lunes, 22 de noviembre de 2010

Destino

Llegamos a un pueblo que evidenciaba tener más habitantes bajo tierra que recorriendo sus calles. Unas pocas cuadras de largo por otras tantas de ancho, calles de tierra y atmósfera depresiva. Incluso los colores parecían desteñidos, sin fuerza.

Avanzamos a paso de hombre por lo que aparentaba ser la calle principal. Rodeamos la plaza bajo la atenta mirada de un grupo vecinos; se veían cansados, vencidos de antemano por una vida poco prometedora. Nos detuvimos junto a una señora que empuñaba una escoba junto al final de la vereda. Barría como autómata, sin mirar lo que hacía; más atenta a lo que ocurría a su alrededor que a la tarea que ejecutaba. Luego clavó la mirada en nosotros, como si no fuéramos otra cosa que una amenaza. No dejó de mover la escoba.

Con cuidada educación saludamos a la mujer, con la idea de consultar el rumbo. Hicimos la pregunta temiendo la respuesta. Una mezcla de desazón y resignación nos invadió al darnos cuenta que habíamos llegado.