sábado, 13 de junio de 2015

Infracción


La recta interminable se abre ante mi. A no más de quinientos metros el puesto policial resplandece con sus luces enceguecedoras. Me dejo llevar por la pendiente conteniendo la respiración. El viento me roza la barba, despertando miles de nervios que creía dormidos. Levanto el celular en Modo GPS y me muestra la velocidad exacta: 79 kilómetros por hora. 
El puesto policial se acerca. Guardo el teléfono y acaricio el freno, considerando la posibilidad de usarlo por una fracción de segundo. Dejo resbalar la mano del freno y en automático vuelvo por el teléfono. Esta vez me devuelve: 80 kilómetros por hora. Carteles de “Máxima 40” y “Control Policial” se suceden.  
Faltan pocos metros para alcanzar la patrulla y el policía comienza a hacerme señas para que me detenga. La mandíbula se le afloja cuando le paso al lado si detenerme. Me mira sin saber que hacer. Supuse por un instante que iba a sacar la pistola y meterme un par de balas en la espalda, pero finalmente solo atinó a correr detrás mío.
Me dejo deslizar algo más de cien metros, deteniéndome en la orilla. El policía me alcanza al trote. Me mira sin saber que decir. Toma su radio, pero las palabras se desvanecen antes de salir. Agarra su libreta de infracciones. Luego de muchas dudas y algunos tachones, me entrega el ticket. Me cuesta contener la sonrisa y aunque me gané mi primer multa, nadie podrá quitarme la emoción de pasar frente a la policía a 80 kilómetros por hora en silla de ruedas.

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