El encuentro dejó una profunda cicatriz en su memoria. Una de las pocas páginas que habían logrado superar los maltratos del boxeo.
Ese día se vio enredado en medio de una muchedumbre. Curioso, recorrió unos metros a través del gentío y de pronto se encontró ante una figura espigada, con relucientes medallas y un gracioso gorro redondeado. La esbelta figura, reparó un instante en él y agitó sus cabellos adolescentes.
Durante los años siguientes vagó sin rumbo, ayudando a quien lo necesitara. Sus manos ásperas y enfermas aprendieron a trabajar la madera, a construir para dar.
La tardía llegada de los hijos reforzó la necesidad de enfocar su esfuerzo en cuidar de la niñez; de mantener viva la esperanza, de alejarlos de los caminos oscuros; de velar por ellos. Pasaron los años; construyó muebles, organizó colectas y golpeó cuanta puerta pudo.
Hoy, cree que conseguir un título secundario es una locura a los sesenta y cinco años; pero cada día vuelve a clases, después de juntar cartones y mendigar madera. Con los ojos empañados, intenta recordar la lección de matemáticas del día anterior que se desvanece, aunque jamás olvidará a Le Generale.

