sábado, 19 de abril de 2008

El Robo

Atravesé la puerta de vidrio con un revólver en cada mano. Mis queridos .357 Magnum. Confiables hasta el infinito. Vestía de gris, zapatillas blancas y una máscara roja. Los clientes tardaron varios segundos en notarlo. Para entonces, yo había saltado el mostrador y acorralado a los empleados. Ni siquiera tuvieron tiempo de respirar, mucho menos de accionar alguna alarma. Tanto tiempo de práctica finalmente rendía frutos. Una vez arrinconados los empleados, sólo tuve que gritar algunas órdenes a los clientes. Gracias a la hora, no sólo eran pocos sino que además estaban dormidos, por lo que me fue muy fácil controlarlos; amontonándolos como ganado en la zona de los baños. Llevaba menos de noventa segundos cuando ya había vaciado la mitad de las cajas Apenas unos segundos más lento que en las prácticas. Unos instantes más y sólo tendría que correr hasta el auto y desaparecer. Utilizar una ambulancia ayudaría. Consulté el reloj y no pude dejar de sonreír. Un plan perfecto. El único punto con el que no contaba era con la viejita del bastón, escondida tras la planta artificial, emboscada. Ahora estoy esposado a esta inmunda cama de hospital, con dos policías que vigilan la puerta.

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