viernes, 27 de marzo de 2015

Viajante - Zapada


Otro viaje de catálogo. Otro recorrido interminable de sonrisas de papel continuo. Una canción que se repite una y otra vez con esa alienante sensación de perpetuidad. Sólo las pocas notas que desafinan le dan un sentido de cierta esperanza y son más valiosas que los diamantes.
Fue en algún lugar de Tucumán. Una parada sanitaria en medio de la nada. Un viejito me miraba desde atrás del alambrado. Tez trigueña, cansado, desgastado de vivir. Sostenía una herramienta que a la distancia parecía una zapa. Inmóvil. Me miró a los ojos, luego pestañeó y continuó golpeando la tierra a ritmo lento pero constante. Ignorándome.
Estaba a punto de volver al auto, cuando noté que el hombre estaba zapando un terreno que por lo menos tenía una hectárea. Solo, en un campo tan pelado y estéril como la luna. 
Caminé por entre unos pastos secos al costado del camino y me acerqué. El hombre seguía golpeando la tierra a unos veinte metros del alambre. Alcancé a ver que seguía una línea bien definida. Gran parte del terreno estaba marcado por las lineas.
La curiosidad ganó y avancé con la mano levantada en saludo campestre. Más preocupado por no recibir un tiro que por ser educado. Como a cinco metros me detuve y lo saludé a viva voz. Se detuvo y me miró con curiosidad. Avancé otro paso y luego del tercer saludo, le pregunté si podía preguntarle en que trabajaba. 
“No estoy trabajando, Señor. Soy Jubilado. Digamos que estoy matando el tiempo. Tal vez Usté no lo ve, pero... ¿Sabe la bronca que se van a agarrar los tipos esos del Gugle cuando lo vean?"

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