sábado, 28 de diciembre de 2013

Dominó


Sentado en medio de esta interminable habitación, le doy inicio a la secuencia con los labios fruncidos, la respiración contenida y el corazón galopando. A partir de allí, todo esta fuera de mi control. No hay vuelta atrás. Sólo resta esperar. Observo el avance de los acontecimientos, así como ha sido siempre. Nunca tomando el control, siempre observando desde una posición cómoda y sin riesgos. Las piezas se acumulan, caídas, mutando el orden aparente en un caos demasiado real. El destino se ha convertido en una señora amargada y rencorosa que nunca olvida, que nunca perdona; que espera hasta qué estemos a su merced. Finalmente hoy estoy a su merced y ella no ha olvidado. Repaso mis errores conforme el proceso se desarrolla casi en cámara lenta, regresando en el tiempo tanto como la memoria me permite. Por momentos siento el incontenible deseo de interrumpirlo, de ponerme de pie; pero para hacer honor a la verdad nunca sabría que hacer si controlara mi vida. El desenlace se acerca y a medida que las fichas van cayendo de manera inexorable vuelvo a cuestionarme. Sobre mi, sobre vos, sobre todo. La última ficha se inclina sobre el vacío, indecisa. Luego; el fin.

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