cuantas veces.
En algún punto y a través de la niebla, me preocupo. Algo pasó, me dice algún resabio de humanidad. Voy en busca del teléfono a chocando muebles. “Me llevas al bar?” me dice la voz al otro lado del teléfono. Enciendo la luz de un manotazo e intento enfocar el reloj. 3:55am. Me cuesta responder. Me cuesta entender. La respuesta me alcanza como un rayo. “Charly?” respondo.
Para él tiempo y el espacio se confunden. Quiere ir al centro, a donde nada cierra, donde siempre es el momento justo para existir. No puedo decirle que no. No a él al menos. 
De alguna manera llego a buscarlo y de alguna milagrosa manera llegamos a ese tugurio desgastado. Llegamos, él solo pide un whisky, dos hielos y agua. Pido lo mismo. Intento abrir el diálogo, pero las palabras se confunden en mi garganta. El me mira, extrañado, como quién ve a un perro equilibrista. Me pregunta como terminé allí y en ese estado. Intento contestar: “Quise quedarme, pero me fui.” le respondo. Cambia el enfoque en la mirada y baja la vista a la servilleta. Garabatea algo y sale del lugar sin decir palabra.

Nota: Inspirado por una anécdota de un tal MP.

domingo, 27 de agosto de 2017

Profesionalismo



Me desespera el trabajo que hago. Simplemente es una mierda. Una sucesión de momentos incómodos y surrealistas, seguidos por la frustrante desesperación de comprobar que acabo de ganar lo suficiente como para sobrevivir otro par de horas.
¿Cómo no caer en la desesperación? ¿Cómo evitar ceder al impulso de mandar todo al demonio y buscar otra salida? Una fácil para variar. Una salida que no implique frustraciones del tamaño de monumentos o que al menos entregue recompensas acordes al sufrimiento.
¿Cómo sostener las interminables e insignificantes charlas forzadas? ¿Quién dice que debo mantener una conversación? ¿Dónde está escrito? ¿Quién dice que debo dejarme tratar como si fuera un sirviente o alguien de menor categoría? ¿Quién es suficientemente bueno como para definir y llenar esas categorías?
Para completarla… ¿Cómo carajos iba a darme cuenta? Cuando sos remisero en una ciudad llena de insípidos gringos y te dicen: “Andá cagando al Hotel Palace y buscá al Negro que viene a poner una fábrica. Llevalo a la Municipalidad. ¡Apurate!”. 
Vos vas al hotel a fondo y cargas al morocho en el auto. Sin importar lo desconcertado que parezca o cuánto proteste en el camino; vos lo llevas! Lástima que me traje a un trompetista.