viernes, 9 de septiembre de 2011

El Guardaespaldas

Desde el primer momento supe que el trabajo no tenía sentido, pero que diablos me importaba, era un trabajo. Cuando uno lleva ocho meses sin ganar un peso, hasta el puesto mas estúpido y aburrido se convierte en una gran oportunidad. Sentado frente mi futuro empleador, calculo que me tomó unos tres segundos decidir. No llegué a regatear el salario. Acepté a la primera oferta. Sabía que él conocía mi situación con absoluta claridad, así que no le vi sentido a prolongar lo inevitable. Lo estudié detenidamente, intentando comprender el por qué de su repentina necesidad. No era un acaudalado, no tenia negocios ni remotamente turbios, no tenia enemigos declarados ni otra amenaza latente. Nada. De un día para otro, se le había puesto en la cabeza que alguien intentaría matarlo antes de su cumpleaños. Eso le daba dos semanas de vida, según lo que pude averiguar en ese momento. Por un instante, estuve a punto de darle mi opinión al respecto respecto pero el solo recuerdo del color rojo de la cuenta corriente logró hacerme cambiar de opinión.

Sin familia y con apenas un puñado de amigos que rara vez veo, aproveché para aceptar el empleo a tiempo completo, tal como me lo ofreció. Un escalón menos que esclavo, intuí. Esto implicaba estar todo el día disponible durante la duración del contrato; a excepción de un tiempo razonable para descansar y para algún trámite personal. Accedí a mudarme a su casa, lo que agregaba "cero gastos" a la ya interesante compensación.

Durante esas dos semanas me dediqué con empeño en búsqueda amenazas fantasmas, escruté cada edificio a la caza de tiradores agazapados que sabía no estarían. Probé sus comidas, vinos y hasta sus cigarros a modo de vano sacrificio por mi empleador.

Continuamos la rutina, como cansados bailarines de épocas pasadas. Intenté varias veces encontrar una razón, o significado para su ridícula paranoia pero jamás conseguí otra cosa que palabras esquivas y monosílabos carentes de significado. Mantuve las apariencias por esas dos semanas, pero al final, las dudas comenzaron a acecharme como buitres hambrientos. Esa última noche estuve seguro de haber visto movimientos sospechosos entre los dependientes del restaurante donde festejó su sexagésimo aniversario. Llegué a revisar al que cargaba una cicatriz sospechosa solo por su apariencia de matón venido a menos, mas no me dio la satisfacción de cargar nada amenazante. A la mañana siguiente encontré una carta en la cocina, un austero agradecimiento manuscrito y un cheque por el valor acordado. Jamás volví a saber de él.

4 comentarios:

Gustavo Daniel Martínez dijo...

easy money

Camilo dijo...

Nunca mejor utilizado, viejo amigo.
Nunca mejor.
Abrazo.

Lucas M dijo...

Asi es facil ganar dinero, queiro decir asi cualquiera¡¡ abrazo

Camilo dijo...

El sueño del pibe, Lucas... Lastima que dura poco.
Gracias por pasar.