sábado, 3 de diciembre de 2011

Extremo

La noche parecía haberse detenido en algún punto entre la caída de la oscuridad y los primeros aromas de pan recién horneado. El sueño se había ido sin razón aparente. Sólo unas pocas horas de descanso y otra vez con los ojos abiertos. Sabía que no tenía sentido luchar contra el desvelo por lo que me acerqué a la ventana del dormitorio a disfrutar de aquel observatorio de la vida nocturna.

Una serie de golpes secos en el techo me devolvieron a una realidad sin demasiados atractivos. Esperé, inmóvil con la vista fija en el techo. Nada. Segundos después, otra repetición de arrastre, golpe; arrastre, golpe en frenética sucesión. Luego un instante de silencio y estruendo al otro lado del departamento. Deambulé por el pasillo con el cuello torcido, aturdido por no poder obviar un dato objetivo e inobjetable; vivía en el último piso de un edificio de diecisiete plantas y no esperaba intrusos de madrugada. Alcancé el otro extremo, en la sala de TV; abrí el ventanal y me asomé al balcón. Nada. Volví la mirada al cielo, pero solo alcancé a ver el final de las rojizas tejas del techo. Estiré el cuello para ver en el balcón de mis únicos vecinos, pero solo vi calma y oscuridad.

Una vez más, el exasperante sonido avanzó hacia mi, aumentando de volumen con cada golpeteo. Cómo surgido de las tinieblas, un cuerpo se desbarrancó desde el techo, impactando en la baranda para luego estrellarse de espaldas en balcón. No supe que hacer. Sólo me quedé mirando, mientras mi vecino intentaba ponerse de pie, sobándose la espalda con una mano mientras en la otra sostenía el respaldar de una silla de plástico que había utilizado para deslizarse cuesta abajo por el techo inclinado del edificio, coqueteando mortalmente con el precipicio.

Al parecer, en su aburrimiento de vapores de cáñamo, mis vecinos habían descubierto el deporte extremo del futuro, urbano por naturaleza y estúpido por definición. Lo bautizaron tejing.