lunes, 3 de marzo de 2008

El Guerrero

Aullando como chacal, corrió hacia la densa marea de cuerpos. No estaba solo. Junto a él, miles de guerreros de rostro serio y músculos tensos corrían con la vista clavada en el enemigo. Se obligó a dejar atrás el miedo. No existía alternativa, sólo la victoria. Escuchó la orden: Elevar las espadas y embestir. El impacto fue terrible. Los hierros chocaron, desgarrando y cortando. El ruido, tan escalofriante como ensordecedor lo aisló de las órdenes. Se empeñó por sobrevivir. Descargó su furia una y otra vez abriendo una brecha. Llegó a ver a sus compañeros, que aprovechando la revuelta, se colaron por la brecha hasta dividir, rodear y aplastar al enemigo. Horas más tarde, bañados en sangre y sudor se reunieron a regocijarse por la victoria alcanzada. Cientos de muertos y heridos aparentaban ser el saldo del encuentro. Con apenas un corte poco profundo en la espalda se sintió afortunado. Caminando con dificultad sobre el barro sanguinolento, se dirigió hacia lo que quedaba de su brigada. Junto con él, alcanzó al grupo un mensajero. El grueso del ejército enemigo estaba a menos de dos horas de distancia. Con rostros inexpresivos, organizaron su insignificante ejército y avanzaron a enfrentarlo.

No hay comentarios: