lunes, 31 de octubre de 2011

Centésimo

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. El destino lo impidió en una serie de eventos que dieron comienzo pasada la medianoche. Escuchó la alarma y recorrió los laberintos del Vaticano a pasos largos. Quinientos años de nobleza pesaban sobre sus hombros.

Asumió el papel con altura, dirigiendo esfuerzos de aliados y sembrando la muerte entre los impuros. Una vida de feroz entrenamiento corrían en eléctricos impulsos hasta sus manos. A mitad de camino la falta de aire le sorprendió. Ignoró los síntomas. Continuó avanzando.

Dos puertas lo separaban de su objetivo. Su corazón bombeaba enfurecido. Todo se reducía a esos últimos metros. Vio a tres escoltas conduciendo al Santo Padre. Cambió las llaves por la daga. Alcanzó al rezagado con la boca seca. El muchacho le sonrió, él le cortó el cuello. Su Santidad al alcance. Un trueno. Su corazón falló, la misión también.


Este cuento fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente, éste tampoco no ganó.

domingo, 23 de octubre de 2011

Culpa

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Se sabía sin escapatoria. Con el Papa muerto a sus pies, sólo era cuestión de tiempo para que algún integrante de su grupo de obsecuentes apareciera en busca de alguna firma o tal vez de un gesto de aprobación.

Recorrió los aposentos, investigando. Debía existir una manera de escapar, una salida decorosa. No la encontró. Sentía desangrarse al mismo ritmo que su víctima, la energía lo abandonaba gradualmente. El plan, si es que alguna vez había existido, se deshacía como una escultura de arena. Le faltaron palabras. Se sentó de espaldas al cuerpo con los ojos cerrados y el ceño fruncido.

Lo que alguna vez vio como un plan sin errores, de pronto parecía no tener sentido. Poco creativo y lleno de potenciales fallas de libreto. Si algo podía fallar, fallaría. Así fue. El asesinato del Pontífice, misterioso y sin culpable frustrado en parte por frustrado por un vetusto picaporte.


Este cuento NO fue enviado al Concurso de de la Escuela de Escritores: Getafe negro 2011. Bases. Una frase de inicio: "El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral" 150 palabras. Obviamente no ganó.

domingo, 16 de octubre de 2011

Personal

Sorprendido sería una manera de decirlo. No esperaba encontrarte aquí, no después de tanto tiempo. ¿Fueron nueve o diez años? Juraría que más pero supongo que también podría ser mi imaginación.

Te lo dije esa tarde que nos vimos por ultima vez. Solo es cuestión de tiempo. Si el destino lo quiere, se encargará de cruzarnos. Puede ser en un supermercado, en un bar o en una estación de trenes, pero la casualidad o la causalidad siempre se salen con la suya. ¿No es este encuentro testimonio suficiente?

Veo que te quedaste sin palabras. Me sorprende. Tal vez más que encontrarte, porque desde que te conozco jamás hubo un momento en que el silencio tuviera alguna oportunidad. Siempre sabías que decir, que responder. Tu lengua, filosa como pocas, podía causar profundas heridas. Heridas llenas de ponzoña, imposibles de cicatrizar.

¿Me pregunto, que estarás pensando en este momento? ¿Que ingeniosas palabras deambulan por esa cabecita tuya? ¿O a quién te dan ganas de llamar? Te he oído decir: "No es personal", pero ambos sabemos que en ese comentario se esconde una sucia y cobarde mentira. Siempre es personal, especialmente si tu declaración me costó diez años en el infierno.

martes, 11 de octubre de 2011

Movimiento

Fue mientras conducía como endemoniado por la autopista que tomé conciencia de algunos hechos fundamentales. Con los ojos entrecerrados por la luz del atardecer, supuse que podría evitar que el sol se alejara de mi. Aceleré hasta los limites de mi motocicleta al tiempo que intentaba calcular la velocidad de rotación de la tierra. Las vibraciones del motor corrían hasta mis encías en oleadas imparables como viento huracanado.

La tierra se movía inexorablemente y si era capaz de igualar su velocidad, sería como detener el tiempo aunque mas no sea por un instante. Me dejé arrastrar por el exceso de imaginación y me olvidé por completo de la autopista. Si la tierra completa un giro en veinticuatro horas, solo era cuestión de conocer la circunferencia total del planeta y dividir por veinticuatro. No pude recordar la distancia, pero imaginé que distaría bastante de los doscientos cuarenta quilómetros por hora, y que a medida que nos alejáramos del ecuador la velocidad de rotación sería menor. Fruncí los labios, sorprendido de mi propia sabiduría.

Retomé cierto contacto con la realidad, evitando así terminar decorando las paginas de algún pasquín de segunda. Volví a casa dispuesto a hacer los correcto. Investigué unas cuantas horas, rehice mis planes y conseguí la correcta combinación de rutas aéreas y modelos de aviones. Vacié mi cuenta de ahorros y salí en busca de este sueño. Esperé. Dos días después y en camino hacia algún lugar, me calcé los auriculares para disfrutar de esa melodía cercana a la perfección. Cerré los ojos, y juraría que por un instante, el tiempo se detuvo.