sábado, 20 de octubre de 2012

Adaptabilidad

Entre las ramas de los árboles alcanzamos a ver como las torres de la ciudad se recortaban sobre la tibieza del rojo amanecer. Corríamos uno junto al otro, como lo habíamos hecho desde la infancia. Aunque esta vez corríamos por nuestras vidas.

Nuestras respiraciones, entrecortadas y al unísono, se confundían con las pisadas sobre la hojarasca. Ninguno de los dos tuvo el coraje de volver la cabeza. Nos eran enemigos ni personajes siniestros los que nos perseguían, sino el mayor depredador conocido por el hombre. Un magnífico ejemplar adulto, según alcanzamos a interpretar por los rugidos que esporádicamente oíamos a nuestras espaldas.

La ciudad se acercaba, pero al mismo tiempo se estrechaba la brecha entre la bestia y nosotros. No lo dije, pero mi inquebrantable optimismo comenzaba a resquebrajarse. Sabía que estaba en desventaja física frente a quién me acompañaba, sabía que no podría mantener el ritmo por mucho más tiempo.

Los rugidos lejanos, dieron paso a monstruosas pisadas apenas unos metros más atrás. zigzagueando en el bosque. Acorralándonos como a conejos asustados.

El final del bosque se entrelazaba con las primeras luces del día. Más allá la explanada de acceso y luego la seguridad de la civilización. “Nos está alcanzando. Imposible escapar. Ninguno es lo suficientemente rápido.”, me dijo él manteniendo el ritmo en la respiración. “No lo necesito”, conteste al tiempo que lo sacaba de equilibrio obligándolo a estrellarse contra un árbol. “Sólo necesito ser más rápido que tu”.