sábado, 29 de enero de 2022

AM980



La fila interminable de autos se mueve a paso lento. Cincuenta o sesenta metros mas adelante, una patrulla se erige como la responsable de tal embrollo. Miro por el espejo y no llego a ver el último auto.
Fijo la mirada en el auto que está adelante. Un Fiat blanco, como miles. De puro aburrimiento miro la patente. AM980PP. Sin dudas el código alfanumérico capta mi atención. Detenido en medio de la ruta y sin muchas opciones me pongo a jugar con el selector de la radio. Primero voy por la AM. De inmediato busco el 980. No recuerdo que exista alguna estación en esa frecuencia.
Un ligero temblor me recorre el brazo cuando escucho música al llegar al número buscado. Hip Hop de los años noventa. Extraño. Frunciendo la ceja vuelvo la vista al auto frente a mi. Fijo la mirada en lo que parece ser una antena de grueso calibre que asoma del baúl. Me pregunto si podrá cargar con una emisora portátil de AM ahí.
Una voz se mezcla con la música, descargando duras críticas al Gobierno. Apenas llego a expulsar algo de aire por la nariz. No me sorprende que los críticos se escondan. Parece una grabación. No creo que sea en vivo. Las criticas se concentran en la imposibilidad de conseguir pasaportes. Los próximos turnos se están dando a dos años. De pronto, no es posible conseguir los insumos necesarios. Entregan solo unos pocos por mes y misteriosamente, nadie conoce los afortunados. La voz tiene su propia teoría poco sorprendente. Solo los amigos del poder los consiguen. De inmediato, la revelación más importante de la transmisión. De manera temeraria, ofrecen pasaportes para quienes quieran salir del país. Originales, no copias. Capta mi atención de inmediato. Para obtenerlos solo debe seguir al auto. El precio anunciado parece más que razonable.
Ansioso, espero pasar rápido el control policial. Mantengo sintonizada la misma emisora pero nada nuevo se escucha. Música. Críticas y la oferta de pasaportes. Fiel a mi espíritu desconfiado observo todo los detalle posibles del auto y su conductor. Un auto de media gama, de color común totalmente indistinguible entre miles. Ninguna calcomanía, ningún detalle. Sólo la apenas visible antena del baúl. Del conductor solo se ve parte de la cabellera y por momentos llego a ver algo del perfil. Se ve joven. Al menos, más joven que yo.
Pasamos el control sin inconvenientes. Los policías se ven entumecidos. Me mantengo atrás a una distancia prudente. Unos kilómetros más adelante le hago señas de luces y pongo la luz de giro como para avisar que voy hacia la banquina. De inmediato el Fiat copia la maniobra y comienza a frenar hacia la derecha. Un cosquilleo en el bajo vientre me alerta que ya no hay vuelta atrás.
Bajo del auto con movimientos que intentan demostrar una seguridad que no siento. Me acerco al auto blanco esperando alguna señal. La ventanilla bajó en su totalidad y un muchachito de anteojos me mira con una sonrisa cómplice. Me pregunta por el dinero. Si estoy de acuerdo. Me pide mi documento y se lo entrego mientras miro pasar los autos por la autopista. El muchacho lo pasa por un lector que tiene integrado en el tablero del auto. Me pide un minuto de paciencia mientras lo miro sorprendido por la naturalidad con la que se maneja. Estira la mano al asiento trasero y saca lo que parece ser un pasaporte en blanco. Lo mira un instante y lo coloca abierto una caja negra que lleva a los pies del asiento del acompañante. Dos silbidos y un crujido después, tres “bips” indican que el proceso ha terminado. Vuelve a controlarlo; me lo muestra a cierta distancia y me indica gentilmente que el momento de pagar ha llegado. Muestra su teléfono con un código estilo nube y espera mi parte.
Asombrado por el profesionalismo y la velocidad del proceso, tardo unos segundos en reaccionar. Saco mi teléfono y con un simple enfoque mas una confirmación, el proceso está cerrado. Un par de segundos después, un mensaje le confirma el pago al muchacho. Me entrega el pasaporte y casi el mismo tiempo arranca el auto lentamente y se pierde en la autopista.
Vuelvo al auto y pongo el motor en marcha pero sin moverme. Necesito revisar lo que compré. Una idea me asalta y debo dominar mi nervios para no ponerme a temblar. El pasaporte se ve perfecto. Demasiado nuevo tal vez, pero perfecto. Reviso el teléfono persiguiendo una estúpida idea. Descubro que un vuelo internacional está a poco rato de partir. Estoy a tiempo, calculo. El aeropuerto está cerca.
El lugar se me hace deslucido. Veo poca gente en el hall principal. Voy directo a la oficina de ventas de la aerolínea jadeando por la corrida. Unas pocas sonrisas, una buena explicación para el apuro y otra transacción exitosa me hacen acreedor de un pasaje internacional.
Es hora de la prueba de fuego. Migraciones. Siento la transpiración correrme por la espalda. Casi no queda nadie en la fila. Soy el próximo. Respiro hondo y recorro los cinco pasos que me separan del mostrador. Imágenes mentales de la Policía Federal arrastrándome por los pasillos me asaltan. El funcionario abre el pasaporte y me mira. Teclea en la computadora y escanea el documento. Vuelve a mirarme y frunce el entrecejo. Mueve la mano hacia el teléfono y se detiene. Me mira nuevamente y sacude a cabeza. Finalmente estampa el sello al tiempo que me explica. Un homónimo tiene pedido de captura, pero es más veterano y tiene otro número de documento. Llama al que sigue y me deja el la zona gris de la aviación. Ya dejé mi país pero no estoy en ningún lado. Camino nervioso por entre las puertas de embarque. Antes de siquiera pensar en la hora, comienza el embarque. Estoy más tranquilo. Me llaman entre los primeros. Mi asiento está en la última fila del avión. Recorro la manga y el pasillo completo de la aeronave. Ventanilla. Me siento con los ojos cerrados, calculando la cantidad de leyes que estoy violando y las sanciones aplicables. Las opciones pasan a la velocidad de la luz.
Siento una breve sacudida y un vacío en el estómago. Estamos en el aire. Reflexiono. Para cuando desembarque, otro país me espera. Reordeno mis pensamientos. Encuentro algunos interrogantes más urgentes, como que pensará mi esposa cuando no llegue a cenar.

sábado, 8 de enero de 2022

Patrullas


Las luces azules destellan en la oscuridad en un patrón hipnótico. Sé que vienen por mí. Me cuesta enfocar el camino o las luces. Entrecierro los ojos. Calculo que la última botella de vino estuvo de más. Un traicionero reflujo confirma mi teoría. Acelero todo lo que el motor me permite. Paso junto a los policías que me miran desconcertados. Sonrío.
Las luces policiales van quedando atrás. Por un momento solo se alejan, inmóviles. Miro hacia atrás y comienzan a dispersarse. La cacería comienza. Fuerzo al máximo el motor. La aguja entra en la zona roja. Mi corazón bombea descarriado.
Ninguna luz a la vista. Mantengo la velocidad. Mas aliviado, imagino que hay chances de escapar de la persecución. Una mezcla de hipo y eructo se me escapa por la emoción.
Abandono el pueblo y en pocos metros las sombras comienzan a expandirse. En medio de la penumbra vuelvo a ver los destellos azules. Juraría que son muchos más.
Completo una curva y veo un patrullero en mi camino. Es momento de decidir cuáles son los límites que voy a cruzar. Pocos metros más y será imposible detenerme. Maldiciendo con la lengua pesada, acciono los frenos hasta el fondo y me preparo. A pocos metros del impacto, salgo de la cabina de la locomotora y salto del tren en movimiento en dirección opuesta a la coche de policía. No importa lo que intenten, no pienso dejar que me hagan el control de alcoholemia.

jueves, 6 de enero de 2022

Huida

 


Miro la hora y calculo mis opciones. No son alentadoras. Acelero el auto con cuidado, asegurándome de respetar cada regla de tránsito. Busco un lugar donde estacionar y ordenar las ideas. Salgo de la avenida iluminada para resguardarme en los callejones mas oscuros.
Apoyo las palmas de las manos y la frente sobre el volante. Respiro hondo. Imágenes e ideas se amontonan en mi mente. Sólo imagino una opción.
Vuelvo a rodar. Evito las avenidas y avanzo. Encuentro un lugar remoto para dejar el auto y camino con cuidado evitando las luminarias. Llego al edificio de memoria y sin demora presiono en el teclado el departamento de mi amigo. Es tarde. Estoy seguro de haberlo despertado.
Subo sin cruzarme con nadie. Los nueve pisos parecen nueve mil. Dejo el ascensor y avanzo por el pasillo. La puerta del fondo se abre y su sombra se recorta en el brillo del interior. Solo me mira. De arriba hacia abajo en un movimiento lento. No hace ningún gesto. Solo que pase. Intento tomar aire para dar una explicación pero me interrumpe con un gesto serio.
Se aleja y desaparece un minuto en el dormitorio del pequeño departamento. En instantes, vuelve con algo de ropa limpia y una toalla. Me indica el baño y me dice: “Acá te espero”. Mis ojos se empañan por su noble actitud. Solo espero que pueda comprenderme.

martes, 4 de enero de 2022

Caminata



Confiando en mi agudo sentido de la orientación, tomo un atajo para llegar a la zona de restaurantes evitando el largo camino de las avenidas. Una ciudad que apenas he visitado un puñado de veces pero en la que he caminado como en ninguna, no me provoca mayores preocupaciones.
Confiado, camino con pasos largos y rápidos, decidido a probar mi teoría. El paisaje va cambiado de esa ciudad de postal fotográfica hacia una zona de apariencia marginal. Las luces se van haciendo mas espaciadas. Las primeras dudas comienzan a formarse como las nubes lejanas en una tormenta de verano. 
Demasiado orgulloso como para volver, sigo adelante. A mi derecha, aparece un descampado poco iluminado. Imagino que es un campo de deportes. Unos metros mas adelante un cartel oxidado indica que se trata de un cementerio. No soy supersticioso, pero no me da una buena señal.
En la calle siguiente solo se ve una luz a mitad de la cuadra. Apenas proyecta un cono de luz y el resto es parte de las tinieblas. Trago saliva y avanzo. Atravieso el área iluminada al mismo tiempo que escucho unos pasos detrás mio. Acelero el paso y la respiración. Dos sombras enormes atraviesan la claridad como espectros. Un vacío se forma en mi estómago. Apuro aún mas el paso tratando de poner distancia. Mi máximo esfuerzo es insuficiente. La distancia se acorta. Estimo que las sombras me alcanzarán en menos de cien metros.
El corazón ya me alcanza un ritmo de peligro y siento un cierto reflujo de acidez en la garganta. Veinte pasos me separan de las sombras. Escucho algunas palabras cortantes que no logro comprender. Las opciones escasean. Pienso en correr pero imagino que las chances no son buenas.
Casi llego a la intersección y de las tinieblas surge un colectivo. Iluminado y casi sin pasajeros dobla a pocos metros dirigiéndose a donde estoy. Le hago señas agitando los brazos y por milagro se detiene. No llego a ver indicaciones de hacia dónde se dirige pero entiendo que cualquier lugar será mejor. Saco un puñado de monedas del bolsillo y le entrego al chofer que las guarda sin siquiera mirarlas. En un acto reflejo, miro a donde se supone estarían mis perseguidores. A la luz del colectivo, una pareja camina de la mano sin proyectar demasiada amenaza. Me vuelvo hacia el pasaje y veo a tres pasajeros que me observan con una sonrisa.

domingo, 2 de enero de 2022

Noventa y Cinco Pasos

Las primeras luces del amanecer se hacen presentes con desgano. Apenas pestañeo mi mente viaja como un rayo. ¿Qué hora es? En la penumbra busco a tientas el celular. Perfecto. Faltan aún quince minutos para que suene la alarma. Nada para preocuparse.
Enderezo el asiento del acompañante donde pasé la noche consciente que al menos es más cómodo que el del conductor. 
Improviso un buche con agua y dentífrico en una poco profunda pero suficiente limpieza bucal. Unas toallas húmedas y perfumadas cumplen el trabajo de refrescarme cual ducha en una mañana de verano. Finalmente un toque de perfume. 
Me visto con cierta incomodidad pero sin demora. El pantalón es tal vez el mayor desafío. La camisa en cambio va bastante bien. Ajusto el cuello de la camisa haciendo contorsiones de cuello frente al microscópico espejo.
Dudo por la corbata. Al final decido que es demasiado. La alarma suena. Las luces ya dominan a la oscuridad. Estoy listo. 
Salgo del auto con algunos dolores de espalda, pronto opacados por la excitación. Tomo el saco del asiento trasero y lo ajusto de memoria. Primero las solapas, luego los puños. No necesito verme para saber que está perfecto. 
Respirando con suavidad, camino los noventa y cinco pasos que me separan del ingreso y recepción de mi nuevo empleador. Nada permitirá que llegue tarde en mi primer día de trabajo.

domingo, 26 de diciembre de 2021

Momentos

Pasé al menos dos larguísimos año contando los días, los minutos y hasta los cambios de champú restantes en espera de la llegada de ese ansiado momento. La concreción de esa sumatoria de esfuerzos y esperanzas en que todo sería diferente. Por fin poseer lo que todo hijo de hijo de inmigrantes desea. Pero no pudo ser. En el último instante, un cisne negro se interpuso. Caprichoso e inesperado, aunque disruptivo y despiadado. Pero por supuesto seguí adelante.

Así también como esperé por aquel viaje por interminables meses de oscuridad. Un viaje añorado, soñado y fuera de serie, que cuando se convirtió en realidad, nada tuvo de idílico mas allá de lo que en realidad era y, para completarlo, se evaporó en pocos segundo como todo lo que ha sido bueno. Tampoco tuve alternativa y seguí adelante con la fuerza de la obligación.

Esperé también por años, el trabajo perfecto en tecnología, que tuviera la combinación extraordinaria de diferentes elementos como proyectos desafiantes y una paga muy por encima de la media que me haga sentir apreciado; pero el éxtasis no duró mucho. La creatividad se confirmó en burocracia y la expectativa en frustración.

Por supuesto seguiré adelante, pero con conocimientos adquiridos. Cierto aprendizaje que los años van esculpiendo en nuestro ser. La vida se nos escapa en esperas, acortando aun más el tiempo disponible de gozar del corto espacio de tiempo que tenemos. Sigo adelante, pero ahora disfrutando más de la espera que de los momentos esperados.

martes, 26 de octubre de 2021

Motel

Salgo de casa sin apuro. El aroma a recién bañado y perfumado me sigue a la distancia. El aire fresco de la mañana primaveral estira los minutos como si no fueran importantes. En el auto, acaricio el volante de cuero con cierta satisfacción. Sonrío a la brisa que se cuela por la ventanilla abierta. Sonrío apenas, con cierta culpa cristiana.
Las noticias se repiten en unas secuencia poco alentadora, digno de una espiral descendente rumbo al infierno. No hay señales de una recuperación económica. Ni siquiera de un cambio de dirección. Todo parece ir en contra de quién se esfuerza, de quien quiere avanzar y salir de la miseria. La desesperanza reina con puño de hierro, asfixiando lentamente.
Llego al hotel temprano, antes que los empleados del turno mañana. Saludo a los que salen. Saludo luego a los que ingresan. Los empleados son pocos, pero leales. Ellos saben que soy justo. Ellos saben que soy agradecido. Camino por los pasillos con el orgullo de quién observa las interminables tierras de su propiedad.
Ya en la oficina me dedico como cada mañana a revisar los indicadores del día anterior. Ser pequeños no me impide gestionar con profesionalismo y con datos coherentes. Todo marcha bien. El escritorio inmaculado, a excepción de la correspondencia del día. Me reclino hacia atrás en el sillón con el puñado de correos en mano. Algunas cuentas y unas pocas ofertas. Centro mi atención un un sobre de aspecto oficial. Lo abro expectante. Desde la primer frase, comienzo a perder el foco. Pestañeo. Las palabras se entremezclan. Entiendo “expropiación”, “pago justo” y “moneda local”. Respiro hondo. Dejo con cuidado el sobre y abro el cajón del escritorio analizando mis opciones.

sábado, 2 de octubre de 2021

Multitud

Giro en la esquina con pasos inseguros y temblorosos. Apenas si estoy seguro de estar en la esquina correcta, o en la calle correcta. Las calles oscuras tienen un triste resplandor que las hace más tenebrosas que la misma oscuridad. Tropiezo con una bolsa de basura y por poco termino en el piso.
Cincuenta metros más adelante un murmullo comienza a ganar volumen. Escucho el sonido de decenas de personas. Al menos dos ladridos de perros son distinguibles. Unos metros más y otra esquina. Veo las luces de varias linternas. Se acercan. Vuelvo a tropezar pero esta vez tengo que ayudarme con las manos en el piso.
Las figuras me alcanzan. Los perros me ladran. No puedo entender todo lo que dicen. Alguien está perdido y la turba salió en su búsqueda. Un policía los lidera. El resto parece gente común. El barrio me da vueltas. No soy un tipo particularmente generoso, pero la situación lo amerita. Me uno al grupo de búsqueda aunque con la vista y la mente nublada no creo ser de mucha ayuda. Pierdo el equilibrio. Uno de los hombres me asiste. Me habla pero no le entiendo. Tomo coraje. Otros de los hombres se acerca con una hoja. Una foto y un nombre. Las lucen vuelven a girar bruscamente. Soy yo al que buscan.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Juego



Apoyo las manos sudorosas sobre el paño verde. Siento la electricidad del ambiente a través de las fibras desgastadas. El humo de decenas de cigarrillos mezclados con desesperación me envuelven. Estiro la mano hasta el vaso de vodka en un movimiento reflejo.
Tres jugadores ya han sido desplumados y también sacudidos por los matones de nuestro anfitrión. Con seguridad será la última ronda. Mano a mano con quien oficia de banca. Un riesgo necesario si pretendo alzarme con las de fichas que se amontonan irregularmente sobre la mesa.
No me animo a mirar las cartas. Prefiero mirar a mi rival para detectar alguna señal. Nada. Vuelvo a mis dos cartas. Apenas las deslizo entre los dedos para elevar las puntas. Un par de dieces en mano. Es una partida que viene de pares miserables. El corazón patea como desbocado. Elevo los ojos a mi oponente. Juraría que una mínima sonrisa se asoma en su abundante rostro.
Voy por todo. Las fichas comienzan a acumularse. En pocos segundos, entre la adrenalina y el vodka me dejo empujar “All in”. Las fichas se acaban. Espero las ver el resto de las cartas. En lugar de eso, el dealer-anfitrión-contrincante, gira dos cartas. Un rey y un As. “BlackJack” me dice con una voz que retumba. En medio del vacío interminable que se forma en mi estómago, recuerdo lo difícil que se hace ganar cuando no sos el dueño de la baraja.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Teléfono

Los primeros rayos del amanecer se deslizan entre las cortinas de la habitación vacía. La luz acaricia la cama desecha, dándole cierto tinte de realidad. El teléfono desgarra el silencio en una interminable seguidilla de sonidos penetrantes. El eco se mantiene por unos segundos antes de cederle el paso al silencio, mientras a lo lejos los sonidos de la ciudad se confunden en el tiempo.
La luz alcanza con cierta tibieza el lustroso escritorio. Documentos desordenados y una botella vacía. Inmóviles, reflejan el resplandor de un pasado feliz. El teléfono vuelve a sonar interrumpiendo los sonidos distantes. El timbre domina el espacio, haciendo vibrar el líquido ámbar en la copa olvidada. El eco nuevamente se desvanece, olvidado.
Los último rayos del atardecer vuelven a la carga en un lento desplazamiento. Las sombras se estiran hacia el techo con descuido. La vieja estantería se llena de vida, dejando al descubierto raras ediciones de clásicos esperando a ser leídos. El teléfono vuelve a la vida con desgano, como si su misión fuera tan inútil que se negara a aceptarlo. El eco se confunde con los nuevos intentos, intoxicando el ambiente. El aparato vuelve a sonar, una, dos y finalmente una última vez. Luego, silencio.



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tributo a Willy Crook - Inspirado por  If You

“Love is a telephone ringing in empty rooms”




domingo, 5 de septiembre de 2021

Búsqueda



El joven avanza a los empujones tropezando con los visitantes del mercado. La vista nublada por la furia y el incesante bombeo en las sienes lo torturan. Pestañea con fuerza tratando de enfocar la vista. El peso del Magnum en el cinto lo reconecta con la realidad. Ha llegado el momento. Cinco interminables semanas de búsqueda. A pocos metros ve a la chica. La cacería casi termina. La joven de cabellera dorada se detiene frente a un puesto de artesanos, ajena por completo al ciclón que se acercaba. Ella se inclina sobre la mesa girando el cuerpo ligeramente hacia él. Apenas visible contra su pecho se asoman los rasgos de un bebé. Su bebé. Su bebé está en los brazos de otra mujer. La respiración se interrumpe por largos segundos, el corazón se le acelera hasta el límite y los nudillos se le ponen blancos por presionar la empuñadura del revolver. Avanza hacia la mujer. Veinte metros. La bebé llora y la mujer centra toda su atención en su llanto. Diez Metros. Un hombre aparece en su línea de visión y también se ocupa de la bebé. 5 Metros. Con una mano acaricia el pelo de la niña al tiempo que besa la frente de la mujer. Un rayo de culpa atraviesa su mente. Duda. Su hija está en manos de extraños. Casi puede tocarlos. Sus rostros demuestran un amor incondicional y eterno. Intenta imaginar la vida que él mismo podría darle a la niña. Lo ve con claridad. Respira hondo y acelera el paso. Se desliza a centímetros de la pareja dándole una última mirada a la bebé con un nudo en la garganta y los ojos enrojecidos.



Inspirado por SAMCRO

domingo, 29 de agosto de 2021

La Mula

Aquel fue un final de semana inusual. En general, uno no espera que que le regalen una mula pero allí estaba. Una figura conocida e intimidante a la vez. Durante esos primeros días, se mostró bastante molesta y demandante, como si de alguna manera no se acostumbrara o no quisiera estar allí. 
Para el cuarto día, parecía haberse adaptado sin inconvenientes, dejándome avanzar con cierta normalidad en las actividades cotidianas. Todo parecía bajo control, aunque las ilusiones de calma y tranquilidad suelen esconder algunas tormentas bajo la superficie. La tormenta se gestaba. 
Para el séptimo día, la Mula se tornó de repente más agresiva y hostil, buscando una y otra vez la incómoda refriega. Comencé a probar diferentes acciones de contención. Debía calmarla. Lo intenté con amabilidad y buenas maneras. No funcionó. Luego pasé a los químicos como última opción y para cuando transitaba la mitad del noveno día el animal comenzó a dar señales de iniciar un proceso de calma. 
Mis preocupaciones comenzaron a ceder a medida que los bríos se iban aquietando. Me acerqué con cuidado, con la idea de corroborar la situación y cometí uno de esos errores que cambian el curso de los acontecimientos. Le di la espalda. Una patata doble en medio de los pulmones fue lo que obtuve. Todo se oscureció y el aire se endureció como si de arena se tratara. El resto de las escenas fueron extrañas e impersonales, distantes. Nueve días de hospital, una colección de medicamentos y extraño recuerdo que espero pronto dejar atrás.

viernes, 16 de abril de 2021

Borceguíes

Freno a tomar una bocanada de aire después de más de 10 minutos de correr como loco. Las palpitaciones en la cabeza superan a las del pecho. Me asomo con cuidado, como para no exponerme demasiado. La carrera alocada me alejó del grupo y las señales indican que la precaución es lo preciso. Respiro hondo buscando acallar las palpitaciones. El vaho de eternas humedades se refuerza. Vuelvo a asomarme por el filo de la puerta. A más de 4 pisos de altura, el gran ventanal deja entrar las luces amarillentas del centro de la ciudad. Me alejo de luz para evitar ser blanco un fácil. Intento adivinar las posibles rutas de escape. Entiendo que son pocas. Avanzo con tres lentos pasos hacia el corazón del edificio en penumbras. Escucho el característico sonido de las ropas que rozan y pies que se arrastran apenas. Por puro instinto, vocifero una fuerte amenaza para quienes intuyo se esconden tras recoveco en la pared. La respuesta no tarda en llegar. 
La voz calma desde la oscuridad me sorprende y me tensa los nervios. Temo se hayan dado cuenta que nadie me acompaña. Acaricio el metal de la pistola como para asegurarme pero esperando no tener que usarla. Vuelvo a gritar tratando de convencerlos, rogando no se note en mi voz el peso de la soledad. Sin respuesta alguna, cae algo amorfo a mis pies con un sonido sordo y apagado. Las piernas no me responden para alejarme y la vista entrenada alcanza a identificar el objeto. Una mochila, abierta parcialmente por la fuerza del impacto. Fajos de billetes asoman.
Tras la sorpresa llega la respuesta verbal. Me ofrecen que me quede con el botín a cambio de alejarme en silencio. De inmediato, ráfagas de imágenes se entrecruzan en mi mente. Las penurias de mis padres; las penurias de mis hijos. Mis propios deseos y frustraciones. La imagen de mi padre. La imagen de mis hijos. Con los ladrones boca abajo, capturados y esposados, no me separo un instante del dinero hasta entregar hasta el último billete al fiscal. Firmo el acta y me alejo a paso lento notando la despareja pisada de mis viejos borceguíes.





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Tributo al Oficial Principal Marcos Arce.
Historia inspirada por su historia contada por Miguel Clariá.



domingo, 11 de abril de 2021

Doble Vida

Camino con pasos dubitativos. Maldigo la extraña sensación de conseguir lo que busco. Mantener los ojos abiertos es un imposible. El cansancio me persigue como una fiera hambrienta. Intento concentrarme en no pensar, pero pienso. Vivimos bajo la constante amenaza de lo insignificante de nuestro viaje. Para cuando tomamos conciencia de lo inevitable, el tiempo se convierte en un bien preciado y evasivo a la vez. Conseguir los recursos para disfrutar, nos cuesta una enorme cantidad de tiempo; el que invertido en solo en disfrutar, nos deja en la mayoría de los casos sin recursos para que el tiempo valga la pena. Una paradoja circular que nos ahoga sin remedio. 
La cama está a unos pocos pasos. Estoy consciente de lo que viene y temeroso de lo que significa. Los últimos impulsos de energía los dedico a quitarme algo de ropa. Alcanzo las sábanas como si del paraíso se trataran. Recostado boca arriba, intento conciliar el sueño sin mucha convicción. Destellos interminables recorren mi mente. Pensamientos donde se entremezclan realidades imposibles de balancear. Actividades tan disímiles que se tornan incompatibles. Tecnologías, conocimientos y oficios se enredan en un interminable remolino. A mi lado, ella duerme un sueño profundo, puro. Giro para ponerme boca abajo porque siento acercarse la niebla de la inconsciencia. Me cuesta cuesta conciliar mis verdaderos problemas. Los que debo resolver sin demora. 
Un instante de inconsciencia y la alarma se activa. Despierto aún más aturdido. No comprendo en qué realidad me encuentro o cuales son los desafíos de éste día. A mi lado, ella también duerme con aparente tranquilidad. Estiro la mano en busca de una ropa que sé muy bien será diferente a la que dejé hace instantes aunque no tendrá diferencia con la anterior.

sábado, 3 de abril de 2021

Amenaza



A resguardo detrás de una columna alcanzo a ver a la primer pareja de policías entrar a paso lento y desganado. Cruzan la puerta e ingresan al edificio perdiéndose en la penumbra del vestíbulo.
Minutos después, una segunda pareja de policías se deja ver en las escalinatas de ingreso. A estos no se los ven ni tan cansado ni tan lentos. Una picazón me recorre la espalda. Sé a donde van. Me integro a las sombras y sigo a los policías. Sé por qué están allí. 
Espero con paciencia el ascensor. Nadie en los alrededores. Enfrento el gran tablero y presiono el piso “28”. La luz me lo confirma y siento el cosquilleo de la elevación. 
Ni bien se abren las puertas, el aroma a cebollas y algo que no logro identificar. Una mujer llora al final del pasillo. Las voces de que estimo son los policías, hacen preguntas. La mujer responde con sollozos. Los policías insisten, aunque no comprendo todas las palabras. 
 Me acerco un paso más, estirando el cuello hasta lo imposible. Los sonidos se aclaran. La señora explica entre llantos. Su hijo ha recibido una amenaza de muerte. Una terrible y cruda amenaza, llena de odio y palabras humillantes. La firma: “El Chacal”. Fue en ese momento que el arrepentimiento me alcanzó, en cierta forma. Aunque más pesado que el arrepentimiento es el temor al cintazo bien aplicado. Corrí con sigilo al séptimo piso y me escabullí en mi dormitorio. Busqué en la mochila. Adentro del libro de Historia para tercer grado, las paginas con letras recortadas se veían más culpables que una confesión escrita. Las enterré en un pote de yogurt en el que nadie repararía y encendí la TV para ver McGiver como cada atardecer.

martes, 30 de marzo de 2021

Ciento Sesenta


Los ojos se me nublan. Por momentos por la emoción, por momentos por la espesura de los años. El tiempo se agota. El laboratorio es caos absoluto, carpetas y documentos se entremezclan con computadoras y dispositivos de alta tecnología. Maldigo la suerte dudosa del descubrimiento tardío. Agradezco en silencio a esta última chance. Nada hubiese sido posible sin el Doctor Kawashima san, quien conjeturó que en el minuto exacto en que el cuerpo físico alcanza los 80 años, el ADN se reconfigura abriendo una ventana hasta ahora inexplorada. 
Mis cálculos son claros e inequívocos. Suministrado la información exacta mediante el vector adecuado, puedo optimizar esa reconfiguración y extender, según mi tesis, al doble de años la capacidad teórica de la fisiología humana.
El temblor de las manos es cada vez mas pronunciado. Las viejas mariposas que alguna vez habitaron mi interior parecen haber despertado del letargo. Controlo el reloj. Controlo el temporizador en el Purificador de ARN al tiempo que preparo el resto del equipamiento.
La secuencia de pitidos me indica que el dispositivo ha concluido. Un minuto para el momento definitivo. Casi sin respirar, tomo la minúscula probeta e incorporo a una jeringa el viscoso elixir. Treinta segundos. Afirmo la jeringa entre los dedos que parecen de gelatina. Alcanzo la vena. Cinco segundos. Respiro profundamente mientras espero el momento exacto. En el instante mismo en que suena la alarma, un pequeño detalle me alcanza. 1942. La hora oficial fue cambiada de GMT-4 a GMT-3.

domingo, 4 de octubre de 2020

Emergencia Familiar

Con solo cruzar las puertas de vidrio me envuelve el familiar ambiente del aeropuerto. El aroma a viajes esta vez no me emociona de la misma manera. Los pasillos se ven atestados de gente y el ambiente esta cargado de murmullos. Este es un viaje diferente. Todo ha cambiado.

Me acerco al mostrador con cierta intranquilidad. La chica me sonríe en automático. Le explico con cuidado que se trata de una emergencia familiar, de las que pocas veces ocurren. No tengo reserva y me enfrento a un viaje desde uno de los aeropuertos de mayor tráfico del país, queriendo llegar al otro lado del mundo. Fotografías de épocas felices se agolpan al entrecerrar los ojos durante la espera. Mi pecho se comprime en una mezcla de añoranza y tristeza. 

La emergencia sin detalle y la carencia de expresión me dan una oportunidad. La chica busca opciones. Descarta opciones. Unos minutos de teclear con furia y encuentra la ruta más conveniente. Un trayecto extremo, pero posible. Las manos me tiemblan un poco. Le entrego la tarjeta de crédito.

Atravieso los controles de seguridad sin contratiempos, casi como un fantasma. El avión está a embarcado. Camino por la manga con cientos de imágenes sobre saturadas que me persiguen. No me atrevo a mirar el teléfono. Prefiero enfrentar las novedades en persona. 

Localizo el asiento. Al fondo del avión y en medio otros dos pasajeros. Lo acepto, inexpresivo. Ya sentado, los flashes del pasado me asaltan sin piedad. Una línea de tiempo con emociones propias de una montaña rusa. Respiro hondo forzándome a descansar para acortar el peso del viaje. Contengo la respiración y como en un espasmo repentino, una sonrisa se me dibuja apenas en el rostro.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Buen Samaritano

Camino con el cuello del saco levantado, recordándome cambiar mi estúpida costumbre de nunca llevar abrigo. Casi siento las gotas transparentes resbalando desde la nariz. El frío que viene del río atraviesa cada capa de ropa y de piel. Camino a paso acelerado, las piernas y los pensamientos corren casi a la misma velocidad. El frío comienza a disiparse. Tal vez es la velocidad, o tal vez es que tengo muchas cosas mas importantes de que preocuparme. Los conflictos que me atormentan crecen geométricamente. Alguien camina pocos pasos detrás de mí. Acelero. Intento atisbar algún indicio de quién me sigue, pero nadie me sigue. Quien sea se está quedando atrás. Otra vez mis fantasmas me persiguen y empañan la realidad.

El aire me falta, no puedo seguir el ritmo. Un conveniente acceso de tos me salva de la vergüenza de frenar solo por no poder seguir. Aprovecho para girar la cabeza un tanto hacia la izquierda. 

Es solo un tipo. Solo una segunda mirada es suficiente para saber que es un pobre tipo que vive en la calle. Capa sobre capa de ropa sin aparente orden ni lógica, zapatos envueltos en bolsas de nylon y un sombrero que parece salido de una vieja película rusa.

El hombre se me adelanta, por varios metros. No puedo evitar pensar en cómo es que cada uno de nosotros terminó en sus zapatos. Los míos con nombre propio, y los de él envueltos en bolsas de supermercado. Las culpas crecen en mi interior.

A pocos metros veo la lujosa entrada del hotel, junto a ella, el mismo pobre tipo que me había cruzado en el camino. Al llegar me pide ayuda. Lo que sea. No resisto la tentación y le pregunto qué lo llevó a esta situación. No me vende una historia. “Sólo malas decisiones”, me dice. Saco la billetera y separo un par de 100 y la tarjeta del hotel. Le entrego el dinero y la tarjeta. El hombre se queda mudo mirándome. Le explico que es un intercambio. Le pido su abrigo. Dos de ellos en realidad. Le recomiendo que se saque las bolsas de los pies y le indico el piso. Por las dudas le explico que todo está pago.

Me alejo con mis nuevos abrigos, a vagar por las calles de la ciudad de la furia. Por primera vez en años me siento libre. Camino hasta un bar de los mas tristes y oscuros de la ciudad. Me siento en un rincón a beber lo que el cantinero me quiere dar.

Aturdido, vuelvo a caminar sin rumbo. Una estación de subte se ve acogedora. Necesito algo dulce. Compro unos chocolates en el quiosco de la estación y me siento en uno del los incomodísimos asientos de plástico. Me duermo casi de inmediato. Unas horas más tarde, me despierto peor de lo que estaba. Vuelvo la mirada al quiosco y en el TV gigante que cuelga de un costado muestra las noticas urgentes: El ataque mafioso en un lujoso hotel horroriza a los trasnochados.

lunes, 31 de agosto de 2020

Expat

La noche me acompaña en esta travesía como si estuviera de mi lado, protegiéndome. Las estrellas me saludan con un guiño a la distancia, conscientes de las dificultades que propone el viaje.

La profundo del estómago se me comprime al revisar el plan una y otra vez. Respiro con profundidad, tratando de bajar el ritmo cardíaco, aunque sé que no hay manera de lograrlo. El aire puro y dejos de sal limpian hasta lo mas profundo, aunque sin lograr el efecto relajante que busco.

Los hilos de pensamientos se entrecruzan desenfrenados. Posibles consecuencias de actos presentes y pasados. Cada miserable definición en cada minuto de nuestras vidas nos ha traído hasta este momento. Cada decisión que tomemos en este momento definirá nuestra vida en los próximos minutos, días y hasta años. Definirá nuestra familia, nuestras relaciones, nuestros logros y nuestros fracasos. Los pensamientos se mueven lento entre la bruma.

Nos dicen que a las oportunidades hay que aprovecharlas. Siempre avanzar sin miedos ni dudas. Terminar con las eternas frustraciones fue mi objetivo. El medio, aceptar una oferta de trabajo internacional. Mas allá de las fronteras, donde todo es mas luminoso, donde los sueños se convierten en realidad. 

Las trabas aparecieron de inmediato y las decisiones comenzaron a sumarse. Cómo alcanzar el destino anhelado cuando no hay aviones, ni viajes internacionales? Como enfrentar una Pandemia que inmoviliza al planeta? Cientos de preguntas son las que intento responder, mientras el suave balanceo del barco pesquero me hipnotiza. 

martes, 18 de agosto de 2020

El año que Pasamos Encerrados

Los ojos arden al recibir los primeros rayos del sol, obligándome a entrecerrarlos mientras arrugo la nariz. Cruzar el umbral de la puerta me cuesta un esfuerzo más allá de lo físico, es un esfuerzo sobrenatural. Mis piernas tiemblan de puro temor sin sentido. El aire se siente más puro, más lleno de oxígeno, más transparente que hace un año. Perfecto. Lleno de aromas que se convierten instantáneamente en recuerdos tan vívidos que duelen. El delicado aroma de los jazmines de lluvia me transporta hacia aquellos días en que fuimos felices.
Un paso más lejos. Poco a poco, avanzar parece requerir menores cantidades de energía. Energía que no tengo. Las calles se me hacen extrañas. Aunque debería conocer cada rincón de este maldito pueblo, algunos sutiles cambios hacen que se vea diferente. Incluso la gente, da la impresión de caminar a un ritmo impropio. Camino sin intención de llegar a ningún lado. No creo que alguien me espere. No espero que alguien me espere.
Doce meses pueden verse como una cantidad escandalosa de tiempo para estar en un encierro absoluto, aunque reducido si se lo compara contra los 20 a 25 años que estos tipos casi logran cargarnos.

domingo, 19 de julio de 2020

Quietud

Los pocos que estuvieron ya se han ido en silencio. En cierta forma me alegro. La ausencia de sonidos se convierte en un chillido inaudible. Lastima profundamente. La ausencia de olores familiares me desorienta. Camino sin rumbo, deambulando. Afuera el viento parece haberse escondido bajo un manto de tranquilidad. La noche helada avanza sobre la ciudad como quien busca una conquista. El frío puede sentirse en los huesos, acercándose. Me dejo caer en un sillón mirando sin ver los ojos ardiendo. Infinitas ideas se agolpan al cerrarlos. Innumerables imágenes superpuestas. Un sin fin de preguntas sin respuestas. La energía parece haber abandonado mi cuerpo. El teléfono suena en algún lugar, a la distancia. Es una distancia inalcanzable en este momento. Lo dejo sonar. Ya no puede traer peores noticias. El sonido de la respiración se hace más pausado, casi armonioso. Las imágenes aceleran el paso, pero algunas comienzan a repetirse. Es una clara señal. Casi puedo sentir el aroma, pero también siento el vacío. Las imágenes toman forma, el futuro se cristaliza. Los rostros que representan el todo se hacen claros. La energía vuelve en ráfagas y no hay fuerzas que pueda bloquearla... aunque no pueda dejar de extrañarla.

jueves, 26 de marzo de 2020

Rumor

El punto de ignición se materializó a través de un comentario. Una especulación tan cruda como pegadiza. Tal vez hecho sin oscuras intenciones, aunque también sin los cuidados necesario. Las primeras horas fueron de una quietud desesperante. Un silencio medido durante las primeras conexiones y sin un orden aparente. Esas multiplicaciones iniciales podría decirse que fueron lentas, como si las personas se negaran a creerlo pero igual así se sintieran compelidas a traspasarlo.
Para el final de las primeras cuarenta y ocho horas el rumor había superado los límites del parque y la ciudad. Fue luego de la primer semana que ya aquellos mejor conectados del otro lado del océano comenzaron a captarlo y a internalizarlo. La masa crítica se estaba alcanzando. Allí vinieron las primeras apariciones aisladas en los medios de menor nivel y mas radicalizados. La noticia ganaba espacio. Crecía. 
Los medios principales de cada punto del planeta no pudieron resistir la tentación y con insidiosa voracidad comenzaron a canalizar la noticia y a dudar de su origen. Salieron a la caza de pruebas y consultaron con los siempre listos especialistas. Ellos lo confirmaron y fue así que comprendimos demasiado tarde que no se trataba de un rumor.

domingo, 22 de marzo de 2020

Posibilidades

El fin del día promete una recompensa merecida. Relajarse tiene grandes beneficios. Posibilidades ilimitadas que se abren. El suave abrazo de la almohada amoldándose al contorno del rostro.
Después de un día interminable, la cama ofrece posibilidades sin fin. Estiro las manos. Las sábanas se deslizan hasta mitad de la espalda y me protegen de la fresca brisa de la noche de verano.
Cierro los ojos y dejo a la mente divagar. Casi puedo oír chirriar los engranajes de la maquinaria. La energía del día se concentra en una inercia espiritual. Las ideas suceden sin ataduras. Las soluciones a los problemas cotidianos se cristalizan con una simplicidad asombrosa. Aplicaciones creativas a cuestiones laborales que agobian. Frases agudas para torcer complejas situaciones personales. Una serie de planes para el día siguiente que combinan actividades con precisión suiza. Proyectos abandonados vuelven a ser alcanzables y prometen sustanciosas recompensas. Luego los viajes ganan el terreno y la atención. Destinos que se acercan en el tiempo.
La máquina se ralentiza.
Oscuridad.
La conciencia retorna en un corto espasmo.

La energía parece de alguna manera mermada. Me levanto. Ahora todo se reduce a una opción. Ya los planes no parecen tan verosímiles. Otro día comenzó.

domingo, 1 de marzo de 2020

Bicicleta

Con el último envión alcanzo la bocacalle. La débil brisa de finales del verano parece invitar a una siesta. Ajusto la velocidad de la corona para facilitar el arranque. El pueblo se mueve lento, en paz y sin apuro. Casi no hay tráfico y unos pocos niños caminan por las veredas.
Un par de camionetas transitan por la calle perpendicular. Respiro hondo buscando renovar la energía antes de continuar.
Un auto que viene detrás de las camionetas dobla hacia mi lado, bastante abierto. Es un taxi. No necesito ser ingeniero para saber que la trayectoria se dirige directo hacia mí. Me niego a creerlo.
Levanto la mirada al conductor, ni siquiera sabe que algo va mal. Su mirada está perdida en alguna otra actividad, tal vez el celular, tal vez hablando con alguien. Al final me convenzo, el auto no podrá esquivarme.
No se si grito o imagino que grito. El hombre se gira con rostro incrédulo. Demasiado cerca para doblar. También para frenar.
Me preparo para el impacto. Tenso los músculos. Primero siento un calor en las piernas, después en las manos. Luego Oscuridad.

Estoy sentado en el cordón de la vereda. Todo parece estar en su lugar. No hay sangre a la vista, pero mi rodilla parece un melón. Desde el auto, el conductor visiblemente apenado me dice: “Estoy a mitad de un viaje, loco. Termino y vuelvo a buscarte.” Luego acelera y se pierde de vista.

martes, 5 de noviembre de 2019

Calor


Todo tiene un principio y el nuestro fue simple. Casual, pero a la vez relajado. Notorio, aunque a cada minuto, un paso más cerca del final. 
Cruzamos miradas en una de las tantas fiestas a las que fui obligado. La primera vez me dio vergüenza tan solo por mirarla. En otra cruzamos unas pocas palabras en la barra y ya en el tercer evento compartimos una extensa charla y algunos tragos. Podrían haber sido decenas de encuentros de no ser por su escasa paciencia con los tipos lentos como yo. Me desafió a besarla mientras compartíamos un Gin Tonic y lo hice.
Las fiestas continuaron, algunas con ella como protagonista. El estómago ardía, producto de algo que estoy seguro eran celos. Todos la admiraban, la deseaban y muchos lo intentaban, incluso frente a mí.
El calor aumentaba con cada salida. Me sentía culpable sólo por caminar a su lado. Imaginaba sus comentarios por lo bajo. Lo incompatible de nuestros estilos y las razones de tan improbable pareja.
Sabía que no iba a soportar mucho tiempo esa sensación y aunque lento, la solución fue simple. Reforzar el estómago y disfrutar del camino, que a finde cuentas es lo único que tenemos.

domingo, 20 de octubre de 2019

Comisario

Las chispas se elevan con pereza hasta desaparecer en la negrura de la noche. Una triste lámpara desnuda ilumina la escena, aunque no es rival para las llamas. El crepitar de la grasa al caer sobre las brasas anticipa el festín. 
El Comisario se empuja con fuerza, usando las piernas para reclinar su silla en las dos patas traseras. Sus manos cruzadas sobre la protuberante barriga remarcan su aspecto bonachón. 
Sonríe con media cara. Las cosas marchan bien. Piensa en lo bueno de un buen asado de miércoles por la noche. 
Se sirve otra media copa de tinto y lo santifica con una medida generosa de Coca-Cola. Un enorme bocado de pan y morcilla fría le ayuda a aplacar por unos minutos el creciente apetito.
Chirridos de gomas frente a la comisaría le anticipan problemas. Alguien tiene la mala idea de interrumpir el asado. Le pide “al Tito” que se asome por el portón para ver quien es. La respuesta es más inquietante que cualquier interrupción habitual. Una camioneta de la policía de la provincia de la que se bajan tres policías de uniforme y dos trajeados. 
La morcilla se le atraganta por un instante. Logra ponerse de pie y suelta un grito ahogado: ¡Tito! ¡Corre buscar a los muchachos y metelos en los calabozos! Vos también… Cerrá con llave y revoleala lejos por el pasillo. Yo les salgo al paso a ver si safamos…

martes, 17 de septiembre de 2019

Deseos


El aire artificial, teñido de huevos recalentados va diluyéndose gracias a la brisa helada que baja de la montaña. Si bien es casi mediodía, el invierno parece negado a replegarse. Me refugio al final del aeropuerto en una esquina, alejado del gentío. Con la solapa del saco levantada, respiro hondo. Prefiero esperar por el auto lejos del gentío.

No estoy de humor, aunque debería estarlo. Casi dos meses sin pisar esta tierra de contradicciones me hacen extrañarla de alguna manera. Hora de volver, aunque no haya mucho por qué hacerlo. 
El auto llega y lucho contra pulsión de mirar el reloj. Cinco minutos tarde. En el instante mismo en que confirmo el destino al chofer cambio de idea. Cuatro paredes no hacen un hogar. Para disgusto del conductor, le impongo con gentileza otro rumbo. Necesito una caricia en el alma, necesito una buena milanesa con papas… y dos huevos fritos. Imagino el lugar, lo visualizo con claridad.
El camino es corto. A nadie le importa que arrastre mi valija entre las mesas. Encuentro un lugar en un instante y solo le toma otro instante a la moza en llegar hasta donde estoy. Noto la extraordinaria belleza de la muchacha que me me mira tras unos anteojos sin armazón. Su sonrisa completa el cuadro. Noto un detalle adicional, me sonríe con los ojos.
Busco una excusa para llamarla. Sin tartamudear digo las palabras correctas. Ella sonríe con más energía. 
El almuerzo avanza mejor de lo imaginado. La comida es tan buena como la recuerdo y la atención es perfecta. Llega la hora de pagar y la sonrisa ya no puede ser casual. Pido una factura y junto a la generosa propina, deslizo mi tarjeta.
Si es físicamente posible, la sonrisa se ensancha. La muchacha vuelve con la factura y la deja plegada sobre la mesa. En su interior, la tarjeta con un simple ":(" dibujado. Me vuelve a mirar y se aleja cantando. You, can’t… al-ways… get what, you waaant…

jueves, 13 de septiembre de 2018

Barba

Las luces del atardecer y la distancia restante, indican que el desvío no fue una gran idea. El estado de la ruta 24 es vergonzoso. Por suerte no falta mucho para el cruce con la Provincial N1. 
La vista se me nubla por momentos y la tensión en los brazos indica que llevo demasiado tiempo manejando. Abro la ventanilla. Intento que el aire del atardecer renueve algo de fuerzas. El aroma a tierra húmeda y alfalfa me ayuda. 
Contemplando la inmensidad me distraigo lo suficiente como para no ver el pozo más grande que una ruta puede contener. El sonido es metálico y plástico a la vez. Los dientes me duelen. No necesito ser ingeniero para saber que algo va mal. El volante se sacude con vida propia. Obligado, dejo al auto deslizarse hasta perder velocidad y me detengo al costado de la ruta. 
Ambas ruedas de la derecha están destrozadas. Cubierta y llanta. La señal de celular es inexistente. 
Ningún auto a la vista. Ninguna máquina agrícola a quien pedir ayuda. Anticipo una larga y solitaria noche. Los últimos rasguños anaranjados en el cielo se van extinguiendo. El silencio es total... con excepción de un ligero traqueteo. Espero. Un caballo se acerca al trote suave.
Detrás del caballo se desliza un carro de dos ruedas. Le hago señas y se detiene. Sombrero negro, barba tupida y blanca, camisa de blanco impecable acompañada de un pantalón negro. No llego a ver sus pies pero apuesto mi ropa a que serán unos clásicos zapatos negros.  No recuerdo el nombre de estos personajes, pero los he visto en televisión. Su educación es impecable. Me ofrece ayuda. Le pido si tiene un celular. No tiene. Le pregunto si sabe de teléfono cerca o si tiene en su casa. No sabe y no tiene. Me indica que hay en el pueblo a más de 80 kilómetros, pero a esta hora él solo va a su casa. Visiblemente preocupado, el buen samaritano me ofrece su casa para pasar la noche y al amanecer llevarme al pueblo. Su preocupación es tan genuina que acepto. 
Cierro el auto con llave y subo al carro. Un suave movimiento de las riendas junto al ligero chasquido es suficiente para reiniciar la marcha. A menos de quinientos metros de lenta marcha, giramos a la derecha y nos adentramos en el campo. El olor a alfalfa domina el espacio. La luz se ha retirado. El camino atraviesa una barrera de magníficos sauces. Tras ellos, un puñado de casas se distribuyen de manera uniforme. Casas y galpones de madera. La iluminación es débil. Parecen ser lámparas de Kerozene. En medio del espacio, una fogata se sacude en miles de chispas que se elevan. Algunas mujeres de parcos vestidos se mueven junto al fuego. 
Mi salvador tira de las riendas hasta detener el carruaje a pocos metros del fuego. Cuanto mucho ha dicho tres monosílabos durante el viaje y
 me invita a bajar en un discurso de tres palabras. Un grupo de hombres se acercan. Hablan ente ellos en un idioma que juraría era el mismo, pero no puedo comprender. Los integrantes del grupo me saludan con una inclinación de cabeza. Algunas oleadas de humo me hacen lagrimear. No logro contener el acceso de tos. Una de las mujeres disimula la risa al mirarme, luego vuelve el rostro, con un dejo de timidez.
El mismo hombre que me trajo, me invita a caminar hacia un galpón cerca del centro del pequeño poblado. Otros hombres nos siguen a pocos pasos. Aunque lo que me rodea no parece amenazante, siento un extraño vacío cerca de la ingle.
Camino, pero miro detenidamente el lugar en busca de algunas opciones de escape. Veo varias alternativas, aunque pocas chance tengo tan lejos de algún pueblo.
Más hombres barbudos me rodean. Los observo. Creo que el largo de la barba se relaciona con la edad, o lo que es más simple, jamás se afeitan.
Los barbudos se alborotan al tiempo que uno de ellos sube a un improvisado escenario. Le hace señas a otro barbudo, quién también sube y a su vez le hace señas a otro quien les pasa un par de gastadas guitarras acústicas. Cada vez entiendo menos.
Solo un par de acordes son necesarios para sacar a flote los recuerdos desde el fondo del barro. Blues & Hard Rock. Comienzan unas palabras, un balbuceo en inglés. Un nombre en Francés. Un científico. Joule... No! La Place... No! El tema avanza. La Grange! 
Solo tengo que unir un par de simples elementos. Uno de los Riff mas reconocibles de la historia, sumado a unas de las barbas más destacadas de la historia del Rock. El resultado: ZZTop en vivo, frente a mis ojos. Dusty Hill y Billy Gibbons,
No estoy seguro si tranquilizarme o preocuparme aún más. Imposible comprender que demonios están haciendo dos de los rockeros más duros de la la vieja escuela a medio mundo de distancia, a kilómetros de algo remotamente civilizado y en compañía de un grupo tan peculiar. 
Los barbudos se van juntando alrededor de las tablas. Las mujeres con largas polleras se acercan, pero no tanto.
Las bebidas comienzan a llegar, imagino que finalmente comenzaré a presenciar el costado oscuro de los habitantes del pueblo. Limonada. Apenas me remojo los labios por miedo a que me hayan deslizado algún químico, pero saboreo una deliciosa, fresca y simple limonada. Me quema la garganta, pero resisto la tentación.
El buen samaritano se acerca. Intenta explicarme algo por encima del murmullo y la música. Supongo que me invita a comer y beber. Hay mesas servidas con comida y más jarras de limonada.
La música se reinicia y camino por el lugar, atento a la oportunidad. Algunas personas me miran con curiosidad. El corazón me palpita desbocado. 
Me deslizo sin llamar la atención. La brisa nocturna me recibe. Escucho las palmas acompañar el ritmo cada vez más intenso. Nadie a la vista. Busco la entrada del pueblo y aprieto el paso. Camino a buena velocidad, pero sin correr. La música se va perdiendo mientras me envuelve la oscuridad. 

miércoles, 21 de marzo de 2018

Filosofar


La noche se estira como si de varias se tratara. Extrañas escenas entremezcladas en flashes interminables. Un film antiguo, desenfocado y con extraños empalmes sin sentido. De alguna manera logro llegar a casa. Avanzo por los pasillos oscuros, descalzo y a tientas. El hambre aún no aparece, pero la sed parece propia de un viejo hipopótamo herido. Revuelvo la heladera y solo encuentro un trago de lo que parece ser agua. Cierro la heladera y otra vez en la penumbra. Camino. Avanzo en busca de dónde dejarme caer. Estimo faltan pocos metros. La distancia se acorta y las fuerzas parecen flaquear.
Cruzo la puerta y con los últimos trazos de conciencia me dejo caer. El teléfono comienza a sonar. Ni siquiera sonrío ante la ironía. Solo lo ignoro. El teléfono sigue sonando. Imposible estimar cuantas veces.
En algún punto y a través de la niebla, me preocupo. Algo pasó, me dice algún resabio de humanidad. Voy en busca del teléfono a chocando muebles. “Me llevas al bar?” me dice la voz al otro lado del teléfono. Enciendo la luz de un manotazo e intento enfocar el reloj. 3:55am. Me cuesta responder. Me cuesta entender. La respuesta me alcanza como un rayo. “Charly?” respondo.
Para él tiempo y el espacio se confunden. Quiere ir al centro, a donde nada cierra, donde siempre es el momento justo para existir. No puedo decirle que no. No a él al menos. 
De alguna manera llego a buscarlo y de alguna milagrosa manera llegamos a ese tugurio desgastado. Llegamos, él solo pide un whisky, dos hielos y agua. Pido lo mismo. Intento abrir el diálogo, pero las palabras se confunden en mi garganta. El me mira, extrañado, como quién ve a un perro equilibrista. Me pregunta como terminé allí y en ese estado. Intento contestar: “Quise quedarme, pero me fui.” le respondo. Cambia el enfoque en la mirada y baja la vista a la servilleta. Garabatea algo y sale del lugar sin decir palabra.

Nota: Inspirado por una anécdota de un tal MP.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Veinticinco




Subo al auto con el cosquilleo propio de quien percibe la cercanía de aquello que anhela. Contengo la respiración y me concentro en reducir el ritmo de mis latidos. Acelero cual anciana meticulosa, procurando respetar los límites legales y a la vez sonriendo al imaginar las palabras sarcásticas de aquel viejo amigo.
Las imágenes se mezclan en sucesivos recortes gastados. Algunos rostros parecen haber sobrevivido al paso del tiempo, otros se mezclan tras la niebla del olvido y la distancia. Las anécdotas emergen como en una vieja película de los 80. Caídas espectaculares, risas despreocupadas y amores imborrables. Los recuerdos se agolpan, principalmente en mi garganta. La distancia se reduce y no puedo evitar acelerar. Me protejo de los rayos del sol en busca del reloj. Casi es hora.
Veinticinco. Veinticinco años a través de los cuales algunas carencias fueron remplazadas por otras; en los que aparecieron y se multiplicaron las responsabilidades, en los que nos convertimos en lo que somos. Sonrío con melancolía, pensando en la reunión. Cada uno va llegando, ansioso, preparado para reencontrarse y para reír. Estaciono lentamente, lástima, que a kilómetros de aquellos. Estaciono en otro evento al que el presente me arrastra, cuando la carrera por nuestros sueños le tuerce el brazo a la nostalgia. Bajo del auto y a la distancia, brindo por nosotros.








lunes, 6 de noviembre de 2017

Botas de Goma


La luna estaba apenas a mitad de su recorrido cuando iniciamos la faena. Para mi no era más que una aventura adolescente mientras que para otros era algo más que la supervivencia del negocio familiar.
Las actividades del tambo pueden ser muy pintorescas en un relato o hasta en una vieja película, pero no dejan de ser despiadadas y demandantes en la vida real. Trabajo manual si los hay... Esfuerzo, frío y soledad. Elementos complejos para enfrentar cada día de una vida ya por demás compleja. 
Esa semana en particular, contábamos con una ayuda particular. Habíamos invitado a quien, para el ojo no entrenado, se trataba del linyera del pueblo; pero para el conocedor de la dinámica del pueblo sabía que se trataba de un trovador, de un filósofo, de un libre pensador y a la vez el asustador oficial de niños del lugar. 
Se integró a nosotros en plena tarea, al menos 30 minutos después, aduciendo que había tenido que visitar el baño y se había entretenido con el diario. No tuvo en cuenta tres simples realidades. En ese entonces, no teníamos baño, él no llevaba linterna y además no sabía leer. Lo festejamos por supuesto. 
Apareció entonces con su vestimenta típica, única y habitual. Cual Steve Jobs del tercer mundo.  Camisa leñadora a cuadros sin mangas. Un chaleco de tipo inflable abierto. Bermudas caquis y un par de botas de goma que jamás se sacaba. El atuendo parecería casi normal en ese ambiente campestre, si no fuera porque esa noche en particular hacía algo así como 1 grado bajo cero y que esa misma ropa la usaba para la recorrer la ciudad en los vapores de 40 grados en enero. 
Desde que llegó, en no más de 30 minutos había superado el trabajo de los tres restantes y para final de la noche nos había avergonzado escandalosamente. Trabajador incansable y fuerte. 

Su filosofía fue simple: Vive cada día. Disfruta cada día. Las desventajas se convierten en realidades y no en excusas. Por ello, las carcajadas, los dichos y Las sonrisas de dos dientes serán recordadas por siempre.  

domingo, 27 de agosto de 2017

Profesionalismo


Me desespera el trabajo que hago. Simplemente es una mierda. Una sucesión de momentos incómodos y surrealistas, seguidos por la frustrante desesperación de comprobar que acabo de ganar lo suficiente como para sobrevivir otro par de horas.
¿Cómo no caer en la desesperación? ¿Cómo evitar ceder al impulso de mandar todo al demonio y buscar otra salida? Una fácil para variar. Una salida que no implique frustraciones del tamaño de monumentos o que al menos entregue recompensas acordes al sufrimiento.
¿Cómo sostener las interminables e insignificantes charlas forzadas? ¿Quién dice que debo mantener una conversación? ¿Dónde está escrito? ¿Quién dice que debo dejarme tratar como si fuera un sirviente o alguien de menor categoría? ¿Quién es suficientemente bueno como para definir y llenar esas categorías?
Para completarla… ¿Cómo carajos iba a darme cuenta? Cuando sos remisero en una ciudad llena de insípidos gringos y te dicen: “Andá cagando al Hotel Palace y buscá al Negro que viene a poner una fábrica. Llevalo a la Municipalidad. ¡Apurate!”. 
Vos vas al hotel a fondo y cargas al morocho en el auto. Sin importar lo desconcertado que parezca o cuánto proteste en el camino; vos lo llevas! Lástima que me traje a un trompetista. 

domingo, 13 de agosto de 2017

Cena


La noche apenas iniciada se muestra tranquila. El paseo nocturno tiene más que ver con ahuyentar mis propios demonios que con pasear al perro. Nunca deja de ser una buena excusa. El barrio se ve calmo. Las luces tibias de las farolas de hierro apenas pintan sombras sobre las casas.
Mientras camino con lentitud, la brisa fresca empuja un agradable aroma a primavera. El silencio es casi total. Solo se escucha el suave siseo de las hojas. Ayudo a mantener el silencio y camino. Ni siquiera el perro emite sonido alguno.
Desde la calle, se observa el ir y venir de los urbanos rituales en el interior de las casas. Hora de la cena. Hora de unos pocos minutos compartidos en familia. Fijo la atención en una de las casas. Frente a la nuestra, apenas en diagonal. Las luces del jardín frontal están apagadas. En el interior, solo hay luz en la habitación principal del piso superior. Un cosquilleo de alarma me recorre la espalda. Los Estévez son mas regulares que el subte londinense.
Avanzo a pasos largos, tirando la correa del perro. Lo dejo atado a la canilla de agua. Junto a la ventana no distingo nada en el interior. Solo una luz tenue baja desde el piso superior. Las dudas me asaltan. 
Conociendo bien la casa, la rodeo en pocos pasos. La puerta del patio esta sin traba, como siempre. Llamo sin respuestas desde el vano de la puerta. Avanzo un paso dentro de la cocina y antes de alcanzar el interruptor, resbalo con torpeza. El aire se me escapa de los pulmones en un golpe seco. Me cuesta ponerme de pie, algo aceitoso me lo impide. Consigo encender la luz y me encuentro cubierto de sangre. El pánico me invade. Intento imaginar como explicaré a la policía. La sangre no es el problema, soy inocente. Lo complicado serán los resultados de la autopsia de ella.

viernes, 4 de agosto de 2017

Autopista


Nada mejor la ruta después de un largo día de trabajo, pensé al salir. Aunque no lo necesitaba, ajusté el GPS rumbo a casa. Empujé el acelerador hasta alcanzar un valor sensiblemente superior a la legal y sonreí. Todo un día tratando de convencer a futuros clientes puede ser extenuante. Completé el menú de desintoxicación con algo de Rock Progresivo, con el volumen dos puntos por encima de lo recomendable.
Recorrí casi cien kilómetros sin tocar el freno, adelantando auto tras auto mientras veía como las preocupaciones se evaporaban. Tras una curva cerrada, tuve que pisar el freno hasta el fondo y aún así por poco no termino subido a una camioneta luego de esquivar una hilera repleta de conos anaranjados que me empujaron hacia carril izquierdo de la autopista. 
La fila se veía interminable, un ciempiés de acero y caucho que se extendía más allá de la próxima curva, fuera de mi vista.
Sin muchas opciones, frené cerca de la camioneta que tenía al frente y esperé. Bajé la temperatura del climatizador. En la quietud de la nada, el sol parecía golpear con más fuerza. Subí un punto más el volumen de la música, intentando poner en práctica mi nueva filosofía basada en la paciencia y la aceptación de la vida; aunque debo reconocer que no estaba funcionando.
Los minutos se fueron apilando a un ritmo tan lento que tuve ganas de tirarme del auto por la ventanilla y echarme a correr. La fila se desplazaba por momentos para luego paralizarse por completo. Como era de esperar, la fila en la que me encontraba parecía ser mas lenta que la otra.
Hablé por teléfono. Consulté cientos de veces el celular en busca de mensajes que no llegaron. Miré el clima. También escuche decenas de canciones más de las planificadas para el viaje. Ya podía ver el origen de la demora. Un simple control policial. Dos policías con ganas de joderle la vida a la gente. Un sinsentido, una triste excusa más orientada a recaudar dinero por multas que a cuidar de los conductores. 
Alcancé a ver a uno de los oficiales haciendo señas hacia la patrulla. Luego  de unos segundos de suspenso, se abrió la puerta del acompañante y con cierta dificultad descendió un tercer policía que yo estimo, por la amplitud de su vientre y caderas, que se trataba del jefe de la patrulla. Por supuesto, el auto al que se aproximó el caricaturesco oficial era el primero de la fila donde yo estaba. 
Estirando el cuello alcancé a contar nueve autos adelante mío. No faltaba mucho, pero lo presencia del jefe me hizo prever lo peor. Fueron luego por el tercero mientras los primeros seguían inmóviles. La pista derecha ya había sido completamente liberada por el tercer policía.
Unos interminables minutos más tarde, el cuarto auto de la fila comenzó a maniobrar para cruzar a la pista derecha a través de la línea de conos naranjas. Cruzó y se perdió tras una curva. Lo siguió el quinto.
Ya aliviado, puse en marcha el auto con suavidad y cuidado para seguir a la fila de autos que comenzaba a cruzar de pista. Cuando me tocó el turno, miré con cuidado para asegurarme que podía cruzar y cambié a la pista derecha. Antes de comenzar acelerar para salir del bloqueo, uno de los policías me hizo señas para que me detuviera al costado de la ruta. Nada bueno podía salir de eso.
Al estacionar, noté que cuatro de los autos que iban delante mío habían sido detenidos y descansaban metros más adelante. Otra mala señal. El oficial se caminó a paso cansino en la dirección en la que me encontraba. Lo esperé con el vidrio bajo; mi mejor sonrisa y mi cara de no-entiendo-por-que-me-detuvo-oficial. No funcionó. Con una paciencia pocas veces vista, me informó que acababa de cometer una infracción MUY grave. Artículo Sesenta y ocho, me dijo. Una cantidad extraordinaria de dinero y todos los puntos que me quedaban en la licencia. 
Mas tarde, ya entrada la noche, comprobé que realmente había violado una normativa que ni siquiera conocía. Los puntos de la licencia se habían esfumado y me esperaban largas caminatas. Al menos, pude volver a leer en medio de la lentitud del colectivo. Desde entonces, llevo leído las obras completas de Emilio Salgari, Sir Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe.

sábado, 29 de julio de 2017

Ilimitado


Una débil puñalada de luz se cuela entre las persianas, dándome una ligera idea de la hora. Estoy seguro que es tarde. El ángulo no es el apropiado y la falta de sueño confirma la hipótesis. Debería preocuparme, pero no ocurre tal cosa. El abrazo de las sábanas es más fuerte y me dejo retener.
El largo descanso me ha llenado de energía. Antes de despegarme de la cama, analizo mis opciones y un mundo extraordinario de oportunidades se abre ante mis ojos apenas entornados. Sonrío, aspirando largo y suave. Retengo la respiración. Las posibilidades son ilimitadas, los sueños tan alcanzables que las mariposas revolotean en mi estómago. Casi puedo sentirlo. El pulso se acelera. El optimismo me fluye por las venas sin control, ante la innegable concreción de los planes. La escalera se encuentra al frente, solo debo recorrerla para alcanzar el éxito que se  mantuvo esquivo. Ideas que se cristalizan en un futuro promisorio.
Cuando finalmente pongo un pie fuera de la cama los sueños se desmoronan, las opciones desaparecen y solo tengo esa única, gris e irremediable alternativa.  Al salir, hasta esa mediocridad se desvanece y ni siquiera queda una razón para volver a entrar. Exhalo, inmóvil.

jueves, 20 de julio de 2017

Conexión


Destapo la botella de whisky sintiendo el peso de una piedra oprimiéndome el pecho. Me dejo envolver por los vapores añejos sin extrañar el hielo, cavilando sobre las preocupaciones que pesan sobre aquel que está a la distancia. Aquel a quién que no necesito ver para descifrar, para acompañarlo en su divagar.
El sillón se me hace frío, incómodo. No me permite encontrar una posición agradable. El calor de la bebida me recorre el cuerpo, pero aun no llegan las respuestas a los problemas que me son esquivos. Problemas que no padezco, pero sufro como propios.
Analizo sus opciones con una visión distinta, pero no alcanzo a ver aquellas que compartimos en silencio. Nos perdemos buscando en los extremos, olvidando la delicada belleza de los grises. Encontrar el equilibrio en aquellas facetas que se repelen sin descanso.
Siento la copa casi vacía, los sentidos se adormecen, pero la tristeza se aferra a mis entrañas. Extiendo la mano en busca del interruptor y antes de quedar en penumbras siento una ligera descarga. No necesito llamar, para saber que la esperada noticia ha llegado. La conexión es más fuerte. Me recuesto. Apuro el último trago y cierro los ojos con una sonrisa.

viernes, 17 de marzo de 2017

Tren


El tren comienza a moverse rumbo a Charles de Gaulle con lentitud. A las afueras de Bruselas, el cosquilleo en el estómago indica la aceleración de la formación. Trescientos y algún kilómetro por hora.
Con una gaseosa en mano, intento inútilmente retomar la lectura. La revisión de los eventos pasados le gana a la concentración. Mucho que procesar, incluyendo algunas decepciones. Leo el tríptico que aflora del asiento. Hay un coche Bar justo detrás nuestro. El cuerpo me pide una cerveza. Con más de una hora de viaje por delante, recorro el pasillo en contrasentido.
La barra, con capacidad para al menos diez personas está colmada de hombretones ruidosos. Me acerco y me saludan a los gritos. Preguntan en igual volumen por mi destino. Los alaridos se duplican al descubrir que nuestros destinos finales coinciden. Por supuesto, no me dejan pagar por esa cerveza ni las próximas seis, hasta que de mala gana me permiten invitar una ronda. 
Descubro que mis nuevos compañeros de viaje son marineros de barco petrolero. Van camino a una nueva asignación que los mantendrá entretenidos por dieciséis semanas. Me cuesta creer las historias que cuentan. Incluyen desde fiestas y peligros, hasta hijos que no recuerdan haber tenido. Aun en medio de los gritos, pienso. Analizo las aventuras y desventuras de esa vida solitaria.
La reunión termina de manera abrupta cuando un oficial nos avisa que llevamos largo rato en Charles de Gaulle. El tren está a punto de volver a partir. Controlamos el horario. El avión que no puede esperarnos, también está a punto de partir. 
Nos apilamos en el mostrador de la aerolínea, rogando por un espacio en el vuelo. “Está cerrado”, nos dice la muchacha. Pongo mis encantos en marcha. La negociación se cristaliza. Cada uno de los marinos sube al avión, lamentablemente, por la demora, ya no queda lugar para el último de nosotros. Acepto mi destino y espero por lo que vendrá…