miércoles, 6 de mayo de 2015

El Gordo


La camioneta volaba sobre el descampado con los yuyos tan altos que parecían envolvernos. Los teníamos casi acorralados pero seguíamos sin verlos. Le dije a mi compañero que acelere. Al frente alcancé a ver una sombra extraña. Dos personas en una moto. Era lo que buscábamos. "Acelerá", le dije gritando. Respondió con un resoplido de disgusto, aunque de todos modos lo hizo. 
Segundos después la sombra se acercó tanto que alcanzamos a golpearla. Un impacto y el sonido de plásticos que se quiebran. Mi compadre clavó los frenos una buena sacudida. 
Sin preocuparme por la innegable realidad de no tener ni un solo cartucho, saqué la escopeta y salté de la camioneta. Corrí hacia donde esperaba encontrar a los dos tipos de la moto. 
Encontré a uno desparramado al lado de los pedazos de plástico del ciclomotor. Se movía un poco. Tenía el brazo girado en una posición imposible. Me puse en guardia, buscando al otro. Avancé tres o cuatro pasos entre los pastizales, en el ambiente irreal que proyectaban las luces de la vieja Toyota. El tipo no tuvo mejor idea que encararme con algo brillante en la mano. Levantó el objeto sobre su cabeza. Lo dejé avanzar dos pasos más y adelantándome un paso para acortar la distancia, le descargué en la frente un culatazo de la escopeta.
Veinte minutos después estábamos en el hospital con un fracturado y otro atontado por golpe. Llegó el jefe del Precinto y lo primero que me preguntó fue por que no le metí un escopetazo. Le expliqué que ya no quedaban balas, algo que él sabía bien. El me miró por un instante y encogiendo los hombros sólo atinó a decir: "Que huevazos, Gordo".

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