miércoles, 19 de agosto de 2009

El hombre que conoció a Charles de Gaulle

El encuentro dejó una profunda cicatriz en su memoria. Una de las pocas páginas que habían logrado superar los maltratos del boxeo.

Ese día se vio enredado en medio de una muchedumbre. Curioso, recorrió unos metros a través del gentío y de pronto se encontró ante una figura espigada, con relucientes medallas y un gracioso gorro redondeado. La esbelta figura, reparó un instante en él y agitó sus cabellos adolescentes.

Durante los años siguientes vagó sin rumbo, ayudando a quien lo necesitara. Sus manos ásperas y enfermas aprendieron a trabajar la madera, a construir para dar.

La tardía llegada de los hijos reforzó la necesidad de enfocar su esfuerzo en cuidar de la niñez; de mantener viva la esperanza, de alejarlos de los caminos oscuros; de velar por ellos. Pasaron los años; construyó muebles, organizó colectas y golpeó cuanta puerta pudo.

Hoy, cree que conseguir un título secundario es una locura a los sesenta y cinco años; pero cada día vuelve a clases, después de juntar cartones y mendigar madera. Con los ojos empañados, intenta recordar la lección de matemáticas del día anterior que se desvanece, aunque jamás olvidará a Le Generale.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Luces

En medio de la niebla que opaca mis sentidos, veo las luces subir sin descanso. Una a una se alejan, como temerosas. Intento seguirlas con la mirada, pero agudos puntazos de dolor incendian mis ojos.

Siento la garganta seca, como si tuviera un bollo de papel. Las arcadas se suceden regularmente, pero logro mantener a raya el amargo líquido. Un persistente y penetrante chirrido parece perseguirme aunque por momentos se aleja. Me siento mareado. El frío me asalta a través de la columna. La helada transpiración se me escurre por los poros.

Percibo la respiración, acelerada. Por más que intento mantener la calma, mi cuerpo no cede. La mente lo intenta, pero el cuerpo es quien dispone. Las luces disminuyen la velocidad hasta casi detenerse. Lentamente modifican el ángulo de avance. Ya no suben, ahora se desplazan de costado. Los ojos me arden y dejan escapar algunas lágrimas.

Ahora una de ellas se ha detenido frente a mi, como observándome. La estudio con cuidado. Es casi tan larga como mi campo visual. Siento que se acerca.

Una sombra gira al alrededor. Un reflejo; un glaciar destello se apaga junto a la sombra. Alcanzo a ver una mascarilla azul abalanzarse.

martes, 4 de agosto de 2009

Pasado

Dieciocho desesperantes años de trabajo, esperanza y penurias comprimidos en esta pequeño dispositivo. Mi vida y felicidad, invertidas en lo que podría convertirse en el futuro de la humanidad; o mejor dicho en el pasado.

He logrado destronar al mismísimo Albert Einstein, que intentó restringirnos con la mentira más terrible de la ciencia: “Sólo podremos viajar en el tiempo hacia el futuro”. El trató de convencernos sobre la velocidad máxima de la luz. El y su limitado análisis fijaron la línea en trescientos mil kilómetros por segundo. Hace dos años demostré que ese límite era un simplismo utilizado para no ahondar en cálculos, pero la comunidad científica se rió de mi. Desde entonces trabajé en secreto para probarlo.

El dispositivo está listo. Enviaré un mensaje que cambiará todo; aquí sentado en el baño de la mismísima casa donde mis padres vivieron hace treinta y cuatro años. Ubico el artefacto frente al espejo. Con las gafas especiales pulso ”On”. El láser inicia su recorrido, ida y vuelta, acelerando más allá del límite. El mensaje aparece. Tres décadas atrás ocurre lo mismo. “Viejo, soy Edgar, tu hijo. Vendé todo y comprá acciones de Apple. PD: Aflojale al tinto.”