domingo, 15 de abril de 2012

Ochenta

Respirando con serenidad intentó estirar sus hombros arqueados por el tiempo apoyando sus manos sobre la mesa de piedra. Buscaba extraerle algo de calidez al tibio sol del invierno. Llevó sus dedos de manera instintiva e irresistible en busca de su barba ausente, añorando. Aún después de cincuenta años extrañaba la rugosa caricia; una sinfonía de cosquillas y a la vez su orgullo, su marca registrada. En contraste, su impoluto afeitado le pareció una vez más, aburrido e impersonal. Como cada mañana.

Sus días como sastre de barrio habían terminado, pero sabía que jamas tendría que preocuparse por el dinero, aunque ni siquiera le interesaba. Su única preocupación era volver a crear formas con las manos; no más telas; esperaba hacerlo con piedra y arcilla, como en su infancia. La memoria le jugó uno de sus trucos, llevándolo en un instante a esa lejana niñez y devolviéndolo de un golpe a una realidad que se le hacía innegable.

Otro cumpleaños. Luego del número setenta y nueve, estaba seguro que no habría otro festejo, por lo que la energía de esa mañana le sorprendió. El exceso de vitalidad y la longevidad inesperada lo llenó de ideas contradictorias y remordimientos. Se las había arreglado para mantener apartadas su intensa pero acotada vida anterior, de su gratificante, aburrida y extensa vida actual. Pensó en su bellísima esposa, allá lejos en el tiempo. Casi estuvo a punto de pronunciar su nombre en voz alta pero después de tantos años se sintió temeroso y las palabras se le atoraron en la garganta. Sus ojos se humedecieron una vez más. Sin poder evitarlo, los fantasmas de lo abandonado comenzaron a rondarlo. Cincuenta años de desazón, de revisar una y otra vez sus decisiones y la cadena de eventos que siguió. Las razones siempre se le hicieron válidas y comprensibles, su vida estaba en peligro a causa de su creciente popularidad y ascendencia con las masas. Su sonrisa sincera y contagiosa se había convertido en una amenaza para el Líder auto proclamado.

Vendió su alma al diablo para salvarse, pero con una condición: aquel líder obtuso y déspota viviría. Podrían ensañarse con el régimen, pero no le matarían. Había jurado proteger su vida, y lo haría aunque fuera desde el exilio, lo haría aunque estuviera huyendo de él.

Se recostó aún más sobre el sillón, recordando. Mil novecientos cincuenta y nueve, un Cessna desapareció sin dejar rastros. Aquel día murió por primera vez, al mismo tiempo nació la leyenda y su nuevo ser. deslizó la mano por la mesa del patio con las manos temblorosas, como si sus yemas callosas pudieran percibir el metálico FAR-53 incrustado en el concreto.

lunes, 2 de abril de 2012

Hoy

Hoy me desperté con el espíritu renovado; si es que tal cosa en verdad existe. Amanecí con un extraña esperanza, las cosas de una vez por todas cambiarían. Las señales se habían estado repitiendo de manera inequívoca, tangibles y alentadoras.

Primero fue un cambio de humor, lo que en la profundidad no es mas que una sensación. Luego fue una semana en la oficina, que comenzó como una deprimente acumulación de sobrecarga y frustraciones, para convertirse en una promesa. Poco a poco, la esperanza se convirtió en certeza. Se trataba de un cambio, el comienzo de una serie de eventos que me sacaría de la ingravidez.

La ducha caliente fue como un viaje en el tiempo. Junto al tipo del espejo decidimos que era el momento de renovar mi apariencia. Unas tijeras y la gastada afeitadora fueron suficientes para materializar el milagro. El nuevo Yo me pareció aceptable. Un buen punto de partida. Aún húmedo y con la toalla colgada al cuello, revolví el guardarropa buscando algo distinto. Otro cambio. Mi viejo traje, una camisa en relativo buen estado y unos zapatos nuevos fueron los elegidos. Obvié la corbata.

Dejé el departamento y elegí las escaleras para bajar los cinco pisos. Un día antes hubiera esperado lo que fuera por el ascensor. Abrí la puerta del edificio y una ráfaga mortecina me alcanzó; me atravesó sin piedad. Mi garganta se comprimió y volví la mirada. Me sorprendieron las mismas miradas ausentes, el mismo gris de la ciudad. Todo se veía exactamente igual que ayer. La evidencia se acumuló, abrumadora. Volví a entrar, nada había cambiado.