sábado, 4 de octubre de 2014

Tarde

Corro a trancos largos por el pasillo alfombrado, con la campera colgando de un solo brazo mientras intento encajar el pasaporte en la mochila que parece a punto de estallar. Siento la espalda mojada, helada por la transpiración. Por pocos segundos y casi me dejan. Un minuto. Tener cara de buen tipo sigue siendo un bien preciado.
 Ya he dejado de putearme, o de putear a la mala suerte. En el eterno juego de las carreras urbanas y la locura de la vida post milénica tengo abonado un claro lugar, el último. Lo que sea que encare mi lugar será el último, siempre. Y con esto esto no me refiero al último lugar en la vida, o que me va mal o que todo lo veo negativo. Hablo literalmente. Al parecer estoy destinado a llegar tarde a todo compromiso; a cada evento.
Cruzo la puerta del avión casi saltando a la azafata y sin aliento. Me pide el boarding. Amago a revisar los bolsillos pero al final ella se apiada. Me pregunta si se cual es mi número. "17J", le digo sin dejar espacio a la duda. Ahí es cuando me doy cuenta que llevo el papel entre los labios. "Segundo pasillo", me responde ella tratando de contener una sonrisa. Camino a paso largo por el pasillo, evitando las acostumbradas miradas al responsable de la demora. No es mi primera, ni será la última. Por suerte la caminata de la vergüenza es corta y llego rápido. Una rápida mirada al panel indicador y compruebo que esta ocupado. Una señora de anteojos gira las páginas de la revista de abordo sin muchas ganas. No me mira. No se me ocurriría armar un escándalo. Miro alrededor. Varios asientos están libres. Con mi mejor cara de no-se-lo-que-pasa hago un paso extra y me apropio del 18J que parece estar libre.
Las puertas se cierran casi al unísono con mis ojos. Estoy destrozado. Una entrega tardía para el informe mensual en el trabajo me mantuvo atornillado a la computadora hasta la madrugada. Perfectamente resuelto, pero tarde. O en el último minuto. En medio de la somnolencia escucho la temperatura prevista en nuestro destino. Una señal de alarma. ¿¿¿Dos grados??? Voy a Colombia, donde al menos deberían esperarse veinticinco o más. Una ola de calor me recorre el cuerpo mientras se me hiela la espina. No hay que ser un genio para saber que algo va mal.
Enderezo el cuerpo en la butaca casi a punto de pararme. El avión carretea hasta la pista. Recorro con la mirada a quienes me rodean. No respiro Colombia en el aire. Una de las azafatas me mira, tal vez mi rostro se encuentre desencajado. Le miró el uniforme pero todos parecen usar los mismos colores. No me dice nada, y no me atrevo a preguntar. Aguzo el oído, atrás mío dos personas hablan en español, pero son más argentinos que Maradona. No cuentan. El señor a mi lado me mira. No habla, pero su sospechoso bigotín cuidado al extremo me dice que con seguridad no es Colombiano.
El avión gira en la pista y se detiene. Busco referencias. En la fila de adelante alguien esta leyendo un libro. Intento descifrar el idioma, pero el capitán arruina la sorpresa cuando anuncia que el vuelo a París tomará doce horas con veinte minutos y que la ruta está despejada. Los motores aceleran a fondo. Me recuesto en la butaca. Cierro los ojos.

No hay comentarios: