sábado, 12 de noviembre de 2016

La Deuda Infinita


Esta mañana desperté lleno de renovada esperanza. Fue la primer alerta que no tuve la astucia de interpretar. Me dejé llevar por la romántica idea del legado a mis hijos, una suerte de valor agregado de mi propia existencia.
La segunda alerta que no capté fue durante la llamada a la empresa que me vendió el terreno. Al preguntar por la deuda consolidada hasta la fecha, hubo un silencio incómodo, seguido de una desprolija invitación a sus oficinas.
La señal definitiva me llegó con la fuerza de un rayo, quemando toda ilusión de progreso y desgarrándome las entrañas. Transformé el contrato firmado en una inútil y tardía planilla de cálculo, descubriendo que gracias al tipo de interés engañoso y los retorcidos ajustes estipulados, cuanto más pagara, más aumentaría la deuda hasta casi finalizar el plazo. Finalmente, llegaría a un pago total diez veces superior al precio original.
Lo increíble, es que se como manejarlo. Nuestra propia naturaleza lleva más de treinta años preparándome. Pondré a la venta el terreno, listo para perder gran parte de lo invertido, si es que no la totalidad y me convenceré que no hay salida de este miserable laberinto. A cambio, registraré otro incremento en una deuda moral que jamas veré saldada.

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