lunes, 27 de octubre de 2014

Disparo


Un disparo en la habitación a oscuras. Una sorpresa inesperada. Un fogonazo que parece no tener principio ni fin, pero que sin embargo termina.
Un destello tenue que transcurre en cámara lenta, insuficiente para conocer lo que me rodea. No alcanzo a escuchar sonido alguno, excepto la reverberancia de la explosión. El zumbido me invade los oídos como un par de moscas enfurecidas y nada supera su perseverancia. Estoy perdido, mareado. El corrosivo hedor de la pólvora penetrándome más allá del olfato hasta producir un incómodo lagrimeo. Podría haberme dificultado la visión, si fuera posible ver algo. Siento el humo en la cara. Partículas invisibles me alcanzan, me abrazan. Trastabillo.
No puedo ver, no puedo oír. Sólo el humo embota el gusto y olfato de este cuerpo entumecido. Casi perdido busco alternativas. Temo avanzar, temo encontrar. Las piernas se niegan a responderme. Siento la necesidad de de gritar, pero comprendo que no tiene sentido. Nadie puede oír. Siento las piernas flaquear. Mis rodillas se vencen y apenas logro apoyar con dureza las manos sobre el piso. Respiro hondo.
Muevo las manos, tanteando en la oscuridad. Sólo el tacto responde. Un líquido tibio y pegajoso se me cuela entre los dedos.

jueves, 23 de octubre de 2014

Insomnio


Cuatro días sin dormir enfrentándome a la irritante disyuntiva: ¿Disfrutar o buscar respuestas? Esta vez, desperté encarnando a un exitoso empresario del Sur de China y pasé gran parte de la interminable vigilia disfrutando de todos los placeres que el exceso de dinero y la ausencia de moral pueden proveer.
Aturdido por los abusos, no consideré que la cuenta regresiva iba ahorcándome lentamente, olvidando que mi última racha de despertares me había puesto en la piel de un linyera en Connecticut, de un médico voluntario en medio del amazonas y hasta un anciano moribundo en un piojoso hospital venezolano.
Con tanto tiempo despierto, es poco el control que tengo sobre este cuerpo prestado, deambulando por el interminable Penthouse busco cualquier entretenimiento que me ayude a soportar. Dejarme vencer por el sueño significa claudicar a una buena vida y esperar por lo que esta ruleta universal me depare.
Una y otra vez me prometo utilizar el tiempo para encontrar respuestas. ¿Por qué a mi? ¿Cómo controlar el fenómeno? 
 La cabeza me da vueltas. Tres mujeres yacen a mi lado. Apenas cansadas y con más billetes que al llegar. La realidad me supera. Me acurruco entre dos de ellas. Me dejo vencer

sábado, 4 de octubre de 2014

Tarde

Corro a trancos largos por el pasillo alfombrado, con la campera colgando de un solo brazo mientras intento encajar el pasaporte en la mochila que parece a punto de estallar. Siento la espalda mojada, helada por la transpiración. Por pocos segundos y casi me dejan. Un minuto. Tener cara de buen tipo sigue siendo un bien preciado.
 Ya he dejado de putearme, o de putear a la mala suerte. En el eterno juego de las carreras urbanas y la locura de la vida post milénica tengo abonado un claro lugar, el último. Lo que sea que encare mi lugar será el último, siempre. Y con esto esto no me refiero al último lugar en la vida, o que me va mal o que todo lo veo negativo. Hablo literalmente. Al parecer estoy destinado a llegar tarde a todo compromiso; a cada evento.
Cruzo la puerta del avión casi saltando a la azafata y sin aliento. Me pide el boarding. Amago a revisar los bolsillos pero al final ella se apiada. Me pregunta si se cual es mi número. "17J", le digo sin dejar espacio a la duda. Ahí es cuando me doy cuenta que llevo el papel entre los labios. "Segundo pasillo", me responde ella tratando de contener una sonrisa. Camino a paso largo por el pasillo, evitando las acostumbradas miradas al responsable de la demora. No es mi primera, ni será la última. Por suerte la caminata de la vergüenza es corta y llego rápido. Una rápida mirada al panel indicador y compruebo que esta ocupado. Una señora de anteojos gira las páginas de la revista de abordo sin muchas ganas. No me mira. No se me ocurriría armar un escándalo. Miro alrededor. Varios asientos están libres. Con mi mejor cara de no-se-lo-que-pasa hago un paso extra y me apropio del 18J que parece estar libre.
Las puertas se cierran casi al unísono con mis ojos. Estoy destrozado. Una entrega tardía para el informe mensual en el trabajo me mantuvo atornillado a la computadora hasta la madrugada. Perfectamente resuelto, pero tarde. O en el último minuto. En medio de la somnolencia escucho la temperatura prevista en nuestro destino. Una señal de alarma. ¿¿¿Dos grados??? Voy a Colombia, donde al menos deberían esperarse veinticinco o más. Una ola de calor me recorre el cuerpo mientras se me hiela la espina. No hay que ser un genio para saber que algo va mal.
Enderezo el cuerpo en la butaca casi a punto de pararme. El avión carretea hasta la pista. Recorro con la mirada a quienes me rodean. No respiro Colombia en el aire. Una de las azafatas me mira, tal vez mi rostro se encuentre desencajado. Le miró el uniforme pero todos parecen usar los mismos colores. No me dice nada, y no me atrevo a preguntar. Aguzo el oído, atrás mío dos personas hablan en español, pero son más argentinos que Maradona. No cuentan. El señor a mi lado me mira. No habla, pero su sospechoso bigotín cuidado al extremo me dice que con seguridad no es Colombiano.
El avión gira en la pista y se detiene. Busco referencias. En la fila de adelante alguien esta leyendo un libro. Intento descifrar el idioma, pero el capitán arruina la sorpresa cuando anuncia que el vuelo a París tomará doce horas con veinte minutos y que la ruta está despejada. Los motores aceleran a fondo. Me recuesto en la butaca. Cierro los ojos.