sábado, 9 de febrero de 2013

Heladero


Partimos de San Pedro de Atacama acompañados por los primeros rayos de luz. La mañana fresca del desierto nos infundió el valor necesario para encarar la ruta. Mil ochocientos kilómetros nos separaban de nuestro destino. Muy al Sur, Santiago se veía como un lejano punto en el mapa, o una inalcanzable banderilla en el GPS.
Los primeros cientos de kilómetros rumbo al Oeste pasaron sin mayor dificultad, tal vez porque íbamos rumbo al mar. En cuanto giramos hacia el Sur, sentimos como si el camino se volviera cuesta arriba y fuéramos nosotros quienes impulsábamos el vehículo. Si antes habíamos estado en el desierto, no podía imaginar donde estábamos en ese momento ya que la aridez parecía aún mayor. Nada. No vimos dunas, ni montañas, sólo nada.
Cada "nosecuántos" kilómetros, la ruta abandonaba su peligrosa estrechez para dar espacio a una generosa explanada de descanso. Un artilugio bastante inteligente para no convertirse en parte del paisaje. Luego de unos seis o siete de esos espacios vimos algo que nos quitó la somnolencia del camino recorrido. Parado en medio del área de descanso, cual espejismo, un heladero. Un heladero con todas las de la ley. Con su uniforme blanco, auspiciado por la multinacional de rigor, gorro con logotipo y su conservadora. Nada para objetar, si estuviéramos en una playa o en un ambiente urbano. Pero no ahí, a más de cien kilómetros de cualquier punto en el mapa.
Pasamos junto a él sin siquiera desacelerar. El tipo no hizo señas, sólo nos siguió con la mirada. Ahogué una carcajada y miré a mi esposa con los hombros levantados buscando explicación. No me la dio.  Menos de sesenta segundos después, no soporté la duda y frené la marcha por completo. Giré en "U" sin peligro alguno, sabiendo que la ruta estaba tan desierta como el paisaje. Volví a máxima velocidad hasta lo que parecía un espejismo y me acerqué lentamente. Una vez que me convencí que el tipo no estaba esperándonos para apoyarnos un revólver entre las costillas, detuve el auto a centímetros de la conservadora. 
El heladero me miró con una sonrisa confiada. No parecía asombrado, lo que dado el medioambiente me asombró a mi. Le pregunté que tipos de helados tenía. Me los enumeró con paciencia, señalándolos sobre la cartilla que traía pegada sobre el costado de la heladera de telgopor. Los precios escritos en marcador rojo me parecieron más que razonables. Pedí uno de agua para mi mujer y uno bañado en chocolate para mi. Pagué con el cambio justo y antes de cerrar la ventanilla y acelerar, tuve que preguntarle que hacía en medio de la nada. El me miró sonriente, mostrando varios dientes ausentes y me dijo: ¿Ha visto Ud. algún otro vendedor de helados por aquí cerca?

2 comentarios:

Dany dijo...

Se apellidaba Oasis de casualidad?
Muy bueno!
Abrazo.

Camilo Fernandez dijo...

Creo que era de apellido Heladero. A secas.
Que bueno que te guste Dani!
Abrazo