domingo, 27 de enero de 2008

Sorpresa

Cuando apareció la primera mancha no le di demasiada importancia. Parecía ser una especie de marca verdeazulada. Desde hacía tiempo, mi vida se había convertido en una estéril y amarillenta monotonía, por lo que la novedad logró distraerme por algunas horas. Sólo observé. El día transcurrió sin mayores sobresaltos. Mi mente vagó infinitas veces en dirección al origen de las manchas. Al día siguiente, aparecieron otras. Algunas se entrecruzaban, otras abrían nuevos surcos sobre la porosa superficie. Examiné las formaciones, intentando descifrarlas pero me fue imposible. Pasé el día sentado, observándolas y haciendo conjeturas. De todos modos, no tenía mucho que hacer. Durante varios días las manchas siguieron apareciendo. No siempre parecían del mismo color, en algunas ocasiones arecían de un color parduzco, otras más verdoso. Seguí sentado. No me preocupaba, porque imaginé que sería fácil de solucionar, tan sólo requeriría salir de casa y pedir ayuda. Claro que era algo que podría hacer solo, pero no quería. Pero esta mañana parecieron nuevas manchas y ya no eran tales, luego de tantos cruces, idas y vueltas formaban un irrefutable mensaje: “Gordo sorete. Por qué no laburás?”, las letras se extendían a lo largo de la pared de mi casa.

domingo, 20 de enero de 2008

Oscuro

El Centro Comercial se sumió en la penumbra. Luego, oscuridad total. No comprendía. En un momento realizaba compras navideñas y de pronto, la nada lo alcanzó. “¿El corte será en toda la ciudad?” Se preguntó desconcertado. Intentó forzar la vista pero sin resultados. De inmediato recordó las bolsas que traía en sus manos. Casi terminaba de comprar los regalos. ¿Dónde estaban? Le había tomado más de un mes preparar la lista, revisando con cuidado las alternativas. No podía fallar. El futuro de su matrimonio estaba en juego. ¡La bolsa! Trató de mover sus manos pero las sintió pesadas, como si estuviera sumergido en una pileta de aceite. Percibía los movimientos, pero no podía sentir contactos sobre su piel. Sólo un suave hormigueo. Desahuciado, se concentró en escuchar. Necesitaba averiguar que ocurría. Sólo un lejano eco llegaba a sus oídos. Voces. Tan lejanas como incomprensibles. ¿Que estaba pasando? No podía demorarse. Su esposa lo esperaba. El negro manto seguía impenetrable. ¿Estaban abiertos o cerrados sus ojos? Justo antes de introducirlo en la bolsa negra, los paramédicos tuvieron que forzar sus manos. Una para quitarle las bolsas de regalos, la otra para separarlo de la defectuosa estantería que lo había electrocutado.