sábado, 26 de mayo de 2012

Matador - Muchachos

Los últimos días han sido raros. Cambié de movilidad por miedo a volver a cruzarme con ese taxista y me la pasé en la zona de tribunales, donde me subí a ese taxi. No recuerdo el auto, pero juro que si me vuelvo a encontrar con ese tipo lo voy a reconocer de inmediato y voy a tener que hacerle daño. Mucho daño.

El tema me tiene preocupado, pero no me ha impedido agregar unos cuantos billetes a mi cuenta gracias a las mejores y peores características de los seres humanos. En este caso, podemos decir que se trata de la codicia, pero podría tratarse de cualquier otra virtud.

El objetivo que me dieron en este caso, como en tantos otros, era un total desconocido para mi. Unas fotos, sin demasiada información; un lugar de trabajo y algunos horarios cotidianos. Comportamientos riesgosos o costumbres poco saludables había pocos, aunque era más que suficiente.

Lo seguí de cerca por una semana, para corroborar la información que me me habían proporcionado. Cuadraba, sin fisuras, pero eso no iba a ayudarme mucho para cumplir con los requerimientos del contrato. La más importante, triple pago si el caso se caratulaba como “Accidente”. Me tomó una semana adicional de investigación y estudio, pero finalmente encontré la solución. Un airbag aparentemente defectuoso y par de lápices de grafito fueron suficientes. Una obra de arte. Un trabajo limpio. Al día siguiente reconocí mi trabajo en las noticias. Un pez casi gordo. Un funcionario sindical en busca de su momento, sus quince minutos de fama o tal vez la cambiar la historia. Nunca tendría la oportunidad. Un pez más gordo lo vio como amenaza.

domingo, 20 de mayo de 2012

Giros

Por más que le de vueltas y vueltas hasta marearme, me cuesta aceptar la idea de que en cuanto nos toque el momento de desaparecer, el mundo seguirá girando como si nada hubiera pasado. De la manera más despiadada que se pueda imaginar; la inercia monstruosa de una sociedad sin contemplaciones, sin tiempo para condolencias o signo alguno de humanidad. En minutos no seremos otra cosa que parte de la historia distante de la humanidad. Una huella si tenemos suerte, o una anécdota insustancial en la mayoría de los casos.

Luego del impacto y la sorpresa que tan solo se extenderá por una fracción de segundo, aquello que un día llegamos a considerar nuestro mundo volverá a la normalidad, o simplemente se adaptará. Incluso para quien tenga una familia; después de superar el duelo, sin importar su intensidad o el nivel de dependencia desarrollado, ellos de una manera u otra encontrará la salida. No hay otra alternativa.

¿Pero, por qué si todo es tan simple y lógico, nos cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué se siente como injusto que la tierra siga girando si uno se ausenta? Me lo pregunto, una y otra vez, desde la oscuridad de esta estúpida caja.

domingo, 13 de mayo de 2012

Signos

Me preocupé en el instante mismo que pateé el avispero; y no me refiero en el sentido poético de la palabra, sino que en realidad le di una tremenda patada al panal de avispas que encontré pegado al eje de la rueda de una vieja cosechadora.

Una estupidez sin sentido, podrían decirme, sobre todo a la luz de los hechos. Pero lo cierto es que siguiendo un incontrolable impulso destructivo le di mi mejor zapatazo; ese soñado, ese que te convierte en un mito si lo que hubiera pateado fuera una pelota y esta hubiera terminado en el ángulo del arco contrario en la final de la Copa del Mundo. Pero no. En lugar de eso, el panal terminó en las manos de uno de mis amigos, quien que lo atajó con ambas manos.

Lo extraño es que no corrió. No chilló como un puerco, algo que yo con seguridad habría hecho. Se mantuvo inmóvil, mientras cientos de avispas negras se abalanzaban sobre él. Mi primer reacción fue por supuesto correr como condenado poniendo la mayor distancia posible con la nube de insectos. Una serie de pasos largos y ya estaba lo suficientemente lejos como para animarme a mirar atrás. Me sorprendió de inmediato que mi amigo no me seguía. Me detuve, y en cuanto vencí la rigidez en las piernas, volví a ver si él necesitaba mi ayuda.

Lo encontré sentado contra unto a una rueda gigantesca. Sollozaba con un sonido agudo, apenas perceptible. El rostro irreconocible, por incontables picaduras. No pude continuar mirando y no supe que hacer. Corrí a su casa con los ojos llorosos. Cinco cuadras de ida. Cinco de vuelta. Me acompañó su madre, sin hablar y con el rostro retorcido de preocupación.

Llegamos junto a él. La madre llegó primero e hincó una rodilla junto a él para revisarlo. Mirando sobre el hombro de la mujer, alcancé a ver que ya no sollozaba. No se movía. Ella le pasó la mano por detrás de la nuca y lo acercó a su pecho. Yo me desesperé al no observar signos de vida. Justo en ese momento él abrió los ojos, clavando la mirada en mi. Suerte que no soy alérgico, me dijo justo antes de desmayarse.