martes, 24 de diciembre de 2013

Sándwich

La heladera me esperaba inmóvil. En su interior, los ingredientes necesarios para el festín se agrupaban en riguroso orden. Los llevé a la mesa sin prisa, consultando el reloj al pasar. Encendí el televisor. Separé con cuidado un bollo de pan de centeno dejándome envolver por el tibio aroma. La mayonesa casera, con jugo de limón y una pizca de mostaza, esparcida generosamente hasta los bordes. Ordené los tomates sobre la superficie, previamente sazonados con sal marina y unas hierbas francesas. Lechuga crujiente por encima, como esperando ansiosa. Un buen trozo de atún, perfectamente organizado, perfectamente condimentado se acomodó sobre la lechuga. Como cierre, elegí unas rodajas de huevo duro antes de coronar con la otra mitad del pan. Volví a la heladera, se me antojaba una cerveza negra bien helada. Opté por una importada, de cremosa espuma y sabor equilibrado. Perfecto. Mientras disfrutaba de la deliciosa cena, abrí las cortinas para contemplar la inmensidad de la ciudad desde las alturas; dejé en silencio la TV en algún noticiero y dejé correr un viejo disco de Jazz. Los fuegos artificiales que alumbraron el cielo me indicaron el momento. Busqué una botella de Champagne y brindé, solo. Una vez más.

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