martes, 25 de mayo de 2010

Tiempo

Sabiendo que sólo nos quedaban unos pocos minutos, aceleré el auto en las oscuridad deseando tener un descapotable; sentir cómo el viento nos envolvía como un manto invisible acompañándonos en este último paseo. Bajé las cuatro ventanillas tratando recrear aquello que anhelaba y algunos hilos de aire otoñal se enredaron con nuestros cabellos.

La ruta permanecía desierta, como si nadie quisiera interponerse en nuestro camino. Ni siquiera la luna parecía querer enfrentarnos. El penetrante aroma a alfalfa recién cortada disparó viejos recuerdos, propios de momentos donde la vida era sinónimo de alegría y simplicidad. Parecían tiempos tan lejanos que se me hacían ajenos.

En un acto reflejo, le tomé la mano con suavidad. Ella pareció no reaccionar y yo no hice nada para alertarla. No me atreví a mirarla, ni a emitir sonido alguno; sólo mantuve el contacto.

Alcancé a ver las luces a corta distancia. El tiempo llegaba a su fin irremediablemente. Frené frente a la estación sin poder contener mis lágrimas. Me miró como si fuera a decir algo, pero ni un sonido brotó de sus labios. Bajó del auto y caminó hasta el ómnibus sin mirar atrás. Subió la escalerilla y allí me miró por última vez.