domingo, 22 de diciembre de 2013

Marines

Desperté mojado, y aunque semi inconsciente, supe que algo iba mal. La tensión en las muñecas y en los tobillos me indicaron parte del problema. La penumbra y los olores penetrantes de químicos desconocidos fueron completando la escena. No podía moverme, pero una sombra en la penumbra lo hacia sin problemas. Giraba a mi alrededor. Expectante y distante a la vez. Sentí un pinchazo en la planta del pie. Segundos después oleadas de un ardiente fluido subían desde el punto de contacto rumbo a la base de la nuca, dejando jirones de nervios maltrechos en el camino. Apreté tanto los dientes que me sorprendió no haberme quebrado alguno. La sombra habló. En inglés. Quién carajo habla me hablaba en Inglés, pregunté tartamudeando por el dolor. Una luz mas brillante que el sol me perforó los ojos. Luces estroboscópicas rojas y anaranjadas se sucedían marcadas a fuego en mi nervio óptico. Pasaron entre un par de minutos y unas veinte horas antes de ver algo. Al principio sombras. Poco a poco, las sombras fueron convirtiéndose en cuerpos enfundados en uniformes verdes. Uniformes de Combate. Que mierda hago mezclado con tipos en uniforme, pensé sin decir palabra. La vista fue mejorando y pude ver que se trataba de Marines… ¿¿¿En Córdoba??? La pregunta me asaltó con furia y el frío que me recorrió el cuerpo pudo doblegar a lo que sea que me hubieran inyectado. Recorrí mi pasado y mi presente en un instante, buscando una explicación a por que me tenían encerrado esos tipos. Nada se me ocurrió. Hablé en español, sin muchas otras alternativas ya que mi dominio del inglés terminaba en “shooping” y “marketing”. Una voz me respondió desde las sombras en un español trabado pero comprensible. Aún fuera de su idioma natal, el soldado parecía tener una habilidad innata en dominar la conversación. A cada pregunta que yo hacía, la convertía en varias contra preguntas, sin siquiera haber contestado la mía. De ser posible, me habría preocupado aún mas, cuando sus preguntas comenzaron a tornarse personales, casi íntimas. El cepo se fue cerrando y estoy casi seguro que durante casi un minuto el corazón dejó de latirme cuando uno de los interrogadores me preguntó por Irina, mi nueva novia. El último recuerdo antes de desvanecerme fue el de ella, contándome sobre el imbécil de su esposo, un Yankee que se dedicaba a las operaciones de IMPO/EXPO.

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