sábado, 7 de junio de 2014

Caravana

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, dejándose ir sin más. Puedo sentir las gotas rebotando sobre le grasiento vidrio del parabrisas, resbalando hasta perderse en la tierra.
Las luces azuladas, intermitentes y las treinta horas de alcohol ininterrumpidas me transportan a una suerte de realidad paralela. Mis manos tiemblan sobre el volante. Por un lado quiero acelerar hasta perderme en la noche y desaparecer, por otro solo quiero terminar con el martirio. Un par de gotas de sudor me recorren la frente. Nuestras respiraciones combinadas en un infierno pegajoso. El vaho del interior del coche se vuelve irrespirable. Domino el impulso de gritar.
Veo una sombra por el retrovisor y se produce el esperado golpe sobre la ventanilla. Bajo el vidrio apenas y por la abertura, junto a una brisa fresca, se cuela un imperativo "Bajen del auto". Bajamos los tres y el policía de apoyo agrega. "¡To-dos!", golpeando el techo del auto. Los tres nos miramos sin saber que decir.
El segundo policía, menos paciente se mete dentro del coche en busca del cuarto juerguista, mientras el resto de nosotros intentamos imaginar una explicación razonable para fundamentar porque llevábamos veinte horas de fiesta con un cadáver; sin atrevernos a reconocer que sólo es para no terminar con la juerga.