Asomado a la ventana, se dejó hipnotizar por la verdosa oscuridad del cielo. Las nubes se agolpaban al sur, amenazantes. El viento comenzó a soplar cargado de humedad. Respiró hondo, dejándose llenar por suaves aromas de hierba y lluvia.
El hombre dejó abiertas las persianas y volvió a la mesa. Sentado frente al portátil consultó con ansiedad la página del clima. Estaba preparado para la madrugada siguiente, y sabía que sería difícil lograrlo si el clima no los acompañaba. Desplegó el pronóstico hora a hora y se quedó inmóvil frente a los llamativos íconos. Nubarrones, rayos y ráfagas de viento de colores sobresaturados y con efectos de relieve.
Sintió deseos de beber un trago de vodka, pero descargó su ansiedad caminando por la casa y comiendo maní salado. Consultó el reloj. La hora se aproximaba. Tomó el teléfono y confirmó con cada uno de sus socios. La hora se mantenía. El clima estaba de su lado.
Juntó sus cosas y armó la mochila. En menos de dos horas la tormenta alcanzaría el clímax y se sería el momento ideal. Desde hacía dos años se dedicaban a cosechar casas, edificios y empresas, protegidos por la rudeza de los grandes temporales.

