viernes, 17 de marzo de 2017

Tren


El tren comienza a moverse rumbo a Charles de Gaulle con lentitud. A las afueras de Bruselas, el cosquilleo en el estómago indica la aceleración de la formación. Trescientos y algún kilómetro por hora.
Con una gaseosa en mano, intento inútilmente retomar la lectura. La revisión de los eventos pasados le gana a la concentración. Mucho que procesar, incluyendo algunas decepciones. Leo el tríptico que aflora del asiento. Hay un coche Bar justo detrás nuestro. El cuerpo me pide una cerveza. Con más de una hora de viaje por delante, recorro el pasillo en contrasentido.
La barra, con capacidad para al menos diez personas está colmada de hombretones ruidosos. Me acerco y me saludan a los gritos. Preguntan en igual volumen por mi destino. Los alaridos se duplican al descubrir que nuestros destinos finales coinciden. Por supuesto, no me dejan pagar por esa cerveza ni las próximas seis, hasta que de mala gana me permiten invitar una ronda. 
Descubro que mis nuevos compañeros de viaje son marineros de barco petrolero. Van camino a una nueva asignación que los mantendrá entretenidos por dieciséis semanas. Me cuesta creer las historias que cuentan. Incluyen desde fiestas y peligros, hasta hijos que no recuerdan haber tenido. Aun en medio de los gritos, pienso. Analizo las aventuras y desventuras de esa vida solitaria.
La reunión termina de manera abrupta cuando un oficial nos avisa que llevamos largo rato en Charles de Gaulle. El tren está a punto de volver a partir. Controlamos el horario. El avión que no puede esperarnos, también está a punto de partir. 
Nos apilamos en el mostrador de la aerolínea, rogando por un espacio en el vuelo. “Está cerrado”, nos dice la muchacha. Pongo mis encantos en marcha. La negociación se cristaliza. Cada uno de los marinos sube al avión, lamentablemente, por la demora, ya no queda lugar para el último de nosotros. Acepto mi destino y espero por lo que vendrá…

No hay comentarios: