sábado, 23 de abril de 2011

Vigilia

Llevaba un buen rato acostado, en silencio. La bombilla de luz se balanceaba sobre mi, desnuda y amarillenta como una idea de antaño. Pestañeé varias veces ante las débiles oscilaciones de la luz, culpando a mis ojos cansados. Las trepidaciones se mantuvieron. Mantuve la mirada fija en el filamento hasta que el decadente dormitorio se volvió borroso.
Sobre la mesa de luz, un único plato de bordes astillados me esperaba en silencio. Los restos de una lata de caballa con cebolla y limón se encargaron de quitarme el hambre de inmediato; aún sentía la pegajosa acidez de la cena saturando mis entrañas. Sólo necesitaba un vaso de agua fresca y la botella que tenía a mano apenas tenía algunas gotas. Lo intenté de todos modos, pero apenas logré refrescarme la lengua y aumentar la desesperante necesidad de un trago.
Volví a fijar la vista en la bombilla trazando complicados planes para perseguir el futuro que se mostraba esquivo. La intensidad de la luz mostró variaciones intermitentes; luego la vi oscilar una última vez antes de hincharse como una anaconda incandescente y reventar.
Inmóvil en la oscuridad me hice algunas preguntas sobre mi suerte, pero no logré convencerme del infortunio; y en cuanto escuché a lo lejos los primeros acordes de la canción que había querido escuchar durante todo el día, supe que el futuro estaba muy cerca.


sábado, 16 de abril de 2011

Sed

La tibia humedad de la tierra le ayudó a ganar la superficie. A través de los ojos embarrados, llegó a ver unas uñas inusualmente largas y tan negras como el cielo que lo vigilaba. Le fue necesario un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie y se mantuvo con el torso inclinado hacia adelante, enfrentando la tierra recién removida en búsqueda del equilibrio perdido. Hizo varios intentos por erguirse pero sus miembros entumecidos se negaban a complacerlo.

No le sorprendió advertir tenía la garganta y fosas nasales colmadas de tierra fresca. Alcanzó a toser casi por reflejo y pudo a distinguir algunos trozos de barro cayendo a sus pies. Ensayó varios escupitajos y forzó una carraspera. Restregó el paladar con la lengua, tan seca como cartulina. La pasta se le antojó arenosa e insulsa. Volvió a escupir.

Las entrañas le hervían como una sopa del infierno. Una fuerza primaria e inexplicable lo incitaba a combatir el fuego que lo atormentaba. La sed de sangre se le hizo insoportable. Sintió deseos de llorar. El corazón marchito se contrajo en la profundidad de su cuerpo. Logró mover gradualmente las piernas y sin un gramo de remordimiento caminó rumbo al único lugar que conocía.

sábado, 2 de abril de 2011

Carrera

Corrimos como locos durante horas cargadas de segundos perezosos. Por momentos con los ojos cerrados, intentando contener las lágrimas cada vez más escasas; de a ratos con la vista nublada por el odio y la desesperación. Los latidos martillándonos las sienes cual bombardeo sobre Beirut y el aire incandescente evaporándose de nuestros pulmones. Continuamos corriendo casi al límite de nuestras fuerzas, disminuyendo el ritmo a cada minuto. Un minuto de descanso y luego volvíamos a retomar la carrera, mientras nos sentíamos amenazados de las sombras de la tarde.

La energía nos abandonaba poco a poco, diluyéndose en un océano de incertidumbre. Avanzamos, devorando terreno durante dos días sin saber cuánto camino restaba por recorrer ni los obstáculos que encontraríamos durante la marcha. Racionábamos una botella de agua sucia y unos bollos de pan robados de un puesto destruido. El viento se complotaba contra nosotros, como intentando impedirnos el paso.

Pasamos las noches refugiados entre escombros y mantos de angustia, incapaces de mantener el calor en nuestros cuerpos. Retomábamos el camino antes del amanecer, convencidos de que hacíamos lo correcto. Avanzamos hasta nuestro destino, solo para encontrarnos con que nada quedaba por salvar.