sábado, 29 de octubre de 2016

Max


La noche ya ganaba la diaria batalla y la silueta de la casa apenas se distinguía. Los grillos se adueñaban poco a poco de la oscuridad. El trote suave me llevó hasta la puerta. La chapa blanca cedió ante el justo empujón. La húmeda calidez del garage mezclada con aquella inolvidable fragancia a Ford Falcon tibio me acompañó durante el recorrido.
Aunque el patio estaba a oscuras, avancé con la confianza del que lo ha cruzado un millón de veces. Pero fue diferente. Aquel inmenso perro, cruza entre dálmata y mastín del infierno avanzó a la carrera con la mirada fija en mi. No emitió ni un sonido. Max cambió su acostumbrada energía por una furia asesina. Corrió con la boca abierta como si pudiera tragarme en un solo intento. La reacción instintiva me obligó a quitar la cara y el cuello de la trayectoria de aquellos dientes fosforescentes. La táctica funcionó, al menos en parte. Los colmillos se clavaron hasta lo profundo de mi espalda, dejando marcas que me acompañan hasta hoy.
De alguna manera, me alejé de las mandíbulas y logré revolcarme a través de la puerta hasta la cocina. Allí, él me miró con lo que recuerdo como un gesto de eterna paciencia de profesor. Me preguntó si estaba bien, luego lo comprobó. Una pasada con jabón blanco para ropa y la remera de uno de sus cuatro hijos fue el gesto necesario. Una palmada equilibrada en la cabeza y a la recomendación de utilizar la puerta del frente, fue todo un acto de sabiduría.

2 comentarios:

Natalia Fiora dijo...

No hace falta agregar nada mas...se percibe el olor, se escuchan los grillos...se siente la noche...excelente relato!!

Camilo Fernandez dijo...

Gracias! Natalia? ;) Podemos decir que algunos momentos se imprimen en 4D en lo profundo de nuestra memoria. Este fue el caso. Gracias de nuevo!