miércoles, 29 de abril de 2015

Insomnio - Emergencia


Esta vez abrí los ojos en un cuarto de hospital, sacudido por una enfermera de buen porte y más bigotes que Stalin. Pensé que estaba teniendo un infarto. Por un instante, me dejé tentar por la idea. No mas despertares en cuerpos extraños. No más vigilias. No más sufrimiento. 
Pero no. La enfermera no me estaba resucitando, solo me despertaba. Me sacudió un par de veces y creyéndome lúcido, explicó la situación. Mi paciente tenía diez centímetros de dilatación.  
Me empujó por un laberinto interminable de pasillos y puertas. En la sala, dos practicantes esperaban con los ojos llenos de curiosidad. Una enfermera asistía a la parturienta, solo faltaba el obstetra. Busqué una superficie reflejante, seguro de encontrarme con la imagen de un obstetra. Así fue.
Me acerqué con los tobillos de gelatina hacia donde la pequeña cabeza coronanba hacia la libertad. Casi se salía. Alcancé a poner las manos y prácticamente el bebé cayó en mis manos. Sin saber que hacer y gesticulando con la cara le indiqué al practicante que se encargue del cordón y la placenta. La pediatra se acercó por detrás y tomó en sus brazos al bebé junto en el momento en que me desmayaba. 

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