sábado, 17 de mayo de 2008

El Hechicero

Onzo revisó sus frascos de arcilla en busca de los últimos ingredientes. Según su experiencia, no estaba lejos de obtener la pócima que buscaba. El Rey sufría de una molesta enfermedad. Como consejero y hechicero real, había recomendado al Rey que lo mantuviera en secreto, para evitar que sus enemigos o los nobles traidores aprovecharan el momento. Oficialmente, el monarca se encontraba en los bosques reales de cacería. Volvió a mezclar, dejándose envolver por los densos vapores. Le llegó un dejo a hierbas silvestres. Sólo le faltaba agregar su nuevo descubrimiento. Una pizca del polvo amarillento sería suficiente para la prueba. Llamó a uno de los guardias reales y lo invitó a beber del cuenco. El viejo guerrero bebió sin mucha convicción, pero leal hasta el último aliento. Onza fue a visitarlo al día siguiente para ver cómo se sentía. No sólo estaba bien, sino que decía sentirse mejor que nunca. Agregó otra pizca y volvió a llamar al guerrero. Los resultados se repitieron y dos días después corrió junto a su Rey para entregarle el remedio. A la mañana siguiente, los guardias hallaron al viejo guerrero tieso y grisáceo, tan lejos de la vida como una roca.

2 comentarios:

Lolo dijo...

Tienes un premio en Hojas de cuentos.

Camilo dijo...

Gracias Lolo!
Ahora me voy para tu espacio.
Saludos.