miércoles, 18 de noviembre de 2009

Crónicas de un Taxista – Reglas

Décima entrega de la serie. Comienza aquí.

Apenas subí a un gringuito con cara de atorrante supe no era trigo limpio. El Pibe parecía nervioso, como si estuviera pasado de merca o algo así. Me pidió ir para Arguello y sospeché de inmediato. Instintivamente, lleve los ojos al tablero, en busca de led que indicaba la presencia de metales en mi pasajero. Apagado.

Ajusté las manos con firmeza en el volante, sintiendo la fría confianza de mi .38 en la cintura. De repente me dio algunas indicaciones inconexas y balbuceó algunas palabras que no pude comprender. Clavé los frenos, pero antes que pudiera girar, el chaval ya se alejaba.

Bajé del auto y corrí a ciegas, confiando más de lo debido en mi estado físico. En media cuadra, comencé a dudar. Volví con la cabeza gacha, protestando. Ahí me alcanzó un ladrillazo en la cabeza. Trastabillé con la vista nublada. Corrí con paso poco firme.

Llegué al auto, por fortuna estaba abierto. La luneta reventó con estruendo. Me costó preciosos segundos arrancar el auto. La sangre me inundaba la cara. Estalló el vidrio del acompañante. Puse primera y arranqué girando en U. El gringuito me sonrió a menos de veinte pasos.


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domingo, 8 de noviembre de 2009

El Sacerdote

En cuanto el viejo sacerdote recibió la noticia, sus ajadas facciones se tensaron. Frente al maltrecho soldado, intentó digerir la bofetada de realidad. El enemigo se encontraba a las puertas de la ciudadela y las fuerzas del Cacique nunca llegarían a tiempo.

Conocía su destino. Con voz calma profirió una orden al soldado. En cuanto el guerrero se alejó a paso largo, giró hacia los cinco jóvenes sacerdotes que lo esperaban preocupados.

Las órdenes fueron precisas. Cuatro de los religiosos se alejaron en busca de diferentes grupos. Vírgenes, nodrizas, científicos y esclavos aguardaban atemorizados. El quinto hombre se arrodilló ante la experiencia en busca de la indicación final. Escucharla provocó un vacío en su interior. Reclutar un grupo de esclavos y destruir todo lo que no pudieran cargar.

Con escasa escolta militar y respetando la jerarquía de cada grupo, los habitantes de la ciudadela se alejaron rumbo a la selva utilizando el puente secreto. Desde lo alto, el anciano sacerdote recorrió con la mirada. Suspiró débilmente y se dirigió hacia su protegido exigiéndole que se encargara de guiar el grupo.

Sin mediar saludo, el anciano le dio la espalda y caminó lentamente hacia las puertas de Machu Picchu.