martes, 20 de marzo de 2012

Enfermero

Aún cuando se supo cercado por los investigadores, decidió continuar con su siniestro pasatiempo. Semana tras semana, se dedicaba a recorrer los pasillos de los hospitales en busca de pacientes en sufrimiento extremo para darle un punto final a su dolor. Las señales que buscaba eran claras e inconfundibles. Transparentes, a sus extraordinarios poderes de observación. Un ceño fruncido en penosa máscara o una mirada vacía de toda esperanza eran inequívocos indicadores.

El tiempo le había enseñado a reconocerlo y la experiencia a actuar en consecuencia. Sus métodos, que en los comienzos tenían la sutileza del ataque de hienas hambrientas, habían alcanzado la refinación del artista consagrado. Podía tratarse de una microscópica dosis de algún extraño medicamento o la inesperada falla del respirador mecánico, pero el patrón se repetía una y otra vez; el impecable y oportuno final para el sufrimiento desmedido.

Tal vez fue la indiferencia de la repetición o la cuidadosa investigación del comisario en jefe de la policía federal, pero lo cierto es que el círculo se había cerrado hasta casi asfixiarlo, dejándole pocas alternativas. Demasiadas coincidencias, demasiados registros.

Mientras el comisarios subía las escaleras del hospital escoltado por una docena de policías de elite, el enfermero, un regordete y cuarentón de oscuras facciones, se perdió en el depósito de insumos, reapareciendo segundos después como un camillero fortachón de facciones escandinavas.