viernes, 15 de diciembre de 2017

Veinticinco




Subo al auto con el cosquilleo propio de quien percibe la cercanía de aquello que anhela. Contengo la respiración y me concentro en reducir el ritmo de mis latidos. Acelero cual anciana meticulosa, procurando respetar los límites legales y a la vez sonriendo al imaginar las palabras sarcásticas de aquel viejo amigo.
Las imágenes se mezclan en sucesivos recortes gastados. Algunos rostros parecen haber sobrevivido al paso del tiempo, otros se mezclan tras la niebla del olvido y la distancia. Las anécdotas emergen como en una vieja película de los 80. Caídas espectaculares, risas despreocupadas y amores imborrables. Los recuerdos se agolpan, principalmente en mi garganta. La distancia se reduce y no puedo evitar acelerar. Me protejo de los rayos del sol en busca del reloj. Casi es hora.
Veinticinco. Veinticinco años a través de los cuales algunas carencias fueron remplazadas por otras; en los que aparecieron y se multiplicaron las responsabilidades, en los que nos convertimos en lo que somos. Sonrío con melancolía, pensando en la reunión. Cada uno va llegando, ansioso, preparado para reencontrarse y para reír. Estaciono lentamente, lástima, que a kilómetros de aquellos. Estaciono en otro evento al que el presente me arrastra, cuando la carrera por nuestros sueños le tuerce el brazo a la nostalgia. Bajo del auto y a la distancia, brindo por nosotros.








3 comentarios:

Liz Dominguez dijo...

Me encanto!! Me hubiera gustado estuvieras ahi!

Camilo Fernandez dijo...

Gracias Liz! A mi también...pero como sabes, a veces la realidad vence a los planes. La próxima será...

Liz Dominguez dijo...

Asi se sera!!